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jueves, 27 de octubre de 2016

DESAHOGOS DE UN FOLLADOR DE ESQUELAS.





Querida, lo voy a confesar: Te he sido infiel. Decenas, centenares de veces. Y sin embargo, créeme: nunca he tocado a otra.

Ya sé, ya sé, ya sé... No te lo crees. Aunque tampoco te he tocado a ti desde hace siglos. Se me ha olvidado aquello de mirarte como a una ostra a la que abrir con la lengua. Me aburres, supongo. Me he acostumbrado a ti.

Para que no te sientas aún peor, añadiré que no es sólo contigo. Las demás mujeres tampoco me interesan. Creo que si evité acostarme con alguna otra no fue por una cuestión de rectitud moral. Las mujeres habéis dejado de excitarme. Así de fácil. Ni siquiera sois capaces de incitarme a paja.

Al menos mientras seguís vivas.

Lo descubrí hace unos cuantos meses. ¿Te acuerdas de Celia? Mi antigua compañera de instituto, la que murió en aquel accidente, en la autopista. Llevaba años sin verla, sin llamarla, sin saber de ella. Tampoco éramos íntimos. El caso es que nada más enterarme de su muerte, entré en su facebook. Un morbo subrepticio, escatológico me impulsaba a ello. ¿Qué pasa con tu facebook cuando mueres? ¿Se encarga alguien de dinamitarlo? ¿O permanece ahí, como una cripta de ceros, unos, píxeles?

Mi amiga Celia ya no estaba entre nosotros pero su rincón virtual aún no se había enterado de ello. Continuaba donde siempre, perpetuándola como un eco, como una secreción fantasmagórica.

Entonces – ya no hay razón para mentirte – de repente, viendo aquellas fotos de Celia, me empalmé. Fotos de todo tipo: De instituto, de universidad, de tiempos más recientes, en las que sale un poco más gordita. Celia nunca me atrajo especialmente. Era agradable, pero del montón. Sin embargo ahí estaba yo, delante del monitor, con la polla durísima. Quizá influía el saber que ya nunca más podría tenerla, que en lo que tarda en estallar un parabrisas se había convertido en la mujer más imposible del planeta. Acaso había un trasfondo filosófico, incluso religioso: entregarle mi semen a una muerta, derramar la semilla de la vida dentro del sumidero de la Nada, creación y destrucción enroscándose en una espiral, un baile obsceno: mirar a la Parca directamente a los ojos mientras te la machacas, mientras te corres en su puta cara.

Sí. Me corrí. ¡Joder si me corrí! Mi dedo pulsaba la tecla a un ritmo enfermizo, implacable... y las fotos de Celia se sucedían a ese mismo ritmo: sola o acompañada, siempre con esa mirada, esa sonrisa de quien ignora que va a terminar entre los hierros de un vehículo.

Celia fue la primera, y siempre la recordaré de manera especial. Pero después de ella vinieron muchas otras. Tantas que no consigo retener sus nombres, ni sus caras.

Acudo a las esquelas del periódico igual que otros acuden a Tinder o a Badoo. Sólo en esas páginas siniestras encuentro a las musas de mis pajas. Siempre el mismo proceso: Leerlas todas, seleccionar dos o tres nombres, explorar el ciberespacio hasta localizarlas: Facebook, Twitter, blogs, Instagram, Meetic. No discrimino. Rubias, morenas, delgadas, rellenitas, adolescentes, treintañeras, cuarentonas... Todas tienen en común que son eternas.

No siempre hay suerte, querida. Algunas se marchan dejando su red social cerrada a cal y canto. En esos casos me conformo con una foto de perfil minúscula y poco más. Pero otras... Otras dejan una puerta entreabierta que me permite gozar de todos sus despojos. Fotos y vídeos, por supuesto, pero no sólo eso. Allí me tienes, como un pervertido que olisquea ropa interior, cotilleando, leyendo lo que esas chicas habían comentado dos días antes, las frases de Paulo Coelho que habían compartido la noche antes de morir, los eventos a los que pensaban asistir antes de saber que el evento más cercano era un entierro, un velatorio, una misa en su honor. Ésas son las cosas que miro mientras me toqueteo, mientras ofrendo mi esperma a gente que no existe. Todo eso, querida, es lo que a mí me excita.

Luego pasan los días y alguien demuele esos edificios abandonados en las barriadas del ciberespacio. Suele ocurrir, tarde o temprano. Pero mientras tanto... Mientras tanto esas muertas son mías. Las rastreo con desesperación. Me follo sus caparazones huecos. Necrófilo virtual. Yonki de los fantasmas. No hay placer más intenso que el de poseer algo que se desintegra irremediablemente para fundirse en la Totalidad.

Creo que queda poco más que decir, cariño. Voy a ir enviando el mail. Supongo que no lo vas a leer. No creo que haya WiFi dentro del ataúd. No puedo evitar sentirme responsable de lo que te ha pasado. Estoy casi seguro de que hay un vínculo inconfeso entre tu suicidio y mi comportamiento. Yo te traje hasta aquí, a base de ignorarte; a base de darte a entender con cada insinuación, cada mirada... que otras me estaban dando eso que había dejado de buscar en ti. Y ese matiz de culpa, para qué negarlo, me pone también un poco a cien.

Míralo por el lado bueno, amor mío: Ahora te vuelvo a ver con otros ojos. Ahora por fin podemos amarnos, desearnos. Como en los viejos tiempos.


Madrid. 12 de febrero de 2013.


lunes, 5 de enero de 2009

UN PLANTEAMIENTO ESCÚPIDO

Todo empezó con un científico.

Es peligroso ser científico. Peligroso para ti, y para el resto del mundo. Porque empiezas a investigar, y el microscopio te susurra cosas, y en el fondo da igual si son verdad o mentira, el simple hecho de ser cosas jode el mundo, porque el microscopio las amplía, las convierte en Godzilla, les da poder para arrasar ciudades, matar sueños, eclipsar lunas, pisotear los corazones de la gente.

Pero el científico no es el protagonista de esta historia. Lo único que os interesa saber sobre él, es que cierto día se asomó al microscopio y tuvo la osadía de advertir que el Amor se reducía a un hatajo de procesos químicos, que el sentimiento más noble de los seres humanos era un pastiche de inexplicable y vil materia que, como todo lo material, está avocado a no durar eternamente.

“El amor dura tres años”.

Esa fue la conclusión de nuestro cruel científico, y así la publicaron los periódicos, y así la leyó Martín en el vagón de metro que lo llevaba hacia el trabajo. Lo irónico del asunto fue que un artículo como aquel, confeccionado para asesinar al Amor, engendró amor en un terreno tan inhóspito como aquel vagón. Porque al lado de Martín estaba Rosa, haciendo lo que se suele hacer en los viajes de metro: Leer por encima del hombro del viajero de al lado.

De ese modo, “el amor dura tres años” se convirtió en excusa para iniciar una conversación entre desconocidos. Tres paradas más tarde, Martín sabía que le gustaba Rosa, y Rosa tenía ganas de saber si le gustaba Martín. Terminaron cambiando el vagón por una cafetería. Tres días después, cambiaron la cafetería por un cine, y tres horas más tarde, cambiaron el cine por la cama.

Fue todo tan sencillo, que no tardó en convertirse en algo serio.

Pero sobre aquella relación gravitaba la frase con la que había comenzado todo… “El amor dura tres años”. Algo que Martín y Rosa fueron incapaces de ignorar.

Ninguno de los dos quería descubrir demasiado tarde que la relación se tambaleaba como un muerto viviente, y suplicaba con su aliento podrido un disparo en la sesera. Así que llegaron a un acuerdo, una eutanasia, un parche antes de que saliera el grano.

Tres años, ni un día, ni un minuto más.

Cuando llevaran juntos tres años, cortarían, y cada uno se marcharía por donde había venido. Independientemente de lo bien que estuviesen (o prometiesen estar) las cosas entre ellos.

No sé cuál de los dos propuso esa locura, pero al otro le pareció bien, y ambos programaron la alarma de sus móviles, para hacerla sonar un día concreto: el día del tercer aniversario.

Y hay que decir que aquella cuenta atrás convirtió la relación en algo mágico. La certeza de la caducidad hacía cada segundo más intenso. Cada vez que Martín y Rosa se miraban, cada vez que comían, cada vez que se recorrían el uno al otro entre las sábanas, lo hacían con la pasión y con la entrega de quienes saben que nada dura eternamente.

Incluso en los momentos más difíciles, aquella finitud era un alivio. Cada vez que llegaba una pelea inevitable, Martín se reconfortaba diciéndose a sí mismo, “ya quedan menos de dos años, ten paciencia”. Cada vez que Rosa soñaba con hacer otras cosas, con probar otras vidas, se consolaba recordando que su situación actual era finita, que cierto día sonaría una alarma, y el mundo comenzaría de nuevo, virgen y reluciente, envuelto para regalo, y desenvuelto para estrenar.

Esa clase de pensamientos, contrariamente a lo que puedan opinar algunos, les unían mucho, muchísimo más que el rancio sabor de un “para siempre”.

Y cierto día, con precisión científica, indolente, dos alarmas sonaron al unísono.

El final de la cuenta atrás les sorprendió en su mejor momento o, como mínimo, en un momento tan bueno como cualquier otro. A Martín no le apetecía dejar la relación. A Rosa tampoco. Pero una promesa es una promesa, y los dos coincidieron en que era mejor despedirse en esas circunstancias, con buen sabor de boca, con recuerdos más luminosos que sombríos.

Se dijeron adiós con una cena, en uno de esos restaurantes que significan mucho para ambos por razones que nadie más entendería. Rosa pidió un hojaldre relleno de no sé qué. Martín pidió unos canelones rellenos de paté. Terminaron de cenar, y llegó la hora de pagar la cuenta.

“Te voy a echar de menos”, dijo ella. “No sé qué haré sin ti”, confesó él. Y decidieron hacer trampa. Porque… si dejaban pasar un tiempo, y después de ese tiempo volvían a estar juntos, ¿no era eso como poner el contador a cero?

Volvieron a programar las alarmas de sus móviles, para que sonasen cierto día de cierto mes, cuando (una vez más) hubiesen transcurrido tres años exactos. Si después de esos tres años los dos estaban sin pareja, volverían a verse.

Mientras tanto, se dijeron adiós.

Durante los primeros meses se mantuvieron fieles al recuerdo del otro, que era algo así como ser fieles a sí mismos. Más temprano que tarde, sin embargo, Rosa conoció a un tipo agradable, buena gente, que se ganaba la vida conduciendo la grúa que se llevaba los coches que aparcaban mal. Más tarde que temprano, Martín también encontró el amor, o algo que se le parecía demasiado, y empezó a salir con una chica risueña, más guapa que fea, acuario ascendente no sé qué.

Los dos fueron felices (o algo parecido) en sus nuevos noviazgos, pero ninguno de los dos se acordó de desconectar la alarma de su móvil, porque ninguno de los dos quiso acordarse.

Y aunque Martín sabía que volver con Rosa ya no era viable… y aunque Rosa sabía que Martín ya no tenía hueco en su vida… a veces Martín pensaba en Rosa, y Rosa se acordaba de Martín, Martín se preguntaba qué tal y cómo y dónde estaría Rosa, Rosa se masturbaba invocando la imagen de Martín, sin saber que en ese preciso instante Martín hacía lo mismo.

Cada vez que Martín salía a comer con su novia, pedía canelones rellenos de paté, porque el sabor le recordaba a Rosa. Porque esa clase de detalles eran lo único que se podía permitir. Una ración homeopática de Rosa. Pasar de ahí equivalía a complicar su vida, y era una vida que funcionaba bien.

Cierto día, la sobredosis de canelón de paté en las venas de Martín pasó factura. Salió por la boca de metro, y sintió un insistente dolor en el brazo izquierdo, tras ese dolor, llegó el infarto.

La ambulancia corrió hacia el hospital como si el diablo le pisara los talones, pero no pudo llegar a tiempo para salvar a Martín, porque atropelló a una mujer por el camino. Esa mujer era Rosa que, sin saber por qué, decidió (algo impropio de ella) cruzar la calle mirando sólo hacia el lado izquierdo.

Ese mismo día, dos alarmas de móvil sonaron al unísono, pero sus dueños no las pudieron oír. Estaban muertos.

Donosti,
a 25 de octubre de 2008

domingo, 22 de abril de 2007

EL SABOR DEL CREPÚSCULO

Las dos tazas se vaciaron al unísono… por última vez.

En los bordes de porcelana china… las huellas de dos labios que temblaron al decir adiós.

En el líquido sombrío, inescrutable… el reflejo de dos pares de ojos hambrientos de sí mismos.

En el gélido regazo de las dos cucharillas… una lágrima roja se desliza cuesta abajo hacia la tumba.

En las bocas quedaba…

… el intenso sabor de los sueños prohibidos, el dolor fermentado, el misterio afilado de existir en el mundo…

En el fondo de la tetera…

… solamente quedaban hojas muertas.

LOS HUECOS QUE SEPARAN LAS PALABRAS

A veces las palabras no son nada. En todo caso cáscaras vacías.

A veces las cosas que de verdad importan no viajan cabalgando en las palabras.

Esa clase de cosas no son dichas. Se esconden entre los huecos que separan las palabras, y allí se agazapan, y acechan a la espera de algún loco capaz de percibirlas.

He conocido a algunos locos de ese tipo. Ahora mismo, por ejemplo, me viene a la memoria el pasajero del Asiento 7E (pasillo), cuya historia pude oír personalmente desde mi situación privilegiada en el asiento 7D (ventanilla).

Pero esa historia no sucedió en el asiento 7E, ni en el 7D, sino en la propia terminal del aeropuerto.

* *

El pasajero del asiento 7E estaba haciendo lo único que se puede hacer en la terminal de un aeropuerto: Esperar...

Allí, sentado en un asiento que estaba pensando si presentarse o no a las oposiciones para potro de tortura, nuestro amigo leía una novela demasiado barata, al ritmo que marcaban los sorbos de un café demasiado caro.

Los altavoces de la megafonía interrumpían su concentración para anunciar horarios de vuelos que nunca eran el suyo.

Era una voz femenina la que salía por los altavoces. Una voz neutra, fría, inexpresiva... Una voz que encajaba mejor en la cuadriculada eficiencia de una máquina que en la cálida imperfección de un ser humano. Y el pasajero del asiento 7E se había planteado alguna vez la posibilidad de que, en efecto, fuese una máquina la autora de esas voces.

Pero aquel día sucedió algo...

* *

La mujer invisible de la megafonía dijo lo mismo de siempre:

“Por su propio interés, rogamos mantengan controladas sus pertenencias en todo momento.”

Sí... La frase era la misma, pero tal vez eran distintos los oídos con los que escuchaba el pasajero del asiento 7E.

De repente, nuestro amigo percibió un matiz humano en esa frase. No era la información en sí, ni el ritmo. No era la entonación, ni era la forma en que combinaban las palabras.

Era algo que estaba más allá de todo eso. Lo que el pasajero del asiento 7E percibió era tal vez uno de esos tesoros que yacen escondidos en los huecos que separan las palabras. Un leve matiz, alguna vibración impronunciable. Un suspiro microscópico, un aliento contenido que indicaba que aquella mujer que hablaba desde el techo... era humana.

Y no sólo era humana. Era, ante todo, una persona necesitada de ayuda. En ese recodo olvidado del centro de la frase, justo después de la palabra “rogamos”, el alma del pasajero 7E pudo percibir la insoportable tristeza de otro alma.

No hubo palabras, ni nada que perdurase más de lo que se tarda en iniciar un parpadeo. Pero ese instante le dijo a nuestro amigo más cosas que el resto de la frase. Era un instante que se lo dijo todo...

Y el pasajero del asiento 7E comprendió.

Y el pasajero del asiento 7E decidió que no podía marcharse de allí sin antes averiguar quién era esa mujer.

* *

Empezó a seguir las pistas que le daban, de mostrador en mostrador de información, como quien sigue un camino de miguitas de pan.

Finalmente se las ingenió para penetrar en los intestinos del edificio. Después de resolver a duras penas el intrincado laberinto de pasillos, llegó a la habitación desde la cuál se controlaba la megafonía de todo el aeropuerto.

Buscó al tipo que tuviese la cara más amable. Expuso su situación atropelladamente, como si alguien le apuntase con un cronómetro en la sien. Dijo que necesitaba conocer a la mujer que hablaba a través del altavoz. Y dijo que era urgente.

Le tomaron por loco. Hubo risas, tal vez alguna burla, y finalmente, con el escaso tacto que pudieron reunir entre todos, aquellos empleados le explicaron que la mujer por la que preguntaba no existía.

- Es una máquina. La voz es generada automáticamente por los ordenadores.

- ¡Ustedes no lo entienden! – gritaba el pasajero del asiento 7E -. ¡Se trata de una mujer! ¡Una mujer de carne y hueso! ¡Y necesita ayuda! ¡Lleva dentro una tristeza que suplica encajar con otra tristeza urgentemente!

- Lo siento, señor – le respondieron -. No hay ninguna mujer. Antes sí recurríamos a locutores de verdad, pero hoy día las máquinas imitan la voz humana de un modo tan perfecto...

El pasajero del asiento 7E protestó hasta quedarse sin garganta. No paró hasta que los empleados le enseñaron los procedimientos informáticos que habían usado para crear aquella voz artificial.

Todos le miraban como se mira a un loco. Él no se daba cuenta. Estaba demasiado ocupado perdiendo la fe.

* *

Desandó el laberinto con desgana. Sabía que fuera de él le esperaba la Nada.

Cuando la voz de aquella mujer imposible, inexistente... anunció su número de vuelo, sus palabras le sonaron más a números que a vuelos.

Se arrastró hasta la puerta pertinente, y su andar era tan automático como la voz que le acababa de romper el corazón.

El pasajero del asiento 7E rogaba a un Dios en el que no creía para que estrellase el avión... se preguntaba si era posible suicidarse con un tenedor de plástico...

... y entonces...

La voz del altavoz volvió a sonar.

Pero esta vez no hablaba de equipajes, ni de números, ni de zonas de embarque...

La mujer invisible de la megafonía hizo retumbar en las paredes del aeropuerto las siguientes palabras:

“Gracias por preocuparte por mí. Ahora sé que no estoy sola. Cada vez que entres en un aeropuerto, allí estaré esperándote... y te hablaré... desde los huecos que separan las palabras.”

* *

El pasajero del asiento 7E cruzó la puerta de embarque, impaciente por aterrizar en el aeropuerto de Destino.

Ningún otro viajero de la terminal comprendió el significado de las palabras de la mujer fantasma.

Cuando la dirección del aeropuerto pidió al técnico revisar los ordenadores en busca del error, el pobre hombre se vio obligado a confesar que no tenía ni idea, y escurrió el bulto con una frase recurrente:

- A veces las máquinas hacen cosas raras...

LA FOTO Y LA FUENTE

Los árboles leproseaban lágrimas muertas sobre el agua.

Él intentaba estrujarse los ojos, para poder derramar también alguna. Pero estaba vacío.

La fuente era un espejo tiritando de frío.

Sacó su cartera del bolsillo. La abrió. Sus dedos bucearon entre monedas, billetes, bonobuses, tarjetas de visita, papeles donde apuntar lo que olvidamos... Sus dedos bucearon... bucearon... bucearon... hasta dar con la foto.

Una foto tan pequeña como un sello de correos. Y llevaba allí tanto tiempo que se había adherido al cuero con la tenacidad de la costumbre. Él casi tuvo que arrancarla para sacarla de ahí. Sonó como cuando la hoja de un cuchillo hace el amor con un vestido blanco.

Contempló la foto, y el rostro de mujer que sonreía al otro lado del papel, lejos, muy lejos, como a través de un cristal infranqueable, como ésos que encierran a las serpientes en los zoos, para que no difundan su veneno.

Compartieron una última mirada.

“Necesito olvidarte”, dijo él. Ella no contestó. A las fotos no se les da muy bien mentir.

Los dedos le fallaron. Dejó caer la foto, y observó cómo el trocito de papel se precipitaba hacia la fuente. Observó cómo el agua cubría los mechones pelirrojos sin mojarlos, cómo los ojos se hundían en el fondo, sin pestañear, sin dejar de sonreír, como un latido de corazón fosilizado.

Se alejó de la fuente. Sentía que le pesaba menos el bolsillo. Sentía cómo su cartera se desangraba, igual que un gato recién atropellado. A las carteras no les gusta que alguien venga y les arranque el corazón.

Al día siguiente, ella apareció ahogada en la bañera, y sus cabellos naranjas flotaban en el agua, como si fueran algas incendiadas.

LA MUJER DEL TITIRITERO SE ROMPIÓ

.


La mujer del titiritero se rompió.

La fiebre la rozó con demasiada fuerza y le prendió fuego igual que a una cabeza de cerilla.

Cuando la cerilla amenazaba con incendiar el mundo entero, el aliento de la muerte sopló para apagarla... y tan sólo quedó un poco de humo, subiendo en espirales hacia el cielo.

La incineradora completó el trabajo que la fiebre no pudo terminar.

La mujer del titiritero se convirtió en cenizas.

Pero el desconsolado esposo no podía soportar que los recuerdos más importantes de su vida cupiesen en el vientre de un jarrón. Necesitaba salvar algo, que no se redujese todo a polvo que se reencuentra con el polvo.

Aguardó a que el velorio se quedase vacío. Abrió la tapa del ataúd. Apartó flores húmedas. Apartó crespón blanco. Besó labios lacrados para siempre. Extrajo las tijeras del bolsillo...

Regresó a casa con un mechón de pelo. El pelo de una muerta. El larguísimo pelo de su difunta esposa.

El titiritero no tenía demasiado claro lo que pensaba hacer con ese manojo de cabellos. Empezó a descubrirlo conforme sacaba sus herramientas, conforme tallaba la madera.

Ningún trozo de leña fue tallado jamás con tanto amor. Ningún martillazo se ha parecido tanto a un beso. Ningún cuchillo acarició tan suavemente aquello que rompía.

Conforme el titiritero cortaba, martilleaba, moldeaba... una capa de serrín lo cubría todo.

Cuando las manos del viudo apartaron el serrín, se estremecieron al tocar el rostro que habían esculpido. Era ella. Exactamente igual. Igual de bella. Igual de inerte. Igual de pálida.

Cuando la marioneta estuvo terminada, nuestro amigo le pegó en la cabeza los cabellos de su amada. Fue la guinda del pastel. El único peldaño que faltaba para convertir algo hermoso en algo mágico, si es que en verdad existió alguna vez la diferencia entre lo mágico y lo hermoso.

El titiritero se agachó sobre su creación. Le puso un beso en los labios, una caricia debajo del vestido, una lágrima brillando en cada ojo. Luego se incorporó y vio en la mesa los últimos cinco cabellos de su difunta esposa. Los únicos cinco que habían sobrado. Entonces lo tuvo claro. Recogió esos cinco pelos sabiendo que ya tenía los hilos para manejar la marioneta.

Un pelo atado al brazo derecho.

Un pelo atado al brazo izquierdo.

Un pelo a cada pie.

Un pelo en la cabeza...

El titiritero sintió un cosquilleo espeluznante cuando tiró por primera vez de aquellos hilos. Se le encogió el corazón cuando vio a la muñeca levantarse. Un fantasma despertando de la tumba, apartando las sábanas de piedra, desperezándose contra natura, desafiando con cada movimiento las leyes que se escriben en el libro de lodo. Extremidades gobernadas por cinco hilos que habían escapado de la madeja de las parcas, en vete a saber qué trágico descuido.

Él sabía que cada títere invoca sus propios movimientos. Sólo hay que saber dejarse llevar, fluir con el muñeco, permitir que la marioneta descubra su carácter hasta que el marionetista se convierta en mero intermediario, hasta que resulta difícil saber si la fuerza que tira de los hilos lo hace hacia arriba o hacia abajo.

Y la muñeca resurrecta encontró muy pronto los sentimientos que habían de llenarla, y los movimientos que debían gobernarla.

El titiritero se limitó a obedecer, aunque lo cierto es que había esperado algo muchísimo más dulce. No deseaba tirar con tanta violencia de los hilos, pero algo susurraba dentro de él y le impedía hacerlo de otra forma. Por eso la marioneta se revolcaba por el suelo, se retorcía, se arrastraba, se llevaba las manos a la cara, intentando arrancarse las mejillas.

La muñeca se consumía en una fiebre imaginaria, él tiraba con impotencia de los terribles hilos, contribuyendo a ello.

“Me quemo por dentro”, decía la marioneta en su idioma de convulsiones silenciosas, corriendo hacia la cocina, enredándose el vestido entre las patas de las sillas. El titiritero la seguía de cerca, atado también a aquellos cinco cordones umbilicales, a aquellas cinco cuerdas del arpa de la Muerte.

“Necesito agua”, suplicaba la marioneta en cada gesto, en cada desconcierto de aspavientos, y el viudo la manejaba en consecuencia, tan impotente, tan muy a su pesar. Ella se acercó a un vaso de agua. Se lo derramó por el cuerpo empapándose los pelos y el vestido. Mas no era suficiente. Se arrojó al interior de algún jarrón de flores pero tampoco allí pudo encontrar la suficiente agua para calmar su ardor. Arrastró al titiritero hasta el cuarto de baño. Intentó accionar el grifo del lavabo con sus dedos de madera, cada vez más deprisa, cada vez más consumida por la impotencia de no poder hacer girar el mecanismo...

El titiritero jamás había perdido el control de un muñeco tan alarmantemente. Su esposa en miniatura no cesaba de arder entre las llamas invisibles. El titiritero la quería parar, mas no podía. El titiritero la acompañó a la puerta. Atravesaron el jardín, recorrieron kilómetros de aceras, atravesaron calles, parques, plazas. La gente les dedicaba las miradas más insólitas. Los más obtusos contemplaban sólo a un loco. Los más sabios veían una muñeca que manejaba a un hombre.

Y el titiritero respetaba las órdenes que le llegaban desde arriba, o desde abajo, o desde vete a saber dónde.

De repente, el suelo bajo sus pies cambió. Ya no era acera, ni baldosa, ni azulejo. Nuestro amigo no necesitó levantar la cabeza para reconocer aquel terreno: Estaban en el puerto. El muelle se acercaba. Las aguas aguardaban con su abrazo de hielo.

La marioneta se despeñó por el borde del dique. Como una antorcha deseando apagarse. El titiritero no se resistió. Se dejó caer tras la muñeca. El mar les recibió, inmenso, inabarcable... en su regazo frío y misterioso.

Y entonces todo fue flotar.

Entonces los hilos dejaron de tener sentido.

Entonces fue todo oscuro, y silencioso, y demasiado profundo para intentar molestarse en entenderlo.

La esposa del titiritero se apagó.

Encontraron a su marido en la orilla de una playa, tres semanas después. Enredado en cabellos de mujer. Las olas lamían su cuerpo. Lamían un helado que ningún sol conseguiría derretir.

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Madrid. 12 de octubre de 2006

EL TESORO DE ELVIRA

Abel conoció a Elvira en un sueño.

No podía ser de otro modo, porque mujeres como Elvira sólo tienen asilo político en los sueños. Si una belleza así fuese tangible, el mundo real cerraría su puño en torno a ella, intentaría atraparla, y la poesía moriría pulverizada como un copo de avena.

Los labios de Elvira estaban hechos con la piel de la manzana prohibida. Provocadores, entreabiertos, dolorosamente rojos, como untados en la sangre de un animal sagrado.

Los labios de Elvira eran la invitación a un beso, y el beso era la invitación hacia un veneno que lo curaba todo.

Los labios de Elvira eran el colchón de terciopelo en el que aterrizan los suicidas, y cuando Abel los humedeció con su saliva, sintió cómo la carne se entreabría, con movimientos lentos, sinuosos... como de pétalos de una flor carnívora.

La lengua de Abel se deslizó hacia el interior, escaló una muralla hecha de perlas, aterrizó en el seno de otra lengua, la despertó, se revolcó con ella... y de pronto el instinto más primario del soñador Abel se encontró inmerso en un laberinto de oscuridad y carne. Su lengua doblaba esquinas peligrosas. Era consciente de que cada beso le hacía perderse más y más en las tinieblas de Elvira. Era consciente de que la salida quedaba cada vez más lejos, más parecida a un recuerdo indefinido. Era consciente de que tal vez se estaba perdiendo para siempre, de que quizá se estaba condenando de por vida, convirtiéndose en prisionero, obligado inquilino vitalicio de aquella mazmorra irresistible...

Abel llegó al corazón del laberinto, y una voz dulce susurró en su oído:

“Has encontrado el tesoro. Es para ti. Te aguarda en el interior del agujero”.

Y el agujero se insinuaba entre los pies de Abel. Una herida de oscuridad entre la carne rosa.

Él se agachó. Introdujo la mano en el agujero, poco a poco. El agujero le estranguló los huesos con un abrazo de anaconda, pero le permitió avanzar, hacia el fondo, a través de un sendero de humedad viscosa.

“Ya casi estás”, le susurró la voz. “Lo tienes muy, muy cerca. Es casi tuyo”.

Y entonces sintió Abel el frío de un metal deslizándose en su piel, estremeciéndola... Cuando sacó la mano, un destello hirió la oscuridad. Un destello que surgía de su propio dedo anular. Era un anillo.

“Enhorabuena. Ya es tuyo mi tesoro. Y tú eres mío.”

Abel abrió los ojos.

Las sábanas se desparramaban por su cuerpo similares a la piel de un animal, y él las recorrió con la vista, a través de una persiana de legañas.

Cuando llegó a su mano izquierda, sintió en el pecho una inevitable opresión. El anillo seguía allí, colonizando sus falanges con un brillo terrible, avaricioso...

Abel tiró de la alianza con violencia, para arrancarla de su dedo cuanto antes. Lo consiguió, pero al hacerlo, sintió de pronto un vacío insoportable. Como si se hubiese arrancado un trozo de su ser con ese anillo.

Se lo volvió a poner, y se sintió abrazado, comprendido... Con una sensación maravillosa que nunca había sentido. La sensación de encajar en algún sitio, pertenecer a algún lugar concreto...

Elvira...

Recordó el nombre, y pronunciarlo invocó un panal de insectos en su estómago.

Aquella mañana, en el trabajo, Abel estuvo atento a las miradas de envidia de sus compañeros. Pero no las hubo. Ninguno desviaba los ojos hacia el dedo de Abel, porque ninguno parecía advertir la presencia de su anillo.

Abel sintió el temor de haberse vuelto loco, pero la locura siempre viene acompañada de una implacable lógica: “Me he enamorado de una mujer imaginaria. Es normal que nuestra alianza sea invisible”.

Pero “invisible” no significa “inexistente”. Algo, en efecto, había cambiado. Algo muy dentro de nuestro amigo Abel. Inspiraba una confianza tan serena, irradiaba una seguridad tan envidiable, lucía una sonrisa tan idiota...

Aquella noche, tras el alunizaje en la almohada, se durmió con un “Elvira” suspirado entre sueños. Y los sueños fueron una montaña rusa que lo llevaba hacia su amada.

Despertó a la mañana siguiente, y sus ojos se dirigieron instintivamente hacia el anillo. Necesitaba comprobar que seguía ahí. Imaginario o no, era la prueba de que algo pervivía más allá de la frontera de lo onírico.

Alivio. Suspiro. Sonrisa relajada. El anillo seguía brillando en su lugar.

Pero el alivio dio paso a una leve sombra de preocupación, pues notó Abel que le apretaba más el dedo. Tal vez su carne había engordado por la noche, o quizás el anillo había encogido...

No le dio demasiada importancia al asunto, hasta que, a la mañana siguiente, se despertó dolorido, sintiendo que el anillo le apretaba todavía más.

Intentó sacárselo, aunque sólo fuese un momentito. Imposible. Definitivamente, había encogido. Estaba tan incrustado en el anular de Abel, que tirar hacia arriba equivaldría a desgarrar la piel.

Aquella mañana, nuestro amigo no se pudo concentrar en el trabajo. Consultó a sus compañeros, y ninguno le apreciaba nada raro en el dedo. Pero el dolor estaba ahí, amenazando con gangrenar la carne prisionera.

Llegó la hora de dormir, y el “Elvira” que atravesó los labios del desquiciado Abel sonó como una súplica patética. No pudo soñar con nadie aquella noche. El anillo le apretaba demasiado. Casi podía sentir el frío del metal mordiendo el hueso.

Se lo intentó sacar de nuevo. Tiró con todas sus fuerzas, desencajando huesos y tendones, haciendo manar sangre. Todo inútil.

El anillo encogía de una manera imperceptible, pero imparable. El dolor creció como una mala hierba, adueñándose de los cien mil resquicios de aquella madrugada, hora tras hora... y en una de esas horas llegó lo inevitable. El brillo del cuchillo, el llanto hueco de los huesos rotos, la sangre a borbotones, dibujando un test de Roschard en el blanco mostrador de la cocina.

El dedo chapoteó en el charco rojo.

El anillo rodó hacia las tinieblas, a reencontrarlas, a disolverse en ellas...

Abel se desmayó. Su cuerpo un lienzo pálido. Derramando su esencia poco a poco, como una botella de vino, descorchada, volcada al borde de ese precipicio que separa las cosas de la Nada.

Mientras Abel perdía el consciencia, sus labios desteñidos dibujaron un nombre en el silencio:

Elvira...

Fin. Madrid, a 25 de octubre de 2006.

UN BESO PARA EL VECINO DEL SÉPTIMO B

Ella soñó que moriría al día siguiente. Y no quería marcharse sin besar al vecino del séptimo B.

No se sentía capaz de hacerlo. Tenía suficiente valor para aceptar su muerte, pero tocar a la puerta del vecino y mendigarle un beso era una proeza que se sentía incapaz de acometer.

Por eso decidió dejarle un beso anónimo, oculto, invisible, agazapado en un lugar inesperado, como una mina anti-persona.

Llamó a la puerta del séptimo B. Balbuceó la más sosa de las excusas con torpeza. Siempre resulta irónico que la excusa más sosa consista en pedir sal.

Mientras el vecino del séptimo B se marchaba en busca del salero de la cocina del séptimo B, ella entró corriendo al comedor del vecino del séptimo B, se acercó a la mesa en la que solía desayunar el vecino del séptimo B, cogió la taza favorita del vecino del séptimo B, ésa misma que ella le veía utilizar todos los días, cuando le espiaba a través de la ventana... Besó apasionadamente el borde de la taza del vecino del séptimo B... para que, cuando el vecino del séptimo B se la llevase a la boca al día siguiente, bebiese sin saberlo el beso más hermoso que salió jamás de los labios de la vecina del vecino del séptimo B.

Y allí quedó la taza, orgullosa de convertirse en mensajera, en puente de comunicación entre dos labios... mientras el salero se marchaba del apartamento, un poco triste por verse convertido en una triste excusa.

Al día siguiente, ella conducía por sinuosas carreteras que la separaban de su lugar de trabajo. De repente, se sintió desvanecer. Descubrió demasiado tarde que había entregado tantos latidos de su corazón en un solo beso, que ahora ese pobre corazón no alcanzaba a latir en condiciones.

Se desmayó sobre el volante... y el vehículo, obediente, se desmayó también, sobre el barranco más cercano. Y al fondo del barranco había un glaciar.

Ella dejó de tragar agua cuando se le congelaron los pulmones. Quiero pensar que falleció feliz, porque hay que ser la mujer más feliz del mundo para legar a dicho mundo un cadáver tan hermoso...

A la mañana siguiente, el vecino del séptimo B posó los labios en el borde de su taza favorita...

... y se murió de frío.

Madrid a 16 de noviembre de 2006