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domingo, 22 de abril de 2007

EL ALMA DE NÄIL (primera parte)

En la capital de la isla había un doctor, pero nadie acudía a él, porque los isleños nunca se fiaron de los médicos. Cuando alguien enfermaba, obviaba al matasanos y llamaba directamente a Prick.

El bueno de Prick ni siquiera había estudiado medicina. Pero era bueno cultivando hortalizas, y la gente del lugar opinaba que alguien capaz de hacer brotar la vida en la tierra estéril de aquella isla perdida, también la podía hacer brotar en el cuerpo de un enfermo.

Nadie se había molestado en exigirle a Prick un título o diploma. Los hechos hablaban por sí solos. ¿Que una frente ardía a causa de la fiebre? Pues el bueno de Prick administraba sus improvisados mejunjes de hierbas, y el mercurio del termómetro se batía en retirada. ¿Que un tobillo se torcía? Pues las robustas manos de Prick encajaban los huesos y tendones necesarios, y el dueño del tobillo lo celebraba bailando.

Según las malas lenguas, incluso el médico de la isla acudía a Prick en secreto cuando tenía dudas con algún paciente. Es decir: Cuando él mismo enfermaba, porque el único paciente del doctor de la isla era el propio doctor de la isla.

Pero no hagamos demasiado caso a las malas lenguas. Porque las malas lenguas no siempre son buenas.

Vayamos directamente al día en que Prick supo de la enfermedad de Näil.

Era un día de lluvia gris, y Prick se dedicaba a proteger un par de plantas que eran demasiado delicadas para ese tipo de lluvia, y para cualquier tipo de lluvia en general.

Escuchó unos pasos apresurados, y cuando levantó la vista de las plantas, pudo distinguir, a través de la cortina de lluvia, al criado asiático de Näil, que se acercaba desde el otro lado de las montañas.

Cuando el criado llegó hasta la cabaña, Prick ya había sacado el chubasquero y el maletín de las hierbas. Los años le habían confirmado una gran verdad: Cuando alguien se acercaba de ese modo, el caso era grave y había que partir hacia el pueblo cuanto antes.

Tolö era un agradable pueblecito de pescadores. La casa de Näil no tenía pérdida. Era la más cercana al mar. Cuando la marea subía, las olas lamían las paredes y se limpiaban la espuma en el felpudo. Sólo así podía ser la morada del marinero más sediento de aventuras de toda la isla. Un hombre que presumía de haber atravesado los mares más grandes en los barcos más pequeños.

Pero aquellos tiempos de viajes exóticos habían quedado atrás, y ahora la única balsa en la que se subía Näil era su lecho. Un lecho que, a menos que el bueno de Prick hiciera algo, sería de muerte.

Prick siguió al criado hacia el interior de la casa. En seguida percibió el olor de ese sudor helado que la fiebre utiliza como carta de presentación.

Cuando estaba a punto de entrar en el dormitorio, la voz cansada del viejo Näil le saludó desde el interior:

- Ten cuidado con la cabeza, amigo Prick...

Prick miró hacia arriba, y entendió a qué se refería el viejo. Del techo de la estancia colgaban centenares de hilos, y cada hilo terminaba en un anzuelo.

Nuestro amigo tuvo que agacharse para que los anzuelos no se le clavasen en la cabeza. En otras circunstancias, habría resultado casi cómico. Pero era difícil reírse con el viejo Näil delante de los ojos. El marinero tenía el rostro chupado, los ojos torturados y ojerosos, los temblores de quien no es del todo dueño de sí mismo...

El ojo entrenado de Prick llegó a la conclusión de que, en efecto, el caso era muy grave.

Se acercó al enfermo y le tomó el pulso al tiempo que intercambiaban los saludos de rigor. Conforme contaba las pulsaciones, nuestro amigo dirigía la mirada hacia los anzuelos del techo. Estaban untados con una sustancia espesa cuyo olor no recordaba a ningún potingue que conociera Prick.

- ¿A qué se debe la nueva decoración? – preguntó Prick, señalando los anzuelos.

- Me lo enseñó un estúpido hechicero de no recuerdo qué isla – respondió un fatigado Näil -. Es una trampa...

- ¿Una trampa? ¿Tienes miedo de que alguien entre a hacerte daño?

- Tengo miedo de que alguien salga.

- ¿Alguien? ¿Quién es alguien?

- Yo.

- Tú no estás en condiciones de salir a ningún sitio – le aseguró Prick -. En este estado no podrías dar más de tres pasos seguidos.

- No me refiero a mi cuerpo, maldito curandero. Me refiero a mi alma.

Por eso los habitantes de la isla confiaban en Prick. Cualquier médico, al escuchar aquello, lo habría atribuido a los delirios de la fiebre. Pero el bueno de Prick sabía leer en los ojos de la gente, y los ojos de Näil no se habían perdido aún en el delirio.

Sin pronunciar una sola palabra, Prick invitó al anciano a continuar.

- Se me escapa el alma, amigo Prick. Todas las noches, cuando me duermo, la muy condenada se me sale por la boca y vuela directamente hasta el Infierno.

El bueno de Prick se limitó a asentir.

- No me crees, ¿verdad? – protestó la malherida voz de Näil -. A mí también me costaría creerlo. Pero te aseguro que las cosas que se trae este alma mía cuando regresa de sus fugas, sólo pueden crecer en el Infierno...

- ¿Cuántas veces ha ocurrido? – preguntó el bueno de Prick. Y lo hizo con una naturalidad inconcebible.

- Todas las noches, desde hace una semana... – el anciano se interrumpió para secarse el sudor frío de la frente -. Me sumergía en un sueño condenadamente profundo, y al despertar recordaba cosas horribles. No me refiero a recuerdos de verdad. Me refiero a... recordar sensaciones... supongo que me entiendes...

El bueno de Prick no se sintió legitimado para asentir.

- Y hace algunas noches puse a mi criado Weng a vigilar el dormitorio. Pondría la mano en el fuego por la sinceridad de mi criado, amigo Prick, y si él dice que vio cómo mi alma salía por la boca y escapaba por la rendija de la ventana, así tuvo que ocurrir – los ojos de Näil se cerraron de puro agotamiento -. Por eso mandé colocar esos anzuelos, tal como me enseñó aquel hechicero idiota... no recuerdo en qué isla...

Prick dirigió una mirada hacia los hilos del techo, y una única palabra escapó de sus labios.

- ¿Funciona?

- Más o menos – respondió Näil -. Algunas veces la muy perra esquiva los anzuelos y se escapa, pero otras veces pica en la trampa y se queda ahí, colgada como un trapo, hasta que el sol se asoma por el horizonte. No es bueno para el alma eso de retorcerse en un anzuelo. Acaba con más agujeros que un colador, y eso no puede ser saludable. Pero lo otro, amigo Prick... lo otro es peor...

Por unos instantes, Prick dudó de la cordura del paciente. Así que decidió hacer lo más sensato:

Comprobarlo con sus propios ojos.

Aquella noche se instaló con Weng en una esquina de la habitación, y los dos hombres se dedicaron a vigilar al marinero.

Los anzuelos se mecían suavemente sobre las cabezas, empapados en aquella sustancia extraña y pegajosa.

Prick y Weng permanecieron en silencio, esperando a que el sueño se apoderase de Näil. Tardó poco en dormirse, pues el cansancio superaba al miedo. Los ronquidos empezaron a resonar por toda la estancia y, de repente, en mitad de uno de esos ronquidos... sucedió...

El bueno de Prick no daba crédito a sus ojos. Una cosa traslúcida y brillante comenzó a salir por la boca del anciano. A Prick le recordó a uno de esos trucos en los que el mago hace salir un pañuelo de la boca de alguien. Pero en esta ocasión el pañuelo parecía dotado de vida propia, y era bastante más inconsistente que cualquier trozo de trapo. “Es como la gasa de un vestido de novia”, pensó Prick. “Aunque los vestidos de novia no brillan en la oscuridad...”

Aquella luminosa serpiente de tul abandonó su madriguera y se desplegó por los aires como una medusa. Luego empezó a desplazarse por el cuarto como si bucease en un mar invisible, buscando un lugar por el que salir.

De repente, en uno de sus movimientos, aquella cosa quedó prendida en un anzuelo. Empezó a agitarse como si fuera un pez. Así estuvo toda la noche. Quejido de luz y éter. El cuerpo del marinero, mientras tanto, yacía en el camastro tan rígido e inmóvil como el mejor de los cadáveres.

Pasaron horas, y Prick las invirtió en estrujarse el cerebro, tal vez buscando soluciones; tal vez intentando asimilar aquel fantasmagórico espectáculo.

- Sol regresa – anunció el criado de buenas a primeras, interrumpiendo las reflexiones de nuestro amigo.

Cuando los rayos del astro rey atravesaron la ventana, Weng se levantó y desenganchó el alma de Näil de aquel anzuelo. El alma, o lo que demonios fuera, regresó automáticamente a su madriguera. En cuanto se hubo introducido por la boca del marinero, éste recobró el movimiento y abrió unos ojos tras los cuáles se adivinaba un nuevo y punzante dolor de espíritu.

Durante toda la mañana, Prick estuvo probando sus hierbas medicinales sin resultado alguno. Ya pasado el mediodía, los ojos del curandero se encendieron con el brillo de una idea.

- Mi querido Näil – empezó, dirigiéndose al enfermo -. Si te dijese que ello ayudaría a remediar tu mal, ¿te atreverías a permitir que tu alma escapase por la ventana una vez más?

El marinero lo sopesó durante varios minutos. Finalmente, asintió con un gesto tembloroso.

- No me agrada la idea de volver al Infierno – contestó -. Pero si alguna vez he confiado en un hombre, amigo Prick, ese hombre eres tú.

Sin detenerse a pensarlo dos veces, Prick mandó al criado a comprar el sedal más largo que pudiese encontrar. Mientras Weng se ocupaba de buscarlo, él descolgó todos los anzuelos que pendían del techo.

Cuando llegó la noche, la habitación estaba lista, y la ventana abierta. Aquel dormitorio era la pista de despegue ideal para el alma de Näil.

Prick y Weng aguardaron en un rincón, armados con un anzuelo. Un anzuelo impregnado de aquella sustancia pegajosa y amarrado al sedal más largo que se vendía en la isla.

Se hizo el silencio, luego el silencio se vio inundado de ronquidos, y uno de ellos catapultó el alma de Näil hacia el mundo exterior.

Aquella cosa se detuvo unos cuantos segundos, flotando a pocos centímetros del cuerpo del viejo. Parecía estar escrutando, analizando los posibles peligros... Al comprobar que habían desaparecido los anzuelos, se encaminó hacia la ventana abierta.

- Ahora – susurró Prick.

Y el criado, haciendo gala de una puntería bien entrenada, lanzó el anzuelo hacia el alma de Näil, alcanzándola justo cuando traspasaba el umbral de la ventana.

De esa manera, el alma quedó amarrada al sedal, y los dos hombres salieron de la casa, siguiendo de cerca a aquella gasa luminosa, como quien pasea a un perro o maneja una cometa.

Cada vez que el alma intentaba viajar más rápido que ellos, tiraban del sedal y la frenaban. Pero el alma de Näil no desistía, y proseguía en su camino hacia vete a saber dónde.

Aunque Prick era un hombre razonable, llegó a albergar el temor de que el viejo estuviese en lo cierto, y la excursión desembocase en el Infierno. Casi sintió alivio cuando comprobó que los tirones del sedal lo encaminaban hacia la playa.

Cuando llegaron a la orilla del mar, la prisionera se empeñó en sobrevolar las olas, mar adentro.

- Creo que necesitaremos una barca – murmuró el bueno de Prick para sí mismo.

Y el criado Weng, dándose por aludido, arrastró la barca más cercana hacia las aguas.

Navegaron durante horas por las aguas oscuras. El alma los guiaba, tirando impetuosamente del sedal.

Prick y Weng remaban bajo una luna que no alumbraba demasiado. No vieron los arrecifes hasta chocar con ellos. La barca se tambaleó, víctima de un terremoto en miniatura.

- ¿Todo bien? – preguntó Weng a nuestro amigo.

Prick asintió.

- Espero que no se haya dañado el casco.

Revisaron la embarcación, y lo más serio que encontraron fue un rasguño. Suspiraron aliviados al comprobar que la embarcación aguantaría el viaje de vuelta.

Pero cuando alzaron la cabeza, los dos dieron un respingo simultáneo. El alma de Näil había desaparecido tras una esquina del arrecife, alejándose todo lo que el sedal le permitía.

- ¡Vamos! – urgió Prick.

Y los dos se asomaron a través de aquella esquina rocosa, sin saber que lo que les aguardaba al otro lado prometía dejarles tan de piedra como aquellas rocas frías en las que se apoyaban.

Una mujer...

Eso es lo que encontraron al otro lado de la esquina. Una mujer muy pálida, postrada entre los salientes del arrecife. Una mujer desnuda, que habría sido preciosa de no ser por su aspecto tan poco saludable. Una mujer de mirada tan vacía como la de los peces que se arrastraban en los charcos, bajo sus pies descalzos.

El alma de Näil aterrizó junto a la mujer, que la miró con sus ojos de pescado muerto, mientras le desenganchaba el anzuelo con un primor autómata.

La expresión de Weng se tornó horrorizada, estupefacta... Nuestro amigo Prick, que sabía leer en los ojos de la gente, adivinó al instante que no era la primera vez que el criado se encontraba con aquella persona.

- Mirna... – murmuró el asiático, y su voz era el vivo retrato de la incredulidad.

Prick no tuvo tiempo de interrogar al criado, porque justo en ese momento, la mujer se arropó con el alma de Näil, como si de un chal se tratase, y se zambulló en uno de los charcos que había en el arrecife.

Los dos hombres corrieron hacia el charco, pero llegaron tarde. La mujer había desaparecido en las profundidades del charco, y eso era algo difícil de entender, porque el agua apenas llegaba para cubrir los tobillos.

Pasaron toda la noche junto a la orilla del charco, haciendo guardia. Prick intentó interrogar al criado sobre aquella mujer que, al parecer, respondía al nombre de Mirna. Pero Weng parecía haber entrado en estado de shock, y era incapaz de articular palabra.

Nuestro amigo comprobó una y mil veces la profundidad del charco. El agua cubría solamente unos pocos centímetros, y por debajo de ella había roca dura, cubierta de líquenes. El hecho de que una mujer se sumergiese en él era algo que desafiaba a toda lógica.

No sucedió nada digno de mención hasta que el sol empezó a asomar allá en el horizonte. Segundos antes de que los rayos solares bañasen el arrecife, la misteriosa mujer volvió a salir del charco, aún arropada por el alma de Näil, que se ajustaba a su cuerpo sinuoso como una capa de luz.

La desconocida se desplomó junto al borde del charco, tosiendo y vomitando agua de mar.

En cuanto recibió la luz del día, el alma de Näil abandonó a la joven para emprender el camino de regreso hacia su dueño. Ella intentó agarrarla con sus brazos enclenques, pero cuando los dedos de su mano consiguieron cerrarse en torno a algo, ese algo era aire.

Nuestro amigo Prick la observaba estupefacto, desde el otro extremo del charco. La pobre perdía su vacua mirada en ese aire que se le escurría entre los dedos.

- ¿Se encuentra bien, señorita? – preguntó el bueno de Prick, mientras bordeaba el misterioso charco.

La joven se estremeció al reparar en él, y saltó hacia el mar emitiendo un sonido torturado.

El curandero se quedó mirando al mar durante varias horas, hipnotizado. Quizá esperaba ver el cadáver de aquella pobre joven cabalgando en una ola hacia un afilado destino con forma de roca. Pero el cuerpo no llegó a aparecer.

Cuando Prick y Weng regresaron a la casa del pescador, lo encontraron más febril que el día anterior. Su alma, una vez más, había regresado cargada con un equipaje indeseable.

- Espero que esto haya servido de algo – dijo Näil cuando vio entrar al curandero -. Ya no me reconozco – su voz era la voz de alguien que ya no tiene fuerzas de vivir -. Mi alma está sucia, Prick... la siento sucia... ha pasado por lugares que no están hechos para el alma de los hombres. Dime que esto ha servido para algo. Dímelo, por favor...

El curandero depositó su límpida mirada sobre los ojos del viejo. Esperó a que se callase, y finalmente le preguntó con una amabilidad sombría:

- ¿Sabes algo de Mirna?

El viejo Näil apartó la mirada, avergonzado. Un remordimiento lejano le contrajo los músculos del rostro.

- Ay, mi querido Prick – empezó -. Siéntate en la silla más cómoda que encuentres. Voy a contarte una historia:

Continuará...

Fuerteventura. 7 de septiembre de 2006

EL ALMA DE NÄIL (segunda parte)

LA HISTORIA DE NÄIL: LA HISTORIA DE MIRNA

Cuando el mar se enfada con un barco y decide convertirlo en palillos de dientes, ya no hay nada que hacer. Salvo buscar un buen tablón al que agarrarse y rezar para que no vengan los tiburones.

Los malditos escualos saben que donde hay palillos de dientes, hay comida. Y el mar es un mantel en el que nadie respeta los buenos modales.

Aquella noche, el mar se enfadó. ¡Ya lo creo que se enfadó!

La tormenta derribó el palo mayor, el palo mayor derribó el palo menor, el palo menor derribó el puente de mando... y así el barco fue derribándose a sí mismo, de una manera que me recordó a aquellos accidentes en cadena. Sí... Aquéllos que fabricaba el viejo Fingus con sus fichas de dominó, en la mesa del comedor... Esa mesa del comedor que en menos de diez minutos estaba flotando en el océano, bocarriba, rodeada de astillas y de marineros muertos de miedo. O incluso muertos del todo.

Los tiburones se llevaron a dos.

Las olas gigantes se llevaron a trece, y luego debieron pensar que aquel número traía mala suerte, pues regresaron y se llevaron al número catorce, embalsamado en sal.

A la mañana siguiente quedábamos cinco. Solamente cinco, apiñados en la superficie de una balsa improvisada y cochambrosa. Deshidratados, insolados, desesperados...

Todos éramos lobos de mar de la vieja escuela. Por eso estábamos vivos todavía. Conocíamos aquellas aguas como la palma de nuestras manos, y sabíamos que los barcos solían evitarlas. Estábamos flotando a la deriva en medio de ninguna parte, y si algún barco aparecía a menos de un centenar de millas de allí, ese barco solo podría responder a un nombre: “Milagro”.

Y el galeón “Milagro” apareció.

Rubens Piesdecangrejo fue el primero en verlo. Qué buena vista tenía el condenado... Sus ojos eran catalejos vivientes.

Al principio temimos que fuera un espejismo. Pero no... Aquel puntito negro que asomaba en el horizonte se fue acercando poco a poco, hasta que todos pudimos distinguir el velamen de una embarcación como Dios manda.

¡Un maldito barco!

Un maldito barco navegando en medio de ninguna parte y rumbo a ninguna parte. Ninguno de nosotros se paró a pensar en lo sospechoso que resultaba todo aquello. Ninguno se esforzó en adivinar el color de la bandera que coronaba el mástil. Todos agitábamos las manos como idiotas, y pedíamos ayuda con nuestra voz marchita, desentrenada, estropajosa, seca...

Vimos cómo unas manos arrojaban cinco maromas hasta los pies de nuestra balsa. Nos lo tomamos como una invitación a subir.

El ascenso fue lento. Estábamos cansados, y llevábamos no sé ni cuántos días sin comer. Cuando al fin empezó a terminarse la maroma y a comenzar la borda, una mano agarró la mía desde dentro del barco, y me ayudó a subir.

Había algo extraño y frío en aquella mano anfitriona, pero no le concedí importancia hasta que no vi la mirada del dueño de la mano. Una mirada ausente. Casi me atrevería a decir que miraba a través de mí y desde la nada más oscura. De esa inquietante manera en que te mira el agujero de un jarrón.

Estudié a los demás tripulantes de la nave. Todos tenían esa misma mirada, o esa misma no-mirada. Los que ayudaban a mis compañeros a subir. Los que realizaban las labores en cubierta... Jarrones vacíos. Eso es lo que eran.

Yo había visto antes ese tipo de mirada. Zombi. Así los llamaban en Haití. Muertos en vida. Cuerpos esclavos que vagan sin alma por nuestro condenado mundo.

Daba escalofríos pisar un galeón entero tripulado por zombis. Los veías allí, fregando las cubiertas con movimientos mecánicos, replegando las velas sin saber lo que hacían, o vigilando desde lo alto del mástil, sin vigilar en realidad, perdiendo en el horizonte aquellos dos boquetes que tenían por ojos.

Mis compañeros supervivientes estaban tan perplejos como yo.

Recordé mis desembarcos en Haití, buscando la manera de enfocar el asunto. Aquellos infelices no podían manejar el barco sin ayuda de un ser humano normal y corriente. Alguien con conciencia. Normalmente los zombi sólo obedecen órdenes de un amo. Y el amo tiene todavía el alma como Dios manda: Encerrada en el cuerpo.

Busqué al amo con la mirada. Y fue él quien acudió a mi encuentro. La puerta del puente de mando se abrió, emitiendo un ruido que sonaba más a amenaza que a consuelo. El hombre que asomó por esa puerta sí llevaba un alma asomando por detrás de las pupilas. Y si algo sé de hombres, amigo Prick, te aseguro que el alma de aquél será pasto en las praderas del Infierno, cuando llegue el Gran Día. Ya sabes lo que quiero decir... Aquel malnacido no era ni mucho menos trigo limpio.

Pero el desconocido no salió solo a la cubierta. Le acompañaba otro individuo, de raza negra. Sólo tuve que echar un vistazo a sus tatuajes y a su mirada de gato para entender que se trataba de un maldito brujo.

El brujo caminaba por detrás del otro, mostrándole respeto. Y el otro nos miró a los cinco de manera despectiva, como se mira el embutido en los escaparates. Finalmente se volvió hacia el brujo y le ordenó:

- Conviértelos.

- Eso no es buena idea, capitán – replicó el brujo -. Allá donde vamos, necesitaremos hombres de verdad.

- No quiero hombres de verdad a bordo de este barco. Acabarían amotinándose, y robándonos el tesoro.

- Comprendo sus temores, capitán – contestó el negro -. Pero sin hombres de verdad no podremos sacar el tesoro de donde está. Déjeme conservar a uno, por lo menos.

El hombre que se hacía llamar capitán meditó durante unos segundos.

- Está bien – concedió -. Solamente uno. Los demás serán convertidos.

El brujo se acercó a nosotros y nos dijo:

- El que aguante más tiempo sin respirar, conservará su alma.

No teníamos más remedio que obedecer. Allí estábamos los cinco, en fila, apoyados en la borda, sin permitir que el aire entrara en nuestros pulmones. Nos mirábamos los unos a los otros, y cada una de las cinco miradas pedía disculpas a las otras, por intentar sobrevivir.

Hans Caradeliebre fue el primero en caer. Tendríais que haber visto la desesperación esculpida en su rostro. Por todos los demonios...

El segundo en vender su alma por una bocanada de aire fue Rubens Piesdecangrejo.

Ya sólo quedábamos tres aguantando la respiración. El capitán y el brujo nos observaban con interés. Pensé en escapar, pero había visto funcionar a los zombi en el pasado. Sabía que a una sola palabra del capitán, todos se lanzarían sobre mí. Marco Dedosdeanémona fue el tercero en respirar. Quiso saltar por la borda, pero los tripulantes lo sujetaron con sus manos muertas.

Sólo quedábamos el pelirrojo Jakes y yo.

Lo cierto es que estaba más preocupado por el pobre Jakes que por mí mismo. Sabía que aquella partida la tenía ganada de antemano. Yo era bueno buceando. Antaño me había ganado la vida en los mares del Pacífico, mendigando a las ostras que viven en lo hondo.

Cuando el pelirrojo Jakes se desplomó en la cubierta, bebiendo aire para toserlo luego, cerré los ojos, sintiéndome de pronto rematadamente solo.

Y ésa fue una de las únicas tres veces que he rezado a Dios nuestro señor.

El ritual se realizó esa noche.

A la luz de las antorchas, tuve que ver cómo aquel brujo envenenaba a mis cuatro compañeros con una pasta de hierbas maloliente. Los infelices enloquecieron. Arañaban las tablas de la cubierta. Chillaban llevándose las manos al estómago, con los ojos en blanco. Y a los pocos minutos, estaban muertos. Cuatro cadáveres envenenados, a la luz de la luna y las antorchas.

Tres días más tarde, los cuatro resucitaron... y se incorporaron a las tareas de a bordo. Obedecían como autómatas. Cuando me los cruzaba en la cubierta, se me erizaban los pelos de la nuca. Ya no eran ellos. Me miraban y no me reconocían. Me miraban y no los reconocía. Hans Caradeliebre, Ruben Piesdecangrejo, Marco Dedosdeanémona y Jackes el pelirrojo no volverían a responder a dichos nombres, ni a ningún otro. Ahora también ellos eran cántaros vacíos.

Yo no estaba obligado a trabajar en el barco, así que decidí pasarme casi todo el viaje encerrado en la bodega. No me gustaba tropezarme con los despojos de mis viejos amigos.

Tras varios días de navegación, noté que el galeón había fondeado. Aquello me inquietó. Según mis cálculos, no podíamos estar cerca de ningún puerto en el que hacer escala.

La curiosidad pudo más que la pena. Subí a cubierta, y al asomarme por la borda presencié un espectáculo extrañísimo. El barco estaba anclado a pocos metros del arrecife. Ese mismo arrecife que vosotros habéis visitado hace unas horas, amigo Prick.

Pero la escena más grotesca se desarrollaba en el centro del arrecife. Allí estaba el zombi del pelirrojo Jackes, desnudo como Dios lo trajo al mundo, chapoteando dentro del charco sin ilusión ninguna.

El capitán y el brujo observaban al zombi. Al primero le faltaba un pelo de maroma para empezar a tirarse de los suyos. Desde la borda pude oír su conversación.

- ¡Que me lleven los diablos! ¡Esto no funciona! – vociferaba el capitán -. ¿Por qué no puede pasar al otro lado? ¡Como me hayas timado, maldito hechicero...!

- No le he timado, capitán. No recorrería tantas millas de mar sólo para timarle en el último momento. ¿Qué ganaría a cambio?

- ¿Entonces por qué demonios no funciona? ¡Está desnudo!, ¿no?

- Ya le dije que estar desnudo no era el único requisito. Si se molestase en escucharme, nos habríamos ahorrado todo esto. Hay dos normas para poder atravesar el charco. La primera es que el cuerpo esté desnudo. Y la segunda es que el alma esté en el cuerpo. Así funciona el sortilegio. Un cuerpo sin alma jamás podrá pasar al otro lado.

- Tú y yo no podemos bajar ahí – decidió, pensativo, el capitán -. Sería arriesgado.

- Ya lo sé capitán. Por eso insistí en que conserváramos a uno.

Los dos hombres alzaron sus miradas y las clavaron en mí.

Media hora más tarde, estaba yo también en el arrecife, desnudo, con las cosas colgando.

Me condujeron hacia la orilla del charco, y mientras el capitán me escrutaba con desconfianza, el hechicero empezó a darme órdenes:

- Saltarás al interior del charco. Atravesarás el suelo, como por arte de magia. Entonces estarás en una cueva. Una cueva submarina. Tendrás que bucear hasta el fondo de la cueva. Allí encontrarás una montaña de estatuas. Estatuas de oro, engarzadas con piedras preciosas. Harás siete viajes, y en cada uno de ellos nos traerás una estatua. Siete viajes. Siete estatuas. Ni una más.

- ¿¡Nada más que siete!? – vociferó el capitán -. ¡Que se las traiga todas! No hemos navegado hasta aquí para llevarnos solamente siete. ¡Las quiero todas!

- No, capitán – respondió el brujo, con voz tajante -. Esas estatuas están ahí por un motivo. Los magos antiguos las amontonaron para que bloqueasen con su peso una compuerta que hay en el suelo de la cueva. Al otro lado de esa compuerta está encerrado el Süruh. Si quitamos demasiadas estatuas, el peso disminuirá demasiado, y el Süruh podrá levantar la trampilla y escapar.

- ¿Qué demonios es eso del Süruh? – quiso saber el capitán.

- El Süruh no puede salir de su cárcel – volvió a decir el brujo. Y el terror que se percibía en su mirada bastó para convencer al capitán.

- Está bien – concedió éste -. Con siete de esas estatuas tendremos suficiente para comprar un continente entero.

Me empujaron hacia el interior del charco. Yo era un hombre de poca fe, y pensé que me chocaría de bruces contra el suelo mojado, pero no sucedió así. Lo único que sentí en el cuerpo fue el fresco azote del agua salada. Vaya si lo echaba de menos...

Miré hacia arriba y vi la forma del charco: Un agujero a través del cuál veía el cielo y la figura distorsionada de los dos hombres, que me miraban sin verme.

Luego miré hacia abajo, y mis ojos se abrieron como atolones al contemplar la cueva submarina más maravillosa que habían conocido. Las paredes estaban adornadas con tapices naturales. Tapices de algas y coral, de todos los colores.

Buceé un buen rato entre cangrejos y lapas. Cuando llegué hasta el fondo, mis ojos se abrieron más todavía. Aquello no se ve todos los días, amigo Prick. Había cientos de estatuas amontonadas en un rincón. Todas ellas como las había descrito el hechicero: De oro y piedras preciosas.

En verdad era una pena llevarse sólo siete, pero en otra cosa había acertado el brujo: Bajo las estatuas había una trampilla de aspecto inquietante, y si en verdad había algo al otro lado de ella, aquella montaña de oro era el cerrojo que lo mantenía encerrado.

Di siete viajes, y en cada uno de ellos deposité una estatua en tierra firme.

Cuando mis carceleros tuvieron las siete estatuas en su poder, el barco zarpó, y nosotros con él.

Volví a encerrarme en la bodega, y quiso la suerte que desde allí pudiese oír, a través de una ranura entre las tablas, la frase que le dijo el capitán al brujo:

- Quiero que lo conviertas esta noche. No me gustaría que lo fuese contando por ahí.

Yo no soy un hombre demasiado creyente, amigo Prick. Pero si tengo que escoger entre mi alma y mi vida, no necesito darle demasiadas vueltas al asunto.

Salté al mar desde un ojo de buey. Estuve varios días a la deriva, y era consciente de que mis posibilidades de sobrevivir eran mínimas. Pero siempre fui un hombre de suerte. Quien no lo sea, más le vale buscar un oficio en tierra firme.

Naufragué en un islote. Allí me fabriqué una balsa. La balsa me llevó hasta un barco mercante, y el barco mercante me trajo al mundo civilizado.

A los pocos meses supe que el capitán y el brujo habían ido a medias. Vendieron las estatuas por más dinero del que cabe en cualquier cofre, y se convirtieron en gente rica y poderosa.

Yo me olvidé enseguida del asunto. Conservar la vida era ya suficiente recompensa. Contraté a mi criado Weng, y nos dedicamos a pescar cualquier cosa que tuviese escamas en cualquier sitio en el que hubiese agua salada.

El pescado nos daba para vivir. No necesitaba nada más. No hasta que conocí a Mirna.

Era la mujer más hermosa que ha pisado el mundo. Weng te lo puede confirmar. Te miraba y despertaba hormigas carnívoras dentro de ti. Pero hacía falta mucho dinero, y mucho poder, para que una mujer como Mirna se fijase en un mortal como yo.

Mucho más dinero, y mucho más poder, del que se puede ganar pescando estúpidos peces.

En seguida me acordé del arrecife, del charco, de la gruta submarina, de la montaña de esculturas de oro, con ojos de esmeralda, con uñas de rubíes... Si el capitán y el brujo habían medrado tanto con sólo siete estatuas, venderlas todas podría convertirlo a uno en el hombre más poderoso del planeta.

Dejé a Weng a cargo de todo y me eché a la mar, en busca del arrecife. Había hecho mis cálculos en aquel galeón, mientras permanecía encerrado en la bodega. Si esos cálculos no fallaban, daría con aquel trozo de roca en pocos días.

Y mis cálculos no fallaron.

Desembarqué en el arrecife, me desnudé, salté al charco y me sumergí en la gruta. Llegué hasta lo más hondo, muchas veces, todas las necesarias para trasladar el centenar de estatuas hasta los sacos que guardaba en mi velero.

En mi excitación, me había olvidado de la trampilla del suelo de la gruta. Cegado por mi deseo de acceder a Mirna, olvidé recordar todo aquello del Süruh.

Apenas quedaban diez estatuas cuando sentí que la trampilla se abría, destripando algas. Tenías que haber visto al ser que se asomó por ella, amigo Prick. Tenías que haber visto al Süruh.

Era la criatura más horrenda que se ha puesto delante de mis ojos. Un ser amorfo, de escamas podridas y afilados dientes de morena. De ojos acuosos como medusas venenosas.

El Süruh me agarró del brazo y tiró de mí, para susurrarme al oído estas palabras con una voz muy líquida:

- Me has liberado, y ahora estás perdido. Me comeré tu carne, tus entrañas y tus huesos.

Yo le supliqué, pero allí, bajo el agua, solamente salían burbujas de mi boca. El Süruh pareció entender esas burbujas, y volvió a susurrarme:

- Marcha, pues, con tu amada. Llévate las estatuas y prospera. Pero el Süruh no regala nada. Una vez al año, tu esposa deberá venir aquí, a pasar una noche conmigo.

Yo se lo prometí a aquel monstruo. Era la única manera de salvar la vida. La única manera de poder volver a ver a mi querida Mirna, y de que ella se dignase a verme a mí.

Naturalmente, no tenía intenciones de cumplir esa promesa. Abandoné el islote tan pronto como pude, con las bodegas del velero cargadas de oro y joyas.

Después de eso todo empezó como tenía que empezar. Vendí el tesoro. Me hice más rico y poderoso que ningún otro hombre que haya surcado estos mares. Sí, amigo Prick. Yo fui un hombre importante en otros tiempos. Mirna se fijó en mí. Nunca supe si la estaba comprando o conquistando, pero a los pocos meses nos casamos.

De un modo u otro, éramos felices, y aprendimos a querernos como marido y mujer. Era todo perfecto, y entonces sí que no ambicionaba nada más.

Pero una noche, justo la noche de nuestro primer aniversario, Mirna desapareció.

Weng y yo la buscamos por toda la casa. Ni rastro de ella. Cuando llegamos al embarcadero, nos dimos cuenta de que faltaba una barca.

Ordené a todas mis flotas que la buscasen, y lo hicieron sin éxito. Yo temía que se hubiese hartado de mí, temía que la hubiesen secuestrado para pedir rescate, temía mil cosas... pero de entre esas mil, la que más miedo me daba, era la más irracional de todas.

Mirna regresó a la semana siguiente, por sus propios medios. Ató la barca en el pantalán y se acostó en la cama junto a mí. Tenía fiebre. No recordaba dónde había estado, pero se había traído de allí un tormento que le carcomía el espíritu.

Llamé al médico más caro, y cuando terminó de examinarla, pronunció dos únicas palabras:

- Está embarazada.

Todos me dieron la enhorabuena. Yo no sabía hasta qué punto la merecía.

Mirna se recuperó de sus trastornos, pero un poso de amargura se le quedó en el fondo del alma para siempre. Su barriga crecía, y yo le concedía todos los antojos, a pesar de que eran antojos condenadamente raros... a pesar del mal presentimiento que me nacía cada vez que pegaba la oreja a la tripa de Mirna...

El niño fue sietemesino, si es que aquello era de verdad un niño. No tenía piernas, sino una especie de tentáculos de medusa. Su piel estaba cubierta de escamas viscosas, y sus brazos terminaban en pinzas de cangrejo.

Cuando me lo llevé para ahogarlo entre las rocas, Mirna trató de impedírmelo, poseída por un inexplicable instinto maternal. Se lo arranqué literalmente de los brazos, y me alejé hacia la costa, escuchando sus chillidos, cada vez más lejanos.

Lo sumergí en el agua para ahogarlo, pero parecía respirar bajo ella, observándome con sus ojos extraños, sin parpadear. Finamente le tuve que machacar la cabeza con una roca.

Aquel incidente aportó un matiz sombrío a nuestra relación, pero a pesar de ello nuestra vida fue apacible.

Pero llegó la noche de nuestro segundo aniversario, y a pesar de todas mis precauciones, la pobre Mirna volvió a desaparecer.

Regresó a los pocos días con los mismos tormentos flagelándole el alma... y embarazada por segunda vez.

Siete meses más tarde, nació una criatura similar a la primera, y yo la asesiné del mismo modo.

Cuando llegó la noche del tercer aniversario, decidí comprobar si mis temores eran ciertos. Espié a Mirna hasta que se marchó en la barca. Luego la seguí de cerca, en otra de mis embarcaciones.

Tras un día y medio de navegación, ya no cabía duda. Nos dirigíamos hacia aquel maldito arrecife.

Desembarqué en las rocas y me escondí lo mejor que pude. Aunque algo me decía que era una precaución innecesaria. Mirna no habría reparado en mí de todos modos. Parecía sonámbula. Dejó caer su vestido al suelo, quedando desnuda a la luz de la luna. Luego dio dos pasos hacia el interior del charco... y se sumergió.

Yo me quité la ropa lo más rápido que pude. Por tercera y última vez en mi vida, salté dentro del charco y atravesé la gruta submarina. Cuando llegué hasta el fondo, la trampilla del suelo estaba abierta.

¡Por todos los diablos, amigo Prick! ¿Por qué tuve que asomarme? Al otro lado de la trampilla vi al Süruh violando a Mirna con una brutalidad dolorosa. Y Mirna disfrutaba como una maldita puta.

Odié al Süruh como no he odiado a nadie. Quise matarle, pero no sabía cómo hacerlo. Si tú hubieses visto alguna vez a aquella criatura, amigo Prick, comprenderías que no ha nacido el ser humano capaz de hacerle un rasguño.

Me dije a mí mismo que si no podía matar al Süruh, tenía que buscar la manera de impedir que Mirna le hiciese esas visitas. Me quedé largo rato sentado entre las piedras del arrecife, esperando a que aquella bestia terminase de poseer a mi mujer.

Mis ojos, encendidos con lágrimas, miraban aquel charco y sólo podían pensar en una cosa: Si Mirna no tuviese alma, no podría atravesar el charco.

Seguí a Mirna en el camino de vuelta, la cuidé durante sus noches de tormento, luego la hice abortar del nuevo engendro que traía en las entrañas...

Y finalmente, que Dios me perdone... decidí que prefería tener el cuerpo de Mirna para mí solo, y librar su alma del horror de tener que copular con el horrible Süruh.

No me costó encontrar al brujo. Conseguí colarme en su habitación, y aguardé pacientemente a que llegase. Cuando me vio allí, sentado en su propia cama, parecía que había visto un muerto.

- No temas – le dije -. No he venido a vengarme. Sólo quiero que me enseñes a fabricar un zombi.

Continuará...

Madrid. 9 de septiembre de 2006.

EL ALMA DE NÄIL (tercera parte)

El viejo Näil dejó de hablar.

Estaba claro que su historia no había terminado todavía, pero sus fuerzas sí. Sus ojos se cerraron, y entonces el único brillo que quedó en su cara fue la constelación de sudor que le adornaba la frente.

Por unos segundos, el bueno de Prick pensó que el marinero se había muerto. Sólo durante unos segundos. El curandero había visto demasiados difuntos en demasiadas camas, y ningún vivo conseguía ya engañarle durante más de un parpadeo.

- Mirna... Pobre Mirna... – empezó a murmurar el marinero, consumido por los recuerdos y la fiebre.

Prick le limpió el sudor con un paño mojado, pero no le interrumpió. Intuía que la historia estaba a punto de continuar.

Y la historia continuó. Los labios de Näil volvieron a moverse:

* *

Aquel brujo no daba crédito a sus oídos. En su desconcierto veía reflejada mi locura.

- Lo hiciste – dijo con aterrada voz -. Liberaste al Süruh...

Mi silencio contestó por mí.

El brujo quedó paralizado. Sus ojos giraban inquietos, como si buscasen por todas partes un agujero en el que meterse. Había visto ratas mirar del mismo modo en las bodegas de un centenar de barcos.

Pero yo estaba metido en mi propio agujero, amigo Prick, y no estaba en disposición de consolar a nadie.

- ¿Me enseñarás a hacerlo? – le insistí.

- ¿Por qué no? – me respondió temblando -. El Süruh está libre. Ya nada importa.

- Si lo que te estoy pidiendo sale bien, el Süruh dejará de dar problemas.

El hechicero agarró mis hombros con desesperación.

- ¿¡Es que no lo entiendes, insensato!? ¡El Süruh no da problemas! ¡El Süruh es el problema! Volverá a destruir el mundo.

Yo no escuchaba al brujo, amigo Prick. Estaba demasiado metido en mis propios asuntos.

- ¿Me enseñarás?

- Te enseñaré. Ya nada importa.

Invité al brujo a mi casa. Él se llevó los ingredientes necesarios para fabricar aquel apestoso puré de hierbas.

Mirna desconfiaba del brujo y de las hierbas, pero aceptó tomarlas. No tenía ni idea de lo que estábamos haciendo con ella, pero le gustaba contentarme en mis caprichos.

Jamás olvidaré la última mirada de mi mujer. Los retortijones la revolcaban por el suelo. Sus ojos me buscaban entre el dolor. Decepcionados, desorientados... No fue la última vez que los ojos de Mirna se posaron en mí, pero fue la última vez que yo pude ver a Mirna tras ellos.

La agonía duró más de una hora. Luego Mirna murió.

Velamos el cadáver durante tres días.

El hechicero apena comía. Su expresión dejaba transpirar la sabiduría amarga de un condenado a muerte.

Sólo intercambiamos un par de frases durante aquellos tres días. Sucedió a las pocas horas de fallecer mi esposa. Yo no podía dejar de darle vueltas a un pensamiento incómodo. Y al final el pensamiento se me escapó por la boca:

- ¿Qué pasará con su alma? ¿A dónde irá?

El hechicero no se dignó a mirarme. Con los ojos perdidos en la hermosura del cadáver, respondió en voz muy baja:

- Eso nadie lo sabe.

Llegamos somnolientos a la tercera noche, y el cansancio nos pudo. No recuerdo a qué hora exacta me quedé dormido, pero la luna estaba ya bien alta cuando me despertó el roce de un vestido entre unas sábanas.

Abrí los ojos, mientras un vértigo me succionaba el estómago.

Allí estaba ella... otra vez caminando entre nosotros, con pasos que no pesaban en el suelo. La luna la recortaba en la ventana, incendiando su vestido con telarañas de luz.

¡Estaba tan hermosa, amigo Prick! El fantasma más bello que se ha deslizado por la tierra.

- Mirna... – susurré sin despertar al hechicero.

Ella giró la cabeza lentamente, en busca de mi voz. Me miró sin mirarme. Sus ojos se habían convertido en guijarros sin vida. El corazón se me encogió como un pimiento reseco.

- Mirna... – volví a susurrar... conmovido, aterrado, arrepentido...

El zombi de Mirna empezó a acercarse a mí, y sus movimientos me excitaron. La Muerte es una titiritera muy sensual. Me quedé agarrotado en el sillón. Mirna se agachó junto a mí. Sus manos muertas me acariciaron sin gracia, pero supieron tocar la flauta que encanta a las serpientes, amigo Prick. Cuando el zombi me acercó sus labios, los míos se abrieron como el cáliz de una flor. Aquella mirada opaca me tenía idiotizado. El vacío que se adivinaba al otro lado de los ojos de Mirna despertaba en mi alma ese vértigo insano... esa atracción que producen los abismos... ¡Oh, amigo Prick! ¿Nunca te has asomado a un acantilado y has sentido el deseo irrefrenable de tirarte por él? Pues eso sentí yo. Y me habría dejado besar por aquél cántaro vacío si el hechicero no se hubiese despertado justo a tiempo de impedirlo.

- ¡No hagas eso! – gritó, mientras apartaba a mi mujer de un empujón -. Jamás permitas que un zombi te bese en la boca. No lo hacen por amor, maldito estúpido. ¡Quiere robarte el alma!

Yo permanecía sentado en el sillón, inmerso en un shock que no me permitía reaccionar.

- Nunca la beses – prosiguió el brujo -. Si dejas que su boca entre en la tuya, se comerá tu alma.

Aquella fue la última advertencia del brujo, y la seguí al pie de la letra. Todas las noches hacía el amor con Mirna, pero los labios nunca subían más arriba del cuello. Que me cuelguen por mentiroso si digo que no me excitaba todo aquello. La piel era tan pálida, el pelo era tan negro... Y aquellos senos suaves que parecían amasados en la mismísima luna...

Algo de caballero me queda todavía, amigo Prick. Por eso me avergüenzo al confesarte que con aquella mujer podía hacer de todo. A todo obedecía. No se negaba a nada. Y nada discutía.

Hacer el amor con ella era navegar en un cama con la muñeca más bonita del mundo. Pero hacer el amor con una muñeca era aburrido. Uno se reflejaba en aquellos ojos vacuos y se sentía inmensamente solo.

Y no hablo únicamente de la vida a bordo de la cama. Se comportaba del mismo modo cuando hacía las tareas del hogar, o cuando le leía viejos libros junto a la chimenea. No tenía ninguna voluntad con la que desobedecerme, no tenía ninguna lengua con la que contradecirme, no tenía ningún alma con la que enamorarme...

Nunca volvimos a compartir ningún problema, ninguna discusión... Pero la vida se hace aburrida sin problemas. ¿Qué digo aburrida? Se hace inhóspita, desoladora, insoportable...

Y lo peor de todo, amigo Prick, no era la soledad. Lo peor era aquel tenaz remordimiento que me arrancaba a mordiscos la alegría de vivir. El cuerpo de Mirna era lo único que me quedaba de ella, y no podía aguantar verlo vacío; invadido y prostituido por la Nada...

Había matado a mi mujer, y poco a poco fui dándome cuenta de que los motivos que me habían conducido a ello no eran tan altruistas como yo quise creer.

A veces me refugiaba en la esperanza de que el alma de Mirna estuviese intacta en algún sitio. Tal vez un sitio mejor que esta basura de mundo al que nos agarramos con uñas y dientes sin saber por qué. Pero ya te he dicho que no soy un hombre creyente.

Tuve que perder a Mirna para darme cuenta de hasta dónde la amaba. De repente, sentí la necesidad, la obligación de regalarle un alma. Y yo solamente era dueño de una.

Y tuve que besar a Mirna para darme cuenta de que no la amaba tanto como yo creía. Sentí su lengua seca explorando la mía, y me excité al principio. Pero cuando sentí cómo me aspiraba el alma con codicia, un impulso defensivo más arraigado que cualquier noble sentimiento me hizo apartarla de mis labios de un violento manotazo.

Temblé de miedo, y de algo que está por encima del miedo, mientras la veía tirada en el suelo, relamiéndose con ansia. Pude ver en su mirada unas chispas de luz. Unas chispas de luz que comenzaba a echar de menos en mi propio interior.

No lo volví a intentar.

A partir de aquel día, algo cambió. Mirna no abandonó su condición de zombi, pero el nuevo brillo persistió en su mirada. Se convirtió en un ser un poco menos autómata. Dejó de ser un cántaro vacío para convertirse en un cántaro semi-vacío. Y aunque seguía sin poder hablar, nos conseguíamos comunicar de algún extraño modo.

Era tal la empatía, amigo Prick, eran tantos los sentimientos que compartíamos sin tener que mirarnos, que llegué a sospechar (y todavía lo sospecho) que desde aquel maldito beso le tenía alquilada una pequeña parte de mi alma a aquella desgraciada.

Era bonito. Era, en realidad, lo más parecido a un consuelo que me podía permitir.

Pero no era perfecto.

Desde que Mirna tenía aquel brillo en la mirada, a veces creía sorprenderla mirando el brillo de la mía con codicia. Era una sensación muy rara, amigo Prick. La sensación de mi alma codiciando mi alma. Mi propio espíritu intentando morderse a sí mismo para saciar su hambre.

Fabriqué una ceguera que me protegiese de los malos pensamientos. Pero un día me desperté con la sensación de que mi alma se abría camino a través de mis tripas, buscando la garganta. Justo después sentí cómo mi alma llamaba a mi alma desde la habitación de al lado; desde la habitación en la que encerraba a Mirna cada noche, antes de acostarme.

Casi pude escuchar aquel trozo de mi propia alma, gritando desde el cuerpo de Mirna: “Ven aquí, Resto-de-mí. Te necesito. Sal por la boca de Näil y cuélate por la cerradura”.

Y lo peor de todo, amigo Prick, fue que en ese instante recordé qué noche era aquélla: La maldita noche de nuestro aniversario de bodas.

Cerré la boca lo más fuerte que pude. Corrí hasta su habitación, me abalancé sobre aquel maldito zombi, y lo estrangulé con mis propias manos. No dejé de apretar hasta que aquella chispa avariciosa dejó de destellar en los ojos de Mirna.

Volvió a ser el cadáver más bonito del mundo. La enterré en el sótano de la casa, y abandoné mi hogar, dejando tapiadas todas las puertas y ventanas. Convertí mi mansión en una gigantesca cripta erigida a la memoria de mi esposa. Ya hubiesen querido todos los faraones del antiguo Egipto una pirámide como aquélla, amigo Prick.

Me deshice de todas mis propiedades arrojándolas al mar. Eran tantas mis riquezas que algunos aseguran que la marea subió varios centímetros cuando estuvo todo bajo el agua.

Quería desprenderme de todo. Dejar aquella maldición atrás y fabricarme una nueva vida. Pero como intentaba decir antes, son peligrosas las cegueras que uno se administra cuando quiere eludir asuntos importantes. Ya te dije que frecuentaba Haití, querido Prick. En el fondo siempre supe que no es tan fácil matar a un zombi. Siempre supe que era sólo cuestión de tiempo. Que algún día Mirna volvería a despertar, y encontraría la forma de volver para robarme lo que yo le robé un día.

Llevo toda la semana sospechando que había llegado ese día. Hoy me lo habéis confirmado Weng y tú.

El otro día, cuando mi alma empezó a escaparse para hacer excursiones por el Infierno, le pedí a Weng que me dijese qué día era. Maldita sea... Era el día de mi maldito aniversario. Creo que el Süruh se está cobrando con Mirna todos estos años atrasados. Noche a noche... Y mi alma está pagando la cuenta, hasta que se termine de perder del todo.

* *

Los dos hombres permanecieron en silencio. En cada uno de ellos habitaba un silencio distinto.

Al cabo de un rato, Prick miró al demacrado marinero y dijo:

- Me has llamado sabiendo que no puedo hacer nada por ti, querido Näil.

- Ya te he hablado de la ceguera mental, amigo Prick. Supongo que tenía la esperanza de que también en esta ocasión tuvieses un remedio para todo. O de que mirases todo esto, y que visto a través de tus ojos se convirtiese en otra cosa.

- Ojalá fuese ésa una de mis habilidades, amigo mío. Pero sabes que mis artes no pueden hacer nada por ti.

- Ya lo sé... – reconoció el anciano -. Pero a donde no es capaz de llegar tu medicina, siempre podrán llegar tus consejos... ¿No te queda ninguno para mí?

- Dijiste hace un rato que si tenías que elegir entre tu vida y tu alma, no necesitabas demasiado tiempo para pensarlo.

- Tienes razón, amigo Prick. Siempre tienes razón...

- Sólo se me ocurre una manera de solucionar esto, amigo. Creo que tú también la conoces, pero es tu valor el que tiene que dar el paso.

Näil asintió. Los dos hombres se miraban en silencio. No necesitaban ponerse de acuerdo con palabras. Los dos eran sabios. Los dos habían visto más cosas que el resto de ojos de la isla juntos.

- No hay otro remedio – concluyó el fatigado marinero.

- No hay otro remedio – confirmó el elocuente silencio de Prick.

Prick y Weng se ofrecieron a acompañar al viejo, pero éste insistió en que prefería hacer en solitario aquel último viaje. Cuando Prick le preguntó si le quedaban suficientes fuerzas, el marinero respondió:

- Sólo las justas para llegar allí y hacer lo que debo.

El curandero y el criado vieron la barca marcharse, con el viejo Näil tumbado a bordo, y tuvieron la sensación de estar asistiendo a un entierro vikingo.

Cuando un hombre hace lo que debe, todos los vientos le son favorables. Así llegó Näil al arrecife, con un ápice de vida aún en el cuerpo. Desembarcó arrastrándose. Se miró allí, desnudo, reflejado en el charco... Se zambulló. Ya no tenía la misma habilidad a la hora de bucear, ni el mismo aguante, pero logró llegar hasta el fondo de la cueva.

Al otro lado de la trampilla le esperaba el Süruh, con su mirar desagradable y líquido, con sus escamas putrefactas y sus voraces dientes de morena.

- Has tardado en venir – le dijo el Süruh, como si ya esperara la visita.

- Pero he venido – contestó el viejo Näil -. He venido a que te comas mi carne, mis entrañas y mis huesos. Pero prométeme que cuando lo hagas dejarás en paz a Mirna, y dejarás en paz mi alma.

- Te lo prometo.

Y mientras el Süruh devoraba el cuerpo deteriorado del anciano Näil, añadió algo más, entre bocado y bocado:

- Dentro de siete meses nacerá. Y a éste no lo podrás matar.

FIN

Madrid 12 de septiembre de 2006.