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jueves, 27 de octubre de 2016

DESAHOGOS DE UN FOLLADOR DE ESQUELAS.





Querida, lo voy a confesar: Te he sido infiel. Decenas, centenares de veces. Y sin embargo, créeme: nunca he tocado a otra.

Ya sé, ya sé, ya sé... No te lo crees. Aunque tampoco te he tocado a ti desde hace siglos. Se me ha olvidado aquello de mirarte como a una ostra a la que abrir con la lengua. Me aburres, supongo. Me he acostumbrado a ti.

Para que no te sientas aún peor, añadiré que no es sólo contigo. Las demás mujeres tampoco me interesan. Creo que si evité acostarme con alguna otra no fue por una cuestión de rectitud moral. Las mujeres habéis dejado de excitarme. Así de fácil. Ni siquiera sois capaces de incitarme a paja.

Al menos mientras seguís vivas.

Lo descubrí hace unos cuantos meses. ¿Te acuerdas de Celia? Mi antigua compañera de instituto, la que murió en aquel accidente, en la autopista. Llevaba años sin verla, sin llamarla, sin saber de ella. Tampoco éramos íntimos. El caso es que nada más enterarme de su muerte, entré en su facebook. Un morbo subrepticio, escatológico me impulsaba a ello. ¿Qué pasa con tu facebook cuando mueres? ¿Se encarga alguien de dinamitarlo? ¿O permanece ahí, como una cripta de ceros, unos, píxeles?

Mi amiga Celia ya no estaba entre nosotros pero su rincón virtual aún no se había enterado de ello. Continuaba donde siempre, perpetuándola como un eco, como una secreción fantasmagórica.

Entonces – ya no hay razón para mentirte – de repente, viendo aquellas fotos de Celia, me empalmé. Fotos de todo tipo: De instituto, de universidad, de tiempos más recientes, en las que sale un poco más gordita. Celia nunca me atrajo especialmente. Era agradable, pero del montón. Sin embargo ahí estaba yo, delante del monitor, con la polla durísima. Quizá influía el saber que ya nunca más podría tenerla, que en lo que tarda en estallar un parabrisas se había convertido en la mujer más imposible del planeta. Acaso había un trasfondo filosófico, incluso religioso: entregarle mi semen a una muerta, derramar la semilla de la vida dentro del sumidero de la Nada, creación y destrucción enroscándose en una espiral, un baile obsceno: mirar a la Parca directamente a los ojos mientras te la machacas, mientras te corres en su puta cara.

Sí. Me corrí. ¡Joder si me corrí! Mi dedo pulsaba la tecla a un ritmo enfermizo, implacable... y las fotos de Celia se sucedían a ese mismo ritmo: sola o acompañada, siempre con esa mirada, esa sonrisa de quien ignora que va a terminar entre los hierros de un vehículo.

Celia fue la primera, y siempre la recordaré de manera especial. Pero después de ella vinieron muchas otras. Tantas que no consigo retener sus nombres, ni sus caras.

Acudo a las esquelas del periódico igual que otros acuden a Tinder o a Badoo. Sólo en esas páginas siniestras encuentro a las musas de mis pajas. Siempre el mismo proceso: Leerlas todas, seleccionar dos o tres nombres, explorar el ciberespacio hasta localizarlas: Facebook, Twitter, blogs, Instagram, Meetic. No discrimino. Rubias, morenas, delgadas, rellenitas, adolescentes, treintañeras, cuarentonas... Todas tienen en común que son eternas.

No siempre hay suerte, querida. Algunas se marchan dejando su red social cerrada a cal y canto. En esos casos me conformo con una foto de perfil minúscula y poco más. Pero otras... Otras dejan una puerta entreabierta que me permite gozar de todos sus despojos. Fotos y vídeos, por supuesto, pero no sólo eso. Allí me tienes, como un pervertido que olisquea ropa interior, cotilleando, leyendo lo que esas chicas habían comentado dos días antes, las frases de Paulo Coelho que habían compartido la noche antes de morir, los eventos a los que pensaban asistir antes de saber que el evento más cercano era un entierro, un velatorio, una misa en su honor. Ésas son las cosas que miro mientras me toqueteo, mientras ofrendo mi esperma a gente que no existe. Todo eso, querida, es lo que a mí me excita.

Luego pasan los días y alguien demuele esos edificios abandonados en las barriadas del ciberespacio. Suele ocurrir, tarde o temprano. Pero mientras tanto... Mientras tanto esas muertas son mías. Las rastreo con desesperación. Me follo sus caparazones huecos. Necrófilo virtual. Yonki de los fantasmas. No hay placer más intenso que el de poseer algo que se desintegra irremediablemente para fundirse en la Totalidad.

Creo que queda poco más que decir, cariño. Voy a ir enviando el mail. Supongo que no lo vas a leer. No creo que haya WiFi dentro del ataúd. No puedo evitar sentirme responsable de lo que te ha pasado. Estoy casi seguro de que hay un vínculo inconfeso entre tu suicidio y mi comportamiento. Yo te traje hasta aquí, a base de ignorarte; a base de darte a entender con cada insinuación, cada mirada... que otras me estaban dando eso que había dejado de buscar en ti. Y ese matiz de culpa, para qué negarlo, me pone también un poco a cien.

Míralo por el lado bueno, amor mío: Ahora te vuelvo a ver con otros ojos. Ahora por fin podemos amarnos, desearnos. Como en los viejos tiempos.


Madrid. 12 de febrero de 2013.


domingo, 22 de abril de 2007

LA MAÑANA DEL DESPERTAR DE EVA



El colchón se hundió como si tuviese que soportar el peso de cien mundos. Por eso Eva llegó a la conclusión de su nuevo invitado no era humano.

Los ojos de la joven continuaban cerrados. Sus pies estaban separados por eones de distancia. El diestro en la vigilia. El izquierdo aún afincado en el reino de los sueños, y era difícil adivinar a cuál de los dos mundos pertenecía aquel peso. Aquel calor. Aquel olor a almizcle que impregnaba las sábanas, que inundaba la estancia y penetraba en esos recodos del laberinto... en esos resquicios del alma que nunca aprendieron a pensar...

Se escuchó un resoplido.

Una ráfaga de huracán ardiente azotó el rostro de Eva, alborotando los cabellos, cosquilleando los labios, meciendo las pestañas.

Eva abrió los ojos.

Eva vio.

Era borroso, pero era real. El toro se alzaba sobre ella, enorme, majestuoso. Reluciente en su negrura impenetrable. Reluciente también la curva de los cuernos, como una media luna.

Eva permaneció inmóvil. Tal vez presa del miedo. Tal vez presa del sueño. Tal vez presa de todo. Tal vez presa de su propia libertad. O tal vez esperando. O tal vez encontrando.

El animal sacó la lengua. Lamió un estremecimiento en el cuello de la joven. Luego, con un cuidado que casi parecía ternura, agarró entre sus dientes la tela de la sábana y comenzó a apartarla...

... lentamente...

Eva sintió la tela deslizándose hombros abajo, pechos abajo, vientre abajo... El hocico del toro se detuvo entre los muslos, a pocos centímetros del lugar temido, prohibido y esperado.

Un nuevo resoplido. Haciendo vibrar las dos fosas nasales de la bestia. Haciendo vibrar el cuerpo de la joven. Haciendo vibrar la habitación entera.

El toro olfateaba, intentando obtener información de aquel molusco extraño. El pubis de la joven se erizaba, pradera cepillada, brizna a brizna, por una tibia brisa.

Eva soltó un gemido imperceptible, y tal vez se sintió un poco culpable por no haber logrado reprimirlo. Apretó los labios, como intentando convertirlos en una única pieza para evitar la fuga de algún otro sonido delator.

El animal, seducido por el misterio de la concavidad femenina, se hartó de olfatear y quiso probar el sabor de aquel sexo rosado. La lengua del toro se confundió entre los relieves prohibidos. Dos humedades compartieron secretos.

Los labios de la joven se apretaron más fuerte. Los dientes imitaron la conducta. Rechinaron.

El semental lamía sin tregua, con una brutalidad voraz. Con un hambre irracional y una curiosidad que no atendía a refinamientos, ni a consideraciones, ni a preguntas...

Eva intentaba evitar que las convulsiones dominasen su cuerpo. Eva fracasaba.

Eva abrazaba con sus muslos el cuello de la bestia. La caricia del pelaje era suave.

Eva cerraba los ojos, porque si aquello era un sueño a fin de cuentas, deseaba atraparlo y conservarlo debajo de los párpados. Como un mosquito en ámbar. Como una mariposa disecada.

Y conforme los párpados se apretaban encarcelando sueños, se relajaban los dientes y los labios, concediendo la libertad a los jadeos.

De repente, la lengua del toro dejó de trabajar, pero antes de que la joven tuviese tiempo de lamentarse por el placer perdido, sintió cómo los dientes arañaban sus pechos, sin herir.

El animal tensó los músculos del cuello. Un brusco tirón... y la seda del camisón se disolvió en jirones.

Los senos quedaron al aire, manzanas temblorosas, venas azules bajo la piel traslúcida, pezones sensibles, afilados por algo casi eléctrico, apuntando hacia el cielo, hacia la oscuridad insondable de más allá del Cosmos, antenas sintonizando en busca de un eco que rebota en las murallas de la eternidad, a varios infinitos de distancia.

Nada de eso se piensa. El cuerpo de Eva se contonea ante las caricias de la bestia, como en un baile de serpiente en llamas. La lengua desempeña la misma labor que realizara entre los muslos. Todo lo prueba, todo lo recorre, todo lo conquista y lo somete con su pecaminoso estigma de saliva. La muralla de cada célula se quiebra, explota, en un chillido acuoso. Baja, humilla, su puente levadizo.

Eva se resiste a colaborar, pero eso es lo único a lo que se resiste. Su torso, humedecido, ya brilla casi tanto como esa sonrisa, imperceptible rictus, que se insinúa en la comisura de los labios.

Y mientras los dientes del toro mordisquean suavemente la yugular de Eva, un peso tibio y húmedo se posa sobre el pubis de la joven y se restriega y crece y se endurece. Cobra vida. Animado por el rubor de la sangre, por el mensaje de un corazón que bombea en un idioma primitivo. El trozo de carne que se convierte en arma, la férrea voluntad de un tótem fálico.

Y Eva adivina lo que ya es inminente, inevitable. Y una parte de ella que no es ella se opone a su Destino, pero su cuerpo es quien decide, su cuerpo es el que cede. Su cuerpo relajado, lubricado... Su cuerpo sometido, derretido, de flor en flor abierto hacia la vida, firmando la rendición ante la rigidez oscura... que cuelga bajo el toro.

Y sin dejar de pellizcar el cuello de la chica, el animal embiste.

Y la boca de Eva se dilata en un grito. Un grito desgarrador. Un grito hermoso. Un grito de dolor y de placer. Un grito incontrolable, indescriptible.

Y las paredes internas de la joven, anestesiadas en defensa propia, ceden ante el envite de la carne palpitante, que recorre los rincones más profundos, con una longitud de tren interminable, como un torrente que a su paso arrolla toda moral, toda cordura, todo vestigio de civilización humana.

Y tras esa penetración interminable, el falo retrocede, desandando el camino lentamente, cediendo una a una las tierras conquistadas... para un segundo después volver a penetrar, volver a conquistar una y mil veces, entrando y saliendo al compás inaudible de algún tambor salvaje.

Y Eva grita, y Eva llora, y Eva siente cómo su entraña se llena y se vacía, se llena y se vacía, se llena y se vacía, a un ritmo implacable, brutal, castigador, hiriente.

La fuerza destructora de un ariete.

La fuerza creadora de un ariete.

Y ahora la muchacha participa. Baila con sus caderas. Acaricia. Abraza al animal. Se contorsiona. Obliga a penetrar. Gime lasciva. Relaja cada músculo, se amolda, a ese falo invasor, o lo aprisiona, codiciándolo, estrujándolo, perdiéndolo, recibiéndolo otra vez entre sus carnes, sintiendo su desliz, o percibiendo, como una vibración, cada latido, cada perturbación en ese monstruo, en ese pene enorme que atraviesa... la tímida membrana... el mar de sangre... los túneles secretos que conducen... a la enajenación... y casi a ciegas, sin pensar lo que hacen, los dos frágiles brazos buscan... tientan... se deslizan dementes. Se deslizan por el cuerpo robusto del violador cornudo, sintiendo cada músculo, paseando con temblores de éxtasis por los fibrosos relieves, por el pelaje negro perlado de sudor.

Y el toro embiste, embiste, embiste, embiste...

Y los dedos de Eva tiemblan, tiemblan... y acarician el cuello, y las orejas, y las patas fornidas, y desprenden con desesperación ingenua las legañas... que florecen, sombrías bajo el brillo, bajo la loca fiebre... de los ojos del toro.

Y el animal embiste y entra y sale... y las cuerdas vocales de la joven... ya no saben pronunciar las consonantes y olvidan el lenguaje y sólo gimen, sollozan de placer, jadean de gozo. Y el toro la penetra con más fuerza, intentando romperla, desarmarla, y ella extiende sus brazos hacia el cielo, buscando alguna cosa a que agarrarse. Y esa cosa que encuentran las dos manos... son los cuernos del toro, agarraderas de marfil, trapecio de huesos que cuelga, oscila, pendulea... sobre los prados rojos del Infierno.

Y la cama rechina, las cuatro patas lloran, el cabecero golpea la pared con saña, cada vez con más fuerza, cada vez más frecuente, y los testículos del toro, hinchados de poder, llenos de vida, estallan en las nalgas, castigándolas.

Y el toro brama, embiste, brama, embiste.

Y la mujer se aferra con más fuerza a la dura, imperturbable cornamenta.

Y el clímax ya se acerca. El mundo terremotea enajenado. Eva siente en su vientre cómo el falo... se hincha... y percibe cada vena, gritando a vida, a muerte, a sálvese quien pueda.

Y entonces llega. Una descarga, una avalancha, un alud pegajoso, espeso, báquico, un chorro de presión que riega todo, que llega a cualquier parte, que se adueña... de todos los vacíos... que atraviesa... fronteras invisibles...

Es leche primigenia, maná ardiente, veneno sanador... y en un instante... el bramido del toro se confunde con el grito de Eva, orgasmo, espasmo, latigazo de luz en las retinas, tensión insoportable... y luego nada... o mejor dicho todo... Poco a poco... el mar vuelve a la calma... y ya las olas... se sacuden la espuma de la rabia... y mecen esa cuna... esa sonrisa... como un cuarto creciente de la luna...

Y la respiración se tranquiliza... El toro desenvaina... de las carnes de Eva... su masculinidad, ya satisfecha... poco a poco se yergue, se incorpora, riega la colcha... y luego retrocede... y el colchón recupera la tersura... y abriendo ya los ojos totalmente la joven Eva observa tras el velo del recién despertar... cómo su amante... abandona la estancia.

Y Eva sabe...

...que ya no es virgen...

... y que lleva en su vientre...

... la semilla de un dios...

EL SUSURRO SANGRIENTO DE LA MUSA MALDITA

Rodrigo asesinó a su esposa aquella noche porque la encontró condenadamente hermosa, y tuvo la certeza de que jamás volvería a estar tan bella. Quería embalsamarla en su retina. Quería clavarle un punto final en el corazón, porque intuía que jamás llegaría un desenlace tan bonito como aquél.

Ella abrió sus labios para decir una palabra. Rodrigo la interrumpió.

- No, querida. No digas nada. Así es perfecto.

Los labios de su esposa volvieron a cerrarse, tan carnosos, tan rosados, tan entreabiertos, tan parecidos a la armónica que toca el Diablo por las noches para guiar a las almas perdidas hacia lo más terrible de sí mismas.

La palabra abortada volvió sobre sus pasos de viento, y Rodrigo pudo sentirla descendiendo de nuevo por aquel cuello insinuante, hinchando los pulmones, agitando aquellos pechos pequeñitos, que asomaban lo suficiente para invitar a bucear sujetador adentro.

- Estás preciosa – dijo él, poniendo en las palabras la contundencia de un “amén”.

Su esposa sonrió, y un resplandor rosado se transparentó en la piel de las mejillas.

Rodrigo sintió un estremecimiento. Todas sus células vibrando una tras otra, de ese gracioso modo en que el público hace una ola en un estadio.

Estaban en el porche. Entre ellos se interponía la mesa de una cena recién terminada. La brisa alborotaba que el mantel, la llama de las velas, los mechones rubios acariciando con primor de duende los labios, las mejillas, la pradera lunar de aquella frente...

¡Cielo santo! ¡Estaba tan, tan bella! Qué tristeza tan serena había en sus ojos. Qué languidez caía por sus párpados. Y qué afilado brillo en sus pestañas...

- Querida – añadió él...

Se levantó de aquella silla de jardín y caminó hacia ella.

La mano izquierda de Rodrigo acarició la piel, demoró un par de dedos en los labios, apartó un mechón rubio por el simple deleite de apartarlo, se refugió en la tela del vestido, se tiró en tobogán por esos párpados, por aquella nariz, por aquel pecho...

Y mientras exploraba la cara interna de los muslos, decidió no atreverse a mancillarla con besos importunos, para así no ensuciar tanta belleza.

La mano derecha de Rodrigo tanteó por el mantel a ciegas y empuñó lo primero que tropezó con ella. Segundos más tarde dedujo que había elegido el sacacorchos, por la espiral de sangre que asomaba cada vez que sacaba el metal frío de entre la carne viva.

Ningún grito se atrevió a profanar tanta belleza. Sólo el silbido de la espiral sangrienta, entrando para volver a salir, para volver a entrar, y volver a salir y entrar una y mil veces.

Rodrigo perforó los ojos, porque sabía que nunca más volverían a mirar como en aquel momento. Desfiguró los labios, para que no pudiesen dar besos impuros. Abrió cien escaleras de caracol en aquel cuerpo, y todas descendían al misterio... y el misterio era una telaraña que te atrapaba sin explicarte nada.

Cuando Rodrigo terminó, el sacacorchos se zambulló en la hierba... y ella era un campo de claveles rojos.

La llevó en brazos hasta el dormitorio y la dejó en la cama. Al verla allí, con los cabellos desparramados por la almohada, con la sangre brillando como brilla la pulpa de la fruta prohibida, Rodrigo sintió un arrebato de inspiración inexplicable.

Corrió a por unas hojas de papel. Tomó prestada una de las plumas irreales de pavo real que adornaban el recibidor. Derribó de un manotazo la orografía de la mesita de noche. Depositó el papel en el tablero. Hundió la pluma en las heridas de su amada y la sacó empapada.

Escribió la primera letra... después la primera palabra... Antes de que quisiera darse cuenta, estaba llenando aquellos folios con el poema más conmovedor que vio la luz del mundo. La sangre le susurraba las palabras. La sangre le dictaba para escribirse a sí misma.

Durante varios días, la esposa de Rodrigo fue el tintero más sensual de entre todos aquéllos con los que Dios no se atrevió a soñar. Las hojas de papel se amontonaban en una torre que, del mismo modo que la de Babel, contenía demasiadas palabras para dejar tranquilo al mundo. Todas ellas escritas con una caligrafía primorosa, en rojo sanguinario sobre blanco.

Rodrigo no paró de escribir mientras quedara una sola gota roja en el cadáver de su difunta esposa. Y la sangre se terminó cuando tenía que acabarse. Ni antes ni después. Aquella última gota estaba allí para poner el punto final. Ese punto final que Rodrigo había buscado por todos los rincones, haciendo cuevas y agujeros a golpe de sacacorchos.

No le costó deshacerse del cadáver. No manchaba, no olía, no había en él ningún detalle que remitiese a vida arrebatada. Toda la esencia estaba en aquel taco de folios. En aquella poesía interminable que terminaba en el momento justo.

Rodrigo guardó los folios en uno de esos cajones que sólo se abren dos o tres veces en la vida. No le nació compartirlo con nadie. No se le ocurrió pensar que el mundo pudiera necesitar aquellas letras.

Pero allí están, aguardando en la oscuridad. Y algún día alguien las encontrará, desenterrará el tesoro. El poema se propagará por nuestro mundo... y todos lo leeremos... y seremos un poco más felices.

Sólo un poco.

Madrid. 17 de septiembre de 2006.