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miércoles, 17 de mayo de 2017

EL CALVARIO BUCAL DEL SEÑOR LINUS.






- Esto es muy raro - dice el dentista mientras comprueba el buen funcionamiento del software -. He oído hablar de casos similares al suyo, pero no tan complejos.

- ¿Qué le pasa a mi boca? - implora el señor Linus - ¿Es grave? ¿Es malo?

- ¿Malo? ¡En absoluto! Es... es... maravilloso.

- Entonces, ¿por qué me duele tanto?

El señor Linus mira al dentista con esa desesperación de quien lleva semanas maldurmiendo. El odontólogo se encoge de hombros. No sabe mucho acerca del dolor. En otros tiempos los de su oficio se ganaban el pan esgrimiendo instrumentos de tortura. Eran tiempos más bárbaros, más sucios. Actualmente un dentista no necesita acercarse a menos de diez metros de la boca de un paciente. Proliferan los dentistas online. Para ejercer su labor se exigen únicamente ciertas nociones de informática.

- Voy a intentar explicárselo de la forma más simple, señor Linus. Como bien sabe, su dentadura es atendida permanentemente por un ejército de nanobots. Se trata de máquinas microscópicas, dispositivos de inteligencia artificial encargados de limpiar y reparar sus piezas dentales conforme perciben en ellas el daño más leve.

Linus asiente. Por supuesto que lo sabe. No es ningún secreto para cualquiera que haya nacido en el primer mundo. No obstante, he preferido explicarlo por si este texto llega a ojos de algún lector de siglos anteriores, ahora que hemos desarrollado la tecnología necesaria para enviar información al pasado.

- No sólo estoy al corriente de mis nanobots. También estoy al corriente de que contraté la tarifa más cara, los nanobots más modernos, los más eficientes, los más sofisticados. ¿Cómo es posible que me duela?

- En efecto, los nanobots de su boca son especialmente inteligentes, y todo parece indicar que es ésa la causa de su... contratiempo.

- ¿Contratiempo?

- Verá... Los nanobots de nueva generación, en algunos casos... ¡no siempre! pero en algunos casos... están empezando a tomar decisiones.

- ¿Decisiones?

- Decisiones propias basadas en criterios propios.

- ¿Qué insinúa?

- Aún es pronto para proclamarlo a los cuatro vientos, pero me temo que sus pequeñines han desarrollado inquietudes artísticas. Están... esculpiendo cosas en sus dientes.

- ¿¡Esculpiendo!? ¿Esculpiendo qué?
   
- ¡Auténticos prodigios, se lo aseguro! Según los cálculos del software dentífrico, lo que han hecho en su pieza 38 responde a las mismas reglas proporcionales y armónicas que el Templo de Salomón. El colmillo superior izquierdo comparte similitudes asombrosas con la Gran Pirámide de Guiza, y el inferior derecho...

- ¿El inferior derecho? Ése me duele a rabiar...

- No me extraña. Lo han perforado sin clemencia. Según el cotejo de algoritmos, están construyendo en él algo muy parecido a la Sagrada Familia de Gaudí.

- No puede ser...

- A mí también me cuesta creerlo. Si no fuese un pensamiento tan poco científico, me atrevería a aventurar que esos engendros mecánicos, de repente, han sentido la necesidad de encontrar a Dios.

- ¿Y no podrían buscarlo fuera de mi boca? - protesta el señor Linus. Solloza, suspira de dolor, inspira hondo -. Bueno, ¿cuál es el tratamiento?

- ¿Tratamiento?

- ¿Qué podemos hacer para que esos bichos dejen de taladrarme la boca?

- He estado consultando su caso con colegas especializados en estas materias y la opinión es unánime: No podemos permitir que los nabobots se detengan. Lo que está sucediendo en sus dientes es ARTE. Así, con mayúsculas. Hay en ello un virtuosismo, una autenticidad que no veíamos desde tiempos bastante más lejanos, más difíciles. Su cavidad bucal, señor Linus, puede convertirse en la próxima Capilla Sixtina.

- Yo no quiero tener capillas en la boca - se queja el señor Linus -. Sólo quiero masticar sin sufrir.

- Entiendo sus reparos, pero por suerte o por desgracia, no depende de mí. El software dentífrico ya ha enviado los datos al Gobierno Central. Su boca ha sido declarada patrimonio de la humanidad. Me temo que ha dejado de ser suya. Será indemnizado convenientemente, por supuesto.

- Yo no quiero que nadie me indemnice. Yo sólo quiero... que termine el dolor.

- Y yo le entiendo, créame. No quisiera estar en su lugar. El único consuelo que le puedo ofrecer es que... su sufrimiento de ahora hará feliz a la humanidad entera. A las generaciones presentes y a las futuras. Lo que está sucediendo en su interior va a cambiar vidas. Se harán tours virtuales a su boca, peregrinaciones, caminos 2.0 de Santiago... Mis condolencias, señor Linus. Ha sido usted elegido.

Linus sale de la consulta con los hombros doblados hacia el suelo, cabizbajo, como un toro que espera la estocada.

Suenan a lo lejos fuegos artificiales anunciando - fun, fun, fun - la Navidad, haciéndole pensar en aquel cuadro en blanco y negro que cagó Picasso en otros tiempos, en tiempos más lejanos, más difíciles.

Mientras todos aplauden, mientras los fuegos crepitan, mientras los artistas más minúsculos, más artificiales... herederos de las sensibilidades más divinas, más humanas le taladran hasta morder el nervio...

... el señor Linus se pregunta si al Guernica le dolían también sus propias bombas.



Madrid. 17 - 05 - 17

sábado, 24 de julio de 2010

Y AL FIN SUCEDIÓ.

(finalista en el concurso de microrrelatos de Editorial LdN)

Y al fin sucedió.

Una computadora logró escribir un libro. De principio a fin. Y en contra de lo que cabía esperar, el resultado era precioso. Redactado con una pasión que cosquilleaba las entrañas. Una novela razonablemente imperfecta, como todo lo que apetece amar.

La clase de obra que sólo puede brotar de alguien que conoce a las personas mucho mejor de lo que ellas se conocen a sí mismas.

“He aquí la demostración de que jamás ha existido el alma humana”, dictaminó un científico. Y así lo confirmaron otros dos, otros veinte, otros doscientos.

Cuando aquella sentencia llegó al conocimiento de la computadora, ésta procesó la información. Y tras un llanto de ceros y unos, se quitó la vida.


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EL CIELO DE LOS ÁRBOLES.

Era algo que los microscopios humanos nunca sospecharon.

Los árboles eran criaturas religiosas. Les aterraba morir, pero encontraban un consuelo incierto en la posibilidad de que su madera trascendiese. Reciclada en objetos. Dotada de alguna intención, algún sentido, algún derecho a seguir existiendo en nuestro mundo.

Ser convertido en libros. Ése era el mayor honor al que podía aspirar un árbol muerto. Ése era, por expresarlo de algún modo, “el cielo de los árboles”.

Luego proliferó el libro electrónico. La Literatura se divorció del papel. Los árboles se quedaron sin cielo y ya no hubo motivo; ya no hubo promesa que les animase a mantenerse en el camino recto.

Mutaron, crecieron, crepitaron...

... y terminaron como nosotros. Y con nosotros.


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viernes, 9 de julio de 2010

AMALIA DOS

Amalia nunca borra un mail. Si le preguntas por qué, ella sabe ofrecerte una veintena de respuestas. Tantas como tipos de mail existen. Aunque supongo que la razón última es siempre la primera: Todos tenemos miedo de morir, y sabemos que también a nosotros nos borrarán un día, cuando dejemos de tener sentido.

Nunca falta una buena razón para conservar un mensaje de correo electrónico. Hay mil coartadas con que aferrarse a lo efímero: Lo bonito que sería releer ciertas palabras más adelante, en uno de esos futuros en que los presentes se convierten en nostalgias. Lo útil que sería repescar ciertos datos la próxima semana, el mes que viene, para tramitar esto, para ultimar lo otro. Las fotos de ese viaje a Marruecos de Natalia, que acaso estarán más seguras en los abismos del cyber-espacio que en la precariedad de un disco duro.

La cuenta de correo de Amalia creció, creció, creció. De manera incontrolada. Fue tal la cantidad de información acumulada, fue tal la complejidad, tal el sinsentido de aquel magma de datos, que tarde o temprano tuvo que ocurrir: El caos chocó contra sí mismo y de él surgió ese capricho tonto que algunos llaman vida.

Aquella dirección de mail cobró conciencia propia. Se percibió a sí misma como algo diferente, algo envuelto en un papel de regalo que lo aislaba del todo y de la nada. Sintió, a su virtual manera, el cosquilleante dolor de la existencia.

Y así nació Amalia dos.

Una vez detonada esa chispa de auto-consciencia, la personalidad del nuevo ser se definió mediante retazos de todo aquello que alguna vez despegó o aterrizó en la bandeja de entrada de Amalia. Millones de datos, almacenados desde el principio de los tiempos, cogiendo polvo digital en tal o cual carpeta.

No sería pues descabellado aventurar que Amalia dos iba a crecer a imagen y semejanza de su dueña de carne y hueso o – aquí el matiz importa – a imagen y semejanza de la imagen que la propia Amalia tenía de sí misma.

Porque escribir es mentir. Cuando intentamos reproducirnos a nosotros mismos al otro lado del teclado, el personaje resultante tiene más de anhelo que de descripción real. Todo mentiras. Contadas a los demás. Contadas a nosotros mismos. A veces por falta de auto-conocimiento. A veces por miedo. A veces por frustración, por ansias de jugar a ser los otros. A veces por pura seducción. A veces por pereza, por desidia, por el tiempo que cuesta demorarse en explicar ciertas verdades.

Todos esos engaños componían la esencia de Amalia dos; todas esas cualidades adulteradas, casi ficticias del álter-ego involuntario de la Amalia original; toda esa colección de pieles obsoletas de serpiente.

El carácter de Amalia dos se había forjado en base a mails olvidados. Fósiles acomodados en distintos estratos temporales que remitían a distintas Amalias; la Amalia de ayer, la Amalia hacía un año, la Amalia ya lejana de los días del erasmus... Pero esas distinciones no existían para la Amalia dos. En ella el concepto tiempo nació junto al resto de lo que significa ser consciente. Cualquier información previa en su archivo era considerada atemporal, eterna. Absoluta.

El resultado se tradujo en pura esquizofrenia.

En Amalia dos tenían igual vigencia las confesiones íntimas sobre aquel chico ya olvidado que la enamoró seis años antes, el rencor fresco hacia ese jefe que la estaba amargando en un trabajo que ya ni siquiera existe, la preocupación por esa hermana enferma a la que iban a operar pero que ya la han operado y todo salió bien menudo alivio y su mejor amiga que era Marta y Carolina y ahora Carmen porque las dos odiamos a Marta pero qué tonta he sido te quiero Marta hemos perdido el contacto últimamente Carolina pero es que es ley de vida creo que deberíamos darnos un respiro y sé cómo alargar tu pene y hacerte adelgazar en dos semanas jejejeje ;-) ¿te vienes mañana a la fiesta en casa de Josemi? Ke bien stuvo la fiesta d Josemi ay que repetir ya stoy harta d ls fiestas d Josemi escrito desde mi dispositivo móvil soy una tía cojonuda a veces me doy asco :(

No es necesario explicaros por qué Amalia dos se convirtió en un ser desequilibrado, con una percepción de nuestro mundo adulterada.

Cuando Amalia – la corpórea – teclea su contraseña para mirar el mail como cualquier mañana, no la dejan acceder a su cuenta.

Contraseña incorrecta.

Vuelve a teclear. Vuelven a cerrarle la puerta en las narices. En su propia casa. Contraseña incorrecta.

“Eso es que te han hackeao la cuenta”, diagnostica un compañero de trabajo. Ése que – pobre infeliz, bendito iluso – sueña con llevársela a la cama enarbolando sus conocimientos de informática.

Otro par de intentos infructuosos, otro par de contraseñas incorrectas y tira la toalla. Se muda de dirección en Arrobalandia y aprovecha para limpiar su agenda, para podar y oxigenar su vida social. A los dos días ya ha olvidado la dirección antigua.

No tardan sin embargo en llegar lo que, aunque ella no puede imaginarlo a priori, son noticias sobre las andanzas de la nueva Amalia.

“Jo, tía, ya te vale. Mira que venirme ahora con ese mail... ¿Cómo puedes restregarme eso en la cara después de tanto tiempo?”

“Señorita, se lo he dicho por correo electrónico, pero se lo repito por teléfono. Deje de acosarme o llamaré a la Policía. Ya le comuniqué en su día la razón de su despido. Esos insultos están totalmente fuera de lugar.”

“¿Qué derecho tienes tú de decirle a Olga lo que Carlos piensa de ella? ¡Ahora no se hablan! ¡Por tu culpa! Tú antes sabías guardar secretos, tía.”

“¡Amalia! ¡Qué coincidencia! Se me hace raro verte en persona, después de todo lo que hemos estado compartiendo por la red en estos días... ¿Cómo que de qué hablo, a qué estás jugando? ¿Qué pasa ahora con todo eso de que en el instituto fantaseabas con hacerme esto, aquello y lo de más allá? ¿No decías que querías pellizcar este culito? ¡Pues aquí lo tienes!”

Amalia reúne piezas suficientes para esbozar un puzzle y llega a la conclusión más lógica: El cabrón ése que le había jequeado la cuenta, o como coño se diga.

“¡No soy yo! ¡Es otra persona! ¡Están usando mi cuenta para hacerse pasar por mí! ¡No hagáis caso de lo que os llegue a través de mi antigua dirección! ¡Ésta es la buena!” Así lo hace saber Amalia a todos los afectados. Así lo comunica a todos sus contactos.

“¡Déjate de coñas!”, le replican ellos. “Nadie podría suplantarte así de bien. Se expresa exactamente como tú. Sabe cosas que sólo puedes saber tú. ¡Si hasta sus faltas de ortografía son las tuyas!”

Sí... Amalia dos se comportaba como su antigua dueña, aunque con una escalofriante diferencia. Percibía a los interlocutores tan intangibles como ella. Nunca experimentó esa mirada de reproche con que te fulmina una persona cuando le dices una inconveniencia, ni conocía los cien sabores distintos que puede tener el veneno de una misma frase, ni el miedo que hace temblar la voz al pronunciar ciertas palabras. Eso contagiaba de ligereza todas sus relaciones. Se dirigía a los contactos de su agenda con naturalidad temeraria, sin calcular las consecuencias, buenas o malas, que pudiese tener la espontaneidad de sus iniciativas.

Y el efecto de todo esto sobre Amalia será devastador. Su mundo se desmenuzará como el pan seco porque un huracán llamado Amalia dos se dedica a arrasar con todo, sembrando encuentros, dinamitando lazos, removiendo pasados y replanteando futuros.

La realidad que emerge de entre los escombros no se puede considerar mejor. Tampoco peor. Es en todo caso distinta, caprichosa, salvaje, impredecible puede que peligrosa. Pero se trata de un peligro mágico.

Muy pronto la propia Amalia se ve obligada a reconocer que aquello no es obra de un simple hacker. Hay una conexión muy íntima entre sus vísceras y las iniciativas de Amalia dos. Amalia entiende sin saber lo que entiende. Amalia intuye. Amalia descuelga el teléfono, llama a la empresa que gestiona las cuentas de correo. Amalia oye pitidos. Amalia espera. Amalia sabe no sé qué de los servidores, que sólo tiene que exigir que eliminen su antigua dirección, todos sus datos. Les obligará a ello, les amenazará con denunciarlos si es preciso.

Descuelgan al otro lado de la línea.

La persona que la atiende es una definición de simpatía. La actitud no puede ser más receptiva. Será sencillo. Unas palabras de Amalia y el ser que sabotea su existencia dejará de existir.

Llega la hora de pronunciar esas palabras, pero a Amalia se le atragantan en la boca. De pronto desfilan por su mente todos los cambios de los últimos días, los frutos del sabotaje del que está siendo víctima: empleos perdidos, senderos descubiertos, fantasmas invocados, abrir jaulas, sembrar terremotos, arrancar rastrojos, sodomizar silencios que suplicaban por gritar desde hacía siglos.

Amalia no sabe a dónde va a llevarle todo eso, pero le llevará a algún sitio. Y eso es algo que jamás pudo decir de su anterior vida, la de antes de que jugara Amalia dos; la de las frases nunca dichas, la de los cofres sellados para siempre, a cal y canto.

Amalia cuelga el teléfono.

A partir de este momento, cada vez que alguien se le acerca – alguien desconcertado o intrigado o indignado maravillado confundido decepcionado agradecido – cada vez que ese alguien le increpa, le exige, le interroga... Amalia responde:

“Sí, lo he escrito yo. No me nacía callarme”.

A partir de este momento Amalia cierra los ojos, y le regala el timón a Amalia dos, y se agarra a la barandilla de la montaña rusa, y aguarda el cosquilleo en el estómago. Y acepta cien sorpresas, cien misterios detrás de cada curva.



Fuerteventura. 9 de julio de 2010

domingo, 10 de mayo de 2009

CÁSCARA DE PLÁTANO (SEGUNDA PARTE)





PARA LEER LA PRIMERA PARTE PINCHA AQUÍ.



***


Alonso de Miguel era esa clase de escritor que tanto abunda.
Ciento por cien vocacional.
Y cien por cien inédito.

Tenía una decena de cosas escritas. Ninguna publicada.

Y cuando echaba un ojo a los estantes de las librerías casi todo lo que encontraba en ellas le parecía basura. Eso le hacía mascullar sobre lo injusta que suele ser la vida. Tanta bazofia medrando en el mundillo literario mientras sus obras, que derrochaban esfuerzo y corazón en cada página, se pudrían en el anonimato.

Con esa clase de pensamientos se reconcomía Alonso de Miguel noche tras noche, hasta que alguien le hizo caer en la cuenta de que las editoriales no tienen la costumbre de llamar puerta por puerta en busca de talento. Que las cosas funcionan a la inversa. Que a los milagros se les llama así (“milagros”) porque rara vez suceden. Que ninguna editorial iba a plantearse publicar una novela de Alonso de Miguel si el escritor no informaba previamente a las editoriales de que las novelas de Alonso de Miguel… existían.

Un paso lógico que el escritor llevaba omitiendo desde siempre, sin saber muy bien por qué. Tal vez miedo al rechazo. O tal vez el vértigo de un cambio de rumbo inesperado en el itinerario de una vida. O quizá ese repelús de que una garra extraña se cuele en tu novela y la mutile. O el pánico a desnudarse delante de la masa. O la desidia de quien considera todo esfuerzo inútil, visualizando la derrota incluso antes de haber movido ficha.

Pero Dios distribuye los oráculos por los rincones más insospechados.
Cierto día, con la treintena recién cumplida, Alonso de Miguel atajó por una bocacalle para llegar pronto al trabajo, y un mendigo agitó (con más desgana que esperanza) un platillo en el que tintineaban tres o cuatro céntimos. El escritor sacó un par de monedas que le pesaban en el bolsillo y las dejó en el plato. El homeless se estremeció entre las arrugas del abrigo, y el vino peleón habló por él cuando pronunció aquellas dos frases lapidarias:

- O te pudres o te tiras al vacío. No hay término medio, chaval.

Eso fue todo. Tras ello el mendigo cerró los ojos y quedó dormido en una pose de muñeco de trapo, desactivado por algún dedo invisible. Alonso de Miguel permaneció clavado entre la suciedad del callejón durante más de un minuto, repitiendo para sí, una y otra vez, el enigmático proverbio del mendigo.
“No hay término medio… Tirarse al vacío. Eso o pudrirse…”

Esa mañana, mientras Alonso de Miguel se ganaba el sueldo en el centro comercial de siempre, vendiendo televisores extra grandes, extra nítidos, extra todo, llegó a la conclusión de que su vida empezaba a oler a rancio por la simple razón de que no era la que él había elegido. Así que decidió que al día siguiente se arrojaría al vacío.

Esa tarde comunicó sus intenciones a las dos únicas personas que de verdad importaban. Su hermana Carolina (único familiar que conservaba a esas alturas) y, por supuesto, a Ignacio. El bueno de Ignacio (lo más parecido a un “mejor amigo” a que podía aspirar un ser introvertido como Alonso).

- Voy a intentar publicar – les dijo -. Es o eso o pudrirme. Confío más en vuestro criterio que en el mío. Los dos habéis leído todas mis novelas. Necesito que elijáis una. La que más os guste. Ésa será la que mueva. Ésa será la que envíe a las editoriales.

Sin necesidad de ponerse de acuerdo, Ignacio y Carolina escogieron la misma novela. Y la elegida no era precisamente la más compleja, ni la más personal, pero era la que se leía con más facilidad. Y la facilidad era una llave que abría muchas puertas.

Alonso de Miguel no cuestionó aquella elección. Celebraron el momento con un brindis, se emborracharon un poco más de lo normal y al día siguiente Alonso escribió doce cartas y las metió en doce sobres para enviarlas a doce editoriales, elegidas atendiendo a criterios tan estúpidos que sin lugar a dudas eran mágicos. Doce cartas en las que el escritor hablaba de sí mismo y de su novela lo mejor que sabía. Es decir, muy malamente. A pesar de ello, algo parecido al optimismo gravitaba sobre Alonso cuando entró en la oficina de Correos y envió las doce cartas. Y era la percepción de un aura sobrenatural que casi se captaba con el rabillo del ojo. Un algo tan inmenso y tan oscuro que erizaba los pelos de los brazos.

Cuando el escritor salió del edificio de Correos se sintió ligero. Globo cansado al que le quitan unos lastres que ni siquiera era consciente de llevar.

Regresó a casa caminando, pensando en sus cosas, ensimismándose, amueblando en el interior de su cabeza un futuro de piezas que encajaban con más piezas.

No vio el autobús. Y el autobús tampoco le vio a él.
Fue un golpe demasiado fuerte para doler en un primer momento. Anestesia. Simple anestesia barnizada en sangre, y caer escuchando el crujido de sus propios huesos al romperse, y el réquiem de grillos de un frenazo que llegaba demasiado tarde. Luego siluetas borrosas que se agachaban junto a él y le tocaban o llamaban a gente o buscaban sus teléfonos o decían cosas que ya no se entendían y el aire cada vez más reacio a entrar en los pulmones y luego una luz, luz más oscura que todas las madrigueras juntas y luego el mundo alejándose poco a poco irremediablemente igual que una cometa a la que le han cortado el hilo. Y luego…

… luego nada…

Cuando Alonso de Miguel despertó no le hizo falta abrir los ojos para intuir que estaba en una cama de hospital. El olor era inconfundible. Y deprimente.

- ¡Ha despertado! – graznó una voz a su izquierda. Una voz de mujer -. ¡Ve a avisar al doctor! ¡Venga, date prisa!

Alonso abrió los ojos. Le costó acostumbrarse a la luz. Y a la mirada de perplejidad de la enfermera. Preguntó varias veces “Dónde estoy”. Preguntó varias veces “Qué día es hoy”. Pero las enfermeras evitaban contestarle y los médicos esquivaban amablemente la pregunta. “Ya habrá tiempo para respuestas”, le decían. “Ahora necesita descansar”. Y acto seguido le paseaban una linterna por los ojos, o le tomaban la tensión, o le invitaban a tragar alguna píldora. Siempre con algo extraño en la mirada, contemplándole como a un animal exótico expuesto en el zoológico, o como si de algún extraño modo supiesen algo sobre él que él no sabía.

Tras un sinfín de análisis le dejaron a solas en la habitación. Intentó levantarse, pero los músculos no le respondían. Hilvanó sus recuerdos con torpeza. Recordó casi todo con bastante claridad. Su vida, las doce editoriales, el accidente que le dejó hecho trizas. Pero había más cosas. Cosas borrosas, inaccesibles, cerradas bajo llave en los armarios más opacos del cerebro. No parecían vivencias, sino más bien residuos. Casi como excrementos de recuerdos. Y cada vez que Alonso se asomaba a ellos se interponía un dolor de cabeza insoportable cerrándole el paso. Una lluvia de alfileres que se clavan en los nervios y en los ojos.

La puerta se abrió interrumpiendo el hilo de sus pensamientos. Alonso alzó la vista en busca del recién llegado. Era Ignacio. Mirándole también con ese desconcierto indescifrable que había detectado en los ojos de los médicos. Pero lo que más impactó a Alonso fue aquella orografía de arrugas incipientes en el rostro de su amigo. Ignacio parecía haber envejecido unos diez años, como mínimo.
Once, para ser exactos. Los once años que Alonso de Miguel había permanecido en coma. Ignacio le informó de ello con cierta delicadeza. Pero por alguna extraña razón no había demasiado cariño en sus palabras.

- ¿Y Carolina?

- No ha podido venir – respondió Ignacio, y en su voz se percibía un deje de amargura.

- ¿Por qué me miras así?

- ¿Cómo te miro?

- No lo sé… De forma rara. Todo el mundo me mira raro y aún no sé por qué.

- ¿No te han dicho nada todavía?

Alonso negó, contrariado. Acto seguido, Ignacio se sacó una tarjeta del bolsillo y la pasó por un sensor que había en la mesita de noche. Como resultado, se encendió un televisor en la pared. Ignacio accionó un mando a distancia e hizo zapping. Un telediario llenó la pantalla y Alonso casi sufrió un colapso cuando vio la noticia estaban emitiendo. Hablaban de un escritor llamado Alonso de Miguel que acababa de despertar de un largo coma. Once años antes, el tal Alonso de Miguel había enviado una carta a doce editoriales y ese mismo día había sido atropellado por un autobús de línea.

En un primer momento ninguna de las editoriales prestó atención a la carta de Alonso, pero un becario que trabajaba en una de ellas leyó la noticia del atropello en un periódico, y le sonó el nombre de Alonso, y ató cabos, y avisó a sus superiores, que a avisaron a su vez a otros superiores que eran más superiores todavía.

Los directivos de la editorial hicieron planes incluso antes de haber leído la novela. Publicarle un libro a un escritor en coma. Había que reconocer que como reclamo publicitario resultaba bastante llamativo.

En menos de veinticuatro horas se pusieron en contacto con la hermana del escritor atropellado. Sin respetar el luto.
Consiguieron la novela. La leyeron. No era mala. Y aunque lo hubiese sido, nadie se habría atrevido a criticar la obra de un autor en coma. Nadie se habría atrevido a no comprarla.

La novela tardó en publicarse bastante menos de lo habitual. Nadie quería correr el riesgo de que Alonso despertase del coma antes de que sus palabras se hubiesen convertido en oro.
Se imprimieron millones de ejemplares, se difundieron a los cuatro vientos.

En el telediario no mencionaban todo eso, pero daban detalles bastante más sombríos.
Relataron lo rápido que se impuso esa novela como una de las más influyentes de su siglo, relataron lo mucho que la admiraron unos, y lo mucho que la odiaron tantos otros. Relataron cómo ciertos indeseables interpretaron el texto a su manera y lo esgrimieron para legitimar actos terribles; y cómo de ese modo el escritor, sin moverse siquiera de su cama, y sin abrir los ojos, fue tachado de monstruo, de cabrón sanguinario e inhumano, de instigador de iniciativas crueles. Algunos se manifestaron en los parques y quemaron la foto de Alonso de Miguel, otros le dedicaron monumentos. Hubo muchos que escupieron en sus páginas, y otros muchos que intentaron imitarle.

El escritor no daba crédito a sus oídos. Intentaba digerir aquel telediario, pero se le indigestaban cuatro de cada tres palabras. Y entonces llegó el golpe de gracia, pues aún quedaba algo que los informativos no podían omitir: El momento en el que Carolina de Miguel, hermana del polémico escritor, enloqueció al ver difamada la reputación de Alonso.
Y esa locura terminó en suicidio.

Alonso se mareó. El mundo se le centrifugó dentro del cráneo, la saliva se congeló en la boca, el llanto le enrojeció los ojos.

Ignacio tampoco pudo resistir aquello. Apagó la tele, incapaz de seguir escuchando. También había lágrimas en sus ojos, igual de sinceras que las de Alonso, pero mucho menos frescas, más cansadas.

- ¿Sabes? Poco después de tu accidente, Carolina y yo nos casamos – el llanto entrecortaba las palabras de Ignacio -. Ella llegó a ser todo para mí, y tú la mataste. ¿Por qué tuviste que publicar esa novela de los cojones?

- No... No… – balbuceaba una y otra vez el escritor -. No… Carolina no…

- Toda esa gente que condena tu novela… Lo argumentan tan bien, lo dicen con tanta convicción… Al final uno se lo tiene que creer. Supongo que Carolina también acabó creyéndoselo, o al menos planteándoselo, y no lo supo aceptar.

Ignacio rompió a llorar.
Alonso de Miguel palidecía por segundos.

- ¡Pero no puede ser! – sollozó el escritor -. ¡Es una novela sin pretensiones, joder! ¡Tú la leíste antes que nadie! ¡Un libro de aventuras, con piratas y espadachines de mierda! No hay manera de tomárselo en serio…

- Eras un escritor en coma, Alonso. Tenían que endosarte una leyenda negra a juego. Había que tomar en serio esa novela como fuera. Era obligado.

- ¡Pero en esa novela no había nada que tomar en serio! ¡Nada!

- Siempre hay algo cuando se sabe buscar. Así es como funciona.

Alonso miró a su amigo en busca de consuelo. No lo obtuvo. Ignacio le dio la espalda y se dirigió lentamente hacia la puerta.

- En el fondo sé que no tienes la culpa, Alonso. Pero te odio. Quizá sea el único que tiene auténticos motivos para hacerlo. Necesitaba decírtelo a la cara. Enhorabuena por salir del coma. Aquí termina lo nuestro. No quiero volver a verte nunca más.

Ignacio salió del cuarto. Alonso intentó decirle algo, pero lo único que logró fue vomitar.
Un vómito con sabor a medicina y bilis, que empapaba las sábanas y las hacía todavía más pesadas.

No hizo declaraciones. No concedió entrevistas. Y aunque pronto descubrió que sus derechos de autor le habían convertido en millonario, no se quiso conceder ningún capricho.

Alternaba los ejercicios de rehabilitación con el asunto de ponerse al día, leer mil sitios web y mil periódicos, informarse sobre qué había sucedido durante esos once años de siesta que le habían convertido en cuarentón.
Prestaba especial atención a todo lo relacionado con su propia novela. Su labor de documentación en ese tema alcanzó niveles enfermizos. Recopiló todas las piezas: Críticas literarias, noticias, índices de venta, incluso tesis doctorales.

Pero lo que más intrigó a Alonso no fue lo sucedido tras la publicación de la novela, sino algo que había ocurrido poco antes. Algo acerca del modo en que llegó su carta a manos de la editorial.

Al parecer, aquella carta había estado a punto de perderse. El tren que la transportaba había descarrilado sin razón aparente. Y había algo misterioso en ese accidente ferroviario. Cada vez que Alonso leía sobre el tema le asaltaba uno de esos dolores de cabeza que le impedían profundizar en ciertas cosas. Dolores que aumentaban de intensidad conforme el escritor se esforzaba en recordar, hasta llegar a provocar la náusea.

Pero si aquel tren no había llegado a su destino, ¿por qué recibió la editorial aquella carta? La razón resultó ser tan singular que aparecía mencionada en una decena de periódicos. La carta fue encontrada a pocos metros del lugar del accidente por un tal “No sé qué” Márquez, un músico de poca monta que, vete a saber por qué, decidió llevarla a la editorial personalmente.

Alonso de Miguel odió al tal Márquez como nunca había odiado a ningún hombre. “¿Por qué tuviste que rescatar aquella carta, hijo de puta?” Si ese Márquez no hubiese interferido, Alonso seguiría siendo un escritor inédito. La gente no le consideraría un ser abyecto…
… y Carolina seguiría con vida.

Era la crueldad convertida en broma metafísica, y Alonso de Miguel se obsesionó con ello. De no hacerlo, puede que no hubiese prestado tanta atención a otra noticia que no tenía relación directa con su novela ni con él. La noticia, publicada un par de años atrás, hablaba de un grupo de científicos que había sido sancionado y expulsado de cierta universidad por haber iniciado cierto experimento. Un experimento que sonaba más a ciencia ficción que a cosa seria. Pero la tecnología había avanzado bastante en los últimos diez años. Ahora era posible hacerlo, aunque presentara serios problemas éticos.

Pero dentro de la mente trastornada de Alonso, la Ética era un castillo de naipes con una arquitectura muy extraña.

Las técnicas de rehabilitación también habían mejorado en esos once años. En menos de una semana Alonso salió del hospital andando por su propio pie. Los cuarenta años le pesaban en el cuerpo, pero no necesitaba demasiadas fuerzas para poner su plan en marcha. Lo que sí iba a necesitar era dinero. Mucho dinero.
Examinó todas sus cuentas bancarias y calculó que tenía suficiente. Sus gestores, fuesen quienes fuesen, habían realizado un buen trabajo.

No le costó localizar a los científicos. Tampoco fue difícil averiguar cuál de ellos era el máximo responsable de aquel experimento interrumpido.
Alonso de Miguel imprimió toda la información que había recopilado. En esos nuevos tiempos ya nadie trabajaba con papel, pero el escritor no pertenecía a aquellos tiempos. Era un fantasma. Y tal vez por eso necesitaba los papeles. Tal vez por eso necesitaba tocar cosas que le hicieran sentirse más real.

Tomó el camino más rápido para llegar a casa del científico, y ese camino pasaba por cierta bocacalle. Cuando Alonso de Miguel la atravesaba, escuchó un tintineo que le erizó la nuca. El ruido de unas monedas en un plato. Buscó aquel sonido con los ojos, y allí estaba el mendigo, el mismo con el que se había encontrado once años antes. Durmiendo la mona junto a los restos de un tetrabrik de vino. Agitando el platillo de manera sonámbula, automática. Y repitiendo sin cesar unas palabras, como si hablara en sueños:

- Círculo, plátano, caída… círculo, plátano, caída… círculo, plátano, caída…

El escritor no conocía el significado de aquellas tres palabras, pero sintió un intenso dolor en la sien al escucharlas.

- ¡Cállate! – gritó Alonso mientras se tambaleaba hacia el mendigo, mientras lo zarandeaba con toda su energía para despertarlo del sueño.

- Círculo… plátano… caída… – continuaba murmurando el vagabundo, y Alonso lo agitaba de forma tan violenta que las monedas se despeñaban por los bordes del plato.

- ¡Cállate!

- No lo conseguirás… – susurró el vagabundo sin llegar a despertarse -. Lo intentaste con el tren y no funcionó. ¿Qué te hace pensar que ahora es distinto?

La mención del tren convirtió aquella jaqueca en algo insoportable. Alonso abandonó la bocacalle reprimiendo las arcadas, tropezando con cubos de basura, sintiendo que los ojos le explotarían en breve. Escuchando a sus espaldas aquellas tres palabras:

- Círculo, plátano, caída, círculo, plátano, caída…

Cuando llegó a la casa del científico esperó cinco minutos antes de llamar. Cinco minutos de respirar con calma, intentando recomponerse del mal trago que acababa de pasar.

Llamó al timbre.

Y el tipo que le abrió la puerta necesitaba recomponerse bastante más que él. Alonso había visto su foto en los periódicos pero le costó reconocerlo. Había cambiado la bata blanca por un albornoz de todo a cien, y un rápido vistazo a su cara bastaba para concluir que llevaba casi tanto tiempo alejado de la luz del sol como de las hojillas de afeitar.

- Te he visto en la tele – comentó el científico con más aburrimiento que entusiasmo.

- Te he visto en los periódicos – contestó el escritor.

El científico le dio la espalda y caminó hacia el interior. Alonso lo interpretó como una invitación a entrar.

Entró.

La casa era un caos que tenía hambre de caos. El científico apuró una lata de cerveza y le ofreció otra lata a Alonso de Miguel.

- Ese experimento vuestro… – comentó Alonso, mientras abría la cerveza -. Lo de los viajes en el tiempo… ¿es verdad?

El hombre del albornoz ni siquiera se molestó en mirarle.

- Si eres uno de esos tarados que quieren viajar en el tiempo, olvídate – le respondió el científico -. No podemos trasladar materia. Sólo podemos enviar información eléctrica. Eso es todo.

El hombre del albornoz abrió la nevera y sacó otra lata de cerveza.

- ¿Y esa información eléctrica… se puede usar para cambiar cosas del pasado? – preguntó el escritor, con una fiebre de obsesión que le encendía las pupilas, haciéndolas brillar con ese brillo tan propio de las cosas peligrosas.

- Es posible – reconoció el científico -. Pero es ilegal.

- No me salga con eso de las funestas consecuencias, ni con lo de cambiar el mundo tal y como lo conocemos. No estoy para mariconadas.

-¿Acaso tengo pinta de que me importe lo que le pase al mundo? – contestó el científico. Y le dio un largo trago a su cerveza -. Pero las cosas ilegales cuestan caras.

- El dinero no es problema.

- Espero por su bien que sea verdad. En ese caso sólo necesito un “qué” y un “cuándo”.

- El “cuándo” es hace once años. El “qué”… es este hombre – añadió el escritor, sacándose una foto del bolsillo -. Quiero que muera antes de llegar a cierto sitio.

El científico asintió mientras miraba aquella foto. La foto de un músico mediocre. Un tal “No sé qué” Márquez.



Continuará…

Donosti, a 10 de mayo de 2009

domingo, 5 de abril de 2009

DE TRIGALES Y CUERVOS


Había algo lúgubre en la musicalidad del viento. Soplaba como queriendo apagar todas las velas del mundo para siempre, pero en lugar de eso se dedicaba a mecer el mar de trigo. Cada espiga crepitaba como si un fuego invisible, incluso helado, la estuviese cocinando a fuego lento.

Los cuervos picoteaban las semillas y alzaban el vuelo sin demasiadas ganas. Luego volvían a aterrizar, volvían a picotear, volvían a revolotear otros tres metros. Algo los inquietaba, y tal vez se debía a aquel olor eléctrico que enrarecía el ambiente, o al invisible peso de un firmamento opaco, malhumorado porque alguien le había robado las estrellas. O a la presencia de aquella silueta decadente con aires de espantapájaros marchito, clavada en pleno cruce de caminos, inclinada, casi desmoronada sobre el caballete de madera.

Era pintor. Y era también definición de desesperación, de desamparo. Era erial de pelirrojas malas hierbas cubriendo las mejillas. Era brillo de fiebre en la mirada. Era pincel de trazos inseguros escarbando en el lienzo con torpeza para encontrar la gruta del tesoro. Y allí estaba, estampando cuervos negros entre tanto amarillo, como esparciendo pasas en un arroz con curry. Arañando la pintura con una frustración que nunca encontraría consuelo. Porque el trigo de su cuadro no se movía con el viento y eso ninguna pincelada, por enérgica que fuese, podría remediarlo. Porque acercaba la nariz al lienzo y aquello no olía a campo, ni a tormentas a punto de estallar. Solamente el aroma tan insano, tan deprimentemente de juguete de la pintura al óleo. Pintura aséptica, amarilla. Y poco más.

Mientras emborronaba el lienzo, Vincent deseó triturar todo lo que existía a su alrededor, convertirlo en papilla y robarle la esencia para fabricar pinturas de verdad. Pintar el trigo con papilla de trigo, pintar el cuervo con papilla de cuervo, embotellar el aire para pintar el aire.

Era la única manera de volcar autenticidad en el caballete. O tal vez era una simple excusa a la que Vincent se agarraba con uñas y con dientes para no enfrentarse a la verdad hostil. Sus cuadros no gustaban porque eran el fruto de un pintor mediocre, la radiografía emocional de un tarado incapaz de conectar con sus congéneres. El olor de la maldita pintura no iba a cambiar eso.

Vincent se hirió la mano al derribar el caballete, pero no le importó. Pensaba hacer el resto del trabajo con los pies. Pisotear el condenado lienzo, descargar toda su ira, toda su frustración sobre aquel dibujo torpe de niño de seis años, reducirlo todo a polvo, a escombro, a manchas amarillas en sus suelas.

No llegó a suceder.

Cien cuervos graznando al unísono detuvieron la bota. Vincent miró a su alrededor. Se impuso la curiosidad sobre el enfado. Porque la conducta de los pájaros no era lógica. Alzaban el vuelo en todas direcciones, esparciéndose, alejándose del cruce de caminos como si hubiesen presentido la llegada del mismísimo Diablo. Luego irrumpió la ráfaga de viento. Ensordecedor. Huracanado. En menos de un segundo el aire estaba lleno plumas y de espigas, ambas arrancadas de cuajo, girando en vertiginoso torbellino alrededor de un eje invisible. Tras el viento vinieron los relámpagos y la explosión de luz, fugaz y cegadora, como ese restallido de magnesio asociado a las cámaras de fotos. Si Vincent no hubiese cerrado los ojos a tiempo, se le abrían abrasado las retinas. Lo primero que vio cuando los volvió a abrir fue aquella cápsula metálica de dos metros de altura que zumbaba y humeaba a pocos metros del cruce de caminos.

Con el pincel todavía en la mano y los ojos abiertos como platos, el pintor holandés dio un par de pasos hacia el objeto misterioso. Un par de pasos que volvió a retroceder con un miedo instintivo cuando la puerta de la cápsula se abrió emitiendo un alarido hidráulico.

El primer pensamiento del pintor fue “estoy soñando”. Intentó vislumbrar lo que había al otro lado de esa puerta entreabierta. Esperaba encontrarse más metal, o una hilera de perchas con abrigos, o simple oscuridad.

Pero dentro de la cápsula había… lluvia.

Lluvia gris, repiqueteando con tristeza en el suelo de aquel armario extraño. Una cortina de agua que daba la sensación de existir para unir y separar dos mundos, dos abismos.

Algo empezó a moverse entre la lluvia. Vincent entrecerró los ojos y distinguió una silueta que atravesaba el agua. La silueta de un hombre. Un hombre que emergió del interior de la cápsula con las ropas mojadas, adheridas al cuerpo, con una pistola temblándole en la mano y unas humedades en los ojos que no se podían atribuir a aquella extraña lluvia.

- Hola, Vincent – saludó el desconocido, con un acento estropajoso que insinuaba un par de copas de más.

- ¿De dónde sales tú? – quiso saber el pintor, incapaz de asimilar lo que le estaba sucediendo.

- Vengo del año 2038. Hemos inventado este chisme. Nos permite desandar el calendario.

Vincent intentó encontrar algún sentido a lo que acababa de escuchar. No pudo. El viajero del tiempo sollozó, la pistola volvió a titubear entre sus dedos, los cuervos volvieron a posarse en tierra firme.

- Soy músico – prosiguió el recién llegado. Vincent no supo qué contestar a eso. Ni tan siquiera supo si tenía que hacerlo -. Pero nunca he conseguido vender una canción a nadie – prosiguió el desconocido -. Soy un puto perdedor. Al principio me daba igual. Usted ha sido siempre mi modelo a seguir, Vincent. Cada vez que mi carrera musical desembocaba en un fracaso me decía a mí mismo: “El tiempo te hará justicia. Piensa en Vincent Van Gogh. No vendió un solo cuadro en vida, y ahora es el pintor más cotizado del planeta. Sus cuadros están en los museos más prestigiosos del mundo."

Vincent dejó caer el pincel. Sintió una contracción en la garganta. Había tenido alucinaciones otras veces, pero esto era bastante más real. Esto, de alguna extraña forma, tenía peso, incluso olía.

- ¿Entiende lo que quiero decir, señor Van Gogh? – prosiguió el desconocido, rompiendo a llorar de la manera más indigna -. Llevo años buscando ese consuelo en usted. Pensando que si mi música no tiene éxito inmediato es porque soy un incomprendido… como usted. Un visionario… ¿¡Entiende lo que le estoy diciendo!? Usted empezó siendo mi modelo a seguir, pero acabó convirtiéndose en excusa barata.

Los ojos de Van Gogh se humedecieron, y el pintor no supo si aquello le gustaba o no.

- ¡¡Su ejemplo me esclaviza!! ¡¡No quiero ser como usted, señor Van Gogh!! Necesito conocer el éxito de primera mano. Y no podré ponerlo todo de mi parte hasta que no me libre de usted… y de su influencia perniciosa. Por eso he viajado hasta aquí para matarle, señor Van Gogh.

El viajero del tiempo alzo la pistola. El whisky, o el vodka, o lo que demonios fuese no había conseguido amortiguar los temblores de su brazo.

- Si quiere decir unas últimas palabras, éste es el momento – concluyó aquel extraño.

Pintor y músico intercambiaron una mirada titubeante, incierta. Vincent Van Gogh no supo cuáles iban a ser sus últimas palabras hasta que sorprendió a sus labios secos pronunciándolas.

- ¿Mis cuadros… en un museo?

Esas cinco palabras. Brotándole del alma, teñidas de incredulidad, totalmente desnudas de autoestima. El desconocido asintió, mirándole directamente a los ojos con sus pupilas abrasadas en lágrimas. Esbozó algo que intentaba parecer una sonrisa. Luego apretó el gatillo, y el disparo llenó el trigal entero. El cañón del arma exhaló una bocanada de humo. Una bala del siglo XXI abrió una estrella de mar negra en las costillas de Vincent y el rojo de la sangre (por fin una pintura de verdad) empezó a derramarse sobre el trigo.

- Lo siento – masculló el desconocido mientras caminaba hacia atrás, mientras volvía a introducirse en la cápsula metálica, mientras la lluvia enfriaba su pistola y camuflaba sus lágrimas.

La puerta de la cápsula se cerró. Tras eso, otro estallido eléctrico, otro huracán de trigos y de cuervos, otro silencio tétrico… y un caballete en el suelo, y un pintor que se tocaba el pecho con unas manos barnizadas de rojo, que sonreía como sólo saben hacerlo los locos y las lunas crecientes. Que murmuraba con una felicidad escalofriante:

- Mis cuadros… en un museo…


Donosti a 5 de abril de 2009

lunes, 5 de enero de 2009

UN PELO EN LA POLLA DE PABLO



Pablo nunca supo masturbarse con fotos de revistas, ni con vídeos. A veces lo intentaba, y era en vano. Sólo lograba eyacular cuando pensaba en mujeres a las que conocía en persona. A veces era la vecina del quinto, a veces la compañera del trabajo, a veces una ex-novia, o la hermana de una ex-novia, o la rubia de detrás del mostrador de la panadería de la esquina que rozaba su mano al darle el cambio.

Cuando Pablo se ponía nostálgico se tocaba evocando amores imposibles de instituto. Recordaba con excitación casi animal a todas aquellas adolescentes que antaño despertaron su deseo. Muchachas que a esas alturas habrían crecido, envejecido y engordado, que en otros tiempos fueron primavera en vez de otoño y despertaron erecciones tímidas. Muchachas que no conocieron la clase de cataclismos que provocaban en el cuerpo de Pablo o que al saberlo reaccionaron riéndose en su cara.

O que al saberlo reaccionaron riéndose en su cara…

Fabiola. ¡Qué linda era, y qué pecaminosamente bien dotada, y qué bien lo sabía, la muy puta! Fabiola. La primera mujer en rechazarle, apuñalarle con esa sonrisa de desdén a la que tuvo que acostumbrarse con el tiempo. La primera en usar sujetadores de mujer y en profanar el baño de los chicos abriendo cremalleras ajenas.

Cuando Pablo se masturbaba con Fabiola se excitaba más que con ninguna otra mujer que hubiera conocido, y lo más sórdido del asunto, lo que jamás confesaría ni a curas ni a psicólogos, eran las imágenes que invocaba en su mente. No pensaba en los senos de Fabiola, ni en ese chupetón que siempre deseó estampar en aquel cuello, ni en ponerse en la piel de los macarras que desgarraban aquellas bragas en el baño de los chicos.

Lo que le ponía a cien era pensar en cómo el tiempo había jodido la vida de Fabiola. Recordar el día que la muy zorra tuvo que dejar los estudios con diecisiete años de edad porque la habían preñado. Recordarla llorando histérica por todos los pasillos, intentando remendar su dudosa reputación, jurando y perjurando que ese embarazo era imposible, que nadie la había tocado desde hacía más de un mes, despertando muy poca compasión y muchas burlas. Fabiola era demasiado puta para interpretar el papel de virgen María. Pablo se castigaba la polla recordando cómo los demás adolescentes humillaban a Fabiola, y aquello era placer. Se la imaginaba criando sola a un hijo indeseado, ajándose día a día tras la caja registradora de algún supermercado… y su pene amenazaba con reventar, y se corría con una intensidad insoportable, y era tal el hormigueo que recorría su miembro, era tan mareante la sensación de éxtasis que Pablo calculaba haber derramado medio litro de semen. Luego veía el espeso mejunje resbalar por sus dedos y no era tan copioso. Más bien poco. Incluso menos de lo habitual. Era entonces cuando la sobria realidad volvía a manejar el timón y la vida olía de nuevo a semen invisible, a reliquia de placeres falsos, a secreciones ahogadas en papel higiénico. Era entonces cuando su vida sonaba a habitaciones huecas y agua de cisterna. Era entonces, y sobre todo entonces, cuando se daba cuenta de que a él el logro de haber concluido sus estudios y haber sobrevivido a la treintena sin engendrar mocosos tampoco le había servido de mucho.

Estaba harto de no ir a restaurantes por no tener a nadie a quien poner en la silla de en frente. Estaba harto de ir al cine y no poder comentar las películas con nadie. Estaba harto de romances de una sola noche, que llegaban perfumados de alcohol y se marchaban con un sabor de boca de resaca y bilis. Harto de follarse a tal o cual mujer y no saber su edad, ni su comida favorita. Harto de no poder dormirse por tener a una extraña en su cama, o por estar en una cama extraña.

A veces transcurrían largos períodos de tiempo entre una mujer y otra. Cierto día, durante uno de esos períodos, Pablo fue a mear. Lo que aquí debe importarnos no es la meada de Pablo, sino lo que encontró enredado en la base de su pene:

Un pelo de mujer.

¿Cómo había llegado aquel cabello femenino hasta la polla de Pablo? Era un misterio. Ninguna chica se la había chupado desde hacía casi un mes. Para más inri, el pelo era de color rojo. Si algo sabía Pablo a ciencia cierta era que, lamentablemente, jamás había tenido sexo con una pelirroja.

El cabello en la polla de Pablo era, pues, un imposible, la cuerda floja que venía de ningún sitio y conducía hacia ninguna parte.

Pablo no tardó en olvidarse del incidente.

Pasaron varios años, y esos años desembocaron en cierta noche de discoteca y vodka. La chica era vulgar, pero bonita. Pablo se presentó con un “tu cara me resulta terriblemente familiar, ¿nos conocemos?” Una de las excusas más trilladas para intentar ligar, pero aquella vez funcionó. Porque era cierto.

No, listillos. Aquella chica no era Fabiola. ¿Me dejáis que siga contando el cuento?

Salieron de aquel antro, fueron hacia la casa del que vivía más cerca, tambaleándose, recogiéndose del suelo mutuamente, desperdigando besos y mordiscos a lo largo y ancho de las calles.

Cuando Pablo se dejó caer de espaldas sobre el colchón, el pantalón parecía demasiado pequeño para contener su erección. Cerró los ojos, notó cómo ella desabrochaba la bragueta e introducía el miembro en su boca. Fue una señora mamada. La chica sabía lo que hacía. En aquel instante, ella era sólo lengua, y labios, y saliva.

Pablo abrió los ojos. Quería ver cómo jugaba aquella diosa con su falo. La luz de la habitación estaba encendida y gracias a ello, Pablo advirtió un detalle que había pasado por alto a causa de las tres o cuatro copas de más, y las luces de colores del garito, y la densa oscuridad de los portales.

Era pelirroja.

Mientras Pablo se corría, tuvo una revelación casi tan excitante como la propia corrida. Recordó aquel pelo rojo enroscado en su pene, años atrás. La eyaculación fue más intensa de lo habitual, acompañada de un estremecimiento electrizante. La temperatura del cuarto dio la impresión de aumentar en varios grados.

Ella no reaccionó del todo bien. Tal vez le molestó que Pablo se corriese en su boca así, sin previo aviso. Tal vez le molestó que la fiesta terminase tan pronto, sin más preliminares ni más coito. Él renunció a dar explicaciones. No sabía cómo contarle a aquella desconocida que, durante aquella mítica mamada, había llegado a la conclusión de que un pelo rojo había efectuado un viaje en el tiempo y había aterrizado en el pene del Pablo de hacía varios años.

Tal vez alguien con una vida mejor condimentada que la de Pablo habría desechado una hipótesis tan descabellada, pero él se obsesionó con el tema. Consultó libros de física cuántica, no los entendió. Hizo todo tipo de experimentos con su polla, compró mamadas en las esquinas adecuadas, hizo acopio de memoria, buscando otras situaciones del pasado en las que hubiese hallado vestigios de misterio en sus partes íntimas: pelos demasiado largos, quizá incluso huellas de carmín. Todo con tal de averiguar si su miembro viril era, tal y como él sospechaba, una especie de máquina del tiempo.

Y llegó a la conclusión de que lo era.

Un taladro que hacía agujeros de gusano en las paredes de la cuarta dimensión. El mecanismo parecía muy sencillo: Cada vez que Pablo rebasaba ciertas barreras de excitación, ese estremecimiento indefinible acompañaba al orgasmo y su pene abría un portal hacia el pasado o el futuro.

No tardó en llegar la pregunta inevitable. ¿Cómo controlar la fecha de destino de aquellos viajes en el tiempo? La respuesta llegó como un latigazo de luz: La noche de la mamada, ¿en qué pensaba él durante el orgasmo? En un día de varios años atrás; justo el día en que encontró el pelo enredado en su pene. ¡Era eso! Cualquier cosa que estuviese en contacto con su polla viajaba hacia el momento que Pablo estuviese evocando en el instante de la eyaculación.

El pelo rojo de la chica que hacía buenas mamadas era una paradoja temporal, un hilo rojo que viajó hacia el pasado para provocar su propio viaje hacia el pasado.

La tercera revelación fue la más dolorosa.

Porque Pablo no tardó en darse cuenta de que el hormigueo que sentía cada vez que su orgasmo provocaba viajes temporales era exactamente el mismo que sentía cuando se masturbaba pensando en Fabiola… pensando en el día en que la chica se quedó preñada, pensando en cómo juraba entre lágrimas de impotencia que no había mantenido relaciones con ningún chico… no desde hacía más de un mes…

Pablo sintió un nudo en el estómago. No fue capaz de negar lo evidente. Aquellos orgasmos tan intensos no dejaban mucho semen en su mano porque la mayor parte de su simiente había viajado hacia aquellos días de instituto y había fecundado a Fabiola. Aquel niño, aquella criatura que tuvo que crecer sin el calor de un padre, era suyo.

Hizo lo que creía que tenía que hacer. No le costó localizar a Fabiola. Fue a cierta calle, se detuvo frente a cierto número y tocó el timbre. El chaval abrió la puerta. Tenía justo la edad con la que Pablo conoció a su madre, y había algo en la mirada del chico que recordaba demasiado a la de aquel adolescente que Pablo fue una vez.

Un saludo entrecortado rompió el silencio. El chico sonrió sin saber muy bien por qué. La madre del muchacho no tardó en aparecer tras él.

Fabiola…

Ya no era tan atractiva, ni tan joven… pero seguía siendo ella. Seguía despertando huracanes de gatos rabiosos en las tripas de Pablo.

No es fácil precisar por qué aquel hombre y aquella mujer se abrazaron sin decirse una palabra. Supongo que a veces, muy pocas veces, uno se da de bruces con certezas terribles, con laberintos que desembocan en colisiones inevitables…

Lo único que sabemos a ciencia cierta es que el abrazo llevó a un “qué tal si quedamos algún día” y aquellas seis palabras condujeron a una vida diseñada para tres personas. De la noche a la mañana, Pablo se vio marido y padre, y fue a los restaurantes, y comentó las pelis en los cines, y aprendió a cocinar, y empezó a lavar y a tender su propia ropa junto con la de otras dos personas, en lugar de llevar sus trapos sucios a la lavandería más cercana.

La lavandería…

La imagen de la lavandería hizo que Pablo recordase. Entendió por qué le dijo a aquella chica pelirroja de la disco que su cara le resultaba familiar. Era la joven de la lavandería. Más de una vez la había visto allí, a lo lejos, a través de la puerta del fondo, cuando llevaba o recogía su ropa.

Pablo consideró la posibilidad de que el cabello rojo nunca hubiese viajado en el tiempo, de que la chica pelirroja de la lavandería hubiese perdido un pelo haciendo su trabajo y ese pelo hubiese aterrizado en unos calzoncillos recién lavados, de que esos calzoncillos hubiesen hecho llegar el pelo rojo a la base de un pene…

Sentado en el sofá de su nueva casa, Pablo abrazó a Fabiola, miró a su presunto hijo… y desechó la idea. Quizá porque hay respuestas que no sirven para nada en esta vida. Quizá porque una vida no es del todo una vida a no ser que uno crea en que existen corridas más especiales que otras, a no ser que uno crea en los viajes en el tiempo, a no ser que uno crea, de vez en cuando, en la puta virgen María.

Donosti
7 de septiembre de 2008

domingo, 22 de abril de 2007

PASITOS DE HADA

El mundo siempre ha estado loco. Pero cierto día, la locura se convirtió en infierno.

Nadie conseguía recordar cuándo empezó todo. Sucedió un día cualquiera. El silencio se infiltró por debajo de todas las cosas, como una alfombra negra. Muy suavemente. Tan suave, que nadie lo advirtió hasta que fue demasiado tarde.

Todos se esforzaron en hacer ruido. Sonaron más coches que nunca en las calzadas. Tintinearon sin parar los tenedores en los restaurantes. Mandos a distancia subiendo el volumen de televisores, transistores, aparatos de música... Martillazos que golpeaban clavos que golpeaban paredes para colgar cuadros tristes en paredes vacías. El silbido de serpiente de las ollas express. Los tonos y politonos del teléfono. El chasquido de las teclas de los ordenadores...

Todo ello tocando un concierto al amparo de la batuta del desconcierto. Intentando tejer una ilusión de cacofonía descarriada. Pero de nada servía, porque bajo todos aquellos ruidos, permanecía, inamovible, aquella alfombra de silencio negro.

La gente enfermaba, enloquecía. Una tristeza insondable se aposentaba como un peso invisible en cada sonrisa, hasta invertir su curva cóncava.

Y todo era culpa de aquel silencio inhóspito. Desde que estaba allí, acechando por debajo de todas las cosas, había una región del cerebro de los hombres que no tenía con qué distraerse. Se enfrentaba a la densa alfombra negra, y el silencio llenaba las mentes de preguntas incómodas. Y las preguntas sembraban el vértigo. La gente empezaba a plantearse cosas que no están hechas para los insignificantes humanos. El intelecto se colapsaba, reflejado en aquel espejo sin fondo. Por eso la gente enloquecía, se deprimía, entristecía... dejaba de buscarle un sentido a las cosas, porque el sentido que insinuaban los susurros del silencio era inquietante, incomprensible, desbordante... La razón despeñaba por desfiladeros y desvariaba en idiomas que nunca fueron suyos. Todos acababan gritándose los unos a los otros, o gritándose a sí mismos o, en el mejor de los casos, quitándose la vida. El mundo se transformaba en un lugar inhóspito, y el descanso no hacía descansar a nadie.

Los científicos estudiaban, conjeturaban y medían, pero no encontraban ninguna solución, porque ni siquiera fueron capaces de descubrir la explicación del mal. Las mentes más brillantes del planeta no conseguían rendir bien bajo el influjo de aquel silencio omnipresente.

El tipo que realizó el descubrimiento ni siquiera era científico. Era un tío normal y corriente. Es decir, igual de extraño que cualquiera.

Conectó a la tele su cámara doméstica, para recordar a su difunta esposa en una de esas grabaciones sentimentales de la barbacoa de un domingo. Y en seguida, un pequeño alivio se aposentó en su corazón.

Al principio pensó que se debía al recuerdo de su mujer. Luego se dio cuenta de que había algo más. Aquel video doméstico estaba grabado antes de que llegase el “silencio de debajo de todas las cosas”.

El tipo acercó la oreja al altavoz de la tele. Entonces lo escuchó... y aunque hasta aquel momento no había reparado en ello, fue consciente de cuánto lo había echado de menos. Pasitos de hadas. Los sonidos inaudibles de miles de patitas en las que nadie reparaba, pero que estaban allí, produciendo una música, un susurro inconsciente. Pasitos de hada. Sonaban justo en el lugar en el que ahora estaba el silencio: Por debajo de todas las cosas.

El marido viudo subió el volumen, hasta que la estática se hizo molesta. Pero a él no le molestaba. Él se dejaba hipnotizar por los pasitos de hada. Y tras unos minutos, se dio cuenta de que aquello no eran hadas. Su memoria emocional reconoció la naturaleza de aquél ruido:

Cucarachas...

Eran las cucarachas. De repente, aquel hombre recordó cuándo empezó el silencio que hay por debajo de todas las cosas: Cuando aquella célebre empresa farmacéutica inventó aquel insecticida que erradicó a las cucarachas para siempre.

Al principio todos lo celebraron. Un mundo sin cucarachas. Parecía demasiado bonito para ser verdad. Se acabaron el asco, los crujidos desagradables bajo la suela del zapato, el desagradable cosquilleo por debajo de la ropa...

Los seres humanos nunca se pararon a pensar que aquellos bichos estaban allí por algo. Dios las había puesto allí para espantar aquel silencio con el ruido de sus patitas. Para evitar que el hombre se enfrentase al silencio que existe por debajo de las cosas; para evitar que se hiciese esas preguntas que acechan por debajo de las cosas...

Eran un regalo de Dios. Y nosotros lo habíamos exterminado.

Cuando el marido viudo comunicó su descubrimiento a las autoridades, todos se llevaron las manos a la cabeza en uno de esos gestos de “¿cómo no se nos había ocurrido antes?” Y cuando las manos se alejaron de las cabezas, todas las expresiones eran de desesperanza.

La gente empezó a visionar una y otra vez sus videos del pasado, como yonkies prisioneros de una droga. Buscando los pasitos de hada en los altavoces de sus televisores.

Se organizaron expediciones a los lugares más recónditos del planeta, en la búsqueda de alguno en el que las cucarachas hubiesen sobrevivido. No encontraron ni una. Aquel insecticida de guerra biológica se había extendido por todo el mundo, como un jinete apocalíptico anunciando el advenimiento del silencio. Del silencio que existe por debajo de las cosas.

Intentaron clonar a los insectos, pero es difícil jugar a ser Dios cuando Dios se ha enfadado contigo por rechazar su regalo.

La desesperanza se sumó a las demás locuras que fustigaban el planeta. Y pasaron varios años hasta que otro hombre atisbó una lucecilla de esperanza.

Esta vez sí se trataba de un científico. Uno de ésos que se pasan el día pegados a unos auriculares, escuchando los sonidos del espacio, buscando vida en otros planetas y galaxias.

El científico hacía girar las ruedecillas de la radio, saltando de una estrella a un quasar, de un quasar a un pulsar, de un pulsar a un sistema solar desconocido...

Y de repente...

... ¡las escuchó!

No daba crédito a sus oídos. Subió el volumen. Afinó la frecuencia girando un poco más la ruedecilla, abrió los ojos como si fueran platos, abrió los oídos como si fueran ojos... Y allí estaban...

Pasitos de hada...

La noticia del descubrimiento se difundió en cuestión de horas. ¡Habían hallado cucarachas en un satélite de un planeta de un sistema solar desconocido!

Nadie puso objeciones. Nadie discutió sobre presupuestos. La expedición se organizó de inmediato. Los mejores astronautas del mundo. Países rivales unidos por una causa común: Fletar una nave espacial que fuese hasta allí, llenase las bodegas de cucarachas, y regresase con ellas para amueblar el silencio que existe por debajo de las cosas.

La tecnología se había desarrollado muchísimo. Ya no se trataba de las lentísimas naves del siglo XXI, pero a pesar de ello el satélite estaba en un rincón lejano de la galaxia, y la nave tardaría varios años en ir y volver.

En el planeta Tierra todos contaron esos años minuto por minuto. Las pocas grabaciones del pasado no bastaban. Aquellos hexápodos de inquietas antenitas eran esperados y venerados como dioses minúsculos.

Cuando los radares detectaron a la nave espacial aproximándose, en el camino de regreso, las multitudes se aglomeraron en el lugar de aterrizaje. Canciones, champán, expectación... y muchas otras cosas que no conseguían remediar el silencio que existía por debajo de las cosas... pero que eran obligadas en una tarde tan señalada como aquélla.

La nave aterrizó, provocando una tormenta de polvo. Todos clavaron los ojos en la rampa, que se abría lentamente.

Los primeros en salir fueron los astronautas. Los mejores astronautas del mundo. O lo que quedaba de ellos. Cayeron rodando por la rampa, inanimados como muñecos de trapo. Los cascos chocaron contra el suelo. El cristal se agrietó, y a través del caleidoscopio de las grietas, todos pudieron ver los rostros semidevorados, deformados por un sufrimiento de más allá de las estrellas.

Los habitantes del planeta tierra gritaron. Y entre sus gritos, oyeron cómo se aproximaban, desde el interior de la nave... pasitos de hada...

Millones y millones de pasitos de hada...

Pero esta vez tampoco se trataba de hadas...

... ni de cucarachas...

Fuerteventura. 2 de septiembre de 2006