domingo 22 de abril de 2007

LA MAÑANA DEL DESPERTAR DE EVA

El colchón se hundió como si tuviese que soportar el peso de cien mundos. Por eso Eva llegó a la conclusión de su nuevo invitado no era humano.

Los ojos de la joven continuaban cerrados. Sus pies estaban separados por eones de distancia. El diestro en la vigilia. El izquierdo aún afincado en el reino de los sueños.

Y era difícil adivinar a cuál de los dos mundos pertenecía aquel peso. Aquel calor. Aquel olor a almizcle que impregnaba las sábanas, que inundaba la estancia y penetraba en esos recodos del laberinto... en esos resquicios del alma que nunca aprendieron a pensar...

Se escuchó un resoplido.

Una ráfaga de huracán ardiente azotó el rostro de Eva. Alborotando los cabellos. Cosquilleando los labios. Meciendo las pestañas.

Eva abrió los ojos.

Eva vio.

Era borroso, pero era real. El toro se alzaba sobre ella. Enorme, majestuoso. Reluciente en su negrura impenetrable. Reluciente también la curva de los cuernos, como una media luna.

Eva permaneció inmóvil. Tal vez presa del miedo. Tal vez presa del sueño. Tal vez presa de todo. Tal vez presa de su propia libertad. O tal vez esperando. O tal vez encontrando.

El animal sacó la lengua. Lamió un estremecimiento en el cuello de la joven. Luego, con un cuidado que casi parecía ternura, agarró entre sus dientes la tela de la sábana, y comenzó a apartarla...

... lentamente...

Eva sintió la tela deslizándose hombros abajo, pechos abajo, vientre abajo... Y el hocico del toro se detuvo entre los muslos, a pocos centímetros del lugar temido, prohibido y esperado.

Un nuevo resoplido. Haciendo vibrar las dos fosas nasales de la bestia. Haciendo vibrar el cuerpo de la joven. Haciendo vibrar la habitación entera.

El toro olfateaba, intentando obtener información de aquel molusco extraño. El pubis de la joven se erizaba, pradera cepillada, brizna a brizna, por una tibia brisa.

Eva soltó un gemido imperceptible, y tal vez se sintió un poco culpable por no haber conseguido reprimirlo. Apretó los labios, como intentando convertirlos en una única pieza, para evitar la fuga de algún otro sonido delator.

El animal, seducido por el misterio de la concavidad femenina, se hartó de olfatear y quiso probar el sabor de aquel sexo rosado. La lengua del toro se confundió entre los relieves prohibidos. Dos humedades compartieron secretos.

Los labios de la joven se apretaron más fuerte. Los dientes imitaron la conducta. Rechinaron.

El semental lamía sin tregua, con una brutalidad voraz. Con un hambre irracional y una curiosidad que no atendía a refinamientos, ni a consideraciones, ni a preguntas...

Eva intentaba evitar que las convulsiones dominasen su cuerpo. Eva fracasaba.

Eva abrazaba con sus muslos el cuello de la bestia. La caricia del pelaje era suave.

Eva cerraba los ojos, porque si aquello era un sueño a fin de cuentas, deseaba atraparlo y conservarlo debajo de los párpados. Como un mosquito en ámbar. Como una mariposa disecada.

Y conforme los párpados se apretaban encarcelando sueños, se relajaban los dientes y los labios, concediendo la libertad a los jadeos.

De repente, la lengua del toro dejó de trabajar. Pero antes de que la joven tuviese tiempo de lamentarse por el placer perdido, sintió cómo los dientes arañaban sus pechos, sin herir.

El animal tensó los músculos de su potente cuello. Un brusco tirón... y la seda del camisón se disolvió en jirones.

Los senos quedaron al aire, manzanas temblorosas, venas azules bajo la piel traslúcida, pezones sensibles, afilados por algo casi eléctrico, apuntando hacia el cielo, hacia la oscuridad insondable de más allá del Cosmos, antenas sintonizando en busca de un eco que rebota en las murallas de la eternidad, a varios infinitos de distancia.

Pero nada de eso se piensa. El cuerpo de Eva se contonea ante las caricias de la bestia. Como en un baile de serpiente en llamas. La lengua desempeña la misma labor que realizara entre los muslos. Todo lo prueba. Todo lo recorre. Todo lo conquista y lo somete con su pecaminoso estigma de saliva. La muralla de cada célula se quiebra, explota, en un chillido acuoso. Baja, humilla, su puente levadizo.

Eva se resiste a colaborar, pero eso es lo único a lo que se resiste. Su torso, humedecido, ya brilla casi tanto como esa sonrisa, imperceptible rictus, que se insinúa en la comisura de los labios.

Y mientras los dientes del toro mordisquean, suavemente, la yugular de Eva, un peso tibio y húmedo se posa sobre el pubis de la joven, y se restriega y crece y se endurece. Cobra vida. Animado por el rubor de la sangre, por el mensaje de un corazón que bombea en un idioma primitivo. El trozo de carne que se convierte en arma, poseído por la férrea voluntad de un tótem fálico.

Y Eva adivina lo que ya es inminente, inevitable. Y una parte de ella que no es ella, se opone a su Destino. Pero su cuerpo es quien decide. Su cuerpo es el que cede. Su cuerpo relajado, lubricado... Su cuerpo sometido, derretido, de flor en flor abierto hacia la vida, firmando la rendición ante la rigidez oscura... que cuelga bajo el toro.

Y sin dejar de pellizcar el cuello de la chica, el animal embiste.

Y la boca de Eva se dilata en un grito. Un grito desgarrador. Un grito hermoso. Un grito de dolor y de placer. Un grito incontrolable, indescriptible.

Y las paredes internas de la joven, anestesiadas en defensa propia, ceden ante el envite de la carne palpitante, que recorre los rincones más profundos, con una longitud de tren interminable, como un torrente que a su paso arrolla toda moral, toda cordura, todo vestigio de civilización humana.

Y tras esa penetración interminable, el falo retrocede, desandando el camino lentamente, cediendo una a una las tierras conquistadas... para un segundo después, volver a penetrar, volver a conquistar una y mil veces, entrando y saliendo al compás inaudible de algún tambor salvaje.

Y Eva grita, y Eva llora, y Eva siente cómo su entraña se llena y se vacía, se llena y se vacía, se llena y se vacía, a un ritmo implacable, brutal, castigador, hiriente.

La fuerza destructora de un ariete.

La fuerza creadora de un ariete.

Y ahora la muchacha participa. Baila con sus caderas. Acaricia. Abraza al animal. Se contorsiona. Obliga a penetrar. Gime lasciva. Relaja cada músculo, se amolda, a ese falo invasor, o lo aprisiona, codiciándolo, estrujándolo, perdiéndolo, recibiéndolo otra vez, entre sus carnes, sintiendo su desliz, o percibiendo, como una vibración, cada latido, cada perturbación en ese monstruo, en ese pene enorme, que atraviesa... la tímida membrana... el mar de sangre... los túneles secretos que conducen... a la enajenación... Y casi a ciegas, sin pensar lo que hacen, los dos brazos de la frágil muchacha, buscan... tientan... se deslizan dementes. Se deslizan por el cuerpo robusto del violador cornudo, sintiendo cada músculo, paseando con temblores de éxtasis por los fibrosos relieves, por el pelaje negro perlado de sudor.

Y el toro embiste, embiste, embiste, embiste...

Y los dedos de Eva tiemblan, tiemblan... y acarician el cuello, y las orejas, y las patas fornidas, y desprenden, con desesperación ingenua, las legañas... que florecen, sombrías bajo el brillo, bajo la loca fiebre... de los ojos del toro.

Y el animal embiste y entra y sale... y las cuerdas vocales de la joven... no saben pronunciar las consonantes, y olvidan el lenguaje, y sólo gimen, sollozan de placer, jadean de gozo. Y el toro la penetra con más fuerza, intentando romperla, desarmarla, y ella extiende sus brazos hacia el cielo, buscando alguna cosa en que agarrarse. Y esa cosa que encuentran las dos manos... son los cuernos del toro. Agarraderas de marfil, trapecio de huesos que cuelga, oscila, pendulea... sobre los prados rojos del Infierno.

Y la cama rechina, las cuatro patas lloran, el cabecero golpea la pared con saña, cada vez con más fuerza, cada vez más frecuente, y los testículos del toro, hinchados de poder, llenos de vida, estallan en las nalgas, castigándolas.

Y el toro brama, embiste, brama, embiste.

Y la mujer se aferra con más fuerza a la dura, imperturbable cornamenta.

Y el clímax ya se acerca. El mundo terremotea, enajenado. Eva siente en su vientre cómo el falo... se hincha... y percibe cada vena, gritando a vida, a muerte, a sálvese el que pueda.

Y entonces llega, una descarga, una avalancha, un alud pegajoso, espeso, báquico... Un chorro de presión que riega todo, que llega a cualquier parte, que se adueña... de todos los vacíos... que atraviesa... fronteras invisibles...

Es leche primigenia, maná ardiente, veneno sanador... y en un instante... el bramido del toro se confunde... con el grito de Eva, orgasmo, espasmo, latigazo de luz en las retinas, tensión insoportable... y luego nada... o mejor dicho todo... Poco a poco... el mar vuelve a la calma... y ya las olas... se sacuden la espuma de la rabia... y mecen esa cuna... esa sonrisa... como un cuarto creciente de la luna...

Y la respiración se tranquiliza... El toro... desenvaina... de las carnes de Eva... su masculinidad, ya satisfecha... y poco a poco se yergue, se incorpora, riega la colcha... y luego retrocede... y el colchón recupera la tersura... y abriendo ya los ojos totalmente, la joven Eva observa tras el velo... del recién despertar... cómo su amante... abandona la estancia.

Y Eva sabe...

...que ya no es virgen...

... y que lleva en su vientre...

... la semilla de un dios...

6 comentarios:

Cornamenta dijo...

jajajajajajajajaja

qué gamberooOOOOO!!!

wau!

300mundos dijo...

muy bonita, juanjo, me recordaba un poco a la eva de la cueva de los sueños ancestrales en the sandman, sobretodo a aquella joven, maternal, de los últimos capítulos. me alegra reencontrarte. un beso,
ana (la hermana de paloma)

AzulAlbanta dijo...

Y de pronto la buenaventura me trajo hasta tu página. Empiezo a leerte y nada, que logras lo que quieres con tu palabra. En verdad, es genial, voluptuosa, táctil, fascinante.

Muchos pero muchos saludos.

Juanjo Ramírez dijo...

Gracias a las dos!

Ana!! Cuánto tiempo! :D Se Sandman sólo he leído "Casa de muñecas". El resto es una asignatura pendiente que tengo!

AzulAlbanta: Bienvenida, y muchísimas gracias! Habéis llegado de improviso, a dar un poco de vida a un blog que consideraba muerto.

Bueno, nació con esa vocación. Esto es más un cementerio de relatos que un blog.

AzulAlbanta dijo...

Por favor, no lo mates. No tienes idea cuánto bien le han hecho tus escritos a mi vida. De hecho, al contrario de un blog muerto, yo soy una eterna letra comatosa...

Tengo un programa de radio por internet y me he tomado el atrevimiento de leer tus cuentos, diciendo por supuesto, el nombre del autor y el enlace de su blog. Ha sido todo un éxito.

Y por cierto... Yo, que me he jactado de leer mucho, me has dejado impresionada, lo que a estas alturas de mi vida ya de por sí es... pues impresionante.

Muchísimos saludos y yo aquí sigo, navegando en tu palabra.

Juanjo Ramírez dijo...

Cielos, AzulAlbanta!

Qué honor lo de tu programa de radio! ¿Se puede escuchar en algún sitio?

Me alegro de que te gusten estos cuentos. Este blog está en plan cementerio porque ahora escribo en http://demasiadovioleta.blogspot.com

A veces publico cuento, pero cada vez menos. Últimamente estoy en "modo novela". Pero lo del relato corto es una costumbre que debería retomar...

Muchos saludos, navegante! Y gracias nuevamente!