miércoles, 26 de octubre de 2016

EL HILO DE LA MUERTE EN LA MANZANA.




Amanece en Madrid, y eso quiere decir que anochece en cualquier otro lugar.

En una cama de matrimonio del 2ºA del número 6 alguien tira de una manta para abrigarse, y al hacerlo le arrebata esa manta a otra persona hasta hacerla tiritar de frío.

Cuatro apartamentos más hacia la izquierda alguien ignora una llamada para rapiñar un poco más de sueño. “Si es algo importante ya dejarán un mensajito en el buzón de voz”. Y es importante, sí, pero no le van a dejar ese mensaje. Cuando alguien te llama para decirte que tu padre ha muerto no le apetece conversar con una máquina.

En el edificio de al lado hay un señor sentado en su sofá, hundido, inclinado sobre sí mismo. No se ha movido de allí en toda la noche. Es escritor, y le han diagnosticado cáncer. Un cáncer de los de antes, de los que no se curan. Le queda poco tiempo de vida. Menos de lo que dura un calendario. Lleva nosécuántos días sin dormir, intentando terminar su última obra, la más personal e intransferible: Su epitafio.

Tres pisos más arriba un chaval empieza a ver una serie en su portátil. Tiene un 60% de batería. “Es suficiente”, piensa el joven. Un 60 le basta para visionar el capítulo entero antes de que el ordenador se apague. Se lleva el portátil a la cama, pulsa el play, apoya la barbilla en la almohada, disfruta diez minutos de metraje pero no los disfruta en realidad. Su mente está pendiente de la cuenta atrás: 59% de batería, 58% ... 55% ... 40%... El capítulo no dura más de veinte minutillos. Él sabe que le queda batería de sobra, las matemáticas son inamovibles... pero no está tranquilo. No le agrada pensar en ese flujo de energía que se agota. Finalmente se levanta, enchufa el cargador del portátil a la red. Sólo entonces se siente más tranquilo… Sólo entonces consigue relajarse… Ya no siente el aparato marchitándose.

Una mujer de 34 años hace footing por la acera de esa misma calle. Corre como si huyese de algo… y corre al mismo tiempo como si avanzase intencionada, inexorablemente hacia ese mismo algo. Las agujas del reloj se desmoronan sobre ella. Es difícil saber si esta insaciable corredora intenta prevenir un infarto o provocarlo.

Dobla la esquina y...

... ahora estamos en otra calle de esa misma manzana. Una manzana en pleno centro de Madrid. Una manzana que lucha por no pudrirse antes de tiempo.

Séptimo piso del tercer portal. Suena un despertador. Un chico y una chica se despiertan. Son pareja. El piso necesita un buen repaso pero ninguno de los dos hará nada al respecto. La bañera es un criadero de hongos, la cortina de la ducha es un mosaico de líquenes, el lavaplatos un festival de moho, el parqué una orgía de insectos vivos comiendo insectos muertos. Sólo harían falta media hora y medio litro de lejía para limpiarlo todo pero ambos se resisten a ello. Si suprimes hongos, líquenes, polvo, insectos... la casa se reduciría a metales desnudos... baldosas frías... plásticos sórdidos... silencios... cosas... Ellos...

Cinco portales más allá hay un piso de lujo, un piso de ricos. Llevan varias generaciones nadando en la abundancia. Se pueden permitir los médicos más caros y las medicinas más insólitas. No saben lo que es pedir cita, no saben lo que es hacer cola, no saben lo que es una acampada en la seguridad social... no saben lo que se siente cuando la muerte te arrincona en el tablero de ajedrez. La abuela tiene 97 años, la madre está a punto de cumplir los 80, sus hijos rondan los 60, los nietos ya rebasan la treintena. En esta casa nadie muere, todos están bien atendidos, todos reptan cuesta arriba por el flujo indolente de los días...

... todos presumen de esquivar muy bien la Muerte...

... y lo único que consiguen...

... lo único que les queda...

... es acostumbrarse demasiado a ella...

... y apagarse lentamente, poco a poco...


Madrid. 23 de febrero de 2013.





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