miércoles, 17 de mayo de 2017

EL CALVARIO BUCAL DEL SEÑOR LINUS.






- Esto es muy raro - dice el dentista mientras comprueba el buen funcionamiento del software -. He oído hablar de casos similares al suyo, pero no tan complejos.

- ¿Qué le pasa a mi boca? - implora el señor Linus - ¿Es grave? ¿Es malo?

- ¿Malo? ¡En absoluto! Es... es... maravilloso.

- Entonces, ¿por qué me duele tanto?

El señor Linus mira al dentista con esa desesperación de quien lleva semanas maldurmiendo. El odontólogo se encoge de hombros. No sabe mucho acerca del dolor. En otros tiempos los de su oficio se ganaban el pan esgrimiendo instrumentos de tortura. Eran tiempos más bárbaros, más sucios. Actualmente un dentista no necesita acercarse a menos de diez metros de la boca de un paciente. Proliferan los dentistas online. Para ejercer su labor se exigen únicamente ciertas nociones de informática.

- Voy a intentar explicárselo de la forma más simple, señor Linus. Como bien sabe, su dentadura es atendida permanentemente por un ejército de nanobots. Se trata máquinas microscópicas, dispositivos de inteligencia artificial encargados de limpiar y reparar sus piezas dentales conforme perciben en ellas el daño más leve.

Linus asiente. Por supuesto que lo sabe. No es ningún secreto para cualquiera que haya nacido en el primer mundo. No obstante, he preferido explicarlo por si este texto llega a ojos de algún lector de siglos anteriores, ahora que hemos desarrollado la tecnología necesaria para enviar información al pasado.

- No sólo estoy al corriente de mis nanobots. También estoy al corriente de que contraté la tarifa más cara, los nanobots más modernos, los más eficientes, los más sofisticados. ¿Cómo es posible que me duela?

- En efecto, los nanobots de su boca son especialmente inteligentes, y todo parece indicar que es ésa la causa de su... contratiempo.

- ¿Contratiempo?

- Verá... Los nanobots de nueva generación, en algunos casos... ¡no siempre! pero en algunos casos... están empezando a tomar decisiones.

- ¿Decisiones?

- Decisiones propias basadas en criterios propios.

- ¿Qué insinúa?- Aún es pronto para proclamarlo a los cuatro vientos, pero me temo que sus pequeñines han desarrollado inquietudes artísticas. Están... esculpiendo cosas en sus dientes.




- ¿¡Esculpiendo!? ¿Esculpiendo qué?

   
- ¡Auténticos prodigios, se lo aseguro! Según los cálculos del software dentrífico, lo que han hecho en su pieza 38 responde a las mismas reglas proporcionales y armónicas que el Templo de Salomón. El colmillo superior izquierdo comparte similitudes asombrosas con la Gran Pirámide de Guiza, y el inferior derecho...

- ¿El inferior derecho? Ése me duele a rabiar...

- No me extraña. Lo han perforado sin clemencia. Según el cotejo de algoritmos, están construyendo en él algo muy parecido a la Sagrada Familia de Gaudí.

- No puede ser...

- A mí también me cuesta creerlo. Si no fuese un pensamiento tan poco científico, me atrevería a aventurar que esos engendros mecánicos, de repente, han sentido la necesidad de encontrar a Dios.

- ¿Y no podrían buscarlo fuera de mi boca? - protesta el señor Linus. Solloza, suspira de dolor, inspira hondo -. Bueno, ¿cuál es el tratamiento?

- ¿Tratamiento?

- ¿Qué podemos hacer para que esos bichos dejen de taladrarme la boca?

- He estado consultando su caso con colegas especializados en estas materias y la opinión es unánime: No podemos permitir que los nabobots se detengan. Lo que está sucediendo en sus dientes es ARTE. Así, con mayúsculas. Hay en ello un virtuosismo, una autenticidad que no veíamos desde tiempos bastante más lejanos, más difíciles. Su cavidad bucal, señor Linus, puede convertirse en la próxima Capilla Sixtina.

- Yo no quiero tener capillas en la boca - se queja el señor Linus -. Sólo quiero masticar sin sufrir.

- Entiendo sus reparos, pero por suerte o por desgracia, no depende de mí. El software dentífrico ya ha enviado los datos al Gobierno Central. Su boca ha sido declarada patrimonio de la humanidad. Me temo que ha dejado de ser suya. Será indemnizado convenientemente, por supuesto.

- Yo no quiero que nadie me indemnice. Yo sólo quiero... que termine el dolor.

- Y yo le entiendo, créame. No quisiera estar en su lugar. El único consuelo que le puedo ofrecer es que... su sufrimiento de ahora hará feliz a la humanidad entera. A las generaciones presentes y a las futuras. Lo que está sucediendo en su interior va a cambiar vidas. Se harán tours virtuales a su boca, peregrinaciones, caminos 2.0 de Santiago... Mis condolencias, señor Linus. Ha sido usted elegido.

Linus sale de la consulta con los hombros doblados hacia el suelo, cabizbajo, como un toro que espera la estocada.

Suenan a lo lejos fuegos artificiales anunciando - fun, fun, fun - la Navidad, haciéndole pensar en aquel cuadro en blanco y negro que cagó Picasso en otros tiempos, en tiempos más lejanos, más difíciles.

Mientras todos aplauden, mientras los fuegos crepitan, mientras los artistas más minúsculos, más artificiales... herederos de las sensibilidades más divinas, más humanas le taladran hasta morder el nervio...

... el señor Linus se pregunta si al Guernica le dolían también sus propias bombas.



Madrid. 17 - 05 - 17

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