domingo, 22 de abril de 2007

HADAS MUERTAS

Marisa tenía fiebre.

Las sábanas se adherían a su cuerpo. Sanguijuelas adictas al sudor. Pegatinas con complejo de mortaja. Telas húmedas, pálidas... Vestido blanco para una novia blanca.

Para la novia blanca del Delirio.

Marisa agonizaba en el colchón, pero una parte de ella estaba fuera. Pero una parte de ella estaba lejos, a treinta y nueve grados de distancia, de picnic por el reino de las sombras.

Marisa suspiraba.

Y no era fácil saber si el suspiro hacía arder sus labios, o si los labios quemaban el suspiro.

La frente de Marisa se dedicaba a cocinar a fuego lento los pensamientos más estúpidos, que son todos. Los recuerdos se convertían en humo. El humo se condensaba en nubes de tormenta. La tormenta flagelaba a la muchacha con su latido eléctrico.

Marisa se excitaba. Y el roce del camisón en los pezones, era bífida lengua de serpiente, lamiendo al mismo tiempo dos manzanas... con aspereza de reptil prohibido.

Marisa se tocaba entre las piernas, y su sexo brillante parecía... una hoguera encendida por las brujas... en el claro de un bosque muy oscuro.

Marisa mascullaba... maldecía... gemía... se arropaba... se cocía... Le hacía mil preguntas a la vida... La vida mil preguntas devolvía...

Marisa se tocaba porque huía...

Buscaba en el placer una locura... que le arrancase un poco de conciencia. Escapaba de crueles pensamientos, sobrios, secos, dolorosos, crudos... a pesar de la fiebre.

Se tocaba...

... y sabía la razón por que enfermaba... Lo sabía... Sabía que enfermaba... tratando de huir en vano de una vida... que acechaba con dientes venenosos... tras la esquina afilada del futuro.

No recordaba bien lo que pasaba. Pero sabía que algo sucedía. Algo importante, y por lo tanto horrible, amenazaba con llegar al día siguiente. Pero ella, drogada por la fiebre, el duermevela, el opio del pecado... no conseguía recordar qué era.

De pronto surge un ruido. Un aleteo. Como el vuelo de un pájaro de espuma. Y luego un temblor leve, un terremoto, de un algo que aterriza, suavemente... a los pies de la cama...

Marisa abre los ojos lentamente. Lo ve todo borroso sin las gafas. Lo ve todo borroso con la fiebre. Pero entre tanta mancha indefinida, puede ver o intuir muy claramente al ser recién llegado.

Una mujer.

Una mujer desnuda y muy pequeña. Una mujer preciosa, muy muy pálida. Con pelos que se mecen como péndulos. Con alas de libélula en la espalda. Una mujer sensual... acurrucada... como gárgola erótica... escapada... de alguna catedral tan deliciosa, que en vez de “padres nuestros”, come orgasmos.

La presencia de ese ser turba a Marisa. Alejando sus dedos temblorosos del sexo humedecido, la muchacha, sin fuerzas para hablar en voz muy alta, susurra a la mujer una pregunta.

Y esa pregunta es: “¿Y tú quién eres?”

- Yo soy tu hada madrina – le responde... la diminuta criatura alada... estremeciendo a su febril ahijada... con dos ojos que brillan con lascivia... como sabe brillar la mermelada.

Marisa ruboriza cada palmo de su sudada piel. Muy torpemente, desliza el camisón muslos abajo, defendiendo el pudor de su entrepierna.

- No pares, hija mía – dice el hada... con voz de caracola submarina -. Sigue tocando ahí. Sigue... No pares... Despierta al animal que llevas dentro...

Pero las manos de Marisa tiemblan. Y el mundo se confunde en su cabeza, y su cabeza estalla, y la muchacha... ya se siente violada, intimidada... incómoda, tal vez decepcionada...

- No me puedes estar diciendo eso... eres mi hada madrina...

- Y por eso... deseo que estés bien. Tu bien es mi misión. Quiero ayudarte...

Y el hada se desliza por las sábanas, mientras Marisa, horrorizada, inmóvil, percibe que las alas membranosas le acarician los muslos con cosquillas. Mientras oye arrastrarse a su madrina... hasta llegar al vulnerable clítoris.

- Relájate y disfruta – dice el hada.

Y enseguida Marisa es atacada por un placer apenas soportable. Un placer de saliva lubricante... destilada en el mundo de los cuentos. Un placer de una lengua diminuta que recorre con vicio el laberinto... de carne rosa y montes venusianos... erizando los pelos de la nuca.

Y el cabello del hada se columpia... y su roce en las nalgas de Marisa, es mágico, e hipnótico, y perverso...

Y también la muchacha se columpia, entre la fiebre, el trance y el olvido...

Pero hay algo que no encaja en todo eso. Hay algo en el cerebro de Marisa... y ese algo... chirría... como un grillo... como un carro oxidado de la compra... que pasea por treinta cementerios, chocando con las lápidas, comprando... cien poemas escritos con gusanos.

- No, no... – gime Marisa -. No puedes hacer eso. Tú eres mi hada madrina. Para, para...

Pero el hada no para.

La lengüecilla sigue despertando mariposas y cuervos en la vulva. Y un orgasmo temible, inevitable... se avecina desde vete a saber dónde, como una catarata de alfileres.

- ¡Para ya! ¡Para ya! ¡Que estoy enferma! ¡Eres mi hada madrina! ¡No! ¡Detente!

Y un torrente de jugos moja al hada, y el hada se los bebe, avariciosa, sedienta de su ahijada.

¡Entonces pasa!

El hada se atraganta. Tose. ¡Tose! Los ojos se le hinchan, y la cara... se oscurece, se torna cenicienta, luego morada... y entre convulsiones, la frágil criatura lleva al cuello dos manos gobernadas por espasmos.

- ¿Estás bien? ¿Qué te pasa, hada madrina? – le pregunta Marisa, preocupada.

Pero el hada no puede responderle. El hada tiene un nudo en el estómago, y una arcada en la boca, y una espina... de pescado podrido en la garganta.

Sin poder evitarlo, el ser alado, se deshace en arcadas tan violentas que se acompañan con crujir de huesos. ¡Y empieza a vomitar sobre la colcha! Empieza a vomitar cráneos humanos. Cráneos de ojos vacíos. Cráneos fúnebres. Que ruedan como bolas por la cama, y chocan contra el cuerpo de Marisa, que grita, y tiembla... como tiembla el hada... Y al son de los temblores se derraman... de los ojos cavernosos de los cráneos, ramilletes de flores putrefactas... que riegan el colchón con una música... de sonajeros tristes, fatalistas... rotos, apocalípticos, mortuorios...

Y Marisa se despierta con un grito. Y sudor en la frente, y pelos húmedos... La colcha está vacía. Ya no hay cráneos. Ya no hay flores. Ya no hay hadas... Ya no hay... nada...

La luz del sol conquista una rendija que se dejó olvidada la cortina, y evapora el sudor. La fiebre baja.

Las manos de Marisa se pasean por la mesa de noche.

Y sus dedos recorren el tablero como zombis borrachos, que se chocan contra una taza, contra un frasco vacío, contra una lámpara, contra ¿aquello qué era? ¿el móvil?... hasta dar con las gafas.

Con ellas puede ver mejor las cosas. Pero no necesita mirar nada para darse cuenta de que las pastillas han fracasado en su misión. Sigue despierta. Sigue viva. Y tampoco necesita mirar la agenda para recordar qué ha sucedido en ese día:

El día de su dieciocho cumpleaños.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

me parece algo super intiresante espero que como yo lo lean att:maira chao.

Anónimo dijo...

me recordó a mi novia, excepto porque Marisa estaba drogada xD, TE AMO ORI! *_*