domingo 10 de mayo de 2009

CÁSCARA DE PLÁTANO (SEGUNDA PARTE)


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***


Alonso de Miguel era esa clase de escritor que tanto abunda.
Ciento por cien vocacional.
Y cien por cien inédito.

Tenía una decena de cosas escritas. Ninguna publicada.

Y cuando echaba un ojo a los estantes de las librerías casi todo lo que encontraba en ellas le parecía basura. Eso le hacía mascullar sobre lo injusta que suele ser la vida. Tanta bazofia medrando en el mundillo literario mientras sus obras, que derrochaban esfuerzo y corazón en cada página, se pudrían en el anonimato.

Con esa clase de pensamientos se reconcomía Alonso de Miguel noche tras noche, hasta que alguien le hizo caer en la cuenta de que las editoriales no tienen la costumbre de llamar puerta por puerta en busca de talento. Que las cosas funcionan a la inversa. Que a los milagros se les llama así (“milagros”) porque rara vez suceden. Que ninguna editorial iba a plantearse publicar una novela de Alonso de Miguel si el escritor no informaba previamente a las editoriales de que las novelas de Alonso de Miguel… existían.

Un paso lógico que el escritor llevaba omitiendo desde siempre, sin saber muy bien por qué. Tal vez miedo al rechazo. O tal vez el vértigo de un cambio de rumbo inesperado en el itinerario de una vida. O quizá ese repelús de que una garra extraña se cuele en tu novela y la mutile. O el pánico a desnudarse delante de la masa. O la desidia de quien considera todo esfuerzo inútil, visualizando la derrota incluso antes de haber movido ficha.

Pero Dios distribuye los oráculos por los rincones más insospechados.
Cierto día, con la treintena recién cumplida, Alonso de Miguel atajó por una bocacalle para llegar pronto al trabajo, y un mendigo agitó (con más desgana que esperanza) un platillo en el que tintineaban tres o cuatro céntimos. El escritor sacó un par de monedas que le pesaban en el bolsillo y las dejó en el plato. El homeless se estremeció entre las arrugas del abrigo, y el vino peleón habló por él cuando pronunció aquellas dos frases lapidarias:

- O te pudres o te tiras al vacío. No hay término medio, chaval.

Eso fue todo. Tras ello el mendigo cerró los ojos y quedó dormido en una pose de muñeco de trapo, desactivado por algún dedo invisible. Alonso de Miguel permaneció clavado entre la suciedad del callejón durante más de un minuto, repitiendo para sí, una y otra vez, el enigmático proverbio del mendigo.
“No hay término medio… Tirarse al vacío. Eso o pudrirse…”

Esa mañana, mientras Alonso de Miguel se ganaba el sueldo en el centro comercial de siempre, vendiendo televisores extra grandes, extra nítidos, extra todo, llegó a la conclusión de que su vida empezaba a oler a rancio por la simple razón de que no era la que él había elegido. Así que decidió que al día siguiente se arrojaría al vacío.

Esa tarde comunicó sus intenciones a las dos únicas personas que de verdad importaban. Su hermana Carolina (único familiar que conservaba a esas alturas) y, por supuesto, a Ignacio. El bueno de Ignacio (lo más parecido a un “mejor amigo” a que podía aspirar un ser introvertido como Alonso).

- Voy a intentar publicar – les dijo -. Es o eso o pudrirme. Confío más en vuestro criterio que en el mío. Los dos habéis leído todas mis novelas. Necesito que elijáis una. La que más os guste. Ésa será la que mueva. Ésa será la que envíe a las editoriales.

Sin necesidad de ponerse de acuerdo, Ignacio y Carolina escogieron la misma novela. Y la elegida no era precisamente la más compleja, ni la más personal, pero era la que se leía con más facilidad. Y la facilidad era una llave que abría muchas puertas.

Alonso de Miguel no cuestionó aquella elección. Celebraron el momento con un brindis, se emborracharon un poco más de lo normal y al día siguiente Alonso escribió doce cartas y las metió en doce sobres para enviarlas a doce editoriales, elegidas atendiendo a criterios tan estúpidos que sin lugar a dudas eran mágicos. Doce cartas en las que el escritor hablaba de sí mismo y de su novela lo mejor que sabía. Es decir, muy malamente. A pesar de ello, algo parecido al optimismo gravitaba sobre Alonso cuando entró en la oficina de Correos y envió las doce cartas. Y era la percepción de un aura sobrenatural que casi se captaba con el rabillo del ojo. Un algo tan inmenso y tan oscuro que erizaba los pelos de los brazos.

Cuando el escritor salió del edificio de Correos se sintió ligero. Globo cansado al que le quitan unos lastres que ni siquiera era consciente de llevar.

Regresó a casa caminando, pensando en sus cosas, ensimismándose, amueblando en el interior de su cabeza un futuro de piezas que encajaban con más piezas.

No vio el autobús. Y el autobús tampoco le vio a él.
Fue un golpe demasiado fuerte para doler en un primer momento. Anestesia. Simple anestesia barnizada en sangre, y caer escuchando el crujido de sus propios huesos al romperse, y el réquiem de grillos de un frenazo que llegaba demasiado tarde. Luego siluetas borrosas que se agachaban junto a él y le tocaban o llamaban a gente o buscaban sus teléfonos o decían cosas que ya no se entendían y el aire cada vez más reacio a entrar en los pulmones y luego una luz, luz más oscura que todas las madrigueras juntas y luego el mundo alejándose poco a poco irremediablemente igual que una cometa a la que le han cortado el hilo. Y luego…

… luego nada…

Cuando Alonso de Miguel despertó no le hizo falta abrir los ojos para intuir que estaba en una cama de hospital. El olor era inconfundible. Y deprimente.

- ¡Ha despertado! – graznó una voz a su izquierda. Una voz de mujer -. ¡Ve a avisar al doctor! ¡Venga, date prisa!

Alonso abrió los ojos. Le costó acostumbrarse a la luz. Y a la mirada de perplejidad de la enfermera. Preguntó varias veces “Dónde estoy”. Preguntó varias veces “Qué día es hoy”. Pero las enfermeras evitaban contestarle y los médicos esquivaban amablemente la pregunta. “Ya habrá tiempo para respuestas”, le decían. “Ahora necesita descansar”. Y acto seguido le paseaban una linterna por los ojos, o le tomaban la tensión, o le invitaban a tragar alguna píldora. Siempre con algo extraño en la mirada, contemplándole como a un animal exótico expuesto en el zoológico, o como si de algún extraño modo supiesen algo sobre él que él no sabía.

Tras un sinfín de análisis le dejaron a solas en la habitación. Intentó levantarse, pero los músculos no le respondían. Hilvanó sus recuerdos con torpeza. Recordó casi todo con bastante claridad. Su vida, las doce editoriales, el accidente que le dejó hecho trizas. Pero había más cosas. Cosas borrosas, inaccesibles, cerradas bajo llave en los armarios más opacos del cerebro. No parecían vivencias, sino más bien residuos. Casi como excrementos de recuerdos. Y cada vez que Alonso se asomaba a ellos se interponía un dolor de cabeza insoportable cerrándole el paso. Una lluvia de alfileres que se clavan en los nervios y en los ojos.

La puerta se abrió interrumpiendo el hilo de sus pensamientos. Alonso alzó la vista en busca del recién llegado. Era Ignacio. Mirándole también con ese desconcierto indescifrable que había detectado en los ojos de los médicos. Pero lo que más impactó a Alonso fue aquella orografía de arrugas incipientes en el rostro de su amigo. Ignacio parecía haber envejecido unos diez años, como mínimo.
Once, para ser exactos. Los once años que Alonso de Miguel había permanecido en coma. Ignacio le informó de ello con cierta delicadeza. Pero por alguna extraña razón no había demasiado cariño en sus palabras.

- ¿Y Carolina?

- No ha podido venir – respondió Ignacio, y en su voz se percibía un deje de amargura.

- ¿Por qué me miras así?

- ¿Cómo te miro?

- No lo sé… De forma rara. Todo el mundo me mira raro y aún no sé por qué.

- ¿No te han dicho nada todavía?

Alonso negó, contrariado. Acto seguido, Ignacio se sacó una tarjeta del bolsillo y la pasó por un sensor que había en la mesita de noche. Como resultado, se encendió un televisor en la pared. Ignacio accionó un mando a distancia e hizo zapping. Un telediario llenó la pantalla y Alonso casi sufrió un colapso cuando vio la noticia estaban emitiendo. Hablaban de un escritor llamado Alonso de Miguel que acababa de despertar de un largo coma. Once años antes, el tal Alonso de Miguel había enviado una carta a doce editoriales y ese mismo día había sido atropellado por un autobús de línea.

En un primer momento ninguna de las editoriales prestó atención a la carta de Alonso, pero un becario que trabajaba en una de ellas leyó la noticia del atropello en un periódico, y le sonó el nombre de Alonso, y ató cabos, y avisó a sus superiores, que a avisaron a su vez a otros superiores que eran más superiores todavía.

Los directivos de la editorial hicieron planes incluso antes de haber leído la novela. Publicarle un libro a un escritor en coma. Había que reconocer que como reclamo publicitario resultaba bastante llamativo.

En menos de veinticuatro horas se pusieron en contacto con la hermana del escritor atropellado. Sin respetar el luto.
Consiguieron la novela. La leyeron. No era mala. Y aunque lo hubiese sido, nadie se habría atrevido a criticar la obra de un autor en coma. Nadie se habría atrevido a no comprarla.

La novela tardó en publicarse bastante menos de lo habitual. Nadie quería correr el riesgo de que Alonso despertase del coma antes de que sus palabras se hubiesen convertido en oro.
Se imprimieron millones de ejemplares, se difundieron a los cuatro vientos.

En el telediario no mencionaban todo eso, pero daban detalles bastante más sombríos.
Relataron lo rápido que se impuso esa novela como una de las más influyentes de su siglo, relataron lo mucho que la admiraron unos, y lo mucho que la odiaron tantos otros. Relataron cómo ciertos indeseables interpretaron el texto a su manera y lo esgrimieron para legitimar actos terribles; y cómo de ese modo el escritor, sin moverse siquiera de su cama, y sin abrir los ojos, fue tachado de monstruo, de cabrón sanguinario e inhumano, de instigador de iniciativas crueles. Algunos se manifestaron en los parques y quemaron la foto de Alonso de Miguel, otros le dedicaron monumentos. Hubo muchos que escupieron en sus páginas, y otros muchos que intentaron imitarle.

El escritor no daba crédito a sus oídos. Intentaba digerir aquel telediario, pero se le indigestaban cuatro de cada tres palabras. Y entonces llegó el golpe de gracia, pues aún quedaba algo que los informativos no podían omitir: El momento en el que Carolina de Miguel, hermana del polémico escritor, enloqueció al ver difamada la reputación de Alonso.
Y esa locura terminó en suicidio.

Alonso se mareó. El mundo se le centrifugó dentro del cráneo, la saliva se congeló en la boca, el llanto le enrojeció los ojos.

Ignacio tampoco pudo resistir aquello. Apagó la tele, incapaz de seguir escuchando. También había lágrimas en sus ojos, igual de sinceras que las de Alonso, pero mucho menos frescas, más cansadas.

- ¿Sabes? Poco después de tu accidente, Carolina y yo nos casamos – el llanto entrecortaba las palabras de Ignacio -. Ella llegó a ser todo para mí, y tú la mataste. ¿Por qué tuviste que publicar esa novela de los cojones?

- No... No… – balbuceaba una y otra vez el escritor -. No… Carolina no…

- Toda esa gente que condena tu novela… Lo argumentan tan bien, lo dicen con tanta convicción… Al final uno se lo tiene que creer. Supongo que Carolina también acabó creyéndoselo, o al menos planteándoselo, y no lo supo aceptar.

Ignacio rompió a llorar.
Alonso de Miguel palidecía por segundos.

- ¡Pero no puede ser! – sollozó el escritor -. ¡Es una novela sin pretensiones, joder! ¡Tú la leíste antes que nadie! ¡Un libro de aventuras, con piratas y espadachines de mierda! No hay manera de tomárselo en serio…

- Eras un escritor en coma, Alonso. Tenían que endosarte una leyenda negra a juego. Había que tomar en serio esa novela como fuera. Era obligado.

- ¡Pero en esa novela no había nada que tomar en serio! ¡Nada!

- Siempre hay algo cuando se sabe buscar. Así es como funciona.

Alonso miró a su amigo en busca de consuelo. No lo obtuvo. Ignacio le dio la espalda y se dirigió lentamente hacia la puerta.

- En el fondo sé que no tienes la culpa, Alonso. Pero te odio. Quizá sea el único que tiene auténticos motivos para hacerlo. Necesitaba decírtelo a la cara. Enhorabuena por salir del coma. Aquí termina lo nuestro. No quiero volver a verte nunca más.

Ignacio salió del cuarto. Alonso intentó decirle algo, pero lo único que logró fue vomitar.
Un vómito con sabor a medicina y bilis, que empapaba las sábanas y las hacía todavía más pesadas.

No hizo declaraciones. No concedió entrevistas. Y aunque pronto descubrió que sus derechos de autor le habían convertido en millonario, no se quiso conceder ningún capricho.

Alternaba los ejercicios de rehabilitación con el asunto de ponerse al día, leer mil sitios web y mil periódicos, informarse sobre qué había sucedido durante esos once años de siesta que le habían convertido en cuarentón.
Prestaba especial atención a todo lo relacionado con su propia novela. Su labor de documentación en ese tema alcanzó niveles enfermizos. Recopiló todas las piezas: Críticas literarias, noticias, índices de venta, incluso tesis doctorales.

Pero lo que más intrigó a Alonso no fue lo sucedido tras la publicación de la novela, sino algo que había ocurrido poco antes. Algo acerca del modo en que llegó su carta a manos de la editorial.

Al parecer, aquella carta había estado a punto de perderse. El tren que la transportaba había descarrilado sin razón aparente. Y había algo misterioso en ese accidente ferroviario. Cada vez que Alonso leía sobre el tema le asaltaba uno de esos dolores de cabeza que le impedían profundizar en ciertas cosas. Dolores que aumentaban de intensidad conforme el escritor se esforzaba en recordar, hasta llegar a provocar la náusea.

Pero si aquel tren no había llegado a su destino, ¿por qué recibió la editorial aquella carta? La razón resultó ser tan singular que aparecía mencionada en una decena de periódicos. La carta fue encontrada a pocos metros del lugar del accidente por un tal “No sé qué” Márquez, un músico de poca monta que, vete a saber por qué, decidió llevarla a la editorial personalmente.

Alonso de Miguel odió al tal Márquez como nunca había odiado a ningún hombre. “¿Por qué tuviste que rescatar aquella carta, hijo de puta?” Si ese Márquez no hubiese interferido, Alonso seguiría siendo un escritor inédito. La gente no le consideraría un ser abyecto…
… y Carolina seguiría con vida.

Era la crueldad convertida en broma metafísica, y Alonso de Miguel se obsesionó con ello. De no hacerlo, puede que no hubiese prestado tanta atención a otra noticia que no tenía relación directa con su novela ni con él. La noticia, publicada un par de años atrás, hablaba de un grupo de científicos que había sido sancionado y expulsado de cierta universidad por haber iniciado cierto experimento. Un experimento que sonaba más a ciencia ficción que a cosa seria. Pero la tecnología había avanzado bastante en los últimos diez años. Ahora era posible hacerlo, aunque presentara serios problemas éticos.

Pero dentro de la mente trastornada de Alonso, la Ética era un castillo de naipes con una arquitectura muy extraña.

Las técnicas de rehabilitación también habían mejorado en esos once años. En menos de una semana Alonso salió del hospital andando por su propio pie. Los cuarenta años le pesaban en el cuerpo, pero no necesitaba demasiadas fuerzas para poner su plan en marcha. Lo que sí iba a necesitar era dinero. Mucho dinero.
Examinó todas sus cuentas bancarias y calculó que tenía suficiente. Sus gestores, fuesen quienes fuesen, habían realizado un buen trabajo.

No le costó localizar a los científicos. Tampoco fue difícil averiguar cuál de ellos era el máximo responsable de aquel experimento interrumpido.
Alonso de Miguel imprimió toda la información que había recopilado. En esos nuevos tiempos ya nadie trabajaba con papel, pero el escritor no pertenecía a aquellos tiempos. Era un fantasma. Y tal vez por eso necesitaba los papeles. Tal vez por eso necesitaba tocar cosas que le hicieran sentirse más real.

Tomó el camino más rápido para llegar a casa del científico, y ese camino pasaba por cierta bocacalle. Cuando Alonso de Miguel la atravesaba, escuchó un tintineo que le erizó la nuca. El ruido de unas monedas en un plato. Buscó aquel sonido con los ojos, y allí estaba el mendigo, el mismo con el que se había encontrado once años antes. Durmiendo la mona junto a los restos de un tetrabrik de vino. Agitando el platillo de manera sonámbula, automática. Y repitiendo sin cesar unas palabras, como si hablara en sueños:

- Círculo, plátano, caída… círculo, plátano, caída… círculo, plátano, caída…

El escritor no conocía el significado de aquellas tres palabras, pero sintió un intenso dolor en la sien al escucharlas.

- ¡Cállate! – gritó Alonso mientras se tambaleaba hacia el mendigo, mientras lo zarandeaba con toda su energía para despertarlo del sueño.

- Círculo… plátano… caída… – continuaba murmurando el vagabundo, y Alonso lo agitaba de forma tan violenta que las monedas se despeñaban por los bordes del plato.

- ¡Cállate!

- No lo conseguirás… – susurró el vagabundo sin llegar a despertarse -. Lo intentaste con el tren y no funcionó. ¿Qué te hace pensar que ahora es distinto?

La mención del tren convirtió aquella jaqueca en algo insoportable. Alonso abandonó la bocacalle reprimiendo las arcadas, tropezando con cubos de basura, sintiendo que los ojos le explotarían en breve. Escuchando a sus espaldas aquellas tres palabras:

- Círculo, plátano, caída, círculo, plátano, caída…

Cuando llegó a la casa del científico esperó cinco minutos antes de llamar. Cinco minutos de respirar con calma, intentando recomponerse del mal trago que acababa de pasar.

Llamó al timbre.

Y el tipo que le abrió la puerta necesitaba recomponerse bastante más que él. Alonso había visto su foto en los periódicos pero le costó reconocerlo. Había cambiado la bata blanca por un albornoz de todo a cien, y un rápido vistazo a su cara bastaba para concluir que llevaba casi tanto tiempo alejado de la luz del sol como de las hojillas de afeitar.

- Te he visto en la tele – comentó el científico con más aburrimiento que entusiasmo.

- Te he visto en los periódicos – contestó el escritor.

El científico le dio la espalda y caminó hacia el interior. Alonso lo interpretó como una invitación a entrar.

Entró.

La casa era un caos que tenía hambre de caos. El científico apuró una lata de cerveza y le ofreció otra lata a Alonso de Miguel.

- Ese experimento vuestro… – comentó Alonso, mientras abría la cerveza -. Lo de los viajes en el tiempo… ¿es verdad?

El hombre del albornoz ni siquiera se molestó en mirarle.

- Si eres uno de esos tarados que quieren viajar en el tiempo, olvídate – le respondió el científico -. No podemos trasladar materia. Sólo podemos enviar información eléctrica. Eso es todo.

El hombre del albornoz abrió la nevera y sacó otra lata de cerveza.

- ¿Y esa información eléctrica… se puede usar para cambiar cosas del pasado? – preguntó el escritor, con una fiebre de obsesión que le encendía las pupilas, haciéndolas brillar con ese brillo tan propio de las cosas peligrosas.

- Es posible – reconoció el científico -. Pero es ilegal.

- No me salga con eso de las funestas consecuencias, ni con lo de cambiar el mundo tal y como lo conocemos. No estoy para mariconadas.

-¿Acaso tengo pinta de que me importe lo que le pase al mundo? – contestó el científico. Y le dio un largo trago a su cerveza -. Pero las cosas ilegales cuestan caras.

- El dinero no es problema.

- Espero por su bien que sea verdad. En ese caso sólo necesito un “qué” y un “cuándo”.

- El “cuándo” es hace once años. El “qué”… es este hombre – añadió el escritor, sacándose una foto del bolsillo -. Quiero que muera antes de llegar a cierto sitio.

El científico asintió mientras miraba aquella foto. La foto de un músico mediocre. Un tal “No sé qué” Márquez.



Continuará…

Donosti, a 10 de mayo de 2009


domingo 5 de abril de 2009

DE TRIGALES Y CUERVOS


Había algo lúgubre en la musicalidad del viento. Soplaba como queriendo apagar todas las velas del mundo para siempre, pero en lugar de eso se dedicaba a mecer el mar de trigo. Y cada espiga crepitaba como si un fuego invisible, incluso helado, la estuviese cocinando a fuego lento.

Los cuervos picoteaban las semillas y alzaban el vuelo sin demasiadas ganas. Luego volvían a aterrizar, volvían a picotear, volvían a revolotear otros tres metros. Algo los inquietaba. Y tal vez se debía a aquel olor eléctrico que enrarecía el ambiente, o al invisible peso de un firmamento opaco, malhumorado porque alguien le había robado las estrellas. O a la presencia de aquella silueta decadente con aires de espantapájaros marchito, clavada en pleno cruce de caminos, inclinada, casi desmoronada sobre el caballete de madera.

Era pintor. Y era también definición de desesperación, de desamparo. Era erial de pelirrojas malas hierbas cubriendo las mejillas. Era brillo de fiebre en la mirada. Era pincel de trazos inseguros escarbando en el lienzo con torpeza para encontrar la gruta del tesoro. Y allí estaba, estampando cuervos negros entre tanto amarillo, como esparciendo pasas en un arroz con curry. Arañando la pintura con una frustración que nunca encontraría consuelo. Porque el trigo de su cuadro no se movía con el viento, y eso ninguna pincelada, por enérgica que fuese, podría remediarlo. Porque acercaba la nariz al lienzo y aquello no olía a campo, ni a tormentas a punto de estallar. Solamente el aroma tan insano, tan deprimentemente de juguete de la pintura al óleo. Pintura aséptica, amarilla. Y poco más.

Mientras emborronaba el lienzo, Vincent deseó triturar todo lo que existía a su alrededor, convertirlo en papilla y robarle la esencia para fabricar pinturas de verdad. Pintar el trigo con papilla de trigo, pintar el cuervo con papilla de cuervo, embotellar el aire para pintar el aire.

Era la única manera de volcar autenticidad en el caballete. O tal vez era una simple excusa a la que Vincent se agarraba con uñas y con dientes para no enfrentarse a la verdad hostil. Sus cuadros no gustaban porque eran el fruto de un pintor mediocre, la radiografía emocional de un tarado incapaz de conectar con sus congéneres. El olor de la dichosa pintura no iba a cambiar eso.

Vincent se hirió la mano al derribar el caballete, pero no le importó. Pensaba hacer el resto del trabajo con los pies. Pisotear el condenado lienzo, descargar toda su ira, toda su frustración sobre aquel dibujo torpe de niño de seis años, reducirlo todo a polvo, a escombro, a manchas amarillas en sus suelas.

No llegó a suceder.

Cien cuervos graznando al unísono detuvieron la bota. Vincent miró a su alrededor. Se impuso la curiosidad sobre el enfado. Porque la conducta de los pájaros no era lógica. Alzaban el vuelo en todas direcciones, esparciéndose, alejándose del cruce de caminos como si hubiesen presentido la llegada del mismísimo Diablo. Luego llegó la ráfaga de viento. Ensordecedor. Huracanado. En menos de un segundo el aire estaba lleno plumas y de espigas, ambas arrancadas de cuajo, girando en vertiginoso torbellino alrededor de un eje invisible. Tras el viento vinieron los relámpagos y la explosión de luz, fugaz y cegadora, como ese restallido de magnesio asociado a las cámaras de fotos. Si Vincent no hubiese cerrado los ojos a tiempo se le abrían abrasado las retinas. Lo primero que vio cuando los volvió a abrir fue aquella cápsula metálica de dos metros de altura que zumbaba y humeaba a pocos metros del cruce de caminos.

Con el pincel todavía en la mano y los ojos abiertos como platos, el pintor holandés dio un par de pasos hacia el objeto misterioso. Un par de pasos que volvió a retroceder con un miedo instintivo cuando la puerta de la cápsula se abrió emitiendo un alarido hidráulico.

El primer pensamiento del pintor fue “estoy soñando”. Intentó vislumbrar lo que había al otro lado de esa puerta entreabierta. Esperaba encontrarse más metal, o una hilera de perchas con abrigos, o simple oscuridad.

Pero dentro de la cápsula había… lluvia.

Lluvia gris, repiqueteando con tristeza en el suelo de aquel armario extraño. Una cortina de agua que daba la sensación de existir para unir y separar dos mundos, dos abismos.

Algo empezó a moverse entre la lluvia. Vincent entrecerró los ojos y distinguió una silueta que atravesaba el agua. La silueta de un hombre. Un hombre que emergió del interior de la cápsula con las ropas mojadas, adheridas al cuerpo, con una pistola temblándole en la mano y unas humedades en los ojos que no se podían atribuir a aquella extraña lluvia.

- Hola, Vincent – saludó el desconocido con un acento estropajoso que insinuaba un par de copas de más.

- ¿De dónde demonios has salido? – quiso saber el pintor, mientras buscaba un modo de asimilar lo que le estaba sucediendo.

- Vengo del año 2038. Hemos inventado este chisme. Nos permite desandar el calendario.

Vincent intentó encontrar algún sentido a lo que acababa de escuchar. No pudo. El viajero del tiempo sollozó, la pistola volvió a titubear entre sus dedos, los cuervos volvieron a posarse en tierra firme.

- Soy músico – prosiguió el recién llegado. Vincent no supo qué contestar a eso. Ni tan siquiera supo si tenía que hacerlo -. Pero nunca he conseguido vender una canción a nadie – prosiguió el desconocido -. Soy un maldito perdedor. Al principio me daba igual. Usted ha sido siempre mi modelo a seguir, Vincent. Cada vez que mi carrera musical desembocaba en un fracaso me decía a mí mismo: “El tiempo te hará justicia. Piensa en Vincent Van Gogh. No vendió un solo cuadro en vida, y ahora es el pintor más cotizado del planeta. Sus cuadros están en los museos más prestigiosos del mundo.

Vincent dejó caer el pincel. Sintió una contracción en la garganta. Había tenido alucinaciones otras veces, pero esto era bastante más real. Esto, de alguna extraña forma, tenía peso, incluso olía.

- ¿Entiende lo que quiero decir, señor Van Gogh? – prosiguió el desconocido, rompiendo a llorar de la manera más indigna -. Llevo años buscando ese consuelo en usted. Pensando que si mi música no ha tenido éxito inmediato es porque soy un incomprendido… como usted… Un visionario… ¿¡Entiende lo que le estoy diciendo!? Usted empezó siendo mi modelo a seguir, pero acabó convirtiéndose en excusa barata.

Los ojos de Van Gogh se humedecieron, y el pinto no supo si aquello le gustaba o no.

- ¡¡Su ejemplo me esclaviza!! ¡¡Yo no quiero ser como usted, señor Van Gogh!! Necesito conocer el éxito de primera mano, y creo que no podré ponerlo todo de mi parte hasta que no me libre de usted… y de su influencia perniciosa. Por eso he viajado hasta aquí para matarle, señor Van Gogh.

El viajero del tiempo alzo la pistola. El whisky, o el vodka, o lo que demonios fuese no había conseguido amortiguar los temblores de su brazo.

- Así que si quiere decir unas últimas palabras, éste es el momento – concluyó aquel extraño.

Pintor y músico intercambiaron una mirada titubeante, incierta. Vincent Van Gogh no supo cuáles iban a ser sus últimas palabras hasta que sorprendió a sus labios secos pronunciándolas.

- ¿Mis cuadros… en un museo?

Esas cinco palabras. Brotándole del alma, teñidas de incredulidad, totalmente desnudas de autoestima. El desconocido asintió, mirándole directamente a los ojos con sus pupilas abrasadas en lágrimas. Esbozó algo que intentaba parecer una sonrisa. Luego apretó el gatillo, y el disparo llenó el trigal entero. El cañón del arma exhaló una bocanada de humo. Una bala del siglo XXI abrió una estrella de mar negra en las costillas de Vincent, y el rojo de la sangre (por fin una pintura de verdad) empezó a derramarse sobre el trigo.

- Lo siento – masculló el desconocido mientras caminaba hacia atrás, mientras volvía a introducirse en la cápsula metálica, mientras la lluvia enfriaba su pistola y camuflaba sus lágrimas.

La puerta de la cápsula se cerró. Tras eso, otro estallido eléctrico, otro huracán de trigos y de cuervos, otro silencio tétrico… y un caballete en el suelo, y un pintor que se tocaba el pecho con unas manos barnizadas de rojo, que sonreía como sólo saben hacerlo los locos, y las lunas crecientes. Que murmuraba con una felicidad escalofriante:

- Mis cuadros… en un museo…


Donosti a 5 de abril de 2009

lunes 16 de marzo de 2009

CÁSCARA DE PLÁTANO

Su casa estaba a quince metros de las vías y cada vez que un tren pasaba, el mundo entero se ponía a temblar como si hubiese decidido terminar apresuradamente. Los vasos vibraban en los estantes de la cocina, los tornillos crepitaban en paredes y muebles y eran rumor de fondo de ese otro ruido, esa sinfonía desquiciada de traqueteo, chirrido estropajoso, alarido metálico inventado para llenar todos los huecos y sepultar con su alud de decibelios el tímido murmullo de la tele.

Nadie en su sano juicio elige un sitio así para vivir. La gente que habita junto a la vía del tren tiene vida de tren; vida sin fuerzas para tomar sus propias riendas; la clase de existencia que, siguiendo una ruta prefijada, desemboca en todo aquello que no hemos invitado a formar parte de ella.

Márquez no era una excepción a la regla. Esa sucesión de condicionantes que algunos se empeñan en llamar Destino le había hecho encallar en aquel piso, herencia de una abuela recién incinerada.

La situación económica de Márquez era más bien precaria. Por más que le jodiese, aquellas vías de tren y aquellos quince metros que las separaban del salón no eran razón de peso para desdeñar una vivienda gratis. Los músicos mediocres suelen ganar cantidades mediocres de dinero y hay que decir que “Márquez, Mediocridad y Música” fueron siempre tres emes indisolublemente unidas.

Es difícil ser buen músico cuando ni siquiera te gusta la música, y tal era el caso de nuestro amigo Márquez. También en ese ámbito había prosperado más por inercia que por propia decisión. Se matriculó en la escuela de solfeo con poco más de trece años para coincidir con esa chica que sembraba mariposas en sus tripas. A los pocos días la muchacha en cuestión decidió preferirle como amigo, y Márquez aceptó la situación sin rechistar. Meses después la “amiga” había desaparecido de su vida, pero el solfeo se había instalado cómodamente en ella. Márquez tenía facilidad para la música. Se sacó la carrera de año en año, sin demasiado esfuerzo. Aunque nunca derramó una sola gota de corazón en lo que componía. Las líneas del pentagrama se le antojaban rejas, y en ellas encarcelaba un do, re, mi, fa, sol que se arrastraba por las teclas del piano con cadencia plomiza, matemática.

Y si bien esa actitud jamás convertiría a Márquez en el nuevo Richard Wagner, él nunca quiso ser el nuevo nada. Se sentía más cómodo malviviendo de trabajos sucios que no interesan ni a musas ni a melómanos. La mitad de las veces llegaba a fin de mes poniendo notas musicales en historietas de dibujos animados. De ésas que tratan a los niños como si fueran gilipollas y los acaban convirtiendo en la clase de gilipollas que todos solemos ser cuando crecemos.

Era una vida cómoda, de eso no cabía duda. Hasta que los trenes irrumpieron en ella.

A Márquez nunca le sobró paciencia. Durante la primera semana se le desquiciaron los nervios varias veces al día con cada retahíla de vagones, con cada terremoto en miniatura, con cada apocalipsis de juguete. No obstante a todo se acostumbra uno. A las pocas semanas el músico acogía la visita de los trenes anestesiado por algún tipo de resignación estéril, con el oído ya entrenado para diferenciar a unos cabrones de otros. Estaban los trenes cortos que tardaban menos de diez segundos en pasar, otros daban la sensación de no terminar nunca, algunos transcurrían con algo que pretendía ser sigilo y otros… Otros sencillamente no.

Y aunque Márquez no se diera cuenta de ello, el paso de los trenes se empezó a convertir en un metrónomo que gobernaba su existencia. El tren de las seis de la mañana era su despertador. Luego remoloneaba entre las sábanas hasta el tren de las siete menos cuarto, y si el de las siete treinta y ocho le pillaba ya en la ducha eso era señal de que el día no le había tomado aún la delantera. El intervalo comprendido entre ocho diez y nueve menos cuarto era para mirar el mail y dedicarse a intrascendencias. Hacer tiempo. Porque justo después de eso, entre nueve menos cuarto y quince veinte, casi todos los trenes eran de pasajeros, mucho menos ruidosos que los de mercancías, y eso permitía a Márquez componer sin demasiadas distracciones. Siempre aprovechaba esa tregua hasta el último minuto, aunque implicase almorzar poco, tarde y mal.

Y la influencia de los trenes no terminaba ahí. También decidían ellos qué programas de la tele podían verse, y decidían la hora de la siesta y la de las conversaciones telefónicas. El lamento del metal contra el metal condicionándolo todo. Un persistente rumor de fondo que Márquez acabó ignorando, olvidando incluso… pero que siempre estaba ahí, arañazo subliminal de uña en pizarra, sopa de nervios cocinada a fuego lento.

Y un día llegó el gorila de la isla desierta, y Márquez fue consciente de hasta qué punto aquellos trenes le jodían la vida.

Era un encargo como cualquier otro, pero se le atragantó desde el primer momento. Por alguna extraña razón no conseguía parir una melodía decente para aquel estúpido dibujo animado. La simpleza del argumento rozaba la subnormalidad. Una isla desierta muy pequeña. Tan pequeña que sólo cabían en ella la platanera y el gorila. En el suelo, junto al tronco del árbol, una cáscara de plátano. El gorila daba vueltas alrededor de la dichosa platanera, pisaba sin querer la cáscara de plátano, resbalaba, caía al suelo, se volvía a levantar, seguía andando en círculos alrededor del árbol, volvía a pisar la cáscara de plátano, volvía a resbalar, volvía a levantarse, seguía andando en círculos. Y todo el rato así. Un bucle absurdo y agobiante que nunca conducía a ningún sitio.

¿Qué impedía a Márquez ensamblar aquellas notas musicales? ¿Se sentía demasiado estúpido? ¿Acaso incómodo? ¿Desconcertado? ¿Claustrofóbico? Ni siquiera él tenía la respuesta a esa pregunta. Lo que sí tenía claro era que, desde luego, los puñeteros trenes no ayudaban. Allí estaban los muy hijos de puta, siempre irrumpiendo en el instante menos oportuno. Casi parecían saber cuál era el momento justo en que tenían que pasar para romper la concentración de Márquez y reducir a añicos el hechizo y robarle esa nota que estaba a punto de aflorar en lo más hondo de un silencio recién asesinado.

La idea le vino de forma repentina. Explotó en su cabeza como una primavera de cristal. Era de noche. Márquez observaba el vídeo del gorila una y otra vez. Intentaba asimilar el ritmo de la escena. Círculo, plátano, caída, círculo, plátano, caída. Por fin vislumbraba algún tipo de musicalidad en toda esa locura, ya casi lo tenía, ya casi lo rozaba con la punta de los dedos. Y entonces pasó el tren, arrasando con todo, como las veces anteriores, obligando al músico a regresar al punto de partida. “Ojalá descarrilase”, pensó Márquez. “Ojalá se resbalase como el puto gorila, y me dejase en paz”. Fue un pensamiento sin posibilidad de vuelta atrás. Márquez se levantó de la silla y caminó como un sonámbulo hacia la cocina. En el cuenco de la fruta quedaban todavía un par de plátanos. Cogió el más grande y lo despellejó mientras se dirigía a la ventana, mientras la abría, mientras arrojaba a través de ella la cáscara de plátano con fuerza suficiente para llegar hasta las vías. Allí quedó la piel de plátano, desparramada a escasos centímetros del raíl, como una estrella de mar enferma, mutilada, peligrosamente amarilla a la luz de las farolas.

Márquez sabía que una cáscara de plátano no descarrila un tren. Pero daba igual. Se comió aquella banana en cinco o seis bocados, sin apartar la vista de la resbaladiza declaración de intenciones que acababa de plantar entre las vías.

Ningún plátano le supo jamás tan bien a un hombre.

No ocurrieron milagros. Ni volcaron los trenes, ni ayudaron las musas a nuestro amigo Márquez. Pasaban los días y el video del gorila seguía sin tener música a juego. No era normal que Márquez se retrasase tanto, y el cliente empezaba a perder la compostura. Pero, ¿qué podía responder el músico ante la insistencia del cliente? ¿Que la culpa era del tren de las diez de la mañana? ¿Que cada vez que una idea estaba a punto de materializarse aparecía un ferrocarril para llevársela lo más lejos posible?

El único consuelo que Márquez se podía permitir eran las cáscaras de plátano. Todos los días compraba un racimo en la frutería de la esquina. Devoraba aquel consuelo fálico del mismo modo que otros devoran cigarrillos. Y siempre arrojaba la cáscara a las vías. Su puntería mejoraba intento tras intento, y a veces conseguía que el proyectil aterrizase en los mismísimos raíles. Cada vez que eso ocurría, el rincón más oscuro de su alma se estremecía de puro regocijo… y disfrutaba pensando en la posibilidad de que la cáscara de plátano funcionase. Ganarle la batalla al puto tren. Cazar a la jodida bestia y doblegarla y lograr que por una puta vez algo aprenda a escaparse de sus vías.

No obstante, los trenes pulverizaban a su paso toda esa palabrería barata. Las cáscaras de plátano acababan trituradas bajo el peso de las ruedas, si la velocidad del tren no las echaba a un lado con su escudo de viento. De ese modo se iban acumulando las pieles de los plátanos en las inmediaciones de la vía. Decenas y decenas de ellas, infestando aquel tramo del camino con un sarampión amarillento.

Y entonces, sin previo aviso, llegó la noche de la pesadilla.

Márquez se revolvía en la cama. Soñaba que un gorila se colaba en casa y se dirigía a la nevera. Soñaba que en el suelo de la cocina había una piel de plátano. Soñaba que el gorila la pisaba, y resbalaba, y se desmoronaba, y tiraba a su paso sartenes, y cazuelas, y tenedores, y cuchillos, y cataclismos de hojalata amenazando con destrozar el mundo, y fuegos artificiales afilados que restallaban en la noche sin ánimo de celebrar nada agradable. Y gritos y sirenas y sangre y polvo y humo.

Tardó varios minutos en despertar y comprobar que todos esos ruidos eran reales. Saltó de la cama con el pijama embadurnado en sudor frío, atravesó el pasillo a toda prisa y se asomó a la ventana sin querer encontrarse lo que sabía de antemano que le estaba esperando al otro lado. La bestia malherida, vagones desparramados por doquier, porciones de serpiente moribunda volcadas en el borde del camino. Viajeros agonizantes, contorsionados en poses imposibles, con pieles calcinadas, hemorragias, cristales rotos centelleando por doquier como cuentas macabras de un collar maldito.

Y Márquez asistiendo a todo ello desde su palco de honor.

Mientras oía los gritos, mientras veía a los voluntarios transportar camillas desde el Infierno a la ambulancia, de la ambulancia hasta el Infierno, Márquez sintió una bofetada helada que lo despertó definitivamente de su sueño…

… y le hizo darse cuenta de que los trenes malheridos tienen la incómoda costumbre de sangrar personas.

"Es una coincidencia. Sólo eso. Una estúpida y triste coincidencia", se decía Márquez un par de horas más tarde, cuando el eco de los gritos regresaba para sabotear su sueño. "No han sido los plátanos, imbécil. ¡Tú no tienes la culpa! Ninguna piel de plátano puede poner la zancadilla a un tren. Sería ridículo." Pero el remordimiento le corroía las entrañas cada vez que se asomaba a la ventana y contemplaba la fúnebre labor de los bomberos bajo la intermitente luz de las sirenas.

Asaltó la nevera con el firme propósito de ahogarse en varios litros de cerveza. Quería anestesiarse los oídos, cerrar sus tímpanos por duelo, a cal y canto, y no escuchar el crepitar del fuego, el chirriar de los escombros, el chapuzón de los cadáveres en las bolsas de plástico como un réquiem definitivo, opaco, rematado por esa cremallera que rasga cuesta arriba y que destripa en dirección contraria.

“No ha sido culpa tuya. Son solamente cáscaras de plátano”.

Pero entonces, ¿por qué aguardó a que todos se marchasen y salió a la intemperie a llenar una bolsa de basura? ¿Por qué traspasó los precintos y recorrió la escena del siniestro sin apartar la vista de las vías? ¿Por qué fue recogiendo, una por una, todas las cáscaras de plátano que le salían al paso?

Las pieles de plátano no tenían nada que ver con el accidente ferroviario. ¡Seguro! Pero a Márquez no le hacía demasiada gracia que algún investigador de pacotilla se topase con huellas dactilares en la piel amarilla de la fruta y llegase alguna conclusión precipitada. No se perdía nada por quitar aquellas cáscaras de en medio. No se perdía nada por quemarlas y verlas transformadas en ceniza muda. Los investigadores del suceso lo agradecerían. Una pista falsa menos con la que malgastar el tiempo.

Estas mentiras y otras bastante más curradas se susurraba Márquez al oído al par que registraba los raíles con una minuciosidad obsesiva. Escaneó cada centímetro cuadrado. Cada vez que algo brillaba en el suelo Márquez se agachaba a comprobarlo. Si era una cáscara de plátano iba directa a la bolsa de basura. Pero la mayoría de las veces no eran cáscaras, sino dientes humanos, excrementos, trozos de ropa, vísceras, llaveros, carnets de identidad, chocolatinas, cordones de zapatos… Fragmentos de una galería del horror que al día siguiente alguien recogería con pinzas y guardaría en bolsitas transparentes y primorosamente etiquetadas.

Pero entre todas esas cosas Márquez halló un tesoro que cambiaría su vida para siempre.

Un apéndice amarillento sobresalía entre los matorrales. En un primer momento el músico lo confundió con uno de sus plátanos, pero cuando tiró de él para cogerlo descubrió que estaba asiendo la punta de un iceberg de trapo. Poco a poco se disipó la polvareda y Márquez tenía entre las manos un saco deshilachado en el que se leía a duras penas el logotipo de Correos. Abrió el saco, tosió, lagrimeó, escrutó el contenido. Cartas. Un centenar de cartas que no habían podido llegar a sus destinatarios porque el tren que las llevaba había resbalado de la manera más estúpida.

Por alguna extraña razón aquellos sobres polvorientos despertaron un sentimiento de responsabilidad en Márquez. Se los llevó al apartamento y decidió que al día siguiente mandaría a tomar por culo al gorila, a la isla desierta, a la maldita platanera y a todos los dibujos animados del planeta. Preparó la maleta sin saber qué echar en ella exactamente. Aún no sabía cuánto tiempo iba a durar el viaje. Días, semanas, meses, quizá años. El tiempo suficiente para entregar todas aquellas cartas a las personas que las estaban esperando.

Aquella noche Márquez descarriló, y descubrió que le gustaba.

Continuará…


domingo 18 de enero de 2009

LA NIEVE TIENE UN CORAZÓN DE PIEDRA

No era un pueblo acostumbrado a la nieve, pero aquel día nevó. Y era hermoso contemplar cómo las calles se cubrían de blanco, cómo los coches se convertían en tartaletas de merengue. Algo así sólo ocurría cada bastantes años, y en esas ocasiones, la nieve hacía a los adultos niños, y a los niños más niños todavía.

Los padres de Telmo, sin embargo, no pudieron disfrutar de aquel fenómeno. Porque en medio de toda esa blancura, el pequeño decidió nacer. La carretera que iba al hospital no estaba acondicionada para tanta nieve, y en días como aquél era una trampa. Bastó una prisa estúpida, un acelerador mal apretado, un giro de volante inoportuno, una curva fatal, resbaladiza, una calzada barnizada en hielo.

El coche patinó en el asfalto y chocó contra una roca al borde del camino. No hubo manera de volverlo a arrancar. El frío congeló el motor y lo hizo tiritar con cada giro de llave. La nieve se amontonó bajo las ruedas, anidó en los parachoques, en los faros, en el tubo de escape.

Tardaron horas en pasar otros vehículos, y no había vestigios de civilización en menos de cinco kilómetros a la redonda. Así que la mujer dio a luz en el asiento de atrás, con una brecha en la cabeza, manchando de sangre la tapicería de cuero, ante la impotente mirada del marido.

Fue un parto a varios grados bajo cero, y cada grito de dolor venía envuelto en un jirón de vaho.

La máquina quitanieves llegó pocos minutos después del nacimiento. Lograron salvar la vida del bebé, pero el frío se llevó a la madre a llenar tumbas, sembrar lápidas, amamantar gusanos.

De ese modo, la vida de Telmo creció condicionada por la nieve. El frío anidó en su corazón desde el principio. Su padre intentó quererle, pero nunca lo logró del todo, y eso era algo que no pasaba inadvertido para el niño.

Telmo quiso comprar el cariño paterno con esfuerzo, buena conducta, buenas notas. Se esmeró en destacar, ser el primero en todo lo que significara ser buen hijo. Pero siempre se tenía que conformar con el segundo puesto.

Porque Abel. Todos los días Abel. Abel en todas partes…

Abel, el hijo del vecino, el mejor en todo. El niño que siempre conseguía puntuar más que Telmo en el examen, y hacer el regalo más apropiado cuando llegaba el día del padre, y sonreír mejor a los adultos. Cuando Abel venía a jugar a casa, el padre de Telmo preparaba bocadillos, y el bocata más grande, el que tenía más queso, siempre era para Abel. Cuando Telmo no se portaba bien del todo, su padre le retiraba la mirada y mascullaba el recurrente “podrías aprender un par de cosas de tu amigo Abel. Él sí que es un bien niño”.

Quizá el padre de Telmo no era consciente del efecto que producían esos detalles en su hijo. Tal vez incluso le pasaban inadvertidos sus propios favoritismos hacia el crío del vecino. Pero el pequeño Telmo se lo tomaba muy a pecho, y se adosaba a Abel como una sanguijuela. Le seguía a todas partes, le imitaba, siempre buscando la fórmula secreta, la receta mágica que le convertiría en el hijo predilecto. Lo que Telmo sentía hacia su amigo Abel no se podría definir en dos palabras. Un amasijo de admiración, resentimiento, envidia, ciega veneración, comparación mezquina, y un algo doloroso, incluso erótico que obsesionaba a Telmo a todas horas, tapizando de Abel su vida entera.

La siguiente vez que nevó, Telmo acababa de cumplir los ocho años.

Una vez más, el pueblo se vistió de fiesta. Los profesores concedieron el día libre a los chiquillos, animándoles a disfrutar de un espectáculo que no volverían a ver en mucho tiempo. En menos de un minuto las aulas se convirtieron en desiertos, cementerios de libretas olvidadas. Todos, sin excepción, se lanzaron al patio. Y el patio fue correr, hacer muñecos, escribir palabrotas en los coches, y sobre todo, y alrededor de todo, bolas de nieve… surcando el aire en todas direcciones con sus estelas blancas de cometa, estallando en las ventanas y en los árboles, lloviendo sobre todo lo llovible sin discriminación de raza, edad ni sexo.

Y si algún niño disfrutaba más que cualquier otro, ése era Telmo. Telmo de aquí para allá. Telmo dilapidando su aliento entre carreras, y risas, y agacharse, amontonar la nieve entre sus manos, comprimirla, y lanzar el proyectil a ciegas, y volverse a agachar, volver a amontonar, y sentir ese entumecimiento en cada dedo, esa amenaza de que el frío iba a quebrarlos como ramitas secas.

No vio la bola de Abel hasta que la tuvo encima. Esa bola dolió. Más que ninguna otra. Dolió en algún lugar que estaba más allá del cuerpo. Porque aquella bofetada helada en la mejilla fue sólo el principio. Telmo alzó la cara, y encontró una sonrisa triunfal desfigurando el rostro de Abel. Luego llegaron las carcajadas del resto de los niños, los dedos de todos, todos, todos señalando a un humillado Telmo, la nieve desprendiéndose poco a poco de su semblante anestesiado.

Probablemente aquello duró apenas diez segundos, pero el frío los congeló para que transcurriesen más despacio. Cuando la multitud le dio la espalda, Telmo ya no era dueño de sus actos. La impotencia le carcomía las entrañas, sus pensamientos hervían a fuego muy, muy rápido. Cualquiera diría que sus manos se movieron solas, ajenas a cualquier atisbo de voluntad humana cuando tantearon el suelo, cuando apartaron la superficie blanca hasta encontrar aquel pedrusco, cuando empezaron a amontonar la nieve alrededor de la dura superficie de la piedra.

Telmo se incorporó, volvió a localizar a Abel y caminó hacia él sin prestar atención a ningún otro ser de la Creación. El proyectil le pesaba en la mano, bastante más de lo que pesa la nieve por sí sola, y con un corazón mucho más duro.

- ¡Abel! – gritó la ronca, enfurecida voz de Telmo.

Y cuando el hijo predilecto se volvió, la bola ya iba rauda hacia su cara. Demasiado rauda para ser sólo nieve. Tan, tan rauda, que el aire erosionó la superficie, dejando al descubierto el filo de la piedra.

El golpe sonó distinto a las veces anteriores; más a hueso que a nieve. Telmo contempló cómo el pedrusco regresaba al suelo, y una sonrisa estúpida se le pintó en el rostro.

Una niña gritó. Dos segundos después, gritaron todos. Abel estaba pálido, inmóvil, todavía de pie, con un agujero en la sien del que manaba un surco rojo, un hilillo de sangre perezosa, lagrimeando, goteando, manchando los zapatos y la nieve.

Los ojos de Abel se clavaron en Telmo, primero interrogantes, poco después vidriosos. Cuando el niño cayó al suelo como un trozo de trapo, la sonrisa aún anidaba en el rostro de Telmo, pero era una sonrisa sin demasiado brillo, como de pétalos de clavel marchito.

El padre de Telmo obligó a su hijo a asistir al funeral. Cuando los familiares se alejaron del ataúd por un instante, arrastró al niño hacia allí, y le enseñó el cadáver.

- ¡Míralo! – le susurraba el padre -. Está así por culpa tuya.

Abel dormía sobre la superficie acolchada, vestido con un traje precioso, exageradamente maquillado.

- Has matado a tu amigo – le reprochó papá, y mientras lo decía le apretaba el brazo, cada vez con más fuerza, como queriendo romperlo en mil pedazos -. Abel está muerto, y a partir de ahora no podrás jugar con él. No volverás a verle nunca más. Mañana cerrarán la tapa de esa caja y lo enterrarán en un hoyo muy profundo, y quiero que sepas que es todo por tu culpa.

La mano de papá dolía, pero a Telmo el dolor le daba igual. Contemplaba los párpados de Abel, consciente por primera vez de que jamás se volverían abrir. Aquellos párpados y las palabras de su padre fueron una revelación para el pequeño Telmo. Le enseñaron en qué consistía aquello de la muerte, y le pareció precioso. De un día para otro, Abel había dejado de existir, y con él desaparecerían un sinfín de molestias que hacían la vida de Telmo más difícil. Se acabó lo de tener que esmerarse en parecerse a Abel. Se acabó el perseguirle a duras penas por los recodos más arduos de la vida, y se acabó la angustia, y el cargar a sus espaldas el peso abrumador de un imposible.

Allí, entre tanto luto y tanta lágrima, Telmo tuvo que recurrir a todo su autodominio para no sonreír, y admiró a Dios, admiró su poder y su infinita inteligencia, por haber sido capaz de inventar algo tan útil, tan sencillo y eficaz como la muerte.

Aquella misma tarde, Telmo notó que papá no le quería demasiado cerca y salió a pasear por los alrededores del colegio. Apoyado en la cancela de la entrada, el niño perdió su mirada en la blancura del patio. Observó cómo la nieve aterrizaba lentamente, cubriendo las manchas de sangre, borrando las pisadas del día anterior, con una discreción, con un sigilo, con una habilidad para limpiarlo todo, y convertir el mundo en un terso y gigantesco folio en blanco.

Telmo paladeó una bocanada de aire gélido, y llegó a la conclusión de que la nieve era también un gran invento. Era una pena que sucediese con tan poca frecuencia.

El mundo volvió a ponerse en marcha demasiado pronto. Al principio todos miraron a Telmo de manera rara, pero la gente olvida rápido, y en menos de dos meses volvió a ser un niño más. Incluso papá se fue olvidando poco a poco de las virtudes de Abel y empezó a tratar a Telmo con más condescendencia. Nunca llegó a quererle demasiado, pero aprendió a tratarle con algo que se parecía al cariño.

El único que no olvidó fue Telmo. Y cada vez alguien le complicaba la vida, cada vez que se le atragantaba alguna asignatura, algún maestro duro de roer, cada vez que algún vecino se acostumbraba a desvelarle poniendo la música demasiado alta, el crío se retorcía de impaciencia y musitaba una plegaria: “Que vuelva la nieve, por favor. Que vuelva la nieve y se los lleve a todos.”

A pesar de los deseos de Telmo, la nieve no volvió hasta siete años más tarde. Para entonces, el muchacho tenía quince años titubeantes, tímidos, salpicados de acné. Eran edades de asomarse al sexo opuesto y huir despavorido. El padre de Telmo seguía sin ser un padre de verdad, y el chico llegó a la adolescencia sin los conceptos claros. No fue fácil aprender a enamorarse de las chicas, ni fue sencillo asimilar que una vez lo conseguías, el sentimiento rara vez era recíproco.

Pronto descubrió Telmo, sin embargo, que había algo que daba más quebraderos de cabeza que enamorarse de alguien. Que la chica inadecuada se enamorase de ti.

Así pasó con Julia.

Julia era fea. Cualquier otra cosa sobre ella no importaba. Los criterios de los jóvenes son crueles. Sería difícil definir el momento preciso en el que Telmo se dio cuenta de que aquella muchacha le miraba de una forma especial, y le sonreía de un modo algo forzado. No obstante, llegó un punto en que las sospechas dieron paso a una escalofriante certidumbre. Telmo intentó vivir de espaldas a ello. Si Julia le dejaba una carta de amor de letras de colores en un papel de cuadros, él fingía que no la había leído. Si Telmo se convertía en blanco de cien burlas en pasillos de instituto, él fingía que no las escuchaba. Lo que fuese con tal de no mirar el problema cara a cara. Porque la idea de tener algo con Julia, siquiera un roce, le producía escalofríos. ¿Qué pensaría papá – se preguntaba Telmo – si le viese con una chica como ésa? Salir con feas era de perdedores. Y punto. Cuando papá se emborrachaba, no paraba de hablar sobre lo guapa que había sido la mamá de Telmo. Aquello establecía un listón que no podía afrontar cualquier mujer.

Durante un tiempo funcionó lo de ignorar lo obvio, y entonces llegó el día que precedió a la gran nevada. Ese día Telmo supo que Julia preparaba una maniobra kamikaze contra él. La joven se disponía a declarársele en persona. A la entrada o a la salida de las clases, nadie lo sabía muy bien, pero era la comidilla, el hazmerreír del instituto.

Ese día Telmo usó una excusa para escabullirse de clase unos minutos antes. Logró así evitar el fatídico encuentro cara a cara, y se dijo a sí mismo que si lo conseguía durante dos o tres días más, si evitaba coincidir a solas con Julia el tiempo suficiente, ella se olvidaría, y le dejaría en paz de una maldita vez.

Por eso al día siguiente no usó las calles habituales para ir al instituto, sino otras. Calles vacías, desangeladas, que daban un estúpido rodeo, pero tan necesario como estúpido. Las calles principales significaban encontrarse a Julia. La nueva ruta habría sido deprimente de no ser por la nieve… ¡la nieve! Posándose sobre las cosas con esa suavidad de beso en la frente, de caricia de hada. Embalsamando el pueblo bajo una fina lámina de hielo. Cuando Telmo abrió los ojos y vio nevar tras la ventana, supo que Dios estaba de su parte. La nieve era su amiga. Sabría guiarle y protegerle. Y ¡por todos los demonios, no había sucedido en siete años! ¡Cómo la había extrañado!

Los zapatos de Telmo patinaban por callejuelas blancas. El chico estaba eufórico. Las calles estaban desiertas, daban la impresión de estar allí solamente para acoger a Telmo, y permitir que rompiese estalactitas, y sacudiese a manotazos la nieve de los muros.

Fue entonces cuando dobló una esquina… y se topó con Julia.

Julia, que le había estado siguiendo por calles paralelas. Julia, con mirada temerosa, y temblores en la boca, y la resignación de aquél que se prepara para una colisión ineludible. Julia, que enrojeció y tragó todo el aire que cupo en sus pulmones y soltó esa retahíla de tópicos sinceros que no hay otro remedio que decir, y que si “estoy enamorada”, y “quería saber qué sientes tú por mí”, y “quedar un día para hablar, quizá ir al cine”, y todo ello mirando más al suelo que a los ojos, y luego un silencio embarazoso, un esperar de Telmo una respuesta, un acuse de recibo, un sí o un no.

Si Telmo hubiese sido más valiente, o más maduro, o lo que sea, habría zanjado todo aquello con dos o tres palabras. Dos o tres palabras que, por más que Telmo se esforzaba, se negaban a salir de su boca. El chico no estaba preparado para aquello, y finalmente reaccionó de forma visceral, lanzándose al camino fácil de cabeza. Empujó a Julia, para alejarla de él. Habría sido un acto intrascendente cualquier otra mañana, pero la nieve estaba allí para elevarlo a la categoría de poesía. Julia retrocedió trastabillando, y resbaló en el hielo. Primero llegó al suelo su carpeta, y luego ella. El golpe de la nuca en el bordillo provocó un sonido como de masticar copos de avena.

Julia quedó inmóvil en el suelo, los pelos desparramados por la acera, los ojos muy abiertos. Telmo se acercó a ella poco a poco, con más curiosidad que miedo.

- Telmo, no sé qué me pasa… No puedo moverme – balbuceaba la muchacha.

Y era verdad. La escarcha caía en sus manos y sus piernas, y Julia no movía un solo músculo. Era una estatua.

- Telmo, busca ayuda, por favor… No puedo mover los brazos… No puedo mover nada…

Pero Telmo no tenía intención de llamar a nadie. Miró a su alrededor, se cercioró de que estaban completamente a solas, de que nadie espiaba en las ventanas. Acto seguido, se agachó junto a Julia y se fijó en su cara. El miedo la hacía más fea todavía. Había que tapar ese rostro. Había que borrarlo de la faz de la tierra. Cogió un puñado de nieve y lo dejó caer sobre la boca de Julia, y los ojos de Julia, y la nariz de Julia.

- ¡Telmo! ¿Qué haces Telmo? ¡No hagas eso! – le suplicó la muchacha -. ¡Está muy frío!

El segundo puñado de nieve fue aún más abundante.

- Quítamelo de encima, Telmo… no puedo respirar…

Tras eso, un tercer puñado, y un cuarto, un quinto, un sexto. Hasta que la cabeza de la joven quedó enterrada en un montículo de nieve. Hasta que ya no pudo suplicar ni respirar ni amargarle la vida con su maldito amor de los cojones.

Telmo dejó atrás a Julia y continuó con su camino. Se sentía raro. Con algo eléctrico erizándole la piel, con una especie de nudo en el estómago. Con una sensación a ratos agradable, a ratos sórdida, de haber hecho una cosa irreversible.

Tarde o temprano alguien halló el cadáver, y el pueblo se conmocionó de arriba a abajo. Una vez más, el blanco se manchó de negro, y por extraño que pueda parecerles, a nadie se le ocurrió relacionar a Telmo con aquello. Y si alguien lo pensó, no lo expresó en voz alta.

La gente olvidó a Julia con la misma facilidad con que habían olvidado a Abel siete años antes, y la adolescencia de nuestro amigo Telmo transcurrió por derroteros más sencillos. Salió con chicas guapas. Chicas de las que papá se podía sentir bien orgulloso. Sacó buenas notas en el instituto y eligió una buena carrera universitaria. Justo la que su padre deseaba. Y la Universidad fue una sucesión de matrículas de honor y premios varios. Éxitos que hacían brillar de orgullo los ojos con que papá le contemplaba.

Terminó sus estudios con un expediente inmejorable. Le llovieron ofertas de trabajo, puertas abiertas hacia futuros muy jugosos. Pero él las rechazo, y buscó un trabajo que le permitiese regresar al pueblo. Eso contentaría a papá.

Y así fue cristalizando la vida de nuestro amigo Telmo, años tras año, hasta que un día, a punto de cumplir cuarenta, tomó consciencia de hasta qué punto había configurado su existencia para buscar la aprobación del padre. Se dio cuenta de que no había nada en su vida que realmente hubiese elegido él. Todo era lo que papá quería o, peor aún, lo que Telmo pensaba que quería papá. Su trabajo, su casa, su esposa, su posicionamiento moral ante según qué cosas, las decisiones que tomaba cada día, desde las más serias hasta las más livianas.

A partir de ese momento, intentó elegir por sí mismo en cada encrucijada, pero no supo cómo hacerlo. Papá siempre estaba ahí, desaprobando y aprobando, coaccionando a golpe de sonrisa y palmadita en la espalda. La voluntad de Telmo era demasiado débil para imponerse, y en cuarenta años de vida nunca había aprendido a ser él mismo.

Algo así sólo podía arreglarse de una forma.

La nieve…

“Que vuelva la nieve, por favor. Que vuelva la nieve…”

Pero la nieve no había vuelto a visitar el pueblo desde que vino para llevarse a Julia, y eso eran décadas. No había razones para concebir otra nevada.

Y sin embargo nevó. Dos semanas después de que Telmo empezara a desearlo. Cayó mucha, muchísima nieve. Hacía pensar que el techo del Universo era de azúcar y que por fin se nos venía encima.

El teléfono sonó, Telmo lo descolgó. Era papá. Papá, que ya estaba viejo, que no tenía la agilidad de antes, que ya no podía quitar la nieve del tejado.

- Tranquilo, papá. Tú quédate en el sillón viendo la tele. Yo me ocupo.

Telmo se ocupó. En lo alto del tejado, recogiendo con la pala aquella nieve, tan dolorosamente reluciente. Trabajando a una velocidad insana, alimentado por una impaciencia que casi parecía infantil.

Pero no tiraba la nieve hacia el jardín, no la hacía despeñarse por los aleros. No. Se dedicaba a amontonarla en una misma zona del tejado. Una zona meticulosamente escogida. Cuando aquel montón fue suficientemente alto, el peso de la nieve hizo ceder el techo. Se abrió un agujero en el tejado, un agujero que engulló todo lo que encontró a su paso.

“Hacía pensar que el techo del Universo era de azúcar y que por fin se nos venía encima.”

Cuando Telmo se asomó por el borde del agujero encontró exactamente el paisaje que esperaba. Una tele encendida a la que ya nadie hacía caso, y un sillón sepultado por escombros, por una tonelada de cemento, teja, piedra… y nieve. Mucha nieve.

Donosti,
a 18 de enero de 2009

lunes 5 de enero de 2009

NO LE GUSTA LA LUZ

Ella lo había sido todo. La emperatriz del morbo, la lolita ingenua, lamiendo platos con cara de no haberlos roto nunca. Dieciocho años que aparentaban quince, portada de revistas prohibidas que los hombres se llevaban al baño. La puta, la diosa, la putísima diosa, el cuerpo perfumado con sustancias lúbricas que se arqueaba en la pantalla de la tele, y se tocaba, se besaba a sí mismo. Coño depiladito, senos tersos, y esos labios que siempre parecían lograr la mueca exacta para encantar y endurecer serpientes.

Pocos sabían su verdadero nombre. El mundo del porno es un mundo de pseudónimos, y en ese mundo la llamaban China Doll; un mote que se debía a la gélida blancura de su cutis, y al ingenio del productor borracho que la fichó en aquella fiesta y la animó a firmar aquel primer contrato, para el primer desnudo, en la primera peli.

China Doll se convirtió en la envidia de las demás actrices. Fue la más consumida, la más deseada, la más follada en sueños masculinos. Ella no fue consciente del poder que tenía hasta que su representante le doró la píldora, y le aconsejó imponer sus propias condiciones. Obedeciendo esos consejos, se negó a trabajar más de equis horas diarias, y se negó a actuar si el minibar no incluía su marca favorita de tequila, y se negó a follar con hombres delante de la cámara, porque ella era una diosa, y no iba a consentir que ningún mortal la penetrase en público. No estaba muy segura de estar haciendo lo correcto, y tuvo miedo de que la despachasen de una patada en el trasero, por pedir demasiado. Pero los productores accedieron a todo. No les quedaba otro remedio. Porque China Doll se bastaba a sí misma, y no necesitaba más horas de trabajo, ni estar más sobria, ni introducirse pollas en el coño para vender el triple que las otras.

No obstante, la carrera de China Doll fue de ésas que lo brillan todo en el primer asalto y ya se han consumido en el segundo.

El mundo cambió, se impuso un internet en cada casa, el mercado de la carne se hizo inabarcable, ilimitado, y surgieron de debajo de las piedras mil nombres inéditos, mil lolitas… todas ellas tan hechas de pecado, tan adecuadas como China Doll. Todas ellas, en realidad, más “china doll” que la propia China Doll. Porque también las muñecas envejecen, porque el mundo nos exprime un año a todos cuando gira, porque el tequila favorito de la pequeña China Doll estropeó su piel y su sonrisa, porque la vida se había dedicado a usar a la muchacha sin clemencia, a desgastarla, y a sembrar un sedimento de amargura en su mirada. La clase de amargura que una chica como ella no se podía permitir. Cuando tus ojos tienen ese brillo, se vuelven incapaces de mentir.

La gente que consumía películas de China Doll no quería encontrarse un poso de mierda en el fondo del vaso. Demandaban ilusión de pureza, un simulacro de inocencia lo suficientemente convincente para despertar ese placer, esa excitación indescriptible, ese mancillar la virgen con tus pensamientos y tu semen.

Poco a poco, el mundo fue olvidando a China Doll, pero ella no olvidó los lujos a los que estaba acostumbrada, ni sus acreedores la olvidaron a ella. Cierto día, su representante la invitó al mundo real; le dijo que había llegado la hora de ceder en ciertas cosas. El cupo de diosas estaba saturado, y si quería seguir recibiendo ofertas de trabajo, tenía que ensuciarse, ser más furcia, llegar a donde pocas se atrevían.

Pensó en abandonar el porno, dedicarse a otra cosa… pero ya era un poco tarde para eso. Era hundirse o tragar, y China Doll tragó.

Lloró la primera vez que la encularon. El director le gritó cosas terribles, y tuvieron que repetir la toma.

Lloró la primera vez que cinco negros se corrieron sobre ella, pero tenía tanto semen en la cara que nadie reparó en sus lágrimas.

Lloró la primera vez que le llenaron los tres orificios al unísono, aunque en esa ocasión al director no pareció importarle. Los surcos negros del rímel daban muy bien en cámara.

Después de aquello China Doll se quedó seca. Su alma se vació de lágrimas. No lloró la primera vez que se mearon en ella, ni lloró cuando la abofetearon y le metieron sus propias bragas por el coño. Aprendió las reglas de cada género, y las obedeció de manera implacable. A veces había que fingir dolor, y en otras ocasiones había que ocultarlo, y sonreír, guiñar un ojo a cámara, decir estupideces, relamerse. Cada público pedía algo distinto, y ella los contentaba a todos, con un desapego de lo más profesional, anulándose a sí misma, muriendo quizá un poco en cada vídeo, de forma similar a esos indígenas que, cuando una cámara de fotos los retrata, sienten que alguien les roba una porción de alma.

Ya no era la princesa China Doll, pero era buena. Jodidamente buena. No estaba en el mercado grande. Casi todo lo que hacía iba directo a las páginas más turbias de internet, o al estante más bizarro del videoclub más cutre, pero jamás le hacía ascos a nada, y eso le permitía malvivir decentemente.

Cuando las cosas se ponían difíciles para llegar a fin de mes, no había razones para desdeñar la zoofilia. China Doll se folló perros, anguilas, calamares. Se tiró más de una vez al cerdo, al burro, y al caballo, y al resto de la granja de playmóbil.

Se acostumbró a no hacer muchas preguntas si la paga era buena.

Aquella noche, la paga era mejor que nunca, así que preguntó sólo lo básico.

- ¿Personas o animales?

Animales.

Con eso le bastaba.

No le dieron instrucciones sobre ropa. A veces se la proporcionaban en el sitio, y en otras ocasiones la chapuza imperaba, y se conformaban con lo que ella traía puesto. Eligió un vestidito de tirantes. Era sexy, muy fácil de quitar, y permitía que la jodiesen con él puesto, si la ocasión lo requería.

El espejo le regaló una mirada inerte mientras se maquillaba. También en eso tuvo que recurrir a su propio criterio. No conocía las preferencias de esa gente. Era la primera vez que trabajaba con ellos. Aunque siempre era igual. Quedar en un sitio, subir en un coche, fingir que no adviertes el reojo del conductor, más pendiente de cómo se hunde el cinturón de seguridad en tu escote que de la carretera. Y así minutos, quizá horas, y llegar a una casa en las afueras. En casos de zoofilia extrema, normalmente una granja o caserío.

Esta vez, sin embargo, no iba a ser como las otras veces, y China Doll lo dedujo nada más bajar del coche. No era sólo la sobriedad siniestra del lugar, ni lo que tardaron en llegar a él. Eran ellos. Sus expresiones. Sus miradas. No parecían la clase de persona que se dedica al porno. Por un instante, China Doll sintió ese escalofrío, ese hormigueo imperceptible que algunos llaman mal presentimiento. Sintió el súbito impulso de dejarlo, de decir a aquellos hombres que no quería el trabajo. No lo hizo. Ella era una profesional, y habían recorrido muchos kilómetros de carretera para llegar hasta allí. Recordó la cantidad que le habían prometido, pensó en los meses de alquiler que se podrían liquidar con tanto euro, en la cantidad de cosas que se podían comprar.

- Por aquí – dijo uno de ellos. Daba igual cuál. Todos vestían parecido, hablaban parecido, se peinaban parecido.

“Por aquí” consistía en un cobertizo de paredes sólidas, con barrotes en puertas y ventanas.

- ¿Qué animal es? – preguntó la muchacha, con un temblor de voz -. ¿Toro? ¿Caballo?

- Ni toro ni caballo – respondió el hombre, y no parecía dispuesto a añadir más.

El interior del cobertizo estaba a oscuras. Había más hombres allí dentro, pero apenas podía distinguir sus caras. Dos de ellos llevaban cámaras de video. Eso la tranquilizó. Era un resquicio de normalidad al que aferrarse. Cámaras, cámaras, cámaras. Las cámaras eran sus amigas. Estaba acostumbrada a ellas. Las cámaras estaban en los rodajes, y aquello era un rodaje, solamente un rodaje.

Aunque aquellas cámaras no eran como las que conocía China Doll. Tenían algo extraño. Cuando lo hizo notar en voz alta, uno de los operadores lo explicó.

- Son cámaras de infrarrojos.

- ¿De infrarrojos? – se sorprendió la joven.

- Grabaremos a oscuras – respondió el desconocido -. No le gusta la luz.

Y esa última frase la dijo señalando hacia “la jaula”. Barrotes oxidados, y tras ellos, tan sólo oscuridad. Oscuridad y silencio.

Se acercaron tres hombres con tres llaves, crujieron tres cerrojos, lloraron varios goznes.

- Entra.

- ¿Qué hay en la jaula? – preguntó la muchacha, si lograr disimular su espanto.

- No necesitas saberlo.
- No todos los animales se follan igual. – protestó ella -. No es lo mismo estimular a un perro que a un caballo...

- No hay nada que estimular, cariño. Él sabe lo que tiene que hacer. Tú sólo relájate, déjate llevar…

China Doll se enfrentó a la puerta entreabierta de la jaula, y a la negrura que aguardaba al otro lado. Se impuso el sentido común.

- Creo que no voy a aceptar el trabajo – dijo.

- Ya es demasiado tarde para eso, ¿no cree?

Todos los hombres se interpusieron entre ella y la salida. Avanzaron lentamente, estrechando un cerco que encerraba a China Doll, y no le dejaba otra opción que atravesar la puerta de la jaula.

- Piense en el dinero – le recordó uno de ellos -. Con lo que le vamos a pagar, una chica como usted se puede conceder muchos caprichos.

- Yo… yo no quiero caprichos – masculló la muchacha, muerta de miedo.

Cada vez que los desconocidos daban un paso hacia ella, China Doll retrocedía. Descubrió demasiado tarde que estaba dentro de la jaula. Lo descubrió en el preciso instante en que cerraron la puerta en sus narices.

- ¡No! ¡Dejadme salir!

La muchacha gritaba, zarandeaba los barrotes con desesperación, y el óxido le arañaba las palmas de las manos.

- Cámara uno, grabando – dijo una voz.

- Cámara dos, grabando – añadió otra.

China Doll escuchó algo a sus espaldas. Giró sobre sí misma. Escrutó la oscuridad, mas no vio nada. Sólo pudo escuchar ese sonido casi cantarín, como de uñas repiqueteando en las baldosas del suelo.

- ¡Qué alguien me abra, por el amor Dios! – suplicaba (inútilmente) la muchacha -. ¡Quiero salir!

Pero nadie le respondía al otro lado. Sólo sonaba el clac, clac, clac, castañeteo de uñas afiladas, acompañado de una respiración pesada.

Intentó retroceder. Los barrotes se le clavaron en la espalda, fríos como los besos de los muertos. Y enseguida se impuso aquel hedor, insoportable, decadente, como de queso roquefort pudriéndose en su mortaja de plástico.

Los brazos de China Doll se extendieron hacia las tinieblas, palparon la nada, intentando protegerse de algo. Se estremecieron al rozar a aquella cosa sin querer.

China Doll quiso gritar, pero los gritos no salían. Trató de empujar a la criatura para impedir que se acercase. Tocó su piel, tocó escamas ásperas, secreciones viscosas, sintió en la cara el aliento de algo acostumbrado a comer muerte. Aquello parecía un reptil. China Doll había tenido experiencias con lagartos y serpientes. Pero aquello no era una serpiente, ni un lagarto. Aquello tenía al menos cuatro patas, y era más grande que ella.

- ¡¡Sacadme de aquí!! – suplicó mientras volvía a agitar los barrotes de la puerta, consciente de que sería más fácil romperlos con sus manos que despertar la compasión de aquellos hombres.

Vio cómo los dos operadores se acercaban a ella con sus cámaras, codiciando la imagen de sus muslos temblorosos, de sus tetas aplastadas contra el hierro, de su expresión desencajada por el miedo.

Por primera vez en mucho tiempo, China Doll lloró. Lloró mientras la criatura la montaba por detrás. Lloró mientras el tirante de su vestido se despeñaba por el hombro, dejando el seno izquierdo al descubierto. Lloró mientras alguien de fuera le pellizcaba el pezón a través de los barrotes, y lloró cuando sintió cómo el pene bífido del monstruo la exploraba por dentro, profundizando en su vagina y en su ano al mismo tiempo, lubricándola con fluidos pestilentes, hinchándose dentro de ella, dilatando los orificios de la joven hasta el límite, y empujando con una brutalidad inhumana, torpe.

Y eso no era lo peor. Lo peor llegó cuando la bestia se excitó, cuando perdió el control y la empezó a arañar por todas partes, garrapateando un poema apresurado de dolor y sangre sobre la piel de porcelana de la pequeña China Doll.

La corrida dolió. El semen de aquel bicho colmó las entrañas de la joven, llegando hasta lugares que ella ni sabía que tenía. Después de eso, el pene bífido se desinfló lo suficiente para salir del interior de China Doll, y el monstruo se marchó por donde había venido.

Los tipos que la habían contratado la sacaron de allí enseguida, y se comportaron con una formalidad escalofriante. Le curaron las heridas lo mejor que pudieron, le proporcionaron ropa nueva, le dieron las gracias, la acercaron en coche hasta su casa y al día siguiente ingresaron en su cuenta todo el dinero que le habían prometido.

Cuando se desnudó y se miró en el espejo, China Doll se vino abajo, y comprendió hasta qué punto iba a necesitar ese dinero. Los arañazos en la piel eran profundos, y dejarían cicatrices. Estaba mutilada de por vida, y ninguno de sus contactos habituales volvería a contratarla.

Trabajar en otra cosa era inviable. China Doll sólo sabía follar. No había cultivado ninguna otra habilidad. Nunca lo había necesitado. Fuera del porno, era mediocre en todo.

Afortunadamente para ella, cualquier aberración encuentra una perversión a su medida. Recurrió a esos amigos de un amigo que conocen a alguien, y se introdujo pronto en el bazar de las rarezas, el mercado de los que demandaban las cosas más extremas. Aunque a alguien le resulte difícil de creer, hay gente que paga lo que sea por ver a una tullida en acción. Y cuando eso no bastaba, siempre había un callejón en el que prostituirse por unos cuantos euros.

Día tras día, el incidente de la bestia palidecía en la memoria de China Doll, avocado a convertirse en una borrosa, lejana pesadilla. Pero transcurrió un mes entero, y no llegó ninguna menstruación. China Doll no necesitó ningún predictor para saber que estaba embarazada. A pesar de lo improbable del asunto. A pesar de que en los tres últimos meses nunca olvidó tomar la píldora.

Abortar no fue una opción. “No se trata de un embarazo normal”, le confirmó la gente de la clínica. “El embrión está tan agarrado al útero que no podríamos extraerlo sin desangrarla a usted”.

No tuvo más remedio que vivir con ello dentro. Y al fin y al cabo, una actriz porno embarazada cotizaba lo suyo.

No fue un embarazo fácil. Los antojos de China Doll eran desagradables, incluso hijos de puta. Todos los días visitaba la pescadería y compraba peces crudos. Una vez en casa, los abría en canal y se comía las tripas. Era algo compulsivo. Odiaba hacerlo, se deshacía en arcadas… pero al mismo tiempo lo deseaba con una agonía irracional, primaria, fisiológica.

No… Aquello no era un embarazo al uso. Si otros bebés convertían los pezones de la madre en surtidores de leche, los pechos de China Doll chorreaban un mejunje espeso, casi negro. Si otros bebés se manifestaban dando pataditas en el vientre, el hijo que habitaba en China Doll se dedicaba a arañarle las entrañas, con uñas crueles, pequeñas, afiladas. Cuando eso sucedía, la joven se retorcía de dolor, y las bragas se le teñían de sangre.

Se atiborraba a drogas y calmantes, en parte para mitigar el dolor, en parte con la esperanza de que el bebé no soportase tanta química. Pero el bebé (o lo que demonios fuese) tenía una vocación de supervivencia exasperante.

China Doll estaba anestesiada por las drogas cuando sonó el teléfono. Respondió a la llamada, y una voz familiar sonó en el altavoz del móvil:

- No se preocupe por los arañazos, son normales. Duelen bastante, sí… pero no matan.

China Doll sintió una contracción en la garganta. Recordaba esa voz. Era uno de los hombres del cobertizo. Uno de los que la encerraron en la jaula. Hijo de puta mamporrero de la bestia.

- ¿Qué me han hecho? – la pregunta de la muchacha era más un reproche que una demanda de respuestas.

- Le hemos concedido un honor que está al alcance de muy pocos mortales, y nuestra generosidad no acaba ahí.

- Yo… yo sólo quiero terminar con esto – sollozó la muchacha, sin poder contenerse.

- Y pronto acabará. Dará a luz dentro de poco, y estamos dispuestos a pagar mucho dinero por su hijo. Mucho más del que usted se imagina.

- ¡Váyanse a la puta mierda! – lloró la pequeña China Doll.

- Si rompe aguas, no acuda a ningún hospital – prosiguió el desconocido, haciendo caso omiso de los llantos -. Llame a este número, y nosotros nos ocuparemos del parto.

La joven se dispuso a mandarle a la mierda por segunda vez, pero cuando escuchó la cantidad que le ofrecían por su hijo, la palabrota se congeló en la boca. Si de verdad le daban tanta pasta, le solucionarían la vida para siempre. Ella sólo quería sacar a aquella cosa fuera de su cuerpo. Le daba igual que se la arrancasen en un hospital o en un pesebre.

Mientras tanto, siguió amortizando su vientre de preñada. Quizá si teclean en internet “embarazada con cicatrices salvajemente taladrada” sabrán de lo que hablo.

A veces tenía que interrumpir las sesiones de grabación por culpa del dolor. Los arañazos eran cada vez más frecuentes. El feto se movía en su interior, inquieto, suplicando salir. “Ya queda poco”, se consolaba ella. “Ya queda poco para que salgas de mi vida. Ya queda poco para que me hagas millonaria”.

Y entonces pasó algo que lo cambió todo. Fue durante el rodaje de “Reviéntame a pollazos”, una película que nunca se llegó a terminar, por razones que pronto entenderéis.

China Doll sonreía a la cámara, abierta de piernas sobre el mostrador de la cocina. Su partenaire la poseía con violencia, sobándole las tetas, metiéndole hasta el fondo sus veinticinco centímetros de polla, o los que le cupieran.

El grito del actor fue tan agudo que saturó los micros de las cámaras, y todos tuvieron la certeza de que no era el típico chillido de “ya me estoy corriendo”. Cuando sacó su pene del interior de China Doll, el glande era un abyecto surtidor de sangre.

- ¡¡Joder!! – berreaba el semental -. ¡Esta puta tiene dientes en el coño! ¡¡Eres una zorra de mierda, China Doll!!

Lívida de espanto, aún sobre el mostrador de la cocina, la joven vio cómo intentaban contener la hemorragia de su compañero. Supo que nunca la volverían a llamar de aquella productora, y supo también lo que había intuido en realidad desde el principio. Supo la clase de cabrón que llevaba en la barriga, y supo que en cuanto lo pariese, crecería, y sería la viva imagen de su padre.

Aquella misma tarde, China Doll entró a la ferretería de su barrio.

- Quería una linterna – le dijo al dependiente -. La más potente que tengan.

- La más potente es ésta.

- No. Esa no. Tiene que ser cilíndrica.

- Igual si me dice para qué la necesita, sabré cómo ayudarla.

Ella permaneció en silencio durante un par de segundos.

- No le gusta la luz… – respondió finalmente.

Llegó a su casa, embutió la linterna en un condón, la encendió, la embadurnó de lubricante, se recostó en la cama, se abrió mucho de piernas, se acercó el artefacto, la luz la deslumbró, la bombilla era potente, serviría… Introdujo la linterna en su vagina, poco a poco, como un consolador. Era bastante grande, pero eso nunca fue obstáculo para China Doll. Se había metido cosas muchísimo más gruesas, por causas bastante menos nobles. Cuando la luz llegó hasta el fondo, el hijo de China Doll chilló, se revolvió en el vientre de su madre, y ni siquiera respondió con arañazos, tal vez porque necesitaba las patitas para tapar sus ojos. La muchacha siguió masturbándose con la linterna, jodiéndose hasta el fondo, haciendo lo único que había aprendido a hacer en esta vida, y haciéndolo lo mejor que sabía. Haciendo llegar la luz más y más lejos, sintiendo cómo los bordes de la linterna la quemaban, jadeando al ritmo de los chillidos de agonía del bebé, cada vez más débiles, cada vez más opacos.

Tardó menos de dos minutos en correrse. Se sacó la linterna con cuidado, y se durmió sabiendo que en las tinieblas de su vientre ya sólo había silencio.

Donosti.
5 de enero de 2009.

UN PLANTEAMIENTO ESCÚPIDO

Todo empezó con un científico.

Es peligroso ser científico. Peligroso para ti, y para el resto del mundo. Porque empiezas a investigar, y el microscopio te susurra cosas, y en el fondo da igual si son verdad o mentira, el simple hecho de ser cosas jode el mundo, porque el microscopio las amplía, las convierte en Godzilla, les da poder para arrasar ciudades, matar sueños, eclipsar lunas, pisotear los corazones de la gente.

Pero el científico no es el protagonista de esta historia. Lo único que os interesa saber sobre él, es que cierto día se asomó al microscopio, y tuvo la osadía de advertir que el Amor se reducía a un hatajo de procesos químicos, que el sentimiento más noble de los seres humanos era un pastiche de inexplicable y vil materia y, como todo lo material, está avocado a no durar eternamente.

“El amor dura tres años”.

Esa fue la conclusión de nuestro cruel científico, y así la publicaron los periódicos, y así la leyó Martín en el vagón de metro que lo llevaba hacia el trabajo. Lo irónico del asunto fue que un artículo como aquel, confeccionado para asesinar al Amor, engendró amor en un terreno tan inhóspito como aquel vagón. Porque al lado de Martín estaba Rosa, haciendo lo que se suele hacer en los viajes de metro: Leer por encima del hombro del viajero de al lado.

De ese modo, “el amor dura tres años” se convirtió en excusa para iniciar una conversación entre desconocidos. Tres paradas más tarde, Martín sabía que le gustaba Rosa, y Rosa tenía ganas de saber si le gustaba Martín. Terminaron cambiando el vagón por una cafetería. Tres días después, cambiaron la cafetería por un cine, y tres horas más tarde, cambiaron el cine por la cama.

Fue todo tan sencillo, que no tardó en convertirse en algo serio.

Pero sobre aquella relación gravitaba la frase con la que había comenzado todo… “El amor dura tres años”. Algo que Martín y Rosa fueron incapaces de ignorar.

Ninguno de los dos quería descubrir demasiado tarde que la relación se tambaleaba como un muerto viviente, y suplicaba con su aliento podrido un disparo en la sesera. Así que llegaron a un acuerdo, una eutanasia, un parche antes de que saliera el grano.

Tres años, ni un día, ni un minuto más.

Cuando llevaran juntos tres años, cortarían, y cada uno se marcharía por donde había venido. Independientemente de lo bien que estuviesen (o prometiesen estar) las cosas entre ellos.

No sé cuál de los dos propuso esa locura, pero al otro le pareció bien, y ambos programaron la alarma de sus móviles, para hacerla sonar un día concreto: el día del tercer aniversario.

Y hay que decir que aquella cuenta atrás convirtió la relación en algo mágico. La certeza de la caducidad hacía cada segundo más intenso. Cada vez que Martín y Rosa se miraban, cada vez que comían, cada vez que se recorrían el uno al otro entre las sábanas, lo hacían con la pasión y con la entrega de quienes saben que nada dura eternamente.

Incluso en los momentos más difíciles, aquella finitud era un alivio. Cada vez que llegaba una pelea inevitable, Martín se reconfortaba diciéndose a sí mismo, “ya quedan menos de dos años, ten paciencia”. Cada vez que Rosa soñaba con hacer otras cosas, con probar otras vidas, se consolaba recordando que su situación actual era finita, que cierto día sonaría una alarma, y el mundo comenzaría de nuevo, virgen y reluciente, envuelto para regalo, y desenvuelto para estrenar.

Esa clase de pensamientos, contrariamente a lo que puedan opinar algunos, les unían mucho, muchísimo más que el rancio sabor de un “para siempre”.

Y cierto día, con precisión científica, indolente, dos alarmas sonaron al unísono.

El final de la cuenta atrás les sorprendió en su mejor momento o, como mínimo, en un momento tan bueno como cualquier otro. A Martín no le apetecía dejar la relación. A Rosa tampoco. Pero una promesa es una promesa, y los dos coincidieron en que era mejor despedirse en esas circunstancias, con buen sabor de boca, con recuerdos más luminosos que sombríos.

Se dijeron adiós con una cena, en uno de esos restaurantes que significan mucho para ambos por razones que nadie más entendería. Rosa pidió un hojaldre relleno de no sé qué. Martín pidió unos canelones rellenos de paté. Terminaron de cenar, y llegó la hora de pagar la cuenta.

“Te voy a echar de menos”, dijo ella. “No sé qué haré sin ti”, confesó él. Y decidieron hacer trampa. Porque… si dejaban pasar un tiempo, y después de ese tiempo volvían a estar juntos, ¿no era eso como poner el contador a cero?

Volvieron a programar las alarmas de sus móviles, para que sonasen cierto día de cierto mes, cuando (una vez más) hubiesen transcurrido tres años exactos. Si después de esos tres años los dos estaban sin pareja, volverían a verse.

Mientras tanto, se dijeron adiós.

Durante los primeros meses se mantuvieron fieles al recuerdo del otro, que era algo así como ser fieles a sí mismos. Más temprano que tarde, sin embargo, Rosa conoció a un tipo agradable, buena gente, que se ganaba la vida conduciendo la grúa que se llevaba los coches que aparcaban mal. Más tarde que temprano, Martín también encontró el amor, o algo que se le parecía demasiado, y empezó a salir con una chica risueña, más guapa que fea, acuario ascendente no sé qué.

Los dos fueron felices (o algo parecido) en sus nuevos noviazgos, pero ninguno de los dos se acordó de desconectar la alarma de su móvil, porque ninguno de los dos quiso acordarse.

Y aunque Martín sabía que volver con Rosa ya no era viable… y aunque Rosa sabía que Martín ya no tenía hueco en su vida… a veces Martín pensaba en Rosa, y Rosa se acordaba de Martín, Martín se preguntaba qué tal y cómo y dónde estaría Rosa, Rosa se masturbaba invocando la imagen de Martín, sin saber que en ese preciso instante Martín hacía lo mismo.

Cada vez que Martín salía a comer con su novia, pedía canelones rellenos de paté, porque el sabor le recordaba a Rosa. Porque esa clase de detalles eran lo único que se podía permitir. Una ración homeopática de Rosa. Pasar de ahí equivalía a complicar su vida, y era una vida que funcionaba bien.

Cierto día, la sobredosis de canelón de paté en las venas de Martín pasó factura. Salió por la boca de metro, y sintió un insistente dolor en el brazo izquierdo, tras ese dolor, llegó el infarto.

La ambulancia corrió hacia el hospital como si el diablo le pisara los talones, pero no pudo llegar a tiempo para salvar a Martín, porque atropelló a una mujer por el camino. Esa mujer era Rosa que, sin saber por qué, decidió (algo impropio de ella) cruzar la calle mirando sólo hacia el lado izquierdo.

Ese mismo día, dos alarmas de móvil sonaron al unísono, pero sus dueños no las pudieron oír. Estaban muertos.

Donosti,
a 25 de octubre de 2008

EL QUE NO SE ARRODILLA

Y cierto día, la nación se zambulló en el caos, y el caos era un concierto de hambre y duda. Así estaba el país cuando el Tirano acaparó el poder. Los ciudadanos le dedicaron oídos sedientos de respuestas, quisieron confiar en sus palabras, y le entregaron su confianza, corazones apenas remendados, sus vestigios de esperanza ciega.

Y así la ciudad se convirtió en juguete del Tirano, y gravitó el terror sobre las calles, y hubo una bala para cualquiera que se atreviese a pensar contracorriente, y hubo una celda para todo aquel que osase contravenir las normas, y cada norma era una mano que se cerraba en torno a mil gargantas.

Y cayó sobre la plebe una plomiza telaraña de ejército, y tortura, y policía…

Y nadie se atrevía a cuestionar el régimen sangriento del Tirano.

Nadie… salvo aquel misterioso enmascarado.

La gente lo llamaba “el que no se arrodilla”. Porque nada conseguía doblegarlo. Atentaba contra los crímenes del Tirano, saboteando fusilamientos, genocidios, y cámaras de gas, y violaciones de derechos inviolables.

Cubría su cuerpo con un abrigo de piel negra, y así se confundía en las tinieblas, así desaparecía en la negrura tras asestar el golpe, así se hermanaba, fusionaba… con los pocos entresijos a los que no llegaba la luz de las farolas del Tirano.

Cubría su cara con un cráneo de lobo, recordándonos a todos que, cuando las leyes atentan contra el hombre en vez de protegerlo, a la mierda las leyes, y hola de nuevo a la cruda ley del animal salvaje, a la lucha de las uñas y los dientes.

Saltaba entre cornisas y azoteas, dejando aquí y allá un soldado herido, un guardia muerto, un tanque del Tirano hecho pedazos, una prisión henchida de agujeros.

“El que no se arrodilla”.

Nadie conocía su identidad. Era un dios sanguinario, furtivo justiciero, un clandestino hombre del saco que convertía en acciones los deseos de un millón de infelices que no se atrevían a desearlo demasiado alto.

El Gobierno del Tirano había designado a un comando de hombres de élite para encontrar y ejecutar a “el que no se arrodilla”. Una élite de rastreadores y asesinos, investigando cada casa, cada vehículo, cada alcantarilla… Todas sus pesquisas eran inútiles. “El que no se arrodilla” parecía burlarse de ellos con una facilidad insultante. Se materializaba, asestaba una sonora bofetada al régimen del tirano, y luego… se desvanecía… las entrañas de la tierra devoraban su abrigo de piel negra, su máscara de lobo…

Aquella mañana, el Tirano completó sus ejercicios en el gimnasio, se abrochó el uniforme militar, y reunió a su gabinete de ministros en la mesa redonda. El Ministro de Conducta expuso el caso: Tres productores de un colegio se negaban a seguir al pie de la letra los libros impuestos por el Gobierno.

El Tirano apretó el botón del interfono, y ordenó a sus agentes de policía un asalto al colegio, y un linchamiento de tres profesores en el patio central. De ese modo, los alumnos aprenderían una lección mucho más rotunda que la de esos estúpidos libros. Aprenderían que en su reinado, la insubordinación se pagaba con lágrimas de sangre y con crujir de huesos. De esa manera, el miedo seguiría perpetuándose a sí mismo, y el orden se seguiría manteniendo. Era lo que el padre del Tirano habría deseado.

La policía obedeció sin rechistar. El Tirano despidió a su gabinete. Acto seguido, se levantó, y abrió un armario cuya existencia nadie conocía. Se desprendió del uniforme, se puso el abrigo de piel negro, y la máscara de lobo. Abrió la ventana, y galopó hacia el colegio, saltando de azotea en azotea, y de cornisa en cornisa. Llegaría al lugar minutos antes que los polis, y defendería a aquellos pobres profesores hasta el último aliento. Destrozaría a una docena de polis, si era necesario. Era lo que la madre del Tirano habría deseado.

UN PELO EN LA POLLA DE PABLO

Pablo nunca supo masturbarse con fotos de revistas, ni con vídeos. A veces lo intentaba, y era en vano. Sólo podía correrse cuando pensaba en mujeres a las que conocía en persona. A veces era la vecina del quinto, a veces la compañera del trabajo, a veces una ex-novia, otras veces la hermana de una ex-novia, o la rubia de detrás del mostrador de la panadería de la esquina, que rozaba su mano al darle el cambio.

Y cuando Pablo se ponía nostálgico, se tocaba evocando amores imposibles de instituto. Recordaba con excitación casi animal a todas aquellas adolescentes que antaño despertaron su deseo. Muchachas que a esas alturas habrían crecido, envejecido y engordado, aunque hace tiempo fueron primavera en vez de otoño, y despertaron erecciones tímidas. Muchachas que no conocieron la clase de cataclismos que provocaban en el cuerpo de Pablo, o que al saberlo, reaccionaron riéndose en su cara.

O que al saberlo, reaccionaron riéndose en su cara…

Fabiola. ¡Qué linda era, y qué pecaminosamente bien dotada, y qué bien lo sabía, la muy puta! Fabiola. La primera mujer en rechazarle con esa perezosa sonrisa de desdén a la que tuvo que acostumbrarse con el tiempo. La primera en usar sujetadores de mujer, y en profanar el baño de los chicos abriendo cremalleras masculinas.

Cuando Pablo se masturbaba con Fabiola, se excitaba más que con ninguna otra mujer que hubiera conocido. Y lo más sórdido del asunto, lo que jamás confesaría ni a curas ni a psicólogos, eran las imágenes que invocaba en su mente. No pensaba en los senos de Fabiola, ni en ese chupetón que siempre deseó estampar en aquel cuello, ni en ser él el macarra que desgarra esas bragas en el baño de los chicos.

Lo que le ponía a cien, era pensar en cómo el tiempo había jodido la vida de Fabiola. Recordar el día que la muy zorra tuvo que dejar los estudios, con diecisiete años de edad, porque la habían preñado. Recordarla llorando histérica por todos los pasillos, intentando remendar su dudosa reputación, jurando y perjurando que ese embarazo era imposible, que nadie la había tocado en más de un mes. Pero Fabiola era demasiado puta para interpretar el papel de virgen María, y todos lo sabían, y cuando Pablo se castigaba la polla recordando cómo los demás adolescentes humillaban a Fabiola, aquello era placer. Cuando se la imaginaba criando sola a un hijo indeseado, ajándose día a día tras la caja registradora de algún supermercado… entonces su pene amenazaba con reventar, y se corría con una intensidad insoportable, y era tal el hormigueo que recorría su miembro, era tan mareante la sensación de éxtasis, que Pablo calculaba haber derramado medio litro de semen. Pero luego veía el espeso mejunje resbalar por sus dedos, y no era tan copioso. Era muy poco. Incluso menos de lo habitual.

Y era entonces cuando la sobria realidad volvía a manejar el timón, y la vida olía de nuevo a semen invisible, reliquia de placeres falsos, a secreciones ahogadas en papel higiénico… Era entonces cuando su vida sonaba a habitaciones huecas y agua de cisterna. Era entonces, y sobre todo entonces, cuando se daba cuenta de que a él, el logro de haber concluido sus estudios y haber sobrevivido a la treintena sin engendrar mocosos, tampoco le había servido de mucho.

Estaba harto de no ir a restaurantes por no tener a nadie a quien poner en la silla de en frente. Estaba harto de ir al cine y no comentar las películas con nadie. Estaba harto de romances de una sola noche, que llegaban perfumados de alcohol y se marchaban con un sabor de boca de resaca y bilis. Harto de follarse a tal o cual mujer y no saber su edad, ni su comida favorita, y no poder dormirse por tener a una extraña en su cama, o por estar en una cama extraña.

A veces transcurrían largos períodos de tiempo entre una mujer y otra. Cierto día, durante uno de esos períodos, Pablo fue a mear. Y lo que aquí debe importarnos, no es la meada de Pablo, sino lo que encontró enredado en la base de su pene:

Un pelo de mujer.

¿Cómo había llegado aquel cabello femenino hasta la polla de Pablo? Era un misterio. Ninguna chica se la había chupado desde hacía casi un mes. Y aun había más: el pelo era de color rojo, y si algo sabía Pablo a ciencia cierta era que, lamentablemente, jamás había tenido sexo con una pelirroja.

El cabello en la polla de Pablo era, pues, un imposible. La cuerda floja que venía de ningún sitio, y conducía hacia ninguna parte.

Pablo no tardó en olvidarse del incidente.

Pasaron varios años, y esos años desembocaron en cierta noche de discoteca y vodka. La chica era vulgar, pero bonita. Pablo se presentó con un “tu cara me resulta terriblemente familiar, ¿nos conocemos?” Es una de las excusas más trilladas para intentar ligar, pero aquella vez funcionó, porque era cierto.

No, listillos. Aquella chica no era Fabiola. ¿Me dejáis que siga contando el cuento?

Salieron de aquel antro, y fueron hacia la casa del que vivía más cerca, tambaleándose, recogiéndose del suelo mutuamente, desperdigando besos y mordiscos a lo largo y ancho de las calles.

Cuando Pablo se dejó caer de espaldas sobre el colchón, el pantalón parecía demasiado pequeño para contener su erección. Cerró los ojos, y notó cómo ella desabrochaba la bragueta, e introducía el miembro en su boca. Fue una señora mamada. La chica sabía lo que hacía. En aquel instante, ella era sólo lengua, y labios, y saliva.

Pablo abrió los ojos. Quería ver cómo jugaba aquella diosa con su falo. La luz de la habitación estaba encendida, y gracias a ello, Pablo advirtió un detalle que había pasado por alto a causa de las tres o cuatro copas de más, y las luces de colores del garito, y la densa oscuridad de los portales.

Era pelirroja.

Mientras Pablo se corría, tuvo una revelación casi tan excitante como la propia corrida. Recordó aquel pelo rojo enroscado en su pene, años atrás. La eyaculación fue más intensa de lo habitual, acompañada de un estremecimiento electrizante. La temperatura del cuarto dio la impresión de aumentar en varios grados.

Ella no se lo tomó del todo bien. Tal vez le molestó que Pablo se corriese en su boca así, sin previo aviso. Tal vez le molestó que las fiesta terminase tan pronto, sin más preliminares, ni más coito. Él renunció a dar explicaciones. No sabía cómo contarle a aquella desconocida que, durante aquella mítica mamada, había llegado a la conclusión de que un pelo rojo había efectuado un viaje en el tiempo, y había aterrizado en el pene del Pablo de hacía varios años.

Tal vez alguien con una vida mejor condimentada que la de Pablo habría desechado una hipótesis tan descabellada. Pero él se obsesionó con el tema. Consultó libros de física cuántica, no los entendió. Hizo todo tipo de experimentos con su polla, compró mamadas en las esquinas adecuadas, hizo acopio de memoria, buscando otras situaciones del pasado en las que hubiese hallado vestigios de misterio en sus partes íntimas, pelos demasiado largos, quizá incluso huellas de carmín… Todo con tal de averiguar si su miembro viril era, tal y como él sospechaba, una especie de máquina del tiempo.

Y llegó a la conclusión de que lo era. Un taladro que hacía agujeros de gusano en las paredes de la cuarta dimensión. El mecanismo parecía muy sencillo: Cada vez que Pablo rebasaba ciertas barreras de excitación, ese estremecimiento indefinible acompañaba al orgasmo, y su pene abría un portal hacia el pasado o el futuro.

No tardo en llegar la pregunta inevitable. ¿Cómo controlar la fecha de destino de aquellos viajes en el tiempo? La respuesta llegó como un latigazo de luz: La noche de la mamada, ¿en qué pensaba él durante el orgasmo? En un día de varios años atrás; justo el día en que encontró el pelo enredado en su pene. ¡Era eso! Las cosas que estuviesen en contacto con su polla, viajaban hacia el momento en el que Pablo estuviese pensando en el instante de la eyaculación.

El pelo rojo de la chica que hacía buenas mamadas era una paradoja temporal, un hilo rojo que viajó hacia el pasado para provocar su propio viaje hacia el pasado.

La tercera revelación fue la más dolorosa.

Porque Pablo no tardó en darse cuenta de que el hormigueo que sentía cada vez que su orgasmo provocaba viajes temporales, era exactamente el mismo que sentía cuando se masturbaba pensando en Fabiola… y en el día en que la chica descubrió que estaba embarazada, y juraba entre lágrimas de impotencia que no había mantenido relaciones con ningún chico… no desde hacía más de un mes…

Pablo sintió un nudo en el estómago. No fue capaz de negar lo evidente. Aquellos orgasmos tan intensos no dejaban mucho semen en su mano porque la mayor parte de su semen había viajado hacia aquellos días de instituto, y había fecundado a Fabiola. Aquel niño, aquella criatura que tuvo que crecer sin el calor de un padre, era suyo.

Hizo lo que sabía que tenía que hacer. No le costó mucho trabajo localizar a Fabiola. Fue a cierta calle, se detuvo frente a cierto número, y tocó el timbre. El chaval abrió la puerta. Tenía la justo la edad con la que Pablo conoció a su madre, y había algo en la mirada del chico que recordaba demasiado a la de aquel adolescente que Pablo fue una vez.

Un saludo entrecortado rompió el silencio. El chico sonrió, sin saber muy bien por qué.

La madre del muchacho no tardó en aparecer tras él.

Fabiola…

Ya no era tan atractiva, ni tan joven… pero seguía siendo ella. Seguía despertando huracanes de gatos rabiosos dentro de Pablo.

No es fácil precisar por qué aquel hombre y aquella mujer se abrazaron sin decirse una palabra. Supongo que a veces, muy pocas veces, uno se da de bruces con certezas terribles, laberintos que desembocan en colisiones inevitables…

Lo único que sabemos a ciencia cierta, es que el abrazo llevó a un “qué tal si quedamos algún día”, y aquellas seis palabras condujeron a una vida diseñada para tres personas. De la noche a la mañana, Pablo se vio marido y padre, y fue a los restaurantes, y comentó las pelis en los cines, y aprendió a cocinar, y empezó a lavar y tender su propia ropa, junto con la de otras dos personas, en lugar de llevar sus trapos sucios a la lavandería más cercana.

La lavandería…

La imagen de la lavandería hizo que Pablo recordase. Entendió por qué le dijo a aquella chica pelirroja que su cara le resultaba familiar. Era la joven de la lavandería. Más de una vez la había visto allí, a lo lejos, a través de la puerta del fondo, cuando llevaba o recogía su ropa.

Pablo consideró la posibilidad de que el cabello rojo nunca hubiese viajado en el tiempo, de que la chica pelirroja de la lavandería hubiese perdido un pelo haciendo su trabajo, y ese pelo hubiese aterrizado en unos calzoncillos recién lavados, de que esos calzoncillos hubiesen hecho llegar el pelo rojo a la base de un pene…

Sentado en el sofá de su nueva casa, Pablo abrazó a Fabiola, miró a su presunto hijo… y desechó la idea. Quizá porque hay respuestas que no sirven para nada en esta vida. Quizá porque una vida no es del todo una vida a no ser que uno crea en que existen corridas más especiales que otras, a no ser que uno crea en los viajes en el tiempo, a no ser que uno crea, de vez en cuando, en la puta virgen María.

Donosti
7 de septiembre de 2008

domingo 22 de abril de 2007

EL SABOR DEL CREPÚSCULO

Las dos tazas se vaciaron al unísono… por última vez.

En los bordes de porcelana china… las huellas de dos labios que temblaron al decir adiós.

En el líquido sombrío, inescrutable… el reflejo de dos pares de ojos hambrientos de sí mismos.

En el gélido regazo de las dos cucharillas… una lágrima roja se desliza cuesta abajo hacia la tumba.

En las bocas quedaba…

… el intenso sabor de los sueños prohibidos, el dolor fermentado, el misterio afilado de existir en el mundo…

En el fondo de la tetera…

… solamente quedaban hojas muertas.

LA MAÑANA DEL DESPERTAR DE EVA

El colchón se hundió como si tuviese que soportar el peso de cien mundos. Por eso Eva llegó a la conclusión de su nuevo invitado no era humano.

Los ojos de la joven continuaban cerrados. Sus pies estaban separados por eones de distancia. El diestro en la vigilia. El izquierdo aún afincado en el reino de los sueños.

Y era difícil adivinar a cuál de los dos mundos pertenecía aquel peso. Aquel calor. Aquel olor a almizcle que impregnaba las sábanas, que inundaba la estancia y penetraba en esos recodos del laberinto... en esos resquicios del alma que nunca aprendieron a pensar...

Se escuchó un resoplido.

Una ráfaga de huracán ardiente azotó el rostro de Eva. Alborotando los cabellos. Cosquilleando los labios. Meciendo las pestañas.

Eva abrió los ojos.

Eva vio.

Era borroso, pero era real. El toro se alzaba sobre ella. Enorme, majestuoso. Reluciente en su negrura impenetrable. Reluciente también la curva de los cuernos, como una media luna.

Eva permaneció inmóvil. Tal vez presa del miedo. Tal vez presa del sueño. Tal vez presa de todo. Tal vez presa de su propia libertad. O tal vez esperando. O tal vez encontrando.

El animal sacó la lengua. Lamió un estremecimiento en el cuello de la joven. Luego, con un cuidado que casi parecía ternura, agarró entre sus dientes la tela de la sábana, y comenzó a apartarla...

... lentamente...

Eva sintió la tela deslizándose hombros abajo, pechos abajo, vientre abajo... Y el hocico del toro se detuvo entre los muslos, a pocos centímetros del lugar temido, prohibido y esperado.

Un nuevo resoplido. Haciendo vibrar las dos fosas nasales de la bestia. Haciendo vibrar el cuerpo de la joven. Haciendo vibrar la habitación entera.

El toro olfateaba, intentando obtener información de aquel molusco extraño. El pubis de la joven se erizaba, pradera cepillada, brizna a brizna, por una tibia brisa.

Eva soltó un gemido imperceptible, y tal vez se sintió un poco culpable por no haber conseguido reprimirlo. Apretó los labios, como intentando convertirlos en una única pieza, para evitar la fuga de algún otro sonido delator.

El animal, seducido por el misterio de la concavidad femenina, se hartó de olfatear y quiso probar el sabor de aquel sexo rosado. La lengua del toro se confundió entre los relieves prohibidos. Dos humedades compartieron secretos.

Los labios de la joven se apretaron más fuerte. Los dientes imitaron la conducta. Rechinaron.

El semental lamía sin tregua, con una brutalidad voraz. Con un hambre irracional y una curiosidad que no atendía a refinamientos, ni a consideraciones, ni a preguntas...

Eva intentaba evitar que las convulsiones dominasen su cuerpo. Eva fracasaba.

Eva abrazaba con sus muslos el cuello de la bestia. La caricia del pelaje era suave.

Eva cerraba los ojos, porque si aquello era un sueño a fin de cuentas, deseaba atraparlo y conservarlo debajo de los párpados. Como un mosquito en ámbar. Como una mariposa disecada.

Y conforme los párpados se apretaban encarcelando sueños, se relajaban los dientes y los labios, concediendo la libertad a los jadeos.

De repente, la lengua del toro dejó de trabajar. Pero antes de que la joven tuviese tiempo de lamentarse por el placer perdido, sintió cómo los dientes arañaban sus pechos, sin herir.

El animal tensó los músculos de su potente cuello. Un brusco tirón... y la seda del camisón se disolvió en jirones.

Los senos quedaron al aire, manzanas temblorosas, venas azules bajo la piel traslúcida, pezones sensibles, afilados por algo casi eléctrico, apuntando hacia el cielo, hacia la oscuridad insondable de más allá del Cosmos, antenas sintonizando en busca de un eco que rebota en las murallas de la eternidad, a varios infinitos de distancia.

Pero nada de eso se piensa. El cuerpo de Eva se contonea ante las caricias de la bestia. Como en un baile de serpiente en llamas. La lengua desempeña la misma labor que realizara entre los muslos. Todo lo prueba. Todo lo recorre. Todo lo conquista y lo somete con su pecaminoso estigma de saliva. La muralla de cada célula se quiebra, explota, en un chillido acuoso. Baja, humilla, su puente levadizo.

Eva se resiste a colaborar, pero eso es lo único a lo que se resiste. Su torso, humedecido, ya brilla casi tanto como esa sonrisa, imperceptible rictus, que se insinúa en la comisura de los labios.

Y mientras los dientes del toro mordisquean, suavemente, la yugular de Eva, un peso tibio y húmedo se posa sobre el pubis de la joven, y se restriega y crece y se endurece. Cobra vida. Animado por el rubor de la sangre, por el mensaje de un corazón que bombea en un idioma primitivo. El trozo de carne que se convierte en arma, poseído por la férrea voluntad de un tótem fálico.

Y Eva adivina lo que ya es inminente, inevitable. Y una parte de ella que no es ella, se opone a su Destino. Pero su cuerpo es quien decide. Su cuerpo es el que cede. Su cuerpo relajado, lubricado... Su cuerpo sometido, derretido, de flor en flor abierto hacia la vida, firmando la rendición ante la rigidez oscura... que cuelga bajo el toro.

Y sin dejar de pellizcar el cuello de la chica, el animal embiste.

Y la boca de Eva se dilata en un grito. Un grito desgarrador. Un grito hermoso. Un grito de dolor y de placer. Un grito incontrolable, indescriptible.

Y las paredes internas de la joven, anestesiadas en defensa propia, ceden ante el envite de la carne palpitante, que recorre los rincones más profundos, con una longitud de tren interminable, como un torrente que a su paso arrolla toda moral, toda cordura, todo vestigio de civilización humana.

Y tras esa penetración interminable, el falo retrocede, desandando el camino lentamente, cediendo una a una las tierras conquistadas... para un segundo después, volver a penetrar, volver a conquistar una y mil veces, entrando y saliendo al compás inaudible de algún tambor salvaje.

Y Eva grita, y Eva llora, y Eva siente cómo su entraña se llena y se vacía, se llena y se vacía, se llena y se vacía, a un ritmo implacable, brutal, castigador, hiriente.

La fuerza destructora de un ariete.

La fuerza creadora de un ariete.

Y ahora la muchacha participa. Baila con sus caderas. Acaricia. Abraza al animal. Se contorsiona. Obliga a penetrar. Gime lasciva. Relaja cada músculo, se amolda, a ese falo invasor, o lo aprisiona, codiciándolo, estrujándolo, perdiéndolo, recibiéndolo otra vez, entre sus carnes, sintiendo su desliz, o percibiendo, como una vibración, cada latido, cada perturbación en ese monstruo, en ese pene enorme, que atraviesa... la tímida membrana... el mar de sangre... los túneles secretos que conducen... a la enajenación... Y casi a ciegas, sin pensar lo que hacen, los dos brazos de la frágil muchacha, buscan... tientan... se deslizan dementes. Se deslizan por el cuerpo robusto del violador cornudo, sintiendo cada músculo, paseando con temblores de éxtasis por los fibrosos relieves, por el pelaje negro perlado de sudor.

Y el toro embiste, embiste, embiste, embiste...

Y los dedos de Eva tiemblan, tiemblan... y acarician el cuello, y las orejas, y las patas fornidas, y desprenden, con desesperación ingenua, las legañas... que florecen, sombrías bajo el brillo, bajo la loca fiebre... de los ojos del toro.

Y el animal embiste y entra y sale... y las cuerdas vocales de la joven... no saben pronunciar las consonantes, y olvidan el lenguaje, y sólo gimen, sollozan de placer, jadean de gozo. Y el toro la penetra con más fuerza, intentando romperla, desarmarla, y ella extiende sus brazos hacia el cielo, buscando alguna cosa en que agarrarse. Y esa cosa que encuentran las dos manos... son los cuernos del toro. Agarraderas de marfil, trapecio de huesos que cuelga, oscila, pendulea... sobre los prados rojos del Infierno.

Y la cama rechina, las cuatro patas lloran, el cabecero golpea la pared con saña, cada vez con más fuerza, cada vez más frecuente, y los testículos del toro, hinchados de poder, llenos de vida, estallan en las nalgas, castigándolas.

Y el toro brama, embiste, brama, embiste.

Y la mujer se aferra con más fuerza a la dura, imperturbable cornamenta.

Y el clímax ya se acerca. El mundo terremotea, enajenado. Eva siente en su vientre cómo el falo... se hincha... y percibe cada vena, gritando a vida, a muerte, a sálvese el que pueda.

Y entonces llega, una descarga, una avalancha, un alud pegajoso, espeso, báquico... Un chorro de presión que riega todo, que llega a cualquier parte, que se adueña... de todos los vacíos... que atraviesa... fronteras invisibles...

Es leche primigenia, maná ardiente, veneno sanador... y en un instante... el bramido del toro se confunde... con el grito de Eva, orgasmo, espasmo, latigazo de luz en las retinas, tensión insoportable... y luego nada... o mejor dicho todo... Poco a poco... el mar vuelve a la calma... y ya las olas... se sacuden la espuma de la rabia... y mecen esa cuna... esa sonrisa... como un cuarto creciente de la luna...

Y la respiración se tranquiliza... El toro... desenvaina... de las carnes de Eva... su masculinidad, ya satisfecha... y poco a poco se yergue, se incorpora, riega la colcha... y luego retrocede... y el colchón recupera la tersura... y abriendo ya los ojos totalmente, la joven Eva observa tras el velo... del recién despertar... cómo su amante... abandona la estancia.

Y Eva sabe...

...que ya no es virgen...

... y que lleva en su vientre...

... la semilla de un dios...

LOS OJOS VERDES DE NAIA MORTON

Los ojos de Naia Morton no parecían de este mundo, y quizá no lo fueran. Pero eran irresistiblemente verdes.

Era pálida, y los rizos negros se pegaban en el sudor de su piel, como relámpagos oscuros en las mejillas. Trazos violentos del pincel sobre un papel de arroz.

Cuando el señor Morton se sentó junto al lecho de muerte de Naia, pensó que su mujer se convertiría en el cadáver más hermoso de todos los tiempos.

Naia Morton le acarició las manos débilmente, y luego sus labios moribundos comenzaron a hablar:

- Es el fin, cariño. He reservado mis últimas palabras para ti. Hay muchas cosas que siento haber dejado a medias, pero la que más me pesa, sin lugar a dudas, es marcharme sin haberte dado hijos.

- Naia... – balbuceó el marido, al borde de las lágrimas.

- Ayúdame a arreglarlo – añadió ella -. Obedéceme. Sigue mis instrucciones al pie de la letra, aunque te puedan parecer una locura. Aunque parezca que ya está delirando quien las dicta.

- Naia...

- Cuando muera, querido, ¡arráncame los ojos! Arráncalos... y entiérralos atrás, en el jardín. En un sitio en el que les dé la luna llena. Riégalos cada noche con tus lágrimas... El resto se hará solo.

- Naia... – volvió a llorar, estupefacto, el señor Morton.

Cuando Naia Morton terminó de hablar, murió en silencio. Y su marido pensó que aquella mujer no podía ser bruja, como murmuraba casi todo el vecindario.

Ninguna bruja tendría unos ojos tan bonitos.

* *

Naia Morton fue enterrada sin ojos.

Nadie supo explicar lo sucedido. Y aunque muchos intentaron hacerlo, a ninguno se le ocurrió pensar que fue el propio marido quien profanó el cadáver.

Aquella misma noche, el señor Morton cavó dos pequeños agujeros en el rincón más apartado del jardín. Se aseguró de que la luna los besara, y luego metió un ojo en cada agujerito.

Cuando vio aquellos dos globos rematados en verde, observándole desde el fondo de sus fosas gemelas, sintió un escalofrío.

Los sepultó bajo un par de paladas de tierra. Luego se arrodilló junto a las dos semillas... y las regó con obedientes lágrimas.

* *

A unos cuantos centímetros bajo la tierra húmeda, los ojos de Naia Morton comenzaron a echar raíces.

Poco a poco, empezó a nacer un brote en el centro de cada pupila. En sólo una semana, los dos brotes se abrieron paso hasta la superficie, y una semana más tarde se habían transformado en dos hermosas plantas, que no tardaron mucho en florecer.

Cada planta dio a luz un gigantesco tulipán morado.

Y el señor Morton continuaba regando con su llanto. Cada día.

* *

Cierta noche, cuando el señor Morton acudió a su cita, escuchó un débil lamento que provenía del interior de un tulipán.

Con manos temblorosas, deshojó la enorme flor, muy torpemente... y conforme los pétalos se iban apartando, el llanto inexplicable se hacía más audible.

Cuando el último de los pétalos fue apartado, el pobre y estupefacto señor Morton tenía una recién nacida entre sus brazos.

Y cuando logró arrancar los pétalos de la segunda flor, halló otra niña exactamente igual a la primera.

Eran mellizas. Y las dos habían heredado los ojos verdes de Naia Morton.

* *

El señor Morton se llevó a las dos niñas a la cama.

Durmió con ellas.

* *

Le despertó un mordisco.

Le costó un par de segundos averiguar que no estaba soñando.

El dolor era real.

Las dos niñas se comían su cuerpo. Arrancaban la carne del señor Morton y la engullían con un hambre voraz.

Y el señor Morton no reaccionaba. Estaba paralizado entre las sábanas. Sólo podía contemplar cómo las niñas crecían conforme devoraban. Ahora aparentaban ocho años.

Y el único pensamiento que vino a la cabeza del señor Morton fue que las dos estaban preciosas, con el rojo de la sangre tiñendo los labios. ¡Qué hermoso contraste con el blanco de la piel, con el negro del pelo, con el verde de los ojos!

El verde de los ojos de Naia Morton...

* *

Cuando acabaron de comerse al señor Morton, las dos hermanas habían alcanzado el aspecto de una mujer adulta.

Eran bellísimas...

Exactamente iguales que su madre.

Se besaron hasta limpiar el pintalabios de la sangre, y luego cada una se marchó en una dirección. Cada una buscó un marido. Cada una enfermó de manera misteriosa. Y justo antes de morir, cada una ordenó a su enamorado plantar dos ojos en el jardín trasero. Y nacieron cuatro flores que engendraron cuatro Naias... Cuatro Naias que volvieron a enamorar a cuatro hombres, que volvieron a enfermar, que volvieron a morir, que volvieron a sembrar...

* *

En unos pocos meses había miles de Naias Morton recorriendo el planeta, y un marido devorado por cada dos de ellas.

Algún tipo de alguna sección secreta del gobierno estudió el caso y decidió que había que buscar alguna forma de exterminar a esas mujeres. Había que matarlas, antes de que se propagasen por el mundo.

Yo no comparto su opinión. Y si ustedes la comparten, es porque nunca han contemplado los ojos verdes de Naia Morton.

LOS HUECOS QUE SEPARAN LAS PALABRAS

A veces las palabras no son nada. En todo caso cáscaras vacías.

A veces las cosas que de verdad importan no viajan cabalgando en las palabras.

Esa clase de cosas no son dichas. Se esconden entre los huecos que separan las palabras, y allí se agazapan, y acechan a la espera de algún loco capaz de percibirlas.

He conocido a algunos locos de ese tipo. Ahora mismo, por ejemplo, me viene a la memoria el pasajero del Asiento 7E (pasillo), cuya historia pude oír personalmente desde mi situación privilegiada en el asiento 7D (ventanilla).

Pero esa historia no sucedió en el asiento 7E, ni en el 7D, sino en la propia terminal del aeropuerto.

* *

El pasajero del asiento 7E estaba haciendo lo único que se puede hacer en la terminal de un aeropuerto: Esperar...

Allí, sentado en un asiento que estaba pensando si presentarse o no a las oposiciones para potro de tortura, nuestro amigo leía una novela demasiado barata, al ritmo que marcaban los sorbos de un café demasiado caro.

Los altavoces de la megafonía interrumpían su concentración para anunciar horarios de vuelos que nunca eran el suyo.

Era una voz femenina la que salía por los altavoces. Una voz neutra, fría, inexpresiva... Una voz que encajaba mejor en la cuadriculada eficiencia de una máquina que en la cálida imperfección de un ser humano. Y el pasajero del asiento 7E se había planteado alguna vez la posibilidad de que, en efecto, fuese una máquina la autora de esas voces.

Pero aquel día sucedió algo...

* *

La mujer invisible de la megafonía dijo lo mismo de siempre:

Por su propio interés, rogamos mantengan controladas sus pertenencias en todo momento.”

Sí... La frase era la misma, pero tal vez eran distintos los oídos con los que escuchaba el pasajero del asiento 7E.

De repente, nuestro amigo percibió un matiz humano en esa frase. No era la información en sí, ni el ritmo. No era la entonación, ni era la forma en que combinaban las palabras.

Era algo que estaba más allá de todo eso. Lo que el pasajero del asiento 7E percibió era tal vez uno de esos tesoros que yacen escondidos en los huecos que separan las palabras. Un leve matiz, alguna vibración impronunciable. Un suspiro microscópico, un aliento contenido que indicaba que aquella mujer que hablaba desde el techo... era humana.

Y no sólo era humana. Era, ante todo, una persona necesitada de ayuda. En ese recodo olvidado del centro de la frase, justo después de la palabra “rogamos”, el alma del pasajero 7E pudo percibir la insoportable tristeza de otro alma.

No hubo palabras, ni nada que perdurase más de lo que se tarda en iniciar un parpadeo. Pero ese instante le dijo a nuestro amigo más cosas que el resto de la frase. Era un instante que se lo dijo todo...

Y el pasajero del asiento 7E comprendió.

Y el pasajero del asiento 7E decidió que no podía marcharse de allí sin antes averiguar quién era esa mujer.

* *

Empezó a seguir las pistas que le daban, de mostrador en mostrador de información, como quien sigue un camino de miguitas de pan.

Finalmente se las ingenió para penetrar en los intestinos del edificio. Después de resolver a duras penas el intrincado laberinto de pasillos, llegó a la habitación desde la cuál se controlaba la megafonía de todo el aeropuerto.

Buscó al tipo que tuviese la cara más amable. Expuso su situación atropelladamente, como si alguien le apuntase con un cronómetro en la sien. Dijo que necesitaba conocer a la mujer que hablaba a través del altavoz. Y dijo que era urgente.

Le tomaron por loco. Hubo risas, tal vez alguna burla, y finalmente, con el escaso tacto que pudieron reunir entre todos, aquellos empleados le explicaron que la mujer por la que preguntaba no existía.

- Es una máquina. La voz es generada automáticamente por los ordenadores.

- ¡Ustedes no lo entienden! – gritaba el pasajero del asiento 7E -. ¡Se trata de una mujer! ¡Una mujer de carne y hueso! ¡Y necesita ayuda! ¡Lleva dentro una tristeza que suplica encajar con otra tristeza urgentemente!

- Lo siento, señor – le respondieron -. No hay ninguna mujer. Antes sí recurríamos a locutores de verdad, pero hoy día las máquinas imitan la voz humana de un modo tan perfecto...

El pasajero del asiento 7E protestó hasta quedarse sin garganta. No paró hasta que los empleados le enseñaron los procedimientos informáticos que habían usado para crear aquella voz artificial.

Todos le miraban como se mira a un loco. Él no se daba cuenta. Estaba demasiado ocupado perdiendo la fe.

* *

Desandó el laberinto con desgana. Sabía que fuera de él le esperaba la Nada.

Cuando la voz de aquella mujer imposible, inexistente... anunció su número de vuelo, sus palabras le sonaron más a números que a vuelos.

Se arrastró hasta la puerta pertinente, y su andar era tan automático como la voz que le acababa de romper el corazón.

El pasajero del asiento 7E rogaba a un Dios en el que no creía para que estrellase el avión... se preguntaba si era posible suicidarse con un tenedor de plástico...

... y entonces...

La voz del altavoz volvió a sonar.

Pero esta vez no hablaba de equipajes, ni de números, ni de zonas de embarque...

La mujer invisible de la megafonía hizo retumbar en las paredes del aeropuerto las siguientes palabras:

Gracias por preocuparte por mí. Ahora sé que no estoy sola. Cada vez que entres en un aeropuerto, allí estaré esperándote... y te hablaré... desde los huecos que separan las palabras.

* *

El pasajero del asiento 7E cruzó la puerta de embarque, impaciente por aterrizar en el aeropuerto de Destino.

Ningún otro viajero de la terminal comprendió el significado de las palabras de la mujer fantasma.

Cuando la dirección del aeropuerto pidió al técnico revisar los ordenadores en busca del error, el pobre hombre se vio obligado a confesar que no tenía ni idea, y escurrió el bulto con una frase recurrente:

- A veces las máquinas hacen cosas raras...

LA FOTO Y LA FUENTE

Los árboles leproseaban lágrimas muertas sobre el agua.

Él intentaba estrujarse los ojos, para poder derramar también alguna. Pero estaba vacío.

La fuente era un espejo tiritando de frío.

Sacó su cartera del bolsillo. La abrió. Sus dedos bucearon entre monedas, billetes, bonobuses, tarjetas de visita, papeles donde apuntar lo que olvidamos... Sus dedos bucearon... bucearon... bucearon... hasta dar con la foto.

Una foto tan pequeña como un sello de correos. Y llevaba allí tanto tiempo que se había adherido al cuero con la tenacidad de la costumbre. Él casi tuvo que arrancarla para sacarla de ahí. Sonó como cuando la hoja de un cuchillo hace el amor con un vestido blanco.

Contempló la foto, y el rostro de mujer que sonreía al otro lado del papel, lejos, muy lejos, como a través de un cristal infranqueable, como ésos que encierran a las serpientes en los zoos, para que no difundan su veneno.

Compartieron una última mirada.

Necesito olvidarte”, dijo él. Ella no contestó. A las fotos no se les da muy bien mentir.

Los dedos le fallaron. Dejó caer la foto, y observó cómo el trocito de papel se precipitaba hacia la fuente. Observó cómo el agua cubría los mechones pelirrojos sin mojarlos, cómo los ojos se hundían en el fondo, sin pestañear, sin dejar de sonreír, como un latido de corazón fosilizado.

Se alejó de la fuente. Sentía que le pesaba menos el bolsillo. Sentía cómo su cartera se desangraba, igual que un gato recién atropellado. A las carteras no les gusta que alguien venga y les arranque el corazón.

Al día siguiente, ella apareció ahogada en la bañera, y sus cabellos naranjas flotaban en el agua, como si fueran algas incendiadas.

HADAS MUERTAS

Marisa tenía fiebre.

Las sábanas se adherían a su cuerpo. Sanguijuelas adictas al sudor. Pegatinas con complejo de mortaja. Telas húmedas, pálidas... Vestido blanco para una novia blanca.

Para la novia blanca del Delirio.

Marisa agonizaba en el colchón, pero una parte de ella estaba fuera. Pero una parte de ella estaba lejos, a treinta y nueve grados de distancia, de picnic por el reino de las sombras.

Marisa suspiraba.

Y no era fácil saber si el suspiro hacía arder sus labios, o si los labios quemaban el suspiro.

La frente de Marisa se dedicaba a cocinar a fuego lento los pensamientos más estúpidos, que son todos. Los recuerdos se convertían en humo. El humo se condensaba en nubes de tormenta. La tormenta flagelaba a la muchacha con su latido eléctrico.

Marisa se excitaba. Y el roce del camisón en los pezones, era bífida lengua de serpiente, lamiendo al mismo tiempo dos manzanas... con aspereza de reptil prohibido.

Marisa se tocaba entre las piernas, y su sexo brillante parecía... una hoguera encendida por las brujas... en el claro de un bosque muy oscuro.

Marisa mascullaba... maldecía... gemía... se arropaba... se cocía... Le hacía mil preguntas a la vida... La vida mil preguntas devolvía...

Marisa se tocaba porque huía...

Buscaba en el placer una locura... que le arrancase un poco de conciencia. Escapaba de crueles pensamientos, sobrios, secos, dolorosos, crudos... a pesar de la fiebre.

Se tocaba...

... y sabía la razón por que enfermaba... Lo sabía... Sabía que enfermaba... tratando de huir en vano de una vida... que acechaba con dientes venenosos... tras la esquina afilada del futuro.

No recordaba bien lo que pasaba. Pero sabía que algo sucedía. Algo importante, y por lo tanto horrible, amenazaba con llegar al día siguiente. Pero ella, drogada por la fiebre, el duermevela, el opio del pecado... no conseguía recordar qué era.

De pronto surge un ruido. Un aleteo. Como el vuelo de un pájaro de espuma. Y luego un temblor leve, un terremoto, de un algo que aterriza, suavemente... a los pies de la cama...

Marisa abre los ojos lentamente. Lo ve todo borroso sin las gafas. Lo ve todo borroso con la fiebre. Pero entre tanta mancha indefinida, puede ver o intuir muy claramente al ser recién llegado.

Una mujer.

Una mujer desnuda y muy pequeña. Una mujer preciosa, muy muy pálida. Con pelos que se mecen como péndulos. Con alas de libélula en la espalda. Una mujer sensual... acurrucada... como gárgola erótica... escapada... de alguna catedral tan deliciosa, que en vez de “padres nuestros”, come orgasmos.

La presencia de ese ser turba a Marisa. Alejando sus dedos temblorosos del sexo humedecido, la muchacha, sin fuerzas para hablar en voz muy alta, susurra a la mujer una pregunta.

Y esa pregunta es: “¿Y tú quién eres?”

- Yo soy tu hada madrina – le responde... la diminuta criatura alada... estremeciendo a su febril ahijada... con dos ojos que brillan con lascivia... como sabe brillar la mermelada.

Marisa ruboriza cada palmo de su sudada piel. Muy torpemente, desliza el camisón muslos abajo, defendiendo el pudor de su entrepierna.

- No pares, hija mía – dice el hada... con voz de caracola submarina -. Sigue tocando ahí. Sigue... No pares... Despierta al animal que llevas dentro...

Pero las manos de Marisa tiemblan. Y el mundo se confunde en su cabeza, y su cabeza estalla, y la muchacha... ya se siente violada, intimidada... incómoda, tal vez decepcionada...

- No me puedes estar diciendo eso... eres mi hada madrina...

- Y por eso... deseo que estés bien. Tu bien es mi misión. Quiero ayudarte...

Y el hada se desliza por las sábanas, mientras Marisa, horrorizada, inmóvil, percibe que las alas membranosas le acarician los muslos con cosquillas. Mientras oye arrastrarse a su madrina... hasta llegar al vulnerable clítoris.

- Relájate y disfruta – dice el hada.

Y enseguida Marisa es atacada por un placer apenas soportable. Un placer de saliva lubricante... destilada en el mundo de los cuentos. Un placer de una lengua diminuta que recorre con vicio el laberinto... de carne rosa y montes venusianos... erizando los pelos de la nuca.

Y el cabello del hada se columpia... y su roce en las nalgas de Marisa, es mágico, e hipnótico, y perverso...

Y también la muchacha se columpia, entre la fiebre, el trance y el olvido...

Pero hay algo que no encaja en todo eso. Hay algo en el cerebro de Marisa... y ese algo... chirría... como un grillo... como un carro oxidado de la compra... que pasea por treinta cementerios, chocando con las lápidas, comprando... cien poemas escritos con gusanos.

- No, no... – gime Marisa -. No puedes hacer eso. Tú eres mi hada madrina. Para, para...

Pero el hada no para.

La lengüecilla sigue despertando mariposas y cuervos en la vulva. Y un orgasmo temible, inevitable... se avecina desde vete a saber dónde, como una catarata de alfileres.

- ¡Para ya! ¡Para ya! ¡Que estoy enferma! ¡Eres mi hada madrina! ¡No! ¡Detente!

Y un torrente de jugos moja al hada, y el hada se los bebe, avariciosa, sedienta de su ahijada.

¡Entonces pasa!

El hada se atraganta. Tose. ¡Tose! Los ojos se le hinchan, y la cara... se oscurece, se torna cenicienta, luego morada... y entre convulsiones, la frágil criatura lleva al cuello dos manos gobernadas por espasmos.

- ¿Estás bien? ¿Qué te pasa, hada madrina? – le pregunta Marisa, preocupada.

Pero el hada no puede responderle. El hada tiene un nudo en el estómago, y una arcada en la boca, y una espina... de pescado podrido en la garganta.

Sin poder evitarlo, el ser alado, se deshace en arcadas tan violentas que se acompañan con crujir de huesos. ¡Y empieza a vomitar sobre la colcha! Empieza a vomitar cráneos humanos. Cráneos de ojos vacíos. Cráneos fúnebres. Que ruedan como bolas por la cama, y chocan contra el cuerpo de Marisa, que grita, y tiembla... como tiembla el hada... Y al son de los temblores se derraman... de los ojos cavernosos de los cráneos, ramilletes de flores putrefactas... que riegan el colchón con una música... de sonajeros tristes, fatalistas... rotos, apocalípticos, mortuorios...

Y Marisa se despierta con un grito. Y sudor en la frente, y pelos húmedos... La colcha está vacía. Ya no hay cráneos. Ya no hay flores. Ya no hay hadas... Ya no hay... nada...

La luz del sol conquista una rendija que se dejó olvidada la cortina, y evapora el sudor. La fiebre baja.

Las manos de Marisa se pasean por la mesa de noche.

Y sus dedos recorren el tablero como zombis borrachos, que se chocan contra una taza, contra un frasco vacío, contra una lámpara, contra ¿aquello qué era? ¿el móvil?... hasta dar con las gafas.

Con ellas puede ver mejor las cosas. Pero no necesita mirar nada para darse cuenta de que las pastillas han fracasado en su misión. Sigue despierta. Sigue viva. Y tampoco necesita mirar la agenda para recordar qué ha sucedido en ese día:

El día de su dieciocho cumpleaños.

EL ELIXIR DE LA GAVIOTA

Encontré una gaviota muerta por la playa. El mar la engulló, se atragantó y la vomitó en la orilla. Olía como suele oler la muerte húmeda. La sal del mar tiene una forma especial de pudrir los cadáveres.

No sé por qué me agaché a recoger esa gaviota. Creo que mientras sacudía la arena de aquellas plumas impermeables, mi idea era amortajarla en una bolsa de basura y procurarle un enterramiento digno en algún rincón indigno del jardín.

Pero cuando mis manos tocaron aquel pájaro, me vi abordado por una sed extraña. Fue como si mi garganta hubiese tragado, de repente, todo el agua de mar que había tenido que engullir esa gaviota muerta.

Entré en mi casa con aquel pestilente pedazo de carne putrefacta aún entre las manos. No abrí la nevera. Sabía que no había nada en ella lo bastante poderoso para calmar mi sed. No cogí aquella bolsa de basura. Mis manos disfrutaban con aquel contacto directo. Mi piel hacía el amor con la descomposición, el deterioro, la fiesta de microorganismos que convertían la inmovilidad en un baile imperceptible. No quería tocar a la gaviota a través de la aséptica epidermis del plástico. A la reina de los gusanos no le gusta que se la follen con condón.

La sed desangelaba mi garganta, la transformaba en un erial de tierra seca para plantar semillas de agonía. La sed...

Los ojos vidriosos del pájaro eran dos puertas. Dos mirillas de cerraduras que comunicaban con un pasillo oscuro, interminable, insoportable para cualquier cordura. Dos ojos que me miraban como diciendo: Al otro lado del pasillo. Al otro lado del pasillo está la fuente que saciará tu sed.
Mi pensamiento quedó suspendido, como el cuerpo penduleante de un ahorcado. Acerqué mis labios al cuello inmaculado del cadáver. El olor no conseguía repelerme. Muy al contrario. Me atraía, me excitaba, despertaba al reptil dentro de mí.

Hundí los dientes entre las plumas blancas. El amargor metálico de la sangre inundó mi boca, intensificado por el aliño salado del mar. Me excité aún más al ver las líneas rojas que descendían, lentamente, por la blanca pechuga de la muerta. Lamí aquellos regueros, con una avidez que ignoraba el significado de ese fantasma que solemos denominar “dignidad humana”.

Aquel jarabe rojo lograba mitigar mi sed a duras penas. Hinqué los dientes con más fuerza, hasta escuchar el crujir de la materia inerte. Seguí libando sangre, hasta exprimir el pájaro. Arrancaba la carne, brutalmente, como el loco que, desesperado, intenta apartar los papelitos vacíos de la caja de bombones, en busca de más dulces. Perseguía a la sangre a través de los laberintos de un cadáver. La arrinconaba, la chupaba con un ansia enajenada. De vez en cuando descansaba para escupir las plumas.

Las arcadas no tardaron en llegar. La gaviota, deshidratada, se estampó contra el suelo justo después de mis primeras convulsiones. El dolor me retorció entre las baldosas, como a una fregona en el escurridor del cubo. Una fregona empapada en sangre. Empapada en veneno. Empapada en el elixir de la gaviota. El delicioso elixir de la gaviota.

La pared dejó de ser blanca. Tumbado en el suelo, pude distinguir los mil matices que la componían. Fui consciente del centenar de manchas que normalmente mi percepción obviaba. Y las manchas se agrupaban para formar cosas, igual que las constelaciones en el cielo. Igual que las figuras de las nubes.

Entre las manchas distinguí al león. Estaba allí, formado por unos borrones de un color blanco casi ocre, agazapado en la pared, acechándome. Codiciaba la sangre de la gaviota, y sabía que la guardaba en mi estómago. Quería destriparme y lamer mis intestinos. Quería desgarrarme con sus garras y robarme el elixir de la gaviota.

Un retortijón me obligó a cerrar los ojos. Cuando volví a abrirlos, el león había desaparecido. Las manchas continuaban en la pared, pero ya no componían al león. Ahora eran simples manchas. Un cascarón muerto que ya no albergaba al predador en su interior. Una muda de serpiente con forma de león, pero sin león...

Se había movido.

Recorrí con la mirada todas las manchas de las paredes, hasta encontrarle. El muy cabrón se había escondido entre las imperfecciones de lo alto, muy cerca del techo. Buscaba el mejor lugar para atacar. Esperaba pacientemente... el menor descuido... para saltar sobre mí... Sobre el guardián del elixir de la gaviota.

Y yo no tenía intención de ponérselo tan fácil.

Me arrastré como pude hasta el pasillo. En lo más hondo sentía cómo el león se arrastraba también detrás de mí, aguardando una fracción de segundo de descuido.

Yo me esforzaba por no concederle ese placer. El felino cambiaba de ubicación constantemente, pero mis ojos siempre lo encontraban. En la mancha de moho de la esquina, en los lamparones del techo del pasillo, o dibujado entre las vetas de madera de las puertas.

El pasillo era largo. Él intentó aprovechar aquel desfiladero angosto para tenderme una emboscada, pero la sangre de la gaviota chapoteaba en mi estómago, y despertaba mis sentidos.

Me atrincheré en mi dormitorio. Aterricé en la cama, bocarriba, y al mirar el techo pude comprobar que el felino se había deslizado por la rendija de la puerta. Allí estaba de nuevo, dibujado en la suciedad del gotéele como un destino fatal en el poso del té.

Clavaba sus ojos en mí, intentando perforarme el vientre con ellos. Yo también clavaba mis ojos en él. Lo vigilaba. Era el guardián del elixir de la gaviota.

Pero mi mirada flaqueaba. Los párpados se empezaban a derrumbar como paquidermos malheridos. El techo se volvía oscuro, difuso, desenfocado, incierto... Las manchas se diluían en las tinieblas.

El león empezó a moverse. Sabía que yo ya no podía verlo. Pero podía escuchar... Escuchaba sus pisadas a través de la pared. Mis oídos permanecían despiertos. El elixir de la gaviota les concedía una sensibilidad casi dolorosa. Podía escuchar el crujir de la madera de los muebles, el agua arrastrándose por las cañerías, el crepitar de la ropa, meciéndose en las perchas del armario. Escuchaba a los mosquitos, que zumbaban por todos los rincones de la habitación. Había cinco. Cada uno producía un zumbido diferente. Era cuestión de matices. Y entre esa jungla de matices, se adivinaban las pisadas del león... acercándose... acercándose... cada vez más burdo... cada vez más confiado... creyendo que su presa había desistido...

Pero no... El guardián del elixir de la gaviota no puede desistir.

No necesitaba los ojos. Mis oídos me susurraban la ubicación del enemigo. Ora lo escuchaba a mi izquierda, y mi memoria agrupaba siete manchas que conocía, hasta descubrirle en la pared. Luego saltaba al muro de la derecha, y se deslizaba entre las constelaciones de suciedad, hasta colocarse justo encima mía. Sentía su aliento. El aliento del moho de las manchas. Escuchaba el crepitar de la pared, al predador que se arrastraba, relamiéndose, escrutando mi vientre. Percibí cómo se replegaba para saltar. Cómo se disponía a dar el paso decisivo, el golpe de gracia, el ataque sin vuelta atrás.

Era el momento.

Me incorporé. Bruscamente. Empecé a asestar cabezazos a la fiera. Podía escucharlo todo. El crujir de la madera. Los mosquitos. Los quejidos del león, cogido por sorpresa. El choque de mi cráneo contra la pared, una y otra vez.

La excitación me hizo abrir los ojos nuevamente. Vi cómo mi sangre teñía el muro. Cómo ahogaba las manchas con su brillante rojo. Vi al león ahogándose en mi mar de sangre. Intentaba abrirse paso entre las manchas de la pintura, pero mi sangre era resbaladiza, y le hacía tropezar una y mil veces. Mi sangre era demasiado limpia, y no lograba encontrar en ella ninguna mancha en la que poder alojarse. Jamás había sido tan difícil encarnarse en algo encarnado.

Mi sangre estaba limpia, porque la sangre de la gaviota la contaminaba.

Y mi cabeza seguía golpeando, como el badajo de una campana. Tañendo un réquiem. Tiñendo una mortaja.

Habría sido más sencillo golpear con los pies, o con los puños. Pero la sangre de la cabeza era más pura. Y es la pureza lo que mata al león. La pureza de esa sangre, brillante como el carmín de la virgen María.

Vacié toda la sangre de mi cabeza sobre aquella pared.

Caí de nuevo en el colchón, y mi última visión fue la del león convulsionándose en el océano rojo.

La última visión del león fue mi propia muerte.

Pero yo no me convulsionaba. Yo estaba tranquilo. Porque yo era el guardián del elixir de la gaviota.

Fuerteventura. 28 de agosto de 2006.

UNA CANCIÓN DE CUNA PARA ELÍAS

El pequeño Elías nació con los ojos abiertos. Demasiado abiertos. Acaso tenía miedo de cerrarlos. Acaso temía parpadear y volver a despertar en la barriga. Nueve meses de oscuridad son mucha oscuridad.

La primera noche, el llanto del bebé consiguió desgarrar el hospital entero. La segunda noche tampoco pegó ojo, y las enfermeras fueron palideciendo y enfermando, una por una, en el intento de dormirlo.

La madre de Elías llegó a la conclusión de que al niño no le gustaba la habitación del hospital. Por eso no dormía. En cuanto los médicos firmasen el maldito alta, se llevaría a su pequeño a la cunita nueva, recién montada, entre paredes de colores alegres, recién pintados, rodeado de muñecos de peluche, recién comprados.

Pero pasaron las semanas, y el insomnio del niño persistía. Se negaba a dormir también en casa. Y los llantos nocturnos robaban el color en las mejillas de la madre.

No recurrió a ningún medicamento hasta que los médicos le advirtieron la gravedad del caso. “Señora: Un niño de esa edad no puede aguantar tanto tiempo seguido sin dormir. Si no hacemos algo pronto, su hijo morirá antes de que termine la semana.”

No sólo hicieron algo. Hicieron todo. Probaron a disolver calmantes en el biberón. Probaron a cambiar los muebles de sitio, y la cuna de estancia, el niño de cuna. Probaron con inciensos, con músicas relajantes, y con nanas.

Cada noche, la mamá de Elías se sentaba al piano y cantaba con melodiosa voz todas las canciones de cuna que conseguía recordar. Pero el niño lloraba más alto que las cuerdas del piano.

La pobre señora dejó de ir a trabajar. Dedicó cada minuto a intentar cerrar los ojos de Elías antes de que la muerte viniese a cerrarlos con su pegamento eterno. Había perdido a su marido a los tres meses de embarazo, y no quería ni pensar en lo que significaría perder también al único recuerdo vivo que consiguió heredar de su difunto esposo.

Probó con Elías todas las drogas tranquilizantes, salvo aquéllas que, según los médicos, podían matar al niño más deprisa que el insomnio. Y seguía combinando la droga con las nanas.

Drogas, nanas, drogas, nanas, drogas, nanas, nanas, drogas...

Todo era inútil. Los ojos del niño seguían hambrientos de luz, aunque la luz se los comiese poco a poco, enrojeciéndolos. El pequeño tenía miedo a lo que había al otro lado de sus párpados, fuese lo que fuese.

Al quinto día, la desdichada madre salió a la calle para comprar más calmantes. Pálida, ojerosa, desnutrida...

Cuando apoyo la mano en el pasamanos de la escalera, para no caerse, sintió el agarre de una mano aún más delgada que la suya. Recorrió con su vista el brazo que se había posado sobre ella, y desembocó en la mirada enajenada de la vecina loca del tercero.

La vecina despegó sus labios agrietados para decir:

- No le está cantando las nanas adecuadas.

- ¿Disculpe? – contestó la madre, sin atreverse a dar crédito a sus oídos.

- Esas nanas no sirven. Anoche me lo dijo en sueños el tritón.

- ¿El tritón?

- Sí. El tritón. Me dictó una canción de cuna para usted. Aquí la tiene.

Los dedos esqueléticos de la vecina depositaron un arrugado trozo de papel sobre la mano de nuestra amiga.

- Perdone las faltas del ortografía – añadió aquella loca -. El tritón no entiende de ortografía, y yo tampoco.

Incapaz de decir nada, la madre de Elías desplegó el papel y vio unas letras infantiles, garrapateadas con lápices de colores. Eran unos versos, acompañados de un pentagrama con notas musicales.

- Gracias... – murmuró nuestra amiga, por aquello de murmurar algo.

- Tenga cuidado. Esto es como los antibióticos. No se puede tomar a la ligera. Cántele la nana al niño durante nueve noches seguidas. ¡Nueve noches! Ni una más, ni una menos.

- ¿Nueve noches? ¿Por qué nueve noches?

- Porque si la canta más de nueve noches, el niño morirá – sentenció la vecina -. Y si se olvida de cantarla durante una sola de las nueve noches, el tritón se deslizará entre los barrotes de la cuna y devorará el alma del crío.

- No le veo la gracia – respondió la madre de Elías, con toda la indignación que su cansancio le permitió recopilar.

Pero la vecina enajenada ya se perdía por las angostas escaleras, mientras murmuraba, sin mirar hacia atrás:

- No deje que el tritón se salga con la suya.

Aquella noche, mientras le calentaba el biberón a Elías, nuestra amiga no podía evitar alguna que otra mirada de reojo hacia la papelera. Recordó las amenazas de los médicos, y se dijo a sí misma que “maldita sea, nada se pierde por intentarlo.”

Rebuscó en la papelera hasta encontrar el papelito arrugado con la nana. Metió al niño en la cuna, acercó la cuna al piano, colocó el papel en el atril de las partituras... y empezó a cantar.

Era una letra extraña. Los versos de esa canción habían rapiñado los rincones más sucios del diccionario, y la música de la nana recordaba al chapoteo de un ahogado en una gruta oscura.

Mientras la cantaba, mientras sus dedos se hundían entre las teclas del piano, la madre de Elías sentía cómo una sombra demoníaca se cernía sobre el cuarto.

¡Pero la nana funcionaba!

Conforme empezó a entonar las primeras sílabas, los llantos del bebé fueron menguando. Y cuando la canción llegó a su fin, el pequeño Elías, por primera vez en su cortísima vida, estaba durmiendo a pierna suelta.

La madre lloró de alegría. Por primera vez desde que diera a luz, pudo saborear dicha luz, acompañada por una cena en condiciones.

Pero la tranquilidad no duró mucho. A los pocos minutos, nuestra amiga se dio cuenta de que el pequeño Elías se retorcía en la cuna, prisionero de terribles pesadillas.

Se pasó la noche entera arrullando al bebé, pero de nada servía. Las pesadillas le arañaban las entrañas. Y mientras mecía al pobre niño entre sus brazos, sentía una mirada fría que la observaba desde atrás. Tal vez desde lo alto del armario.

Al día siguiente, la mamá de Elías subió al tercero y aporreó la puerta de la vecina loca, para pedir explicaciones. Pero nadie respondió. La vecina no estaba. Estuvo todo el día pendiente de su llegada. Los tabiques del edificio eran de papel. La oiría llegar.

Pero nada oyó.

Se dedicó a cuidar a Elías, que observaba la habitación con sus ojos como platos, consumido por el miedo. Tal vez buscando algo que deseaba no encontrar.

Cuando la madre de Elías recordaba la noche anterior, llegaba a la conclusión de que tal vez el remedio era peor que la enfermedad. Tal vez su hijo descansaría más pasando otra noche en vela que sufriendo otra sesión de aquellas horribles pesadillas.

Sin embargo, cuando llegó la hora, nuestra amiga no dudó en volver a sentarse al piano para cantar la nana. Un miedo irracional la encadenaba a ese piano, a aquella partitura de letras infantiles, a aquel contrato invisible sin fundamento alguno.

Le resultó un poco más difícil recitar los versos esta vez. Las letras del papel, tan coloridas el primer día, ahora habían perdido parte de su brillo, y no eran tan legibles.

Una vez más, la canción de cuna cumplió su cometido de forma milagrosa. El niño se durmió, y durante los primeros minutos su carita se asemejaba a la de un ángel.

Pero pasados esos primeros minutos, las pesadillas retornaron, y a juzgar por los violentos espasmos del niño, eran más intensas que las de la noche anterior.

Los cuidados de la madre volvieron a ser inútiles. Y la mirada fría seguía presintiéndose desde lo alto del armario. Cada vez que la madre giraba la cabeza, escuchaba un chapoteo rapidísimo... para encontrar vacío el hueco que había entre el techo y el armario.

Cuando llegó la tercera noche, la madre de Elías no dudó en repetir la ceremonia. Las letras de la nana aparecían más descoloridas todavía, y cuando llegaron la pesadillas del bebé, parecían más bestiales y crueles que las del día anterior.

La sensación de que algo observaba desde la parte alta del armario persistía. La madre, resignada ya a no poder hacer nada para ayudar al crío, se ausentó unos segundos para lavarse la cara en el baño. Cada vez le costaba más permanecer despierta.

Cuando regresó al salón, adivinó una silueta oscura, encaramada en una esquina de la cuna, como una gárgola, observando al bebé con dos ojos chispeantes como cigarros encendidos. La silueta brillaba de una manera insana, pero nuestra amiga no la pudo contemplar durante más de un segundo, porque el extraño ser acusó su presencia y saltó como una rana hacia el oscuro hueco del armario.

La madre corrió hacia la cuna, descompuesta. Comprobó que el niño seguía intacto, aunque atormentado por su sueño negro.

Cuando examinó la parte de la cuna en la que se había posado la silueta, encontró una sustancia viscosa que se adhería a los barrotes y a las sábanas. Era el tritón. Había estado allí.

Desde entonces, nuestra amiga no se atrevió a dejar solo al bebé. Y tampoco se atrevió a dejar de cantar la nana ni una noche. Ahora estaba segura de que la vecina no mentía. Si no cantaba la canción durante nueve días seguidos, el tritón vendría a devorar el alma de su pequeño Elías.

Cada mañana aporreaba la puerta de la vecina. Pero la respuesta era siempre la misma. Silencio. Y un cuchicheo de patas de cucaracha al otro lado de la puerta.

El pequeño Elías no parecía llevar bien todo aquello. Era un despojo diminuto entre las sábanas. Más delgado y demacrado que en sus primeros días de insomnio.

Las letras que componían la nana seguían borrándose poco a poco en la arrugada superficie del papel. Y la mamá de Elías lo tenía cada vez más difícil para cantar la nana sin equivocarse. Pero seguía intentándolo, noche tras noche, pues nueve noches de pesadillas no eran nada comparado con el horror de que el tritón viniese a devorar el alma de su hijo.

Cada noche, la nana era más difícil de cantar. La letra se iba desvaneciendo. Suspiro de un fantasma. Y los propios ojos de la mamá de Elías estaban cada día más y más cansados. Los dedos cada vez más torpes entre las teclas del piano.

Y tampoco era sencillo entonar aquellos versos sabiendo que con ellos llegaba el sufrimiento que atormentaba a Elías. La tónica era invariable. Cada día, pesadillas más violentas que las del día anterior. Si las cosas seguían así, era probable que el corazón del niño estallase antes de llegar a la novena noche. Pero el tritón observaba, y esperaba el más leve descuido en el proceder de la madre. Esperaba que confundiese las palabras de la ilegible partitura. Esperaba que cayese dormida encima del piano. Esperaba cualquier error, cualquier flaqueza, para llevarse el alma de Elías a su guarida húmeda.

Elías llegó con vida a la novena noche. Pero era una vida similar a la de los rastrojos que crecen a la sombra de una lápida. Era un esqueleto cubierto de cera de vela, con dos ojos febriles que ni estando cerrados habían conocido el descanso.

La madre acercó la cuna al piano. Echó una mirada de reojo hacia lo alto del armario, y a través de la oscuridad desafió al tritón.

Desplegó la partitura arrugada en el atril. Las letras ya se habían borrado casi enteras, pero a esas alturas nuestra amiga se las sabía de memoria.

Luchó por no desfallecer. Inhaló el aire viciado de la estancia, miró a su hijo con el rabillo del ojo...

... y comenzó a tocar.

Sentía la mirada del tritón, siempre alerta para cazar gazapos. Sentía esos dos ojos crueles, que desfilaban una y otra vez de ella a la cuna, y de la cuna a ella.

Pronunció por novena vez aquellas letras infernales. Desgranó aquellas notas musicales que parecían compuestas para el gaznate de los cuervos. Los cansados llantos del niño se desvanecían...

La madre de Elías estaba mareada. Sus dedos temblaban. Su lengua estaba seca...

Pero no se equivocó ni una sola vez. Recitó el punto final, y cayó desmayada sobre el piano, mientras escuchaba los débiles jadeos del niño, inmerso en insoportables pesadillas. Mientras escuchaba al tritón arrastrarse vencido, abandonando la estancia por alguna oscura cañería.

Ya era de día cuando despertó. Se arrastró hasta Elías, con una incertidumbre agónica. Palpó al niño con manos desquiciadas, hasta sentirlo latir y respirar.

Había vivido... El pequeño Elías lo había conseguido. Mamá lo levantó para que le diera la luz del sol. Lo besó en la frente y, al retirar los labios, pudo leer la mirada del bebé. Había sobrevivido, sí. Pero no parecía demasiado contento de haberlo hecho. Al otro lado de sus ojos se adivinaban los posos que habían ido depositando todas aquellas noches de sueño negro.

La madre de Elías se dio cuenta de que las pesadillas se habían adherido a su hijo como lapas, y le acompañarían dondequiera que fuese. Se dio cuenta de que el pequeño Elías jamás podría escuchar la voz de su madre sin estremecerse, porque era la misma voz que había cantado aquella nana durante nueve noches.

Nuestra amiga, extenuada, con dos ojos vidriosos como abortos acunados por ojeras malvas, acarició las teclas del piano, y acarició también una siniestra idea.

¿Qué dijo la vecina sobre cantar la nana más de nueve veces?

Fuerteventura. 29 de agosto de 2006.

TABULA RASA

Herminio Sanz no era el hombre más mediocre del planeta por una sencilla razón: Era tan mediocre que existían millones de desgraciados como él.

Se consumía a fuego lento en un trabajo anodino, sin posibilidades de ascenso. Se dedicaba a redactar informes que no importaban a nadie, y era muy bueno haciéndolo, aunque eso era algo que los directivos de la empresa jamás apreciarían. Porque esos directivos ni siquiera sabían que Herminio trabajaba para ellos. Su superior inmediato, el señor Cifuentes, se encargaba de atribuirse todos los méritos ante las altas esferas.

La vida de Herminio Sanz se parecía cada vez más a un callejón sin salida, y en ello pensaba el pobre oficinista aquella noche, de regreso al hogar, cuando unos gritos procedentes de otro callejón interrumpieron el hilo de sus tristes pensamientos.

Herminio Sanz se detuvo ante el callejón oscuro. Parecía la garganta de un lobo. Un lobo que gritaba con desesperación, suplicando socorro.

Haciendo acopio de valor, Herminio se asomó al callejón, y lo que vio le revolvió las tripas:

Dos hombres de alrededor de treinta años pateaban con violencia el cuerpo de un anciano. Y el pobre anciano, envuelto en un abrigo mugriento, se retorcía, sin poder responder a la paliza con otra cosa que resignación y quejidos guturales.

- ¡Dejad a ese hombre inmediatamente, si no queréis que llame a la Policía! – se oyó decir a sí mismo Herminio Sanz. Y él fue el primer sorprendido al escuchar su voz, porque nunca se había considerado un hombre con coraje.

Los dos agresores parecían casi tan sorprendidos como él, y huyeron corriendo por una bocacalle que bostezaba en mitad del callejón, como una herida negra, mal curada.

A Herminio Sanz le llamó la atención la conducta de uno de los atacantes. Antes de huir, escupió sobre el anciano, mientras mascullaba para sus adentros: “Maldito brujo”.

Cuando los pasos de los dos hombres sonaban ya a lo lejos, Herminio se acercó al anciano y lo ayudó a incorporarse.

- ¿Se encuentra bien, abuelo? ¿Quiere que lo acompañe al hospital?

El viejo depositó en Herminio una mirada que despertaba escalofríos.

- No se preocupe, buen hombre. No necesito un hospital, y eso es algo que tengo que agradecerle a usted.

- Entonces le acompañaré a su casa.

- Preferiría que me acompañase usted a otro lugar.

- ¿Qué lugar?

- Ya lo verá. Sólo quiero saldar mi deuda con usted.

- Muchas gracias, señor. Pero si lo que quiere es invitarme a un trago, tal vez no sea la noche adecuada. Tengo que madrugar mañana, y...

- Nada de tragos – le interrumpió el anciano -. Estoy hablando de cosas más importantes. No parece usted un hombre contento con su vida...

Herminio quiso desmentir aquella afirmación, pero su mirada le traicionó al instante.

- Todo puede remediarse – aseguró el desconocido -. Vamos, acompáñeme. No se arrepentirá.

Herminio Sanz siguió al anciano por callejuelas malsanas. Aquello no le divertía en absoluto, pero no se atrevía a abandonar al anciano a la intemperie.

De todos modos, aquel viejo daba la impresión de saber cuidarse solo. Guió a Herminio por las entrañas la ciudad, y las entrañas de la ciudad dieron paso a las afueras de la ciudad. Luego las afueras de la ciudad dieron paso al campo abierto, y el campo abierto se fue convirtiendo en campo cerrado.

Cada vez que Herminio intentaba protestar, el anciano le respondía, sin mirarle:

- Concéntrate en memorizar el camino. Lo necesitarás.

Y era cierto. Del mismo modo en que el caracol deja su estela al caminar, los pasos de aquel viejo construían un laberinto entre los árboles del campo. Tuvieron que bordear recodos, atravesar vayas, cruzar puentes cochambrosos, desandar riachuelos, contar doscientos trece desde una piedra extraña...

Y después de dos horas de camino, desembocaron en un siniestro valle.

- Es aquí – dijo el anciano.

Y ésas eran dos palabras que a Herminio Sanz nunca le había gustado asociar con valles tenebrosos.

Descendieron las escarpadas laderas del valle, hasta llegar a...

- ¿Un cementerio? – preguntaron los temblores que componían la voz de Herminio Sanz.

El anciano no se molestó en contestar. Las lápidas torcidas, sembradas por doquier, se dedicaban a responder por él.

- ¿Por qué me ha traído aquí?

- No tenga miedo. Sólo quiero devolverle el favor. ¿Ve usted esas tres lápidas de ahí? Ahora son suyas.

- No le entiendo...

El viejo señaló tres de las lápidas. Estaban las tres juntas, en un rincón del cementerio.

- ¿No encuentra nada peculiar en esas lápidas? Vamos, mírelas bien.

Herminio se acercó a ellas intrigado, y enseguida detectó la diferencia. Todas las lápidas tenían grabados los nombres de los difuntos que yacían en las tumbas. Todas menos esas tres. Esas tres estaban lisas, sin ningún nombre esculpido en la superficie de la piedra.

Se lo hizo notar al anciano, y éste asintió.

- Muchos hombres han conocido este lugar antes que tú – prosiguió el viejo -. Y todos ellos llegaron a ser célebres. Ahora sólo quedan estas tres...

- Creo que no lo entiendo.

- No se moleste en entender. Sólo tiene que aceptar mi regalo. Ahora estas tres lápidas son suyas.

- ¿Para qué quiero tres lápidas?

- Oh... Son muy útiles. Si las usa sabiamente, podrán ayudarle a prosperar. Ya ha visto que estas lápidas están en blanco. Todos tenemos por ahí algún enemigo, o algún indeseable que no nos deja medrar como nos merecemos. Cada vez que uno de ellos aparezca en su vida, venga aquí, elija una de estas lápidas, y grabe en ella el nombre de su enemigo. Luego, justo debajo del nombre, escriba también la fecha exacta en que desea que ese individuo deje de... ya sabe... entorpecerle... Pero debe seleccionar bien a sus enemigos. Una vez agote las tres lápidas, se acabó el chollo.

Herminio Sanz miró las tres piedras con incredulidad.

- Mire... – contestó -. Supongo que esto le resulta divertido, pero ya le he dicho que mañana tengo que madrugar, y cuando no duermo mis ocho horas de sueño no soy persona... Permítame acompañarle a su casa y...

Herminio no pudo continuar. Las palabras se le quedaron petrificadas en la boca, porque al volverse para mirar al anciano, descubrió con estupor que ya no estaba allí.

Estuvo buscándolo y llamándolo durante diez minutos. Finalmente, al ver que no recibía otro fruto que silencio, decidió emprender el camino de regreso.

No consiguió dormir las malditas ocho horas, y eso hizo su jornada laboral todavía más inhóspita de lo normal. Maldecía para sus adentros al anciano, y maldecía todavía más a su superior, el señor Cifuentes, que se quejaba de la torpeza del somnoliento Herminio de un modo muy grosero.

Allí estaba aquel cabrón, con su calva prematura y su bigote, siempre encargándose de que los méritos de Herminio Sanz no llegaran a oídos de los jefes. Siempre minimizándole, sometiéndole...

... entorpeciéndole...

Cuando llegó la noche, Herminio tuvo como compañero de almohada un insomnio de ésos que le meten a uno ideas raras en la cabeza.

“¿Por qué no?”, le dijo Herminio Sanz a Herminio Sanz.

Y un cuarto de hora más tarde, nuestro amigo recorría de memoria el camino hacia el cementerio del valle perdido, con una bolsa que contenía una linterna, un martillo y un cincel.

Nada se perdía por intentarlo. Sólo las malditas ocho horas de sueño que no iba a poder dormir de todas formas.

Llegó al cementerio, encontró las tres lápidas huérfanas y se agachó junto a ellas. Eligió la de la izquierda, por aquello de respetar el orden impuesto en occidente, y haciendo gala de la torpe caligrafía de quien no está acostumbrado a manejar el martillo y el cincel, talló en la piedra el nombre del señor Cifuentes.

Lo cierto es que Herminio Sanz no se tomaba en serio todo aquello. Para él sólo era un juego, un acto simbólico, una terapia psicoanalítica sin receta médica.

Bajo el nombre de su superior, escribió una fecha que correspondía a “dentro de tres días”.

A la mañana siguiente, un legañoso Herminio escuchó en la oficina que el señor Cifuentes se iba de vacaciones a un crucero por el mediterráneo. Antes de marcharse, el muy cerdo se aseguró de atiborrar a nuestro amigo con una buena dosis de trabajo extra.

Tres días más tarde, llegó la noticia. El señor Cifuentes resbaló en la cubierta del barco, debido a una canicas que un niño olvidó allí. Se despeñó por la borda, y la señora de Cifuentes contempló con impotencia cómo su marido se convertía en un ahogado, y cómo el ahogado se convertía en un puntito en el horizonte. Intentaron parar el barco, pero las máquinas no respondían.

El cuerpo del señor Cifuentes jamás apareció.

Herminio Sanz no tuvo tiempo de sentirse culpable. En la empresa necesitaban a alguien que cubriese el puesto del fallecido, y los directivos decidieron conceder esa oportunidad a nuestro amigo.

Ubicado por fin en un puesto que le permitía demostrar su valía, Herminio ascendió como espuma de champán. Escaló el organigrama de la empresa sin arrugarse la ropa demasiado. En menos de dos meses, almorzaba con la cúpula directiva, en menos de dos años, pertenecía a dicha cúpula, y en menos de tres años, era la cúpula la que le pertenecía a él.

Herminio Sanz celebraba sus logros, uno tras otro. Y todo aquel que lo veía brillar con luz propia era testigo de que se merecía dichos logros. Pero en las noches de insomnio, nuestro amigo recordaba que todo ello había sido posible gracias a un “inesperado golpe de suerte”, y lo que más inquietaba a Herminio, era no saber si tenía que agradecer aquella suerte a Dios o al Diablo.

Transcurrieron otro par de años antes de que apareciese otro de esos enemigos insalvables.

En su meteórica carrera hacia el paraíso de los magnates, nuestro amigo había tropezado con cientos de enemigos, pero siempre había sabido cómo quitárselos de en medio sin recurrir a sucias artimañas.

Con el señor Arístides la cosa era distinta.

Porque Arístides era el presidente de una de las multinacionales más poderosas del país, y esa multinacional había decidido convertirse en competidora directa de la empresa de Herminio.

Nuestro amigo aguantó varios meses, contemplando cómo la multinacional del señor Arístides devoraba poco a poco todo lo que él había conseguido en aquellos años. Los índices de beneficios caían en picado. Los clientes emigraban. Los accionistas exigían la cabeza de Herminio Sanz para merendar...

Y una noche, muy a su pesar, Herminio Sanz sacó de los altillos del armario la linterna, el martillo, el cincel...

El camino hacia el valle seguía siendo el mismo, y el valle también.

Herminio sintió un escalofrío al contemplar la lápida de la izquierda. Con el nombre Cifuentes esculpido por una torpe mano, y unas extrañas flores, de un color amarillo y doloroso, que habían nacido a la sombra del nombre infortunado.

Nuestro amigo se agachó frente a la lápida central. El cincel chirrió al rozar la piedra virgen. Y el martillo golpeó, una vez, dos veces, tres veces, cuatro veces... Todas las veces necesarias para perforar el corazón de un hombre.

Una hora después la lápida central ya tenía nombre, y también fecha. La fecha correspondiente al día siguiente.

Y el día siguiente llegó con una noticia que puso todos los periódicos al rojo vivo. La casa del señor Arístides se había incendiado. Una cerilla mal apagada en el cenicero, un golpe de viento inesperado, una botella de coñac que cae al suelo en el peor momento, impregnando una cortina... Unas llamas hambrientas de besos. Besos ardientes, y extremadamente contagiosos.

Cuando los bomberos consiguieron apagar el fuego, nadie fue capaz de diferenciar el cuerpo del señor Arístides del resto de la ceniza negra.

La multinacional del difunto se tambaleó, y Herminio Sanz terminó comprándola. Y después de ésa, compró otra, y otra, y otra... Se convirtió en uno de los hombres más poderosos del planeta, y compraba multinacionales con la misma facilidad con que nosotros compramos galletas en el supermercado.

Y no sólo multinacionales. También compraba yates, mansiones, islas vírgenes, esposas, amantes, y políticos.

Conforme convertía el planeta entero en su propio palacio de cristal, llegaba a la conclusión de que jamás necesitaría la tercera lápida. Los tiempos de recurrir a magias negras habían quedado en el pasado. A esas alturas, Herminio Sanz era demasiado grande para poder tropezarse con un enemigo que no fuese capaz de aplastar con su zapato.

Pero un día, ese enemigo apareció. Se llamaba cáncer de piel.

Herminio probó todos los tratamientos. Todos los cirujanos. Todas las medicinas.

No daba resultado. A veces el cáncer se va por donde ha venido, pero en el caso de Herminio Sanz, la enfermedad decidió que no había motivos para abandonar a un huésped tan lujoso.

“Este tipo es la casa de mis sueños”, dijo el cáncer de piel.

Herminio se lamentaba en la soledad de su titánico despacho. Justo ahora, cuando tenía todo lo que un hombre era capaz de soñar, venían a arrebatarle el tiempo que necesitaba para poder disfrutar de todo ello.

Si tan sólo pudiese comprar algo de tiempo... Pero eso era lo único que la tarjeta de crédito de Herminio no podía conseguir.

Entonces se encendió una chispa en el cerebro de Herminio, y recordó que cuando el dinero fallaba, tal vez la magia podía echarle un cable.

La idea que galopaba en su cabeza era descabellada pero, una vez más “nada se perdía por intentarlo”.

Cogió la linterna, el martillo y el cincel. Recorrió aquel camino que sólo unos pocos hombres célebres habían conocido, y descendió hacia las tinieblas de aquel siniestro valle.

Las dos primeras lápidas seguían allí, adornadas por aquellas flores amarillas que crecían al amparo de la desgracia ajena. Herminio se arrodillo ante la tercera tumba. Alzó el cincel, que esta vez tiritaba más inseguro que nunca ante la roca... y comenzó a esculpir.

Escribió en la lápida número tres su propio nombre. Luego pensó en cuántos años le apetecía vivir. ¿Doscientos años? Sí... Doscientos estaba bien. Más de eso podría resultar desesperante.

Terminó el trabajo con una mezcla de esperanza y agonía. Si aquello funcionaba, el cáncer remitiría, o al menos le concedería una tregua. Y él conocería exactamente la fecha de su muerte. Un día concreto dentro de doscientos años. En dos siglos daba tiempo a disfrutar de muchas cosas. De ordeñar las ubres de la vida hasta exprimirle todo el jugo...

Aguardó de pie, en lo más hondo del cementerio. Miró su piel, y a los pocos minutos comprobó cómo las manchas del cáncer se desvanecían.

Se vio invadido por un júbilo infantil. ¡Había funcionado! Había comprado dos siglos más de vida. Volvía a ser una persona sana.

Se dejó caer al suelo, y se revolcó entre los rastrojos, deshecho en carcajadas.

Entonces, en uno de los revolcones, la oreja de Herminio Sanz quedó pegada al suelo, justo debajo de la lápida del señor Cifuentes...

... y los escuchó.

Escuchó los gritos. El testimonio de un sufrimiento insoportable. Un concierto de balbuceos incoherentes, entre los que distinguió la voz del señor Cifuentes. No vocalizaba bien las palabras, pero el tono de los chillidos no dejaba lugar a dudas: Estaba pidiendo ayuda.

Aquello no era real. No... No podía serlo. Era sugestión. ¿No lo llaman así?

Se pellizcó. No. No estaba soñando.

Pegó la oreja al barro bajo la lápida del señor Arístides, como el indio que busca estampidas de búfalos. Pero la única estampida de búfalos eran los latidos de Herminio Sanz, mientras escuchaba los chillidos de Arístides, similares a los de la tumba vecina. Melodía de tormento, lamentos torturados que deshilachaban la cordura de cualquiera. La clase de cosas que no pueden explicarse con palabras, porque las palabras son razón, y aquellos gritos atentaban contra ella.

Las manos de Herminio Sanz cavaron hondo y rápido. La mano izquierda retiraba la tierra de la tumba de Cifuentes. La derecha quitaba lodo en la de Arístides. Conforme los agujeros se hacían más profundos, los chillidos se hacían más audibles. Y cuanto más audibles, más desgarradores.

Y llegó el temido momento. De repente, cada una de las manos de Herminio fue agarrada por otra mano. Dos manos de dos personas diferentes. Dos manos de las que sólo quedaba el esqueleto, recubierto de malolientes jirones de piel y de infinidad de insectos que devoraban sin tregua todo lo que encontraban a su paso.

Herminio se levantó instintivamente, emitiendo alaridos de terror. Al hacerlo, terminó de desenterrar a aquellos esqueletos vivientes. Eran despojos. No quedaba nada en ellos, salvo huesos y sufrimiento eterno. Los bichos los recorrían de pies a cabeza, mordisqueando. Provocando gritos y dolores que rebasaban con creces la fronteras de lo humanamente soportable.

- ¡Mátenos, Herminio! ¡Mátenos, por favor! ¡Déjenos morir! – le suplicaban al unísono los dos inquilinos de las tumbas -. ¡Déjenos descansar!

Presa de una locura febril, Herminio Sanz se deshizo en golpes con el cincel y el martillo. Con la frente bañada en sudor, con las mejillas bañadas en lágrimas de histeria, perforaba el cráneo del señor Cifuentes, y la calavera del señor Arístides.

Todo inútil.

Les hizo más agujeros que a un queso gruyere, y a pesar de ello no logró que dejasen de gritar. No pudo impedir que le agarrasen desesperadamente con sus extremidades consumidas, que le arañasen con sus metacarpos afilados, que compartiesen con él su hambrienta, interminable procesión de insectos.

Herminio Sanz se sacudió a los bichos y a los muertos. Se arrojó contra la lápida que contenía su nombre, e intentó borrarlo a cincelazo limpio. Pero por más que golpeaba aquellas letras, no conseguía dejar impresa en ellas mella alguna. El contrato se había sellado, y ahora la roca era más dura que el diamante.

Herminio Sanz cayó de rodillas, enajenado, con los gritos de sus víctimas sonando a pocos metros. Observaba el nombre de la lápida número tres, consciente de que los próximos doscientos años serían un Infierno para él o, mejor dicho... una antesala del Infierno.

Fuerteventura. 31 de agosto de 2006.

PASITOS DE HADA

El mundo siempre ha estado loco. Pero cierto día, la locura se convirtió en infierno.

Nadie conseguía recordar cuándo empezó todo. Sucedió un día cualquiera. El silencio se infiltró por debajo de todas las cosas, como una alfombra negra. Muy suavemente. Tan suave, que nadie lo advirtió hasta que fue demasiado tarde.

Todos se esforzaron en hacer ruido. Sonaron más coches que nunca en las calzadas. Tintinearon sin parar los tenedores en los restaurantes. Mandos a distancia subiendo el volumen de televisores, transistores, aparatos de música... Martillazos que golpeaban clavos que golpeaban paredes para colgar cuadros tristes en paredes vacías. El silbido de serpiente de las ollas express. Los tonos y politonos del teléfono. El chasquido de las teclas de los ordenadores...

Todo ello tocando un concierto al amparo de la batuta del desconcierto. Intentando tejer una ilusión de cacofonía descarriada. Pero de nada servía, porque bajo todos aquellos ruidos, permanecía, inamovible, aquella alfombra de silencio negro.

La gente enfermaba, enloquecía. Una tristeza insondable se aposentaba como un peso invisible en cada sonrisa, hasta invertir su curva cóncava.

Y todo era culpa de aquel silencio inhóspito. Desde que estaba allí, acechando por debajo de todas las cosas, había una región del cerebro de los hombres que no tenía con qué distraerse. Se enfrentaba a la densa alfombra negra, y el silencio llenaba las mentes de preguntas incómodas. Y las preguntas sembraban el vértigo. La gente empezaba a plantearse cosas que no están hechas para los insignificantes humanos. El intelecto se colapsaba, reflejado en aquel espejo sin fondo. Por eso la gente enloquecía, se deprimía, entristecía... dejaba de buscarle un sentido a las cosas, porque el sentido que insinuaban los susurros del silencio era inquietante, incomprensible, desbordante... La razón despeñaba por desfiladeros y desvariaba en idiomas que nunca fueron suyos. Todos acababan gritándose los unos a los otros, o gritándose a sí mismos o, en el mejor de los casos, quitándose la vida. El mundo se transformaba en un lugar inhóspito, y el descanso no hacía descansar a nadie.

Los científicos estudiaban, conjeturaban y medían, pero no encontraban ninguna solución, porque ni siquiera fueron capaces de descubrir la explicación del mal. Las mentes más brillantes del planeta no conseguían rendir bien bajo el influjo de aquel silencio omnipresente.

El tipo que realizó el descubrimiento ni siquiera era científico. Era un tío normal y corriente. Es decir, igual de extraño que cualquiera.

Conectó a la tele su cámara doméstica, para recordar a su difunta esposa en una de esas grabaciones sentimentales de la barbacoa de un domingo. Y en seguida, un pequeño alivio se aposentó en su corazón.

Al principio pensó que se debía al recuerdo de su mujer. Luego se dio cuenta de que había algo más. Aquel video doméstico estaba grabado antes de que llegase el “silencio de debajo de todas las cosas”.

El tipo acercó la oreja al altavoz de la tele. Entonces lo escuchó... y aunque hasta aquel momento no había reparado en ello, fue consciente de cuánto lo había echado de menos. Pasitos de hadas. Los sonidos inaudibles de miles de patitas en las que nadie reparaba, pero que estaban allí, produciendo una música, un susurro inconsciente. Pasitos de hada. Sonaban justo en el lugar en el que ahora estaba el silencio: Por debajo de todas las cosas.

El marido viudo subió el volumen, hasta que la estática se hizo molesta. Pero a él no le molestaba. Él se dejaba hipnotizar por los pasitos de hada. Y tras unos minutos, se dio cuenta de que aquello no eran hadas. Su memoria emocional reconoció la naturaleza de aquél ruido:

Cucarachas...

Eran las cucarachas. De repente, aquel hombre recordó cuándo empezó el silencio que hay por debajo de todas las cosas: Cuando aquella célebre empresa farmacéutica inventó aquel insecticida que erradicó a las cucarachas para siempre.

Al principio todos lo celebraron. Un mundo sin cucarachas. Parecía demasiado bonito para ser verdad. Se acabaron el asco, los crujidos desagradables bajo la suela del zapato, el desagradable cosquilleo por debajo de la ropa...

Los seres humanos nunca se pararon a pensar que aquellos bichos estaban allí por algo. Dios las había puesto allí para espantar aquel silencio con el ruido de sus patitas. Para evitar que el hombre se enfrentase al silencio que existe por debajo de las cosas; para evitar que se hiciese esas preguntas que acechan por debajo de las cosas...

Eran un regalo de Dios. Y nosotros lo habíamos exterminado.

Cuando el marido viudo comunicó su descubrimiento a las autoridades, todos se llevaron las manos a la cabeza en uno de esos gestos de “¿cómo no se nos había ocurrido antes?” Y cuando las manos se alejaron de las cabezas, todas las expresiones eran de desesperanza.

La gente empezó a visionar una y otra vez sus videos del pasado, como yonkies prisioneros de una droga. Buscando los pasitos de hada en los altavoces de sus televisores.

Se organizaron expediciones a los lugares más recónditos del planeta, en la búsqueda de alguno en el que las cucarachas hubiesen sobrevivido. No encontraron ni una. Aquel insecticida de guerra biológica se había extendido por todo el mundo, como un jinete apocalíptico anunciando el advenimiento del silencio. Del silencio que existe por debajo de las cosas.

Intentaron clonar a los insectos, pero es difícil jugar a ser Dios cuando Dios se ha enfadado contigo por rechazar su regalo.

La desesperanza se sumó a las demás locuras que fustigaban el planeta. Y pasaron varios años hasta que otro hombre atisbó una lucecilla de esperanza.

Esta vez sí se trataba de un científico. Uno de ésos que se pasan el día pegados a unos auriculares, escuchando los sonidos del espacio, buscando vida en otros planetas y galaxias.

El científico hacía girar las ruedecillas de la radio, saltando de una estrella a un quasar, de un quasar a un pulsar, de un pulsar a un sistema solar desconocido...

Y de repente...

... ¡las escuchó!

No daba crédito a sus oídos. Subió el volumen. Afinó la frecuencia girando un poco más la ruedecilla, abrió los ojos como si fueran platos, abrió los oídos como si fueran ojos... Y allí estaban...

Pasitos de hada...

La noticia del descubrimiento se difundió en cuestión de horas. ¡Habían hallado cucarachas en un satélite de un planeta de un sistema solar desconocido!

Nadie puso objeciones. Nadie discutió sobre presupuestos. La expedición se organizó de inmediato. Los mejores astronautas del mundo. Países rivales unidos por una causa común: Fletar una nave espacial que fuese hasta allí, llenase las bodegas de cucarachas, y regresase con ellas para amueblar el silencio que existe por debajo de las cosas.

La tecnología se había desarrollado muchísimo. Ya no se trataba de las lentísimas naves del siglo XXI, pero a pesar de ello el satélite estaba en un rincón lejano de la galaxia, y la nave tardaría varios años en ir y volver.

En el planeta Tierra todos contaron esos años minuto por minuto. Las pocas grabaciones del pasado no bastaban. Aquellos hexápodos de inquietas antenitas eran esperados y venerados como dioses minúsculos.

Cuando los radares detectaron a la nave espacial aproximándose, en el camino de regreso, las multitudes se aglomeraron en el lugar de aterrizaje. Canciones, champán, expectación... y muchas otras cosas que no conseguían remediar el silencio que existía por debajo de las cosas... pero que eran obligadas en una tarde tan señalada como aquélla.

La nave aterrizó, provocando una tormenta de polvo. Todos clavaron los ojos en la rampa, que se abría lentamente.

Los primeros en salir fueron los astronautas. Los mejores astronautas del mundo. O lo que quedaba de ellos. Cayeron rodando por la rampa, inanimados como muñecos de trapo. Los cascos chocaron contra el suelo. El cristal se agrietó, y a través del caleidoscopio de las grietas, todos pudieron ver los rostros semidevorados, deformados por un sufrimiento de más allá de las estrellas.

Los habitantes del planeta tierra gritaron. Y entre sus gritos, oyeron cómo se aproximaban, desde el interior de la nave... pasitos de hada...

Millones y millones de pasitos de hada...

Pero esta vez tampoco se trataba de hadas...

... ni de cucarachas...

Fuerteventura. 2 de septiembre de 2006

EL ALMA DE NÄIL (primera parte)

En la capital de la isla había un doctor, pero nadie acudía a él, porque los isleños nunca se fiaron de los médicos. Cuando alguien enfermaba, obviaba al matasanos y llamaba directamente a Prick.

El bueno de Prick ni siquiera había estudiado medicina. Pero era bueno cultivando hortalizas, y la gente del lugar opinaba que alguien capaz de hacer brotar la vida en la tierra estéril de aquella isla perdida, también la podía hacer brotar en el cuerpo de un enfermo.

Nadie se había molestado en exigirle a Prick un título o diploma. Los hechos hablaban por sí solos. ¿Que una frente ardía a causa de la fiebre? Pues el bueno de Prick administraba sus improvisados mejunjes de hierbas, y el mercurio del termómetro se batía en retirada. ¿Que un tobillo se torcía? Pues las robustas manos de Prick encajaban los huesos y tendones necesarios, y el dueño del tobillo lo celebraba bailando.

Según las malas lenguas, incluso el médico de la isla acudía a Prick en secreto cuando tenía dudas con algún paciente. Es decir: Cuando él mismo enfermaba, porque el único paciente del doctor de la isla era el propio doctor de la isla.

Pero no hagamos demasiado caso a las malas lenguas. Porque las malas lenguas no siempre son buenas.

Vayamos directamente al día en que Prick supo de la enfermedad de Näil.

Era un día de lluvia gris, y Prick se dedicaba a proteger un par de plantas que eran demasiado delicadas para ese tipo de lluvia, y para cualquier tipo de lluvia en general.

Escuchó unos pasos apresurados, y cuando levantó la vista de las plantas, pudo distinguir, a través de la cortina de lluvia, al criado asiático de Näil, que se acercaba desde el otro lado de las montañas.

Cuando el criado llegó hasta la cabaña, Prick ya había sacado el chubasquero y el maletín de las hierbas. Los años le habían confirmado una gran verdad: Cuando alguien se acercaba de ese modo, el caso era grave y había que partir hacia el pueblo cuanto antes.

Tolö era un agradable pueblecito de pescadores. La casa de Näil no tenía pérdida. Era la más cercana al mar. Cuando la marea subía, las olas lamían las paredes y se limpiaban la espuma en el felpudo. Sólo así podía ser la morada del marinero más sediento de aventuras de toda la isla. Un hombre que presumía de haber atravesado los mares más grandes en los barcos más pequeños.

Pero aquellos tiempos de viajes exóticos habían quedado atrás, y ahora la única balsa en la que se subía Näil era su lecho. Un lecho que, a menos que el bueno de Prick hiciera algo, sería de muerte.

Prick siguió al criado hacia el interior de la casa. En seguida percibió el olor de ese sudor helado que la fiebre utiliza como carta de presentación.

Cuando estaba a punto de entrar en el dormitorio, la voz cansada del viejo Näil le saludó desde el interior:

- Ten cuidado con la cabeza, amigo Prick...

Prick miró hacia arriba, y entendió a qué se refería el viejo. Del techo de la estancia colgaban centenares de hilos, y cada hilo terminaba en un anzuelo.

Nuestro amigo tuvo que agacharse para que los anzuelos no se le clavasen en la cabeza. En otras circunstancias, habría resultado casi cómico. Pero era difícil reírse con el viejo Näil delante de los ojos. El marinero tenía el rostro chupado, los ojos torturados y ojerosos, los temblores de quien no es del todo dueño de sí mismo...

El ojo entrenado de Prick llegó a la conclusión de que, en efecto, el caso era muy grave.

Se acercó al enfermo y le tomó el pulso al tiempo que intercambiaban los saludos de rigor. Conforme contaba las pulsaciones, nuestro amigo dirigía la mirada hacia los anzuelos del techo. Estaban untados con una sustancia espesa cuyo olor no recordaba a ningún potingue que conociera Prick.

- ¿A qué se debe la nueva decoración? – preguntó Prick, señalando los anzuelos.

- Me lo enseñó un estúpido hechicero de no recuerdo qué isla – respondió un fatigado Näil -. Es una trampa...

- ¿Una trampa? ¿Tienes miedo de que alguien entre a hacerte daño?

- Tengo miedo de que alguien salga.

- ¿Alguien? ¿Quién es alguien?

- Yo.

- Tú no estás en condiciones de salir a ningún sitio – le aseguró Prick -. En este estado no podrías dar más de tres pasos seguidos.

- No me refiero a mi cuerpo, maldito curandero. Me refiero a mi alma.

Por eso los habitantes de la isla confiaban en Prick. Cualquier médico, al escuchar aquello, lo habría atribuido a los delirios de la fiebre. Pero el bueno de Prick sabía leer en los ojos de la gente, y los ojos de Näil no se habían perdido aún en el delirio.

Sin pronunciar una sola palabra, Prick invitó al anciano a continuar.

- Se me escapa el alma, amigo Prick. Todas las noches, cuando me duermo, la muy condenada se me sale por la boca y vuela directamente hasta el Infierno.

El bueno de Prick se limitó a asentir.

- No me crees, ¿verdad? – protestó la malherida voz de Näil -. A mí también me costaría creerlo. Pero te aseguro que las cosas que se trae este alma mía cuando regresa de sus fugas, sólo pueden crecer en el Infierno...

- ¿Cuántas veces ha ocurrido? – preguntó el bueno de Prick. Y lo hizo con una naturalidad inconcebible.

- Todas las noches, desde hace una semana... – el anciano se interrumpió para secarse el sudor frío de la frente -. Me sumergía en un sueño condenadamente profundo, y al despertar recordaba cosas horribles. No me refiero a recuerdos de verdad. Me refiero a... recordar sensaciones... supongo que me entiendes...

El bueno de Prick no se sintió legitimado para asentir.

- Y hace algunas noches puse a mi criado Weng a vigilar el dormitorio. Pondría la mano en el fuego por la sinceridad de mi criado, amigo Prick, y si él dice que vio cómo mi alma salía por la boca y escapaba por la rendija de la ventana, así tuvo que ocurrir – los ojos de Näil se cerraron de puro agotamiento -. Por eso mandé colocar esos anzuelos, tal como me enseñó aquel hechicero idiota... no recuerdo en qué isla...

Prick dirigió una mirada hacia los hilos del techo, y una única palabra escapó de sus labios.

- ¿Funciona?

- Más o menos – respondió Näil -. Algunas veces la muy perra esquiva los anzuelos y se escapa, pero otras veces pica en la trampa y se queda ahí, colgada como un trapo, hasta que el sol se asoma por el horizonte. No es bueno para el alma eso de retorcerse en un anzuelo. Acaba con más agujeros que un colador, y eso no puede ser saludable. Pero lo otro, amigo Prick... lo otro es peor...

Por unos instantes, Prick dudó de la cordura del paciente. Así que decidió hacer lo más sensato:

Comprobarlo con sus propios ojos.

Aquella noche se instaló con Weng en una esquina de la habitación, y los dos hombres se dedicaron a vigilar al marinero.

Los anzuelos se mecían suavemente sobre las cabezas, empapados en aquella sustancia extraña y pegajosa.

Prick y Weng permanecieron en silencio, esperando a que el sueño se apoderase de Näil. Tardó poco en dormirse, pues el cansancio superaba al miedo. Los ronquidos empezaron a resonar por toda la estancia y, de repente, en mitad de uno de esos ronquidos... sucedió...

El bueno de Prick no daba crédito a sus ojos. Una cosa traslúcida y brillante comenzó a salir por la boca del anciano. A Prick le recordó a uno de esos trucos en los que el mago hace salir un pañuelo de la boca de alguien. Pero en esta ocasión el pañuelo parecía dotado de vida propia, y era bastante más inconsistente que cualquier trozo de trapo. “Es como la gasa de un vestido de novia”, pensó Prick. “Aunque los vestidos de novia no brillan en la oscuridad...”

Aquella luminosa serpiente de tul abandonó su madriguera y se desplegó por los aires como una medusa. Luego empezó a desplazarse por el cuarto como si bucease en un mar invisible, buscando un lugar por el que salir.

De repente, en uno de sus movimientos, aquella cosa quedó prendida en un anzuelo. Empezó a agitarse como si fuera un pez. Así estuvo toda la noche. Quejido de luz y éter. El cuerpo del marinero, mientras tanto, yacía en el camastro tan rígido e inmóvil como el mejor de los cadáveres.

Pasaron horas, y Prick las invirtió en estrujarse el cerebro, tal vez buscando soluciones; tal vez intentando asimilar aquel fantasmagórico espectáculo.

- Sol regresa – anunció el criado de buenas a primeras, interrumpiendo las reflexiones de nuestro amigo.

Cuando los rayos del astro rey atravesaron la ventana, Weng se levantó y desenganchó el alma de Näil de aquel anzuelo. El alma, o lo que demonios fuera, regresó automáticamente a su madriguera. En cuanto se hubo introducido por la boca del marinero, éste recobró el movimiento y abrió unos ojos tras los cuáles se adivinaba un nuevo y punzante dolor de espíritu.

Durante toda la mañana, Prick estuvo probando sus hierbas medicinales sin resultado alguno. Ya pasado el mediodía, los ojos del curandero se encendieron con el brillo de una idea.

- Mi querido Näil – empezó, dirigiéndose al enfermo -. Si te dijese que ello ayudaría a remediar tu mal, ¿te atreverías a permitir que tu alma escapase por la ventana una vez más?

El marinero lo sopesó durante varios minutos. Finalmente, asintió con un gesto tembloroso.

- No me agrada la idea de volver al Infierno – contestó -. Pero si alguna vez he confiado en un hombre, amigo Prick, ese hombre eres tú.

Sin detenerse a pensarlo dos veces, Prick mandó al criado a comprar el sedal más largo que pudiese encontrar. Mientras Weng se ocupaba de buscarlo, él descolgó todos los anzuelos que pendían del techo.

Cuando llegó la noche, la habitación estaba lista, y la ventana abierta. Aquel dormitorio era la pista de despegue ideal para el alma de Näil.

Prick y Weng aguardaron en un rincón, armados con un anzuelo. Un anzuelo impregnado de aquella sustancia pegajosa y amarrado al sedal más largo que se vendía en la isla.

Se hizo el silencio, luego el silencio se vio inundado de ronquidos, y uno de ellos catapultó el alma de Näil hacia el mundo exterior.

Aquella cosa se detuvo unos cuantos segundos, flotando a pocos centímetros del cuerpo del viejo. Parecía estar escrutando, analizando los posibles peligros... Al comprobar que habían desaparecido los anzuelos, se encaminó hacia la ventana abierta.

- Ahora – susurró Prick.

Y el criado, haciendo gala de una puntería bien entrenada, lanzó el anzuelo hacia el alma de Näil, alcanzándola justo cuando traspasaba el umbral de la ventana.

De esa manera, el alma quedó amarrada al sedal, y los dos hombres salieron de la casa, siguiendo de cerca a aquella gasa luminosa, como quien pasea a un perro o maneja una cometa.

Cada vez que el alma intentaba viajar más rápido que ellos, tiraban del sedal y la frenaban. Pero el alma de Näil no desistía, y proseguía en su camino hacia vete a saber dónde.

Aunque Prick era un hombre razonable, llegó a albergar el temor de que el viejo estuviese en lo cierto, y la excursión desembocase en el Infierno. Casi sintió alivio cuando comprobó que los tirones del sedal lo encaminaban hacia la playa.

Cuando llegaron a la orilla del mar, la prisionera se empeñó en sobrevolar las olas, mar adentro.

- Creo que necesitaremos una barca – murmuró el bueno de Prick para sí mismo.

Y el criado Weng, dándose por aludido, arrastró la barca más cercana hacia las aguas.

Navegaron durante horas por las aguas oscuras. El alma los guiaba, tirando impetuosamente del sedal.

Prick y Weng remaban bajo una luna que no alumbraba demasiado. No vieron los arrecifes hasta chocar con ellos. La barca se tambaleó, víctima de un terremoto en miniatura.

- ¿Todo bien? – preguntó Weng a nuestro amigo.

Prick asintió.

- Espero que no se haya dañado el casco.

Revisaron la embarcación, y lo más serio que encontraron fue un rasguño. Suspiraron aliviados al comprobar que la embarcación aguantaría el viaje de vuelta.

Pero cuando alzaron la cabeza, los dos dieron un respingo simultáneo. El alma de Näil había desaparecido tras una esquina del arrecife, alejándose todo lo que el sedal le permitía.

- ¡Vamos! – urgió Prick.

Y los dos se asomaron a través de aquella esquina rocosa, sin saber que lo que les aguardaba al otro lado prometía dejarles tan de piedra como aquellas rocas frías en las que se apoyaban.

Una mujer...

Eso es lo que encontraron al otro lado de la esquina. Una mujer muy pálida, postrada entre los salientes del arrecife. Una mujer desnuda, que habría sido preciosa de no ser por su aspecto tan poco saludable. Una mujer de mirada tan vacía como la de los peces que se arrastraban en los charcos, bajo sus pies descalzos.

El alma de Näil aterrizó junto a la mujer, que la miró con sus ojos de pescado muerto, mientras le desenganchaba el anzuelo con un primor autómata.

La expresión de Weng se tornó horrorizada, estupefacta... Nuestro amigo Prick, que sabía leer en los ojos de la gente, adivinó al instante que no era la primera vez que el criado se encontraba con aquella persona.

- Mirna... – murmuró el asiático, y su voz era el vivo retrato de la incredulidad.

Prick no tuvo tiempo de interrogar al criado, porque justo en ese momento, la mujer se arropó con el alma de Näil, como si de un chal se tratase, y se zambulló en uno de los charcos que había en el arrecife.

Los dos hombres corrieron hacia el charco, pero llegaron tarde. La mujer había desaparecido en las profundidades del charco, y eso era algo difícil de entender, porque el agua apenas llegaba para cubrir los tobillos.

Pasaron toda la noche junto a la orilla del charco, haciendo guardia. Prick intentó interrogar al criado sobre aquella mujer que, al parecer, respondía al nombre de Mirna. Pero Weng parecía haber entrado en estado de shock, y era incapaz de articular palabra.

Nuestro amigo comprobó una y mil veces la profundidad del charco. El agua cubría solamente unos pocos centímetros, y por debajo de ella había roca dura, cubierta de líquenes. El hecho de que una mujer se sumergiese en él era algo que desafiaba a toda lógica.

No sucedió nada digno de mención hasta que el sol empezó a asomar allá en el horizonte. Segundos antes de que los rayos solares bañasen el arrecife, la misteriosa mujer volvió a salir del charco, aún arropada por el alma de Näil, que se ajustaba a su cuerpo sinuoso como una capa de luz.

La desconocida se desplomó junto al borde del charco, tosiendo y vomitando agua de mar.

En cuanto recibió la luz del día, el alma de Näil abandonó a la joven para emprender el camino de regreso hacia su dueño. Ella intentó agarrarla con sus brazos enclenques, pero cuando los dedos de su mano consiguieron cerrarse en torno a algo, ese algo era aire.

Nuestro amigo Prick la observaba estupefacto, desde el otro extremo del charco. La pobre perdía su vacua mirada en ese aire que se le escurría entre los dedos.

- ¿Se encuentra bien, señorita? – preguntó el bueno de Prick, mientras bordeaba el misterioso charco.

La joven se estremeció al reparar en él, y saltó hacia el mar emitiendo un sonido torturado.

El curandero se quedó mirando al mar durante varias horas, hipnotizado. Quizá esperaba ver el cadáver de aquella pobre joven cabalgando en una ola hacia un afilado destino con forma de roca. Pero el cuerpo no llegó a aparecer.

Cuando Prick y Weng regresaron a la casa del pescador, lo encontraron más febril que el día anterior. Su alma, una vez más, había regresado cargada con un equipaje indeseable.

- Espero que esto haya servido de algo – dijo Näil cuando vio entrar al curandero -. Ya no me reconozco – su voz era la voz de alguien que ya no tiene fuerzas de vivir -. Mi alma está sucia, Prick... la siento sucia... ha pasado por lugares que no están hechos para el alma de los hombres. Dime que esto ha servido para algo. Dímelo, por favor...

El curandero depositó su límpida mirada sobre los ojos del viejo. Esperó a que se callase, y finalmente le preguntó con una amabilidad sombría:

- ¿Sabes algo de Mirna?

El viejo Näil apartó la mirada, avergonzado. Un remordimiento lejano le contrajo los músculos del rostro.

- Ay, mi querido Prick – empezó -. Siéntate en la silla más cómoda que encuentres. Voy a contarte una historia:

Continuará...

Fuerteventura. 7 de septiembre de 2006

EL ALMA DE NÄIL (segunda parte)

LA HISTORIA DE NÄIL: LA HISTORIA DE MIRNA

Cuando el mar se enfada con un barco y decide convertirlo en palillos de dientes, ya no hay nada que hacer. Salvo buscar un buen tablón al que agarrarse y rezar para que no vengan los tiburones.

Los malditos escualos saben que donde hay palillos de dientes, hay comida. Y el mar es un mantel en el que nadie respeta los buenos modales.

Aquella noche, el mar se enfadó. ¡Ya lo creo que se enfadó!

La tormenta derribó el palo mayor, el palo mayor derribó el palo menor, el palo menor derribó el puente de mando... y así el barco fue derribándose a sí mismo, de una manera que me recordó a aquellos accidentes en cadena. Sí... Aquéllos que fabricaba el viejo Fingus con sus fichas de dominó, en la mesa del comedor... Esa mesa del comedor que en menos de diez minutos estaba flotando en el océano, bocarriba, rodeada de astillas y de marineros muertos de miedo. O incluso muertos del todo.

Los tiburones se llevaron a dos.

Las olas gigantes se llevaron a trece, y luego debieron pensar que aquel número traía mala suerte, pues regresaron y se llevaron al número catorce, embalsamado en sal.

A la mañana siguiente quedábamos cinco. Solamente cinco, apiñados en la superficie de una balsa improvisada y cochambrosa. Deshidratados, insolados, desesperados...

Todos éramos lobos de mar de la vieja escuela. Por eso estábamos vivos todavía. Conocíamos aquellas aguas como la palma de nuestras manos, y sabíamos que los barcos solían evitarlas. Estábamos flotando a la deriva en medio de ninguna parte, y si algún barco aparecía a menos de un centenar de millas de allí, ese barco solo podría responder a un nombre: “Milagro”.

Y el galeón “Milagro” apareció.

Rubens Piesdecangrejo fue el primero en verlo. Qué buena vista tenía el condenado... Sus ojos eran catalejos vivientes.

Al principio temimos que fuera un espejismo. Pero no... Aquel puntito negro que asomaba en el horizonte se fue acercando poco a poco, hasta que todos pudimos distinguir el velamen de una embarcación como Dios manda.

¡Un maldito barco!

Un maldito barco navegando en medio de ninguna parte y rumbo a ninguna parte. Ninguno de nosotros se paró a pensar en lo sospechoso que resultaba todo aquello. Ninguno se esforzó en adivinar el color de la bandera que coronaba el mástil. Todos agitábamos las manos como idiotas, y pedíamos ayuda con nuestra voz marchita, desentrenada, estropajosa, seca...

Vimos cómo unas manos arrojaban cinco maromas hasta los pies de nuestra balsa. Nos lo tomamos como una invitación a subir.

El ascenso fue lento. Estábamos cansados, y llevábamos no sé ni cuántos días sin comer. Cuando al fin empezó a terminarse la maroma y a comenzar la borda, una mano agarró la mía desde dentro del barco, y me ayudó a subir.

Había algo extraño y frío en aquella mano anfitriona, pero no le concedí importancia hasta que no vi la mirada del dueño de la mano. Una mirada ausente. Casi me atrevería a decir que miraba a través de mí y desde la nada más oscura. De esa inquietante manera en que te mira el agujero de un jarrón.

Estudié a los demás tripulantes de la nave. Todos tenían esa misma mirada, o esa misma no-mirada. Los que ayudaban a mis compañeros a subir. Los que realizaban las labores en cubierta... Jarrones vacíos. Eso es lo que eran.

Yo había visto antes ese tipo de mirada. Zombi. Así los llamaban en Haití. Muertos en vida. Cuerpos esclavos que vagan sin alma por nuestro condenado mundo.

Daba escalofríos pisar un galeón entero tripulado por zombis. Los veías allí, fregando las cubiertas con movimientos mecánicos, replegando las velas sin saber lo que hacían, o vigilando desde lo alto del mástil, sin vigilar en realidad, perdiendo en el horizonte aquellos dos boquetes que tenían por ojos.

Mis compañeros supervivientes estaban tan perplejos como yo.

Recordé mis desembarcos en Haití, buscando la manera de enfocar el asunto. Aquellos infelices no podían manejar el barco sin ayuda de un ser humano normal y corriente. Alguien con conciencia. Normalmente los zombi sólo obedecen órdenes de un amo. Y el amo tiene todavía el alma como Dios manda: Encerrada en el cuerpo.

Busqué al amo con la mirada. Y fue él quien acudió a mi encuentro. La puerta del puente de mando se abrió, emitiendo un ruido que sonaba más a amenaza que a consuelo. El hombre que asomó por esa puerta sí llevaba un alma asomando por detrás de las pupilas. Y si algo sé de hombres, amigo Prick, te aseguro que el alma de aquél será pasto en las praderas del Infierno, cuando llegue el Gran Día. Ya sabes lo que quiero decir... Aquel malnacido no era ni mucho menos trigo limpio.

Pero el desconocido no salió solo a la cubierta. Le acompañaba otro individuo, de raza negra. Sólo tuve que echar un vistazo a sus tatuajes y a su mirada de gato para entender que se trataba de un maldito brujo.

El brujo caminaba por detrás del otro, mostrándole respeto. Y el otro nos miró a los cinco de manera despectiva, como se mira el embutido en los escaparates. Finalmente se volvió hacia el brujo y le ordenó:

- Conviértelos.

- Eso no es buena idea, capitán – replicó el brujo -. Allá donde vamos, necesitaremos hombres de verdad.

- No quiero hombres de verdad a bordo de este barco. Acabarían amotinándose, y robándonos el tesoro.

- Comprendo sus temores, capitán – contestó el negro -. Pero sin hombres de verdad no podremos sacar el tesoro de donde está. Déjeme conservar a uno, por lo menos.

El hombre que se hacía llamar capitán meditó durante unos segundos.

- Está bien – concedió -. Solamente uno. Los demás serán convertidos.

El brujo se acercó a nosotros y nos dijo:

- El que aguante más tiempo sin respirar, conservará su alma.

No teníamos más remedio que obedecer. Allí estábamos los cinco, en fila, apoyados en la borda, sin permitir que el aire entrara en nuestros pulmones. Nos mirábamos los unos a los otros, y cada una de las cinco miradas pedía disculpas a las otras, por intentar sobrevivir.

Hans Caradeliebre fue el primero en caer. Tendríais que haber visto la desesperación esculpida en su rostro. Por todos los demonios...

El segundo en vender su alma por una bocanada de aire fue Rubens Piesdecangrejo.

Ya sólo quedábamos tres aguantando la respiración. El capitán y el brujo nos observaban con interés. Pensé en escapar, pero había visto funcionar a los zombi en el pasado. Sabía que a una sola palabra del capitán, todos se lanzarían sobre mí. Marco Dedosdeanémona fue el tercero en respirar. Quiso saltar por la borda, pero los tripulantes lo sujetaron con sus manos muertas.

Sólo quedábamos el pelirrojo Jakes y yo.

Lo cierto es que estaba más preocupado por el pobre Jakes que por mí mismo. Sabía que aquella partida la tenía ganada de antemano. Yo era bueno buceando. Antaño me había ganado la vida en los mares del Pacífico, mendigando a las ostras que viven en lo hondo.

Cuando el pelirrojo Jakes se desplomó en la cubierta, bebiendo aire para toserlo luego, cerré los ojos, sintiéndome de pronto rematadamente solo.

Y ésa fue una de las únicas tres veces que he rezado a Dios nuestro señor.

El ritual se realizó esa noche.

A la luz de las antorchas, tuve que ver cómo aquel brujo envenenaba a mis cuatro compañeros con una pasta de hierbas maloliente. Los infelices enloquecieron. Arañaban las tablas de la cubierta. Chillaban llevándose las manos al estómago, con los ojos en blanco. Y a los pocos minutos, estaban muertos. Cuatro cadáveres envenenados, a la luz de la luna y las antorchas.

Tres días más tarde, los cuatro resucitaron... y se incorporaron a las tareas de a bordo. Obedecían como autómatas. Cuando me los cruzaba en la cubierta, se me erizaban los pelos de la nuca. Ya no eran ellos. Me miraban y no me reconocían. Me miraban y no los reconocía. Hans Caradeliebre, Ruben Piesdecangrejo, Marco Dedosdeanémona y Jackes el pelirrojo no volverían a responder a dichos nombres, ni a ningún otro. Ahora también ellos eran cántaros vacíos.

Yo no estaba obligado a trabajar en el barco, así que decidí pasarme casi todo el viaje encerrado en la bodega. No me gustaba tropezarme con los despojos de mis viejos amigos.

Tras varios días de navegación, noté que el galeón había fondeado. Aquello me inquietó. Según mis cálculos, no podíamos estar cerca de ningún puerto en el que hacer escala.

La curiosidad pudo más que la pena. Subí a cubierta, y al asomarme por la borda presencié un espectáculo extrañísimo. El barco estaba anclado a pocos metros del arrecife. Ese mismo arrecife que vosotros habéis visitado hace unas horas, amigo Prick.

Pero la escena más grotesca se desarrollaba en el centro del arrecife. Allí estaba el zombi del pelirrojo Jackes, desnudo como Dios lo trajo al mundo, chapoteando dentro del charco sin ilusión ninguna.

El capitán y el brujo observaban al zombi. Al primero le faltaba un pelo de maroma para empezar a tirarse de los suyos. Desde la borda pude oír su conversación.

- ¡Que me lleven los diablos! ¡Esto no funciona! – vociferaba el capitán -. ¿Por qué no puede pasar al otro lado? ¡Como me hayas timado, maldito hechicero...!

- No le he timado, capitán. No recorrería tantas millas de mar sólo para timarle en el último momento. ¿Qué ganaría a cambio?

- ¿Entonces por qué demonios no funciona? ¡Está desnudo!, ¿no?

- Ya le dije que estar desnudo no era el único requisito. Si se molestase en escucharme, nos habríamos ahorrado todo esto. Hay dos normas para poder atravesar el charco. La primera es que el cuerpo esté desnudo. Y la segunda es que el alma esté en el cuerpo. Así funciona el sortilegio. Un cuerpo sin alma jamás podrá pasar al otro lado.

- Tú y yo no podemos bajar ahí – decidió, pensativo, el capitán -. Sería arriesgado.

- Ya lo sé capitán. Por eso insistí en que conserváramos a uno.

Los dos hombres alzaron sus miradas y las clavaron en mí.

Media hora más tarde, estaba yo también en el arrecife, desnudo, con las cosas colgando.

Me condujeron hacia la orilla del charco, y mientras el capitán me escrutaba con desconfianza, el hechicero empezó a darme órdenes:

- Saltarás al interior del charco. Atravesarás el suelo, como por arte de magia. Entonces estarás en una cueva. Una cueva submarina. Tendrás que bucear hasta el fondo de la cueva. Allí encontrarás una montaña de estatuas. Estatuas de oro, engarzadas con piedras preciosas. Harás siete viajes, y en cada uno de ellos nos traerás una estatua. Siete viajes. Siete estatuas. Ni una más.

- ¿¡Nada más que siete!? – vociferó el capitán -. ¡Que se las traiga todas! No hemos navegado hasta aquí para llevarnos solamente siete. ¡Las quiero todas!

- No, capitán – respondió el brujo, con voz tajante -. Esas estatuas están ahí por un motivo. Los magos antiguos las amontonaron para que bloqueasen con su peso una compuerta que hay en el suelo de la cueva. Al otro lado de esa compuerta está encerrado el Süruh. Si quitamos demasiadas estatuas, el peso disminuirá demasiado, y el Süruh podrá levantar la trampilla y escapar.

- ¿Qué demonios es eso del Süruh? – quiso saber el capitán.

- El Süruh no puede salir de su cárcel – volvió a decir el brujo. Y el terror que se percibía en su mirada bastó para convencer al capitán.

- Está bien – concedió éste -. Con siete de esas estatuas tendremos suficiente para comprar un continente entero.

Me empujaron hacia el interior del charco. Yo era un hombre de poca fe, y pensé que me chocaría de bruces contra el suelo mojado, pero no sucedió así. Lo único que sentí en el cuerpo fue el fresco azote del agua salada. Vaya si lo echaba de menos...

Miré hacia arriba y vi la forma del charco: Un agujero a través del cuál veía el cielo y la figura distorsionada de los dos hombres, que me miraban sin verme.

Luego miré hacia abajo, y mis ojos se abrieron como atolones al contemplar la cueva submarina más maravillosa que habían conocido. Las paredes estaban adornadas con tapices naturales. Tapices de algas y coral, de todos los colores.

Buceé un buen rato entre cangrejos y lapas. Cuando llegué hasta el fondo, mis ojos se abrieron más todavía. Aquello no se ve todos los días, amigo Prick. Había cientos de estatuas amontonadas en un rincón. Todas ellas como las había descrito el hechicero: De oro y piedras preciosas.

En verdad era una pena llevarse sólo siete, pero en otra cosa había acertado el brujo: Bajo las estatuas había una trampilla de aspecto inquietante, y si en verdad había algo al otro lado de ella, aquella montaña de oro era el cerrojo que lo mantenía encerrado.

Di siete viajes, y en cada uno de ellos deposité una estatua en tierra firme.

Cuando mis carceleros tuvieron las siete estatuas en su poder, el barco zarpó, y nosotros con él.

Volví a encerrarme en la bodega, y quiso la suerte que desde allí pudiese oír, a través de una ranura entre las tablas, la frase que le dijo el capitán al brujo:

- Quiero que lo conviertas esta noche. No me gustaría que lo fuese contando por ahí.

Yo no soy un hombre demasiado creyente, amigo Prick. Pero si tengo que escoger entre mi alma y mi vida, no necesito darle demasiadas vueltas al asunto.

Salté al mar desde un ojo de buey. Estuve varios días a la deriva, y era consciente de que mis posibilidades de sobrevivir eran mínimas. Pero siempre fui un hombre de suerte. Quien no lo sea, más le vale buscar un oficio en tierra firme.

Naufragué en un islote. Allí me fabriqué una balsa. La balsa me llevó hasta un barco mercante, y el barco mercante me trajo al mundo civilizado.

A los pocos meses supe que el capitán y el brujo habían ido a medias. Vendieron las estatuas por más dinero del que cabe en cualquier cofre, y se convirtieron en gente rica y poderosa.

Yo me olvidé enseguida del asunto. Conservar la vida era ya suficiente recompensa. Contraté a mi criado Weng, y nos dedicamos a pescar cualquier cosa que tuviese escamas en cualquier sitio en el que hubiese agua salada.

El pescado nos daba para vivir. No necesitaba nada más. No hasta que conocí a Mirna.

Era la mujer más hermosa que ha pisado el mundo. Weng te lo puede confirmar. Te miraba y despertaba hormigas carnívoras dentro de ti. Pero hacía falta mucho dinero, y mucho poder, para que una mujer como Mirna se fijase en un mortal como yo.

Mucho más dinero, y mucho más poder, del que se puede ganar pescando estúpidos peces.

En seguida me acordé del arrecife, del charco, de la gruta submarina, de la montaña de esculturas de oro, con ojos de esmeralda, con uñas de rubíes... Si el capitán y el brujo habían medrado tanto con sólo siete estatuas, venderlas todas podría convertirlo a uno en el hombre más poderoso del planeta.

Dejé a Weng a cargo de todo y me eché a la mar, en busca del arrecife. Había hecho mis cálculos en aquel galeón, mientras permanecía encerrado en la bodega. Si esos cálculos no fallaban, daría con aquel trozo de roca en pocos días.

Y mis cálculos no fallaron.

Desembarqué en el arrecife, me desnudé, salté al charco y me sumergí en la gruta. Llegué hasta lo más hondo, muchas veces, todas las necesarias para trasladar el centenar de estatuas hasta los sacos que guardaba en mi velero.

En mi excitación, me había olvidado de la trampilla del suelo de la gruta. Cegado por mi deseo de acceder a Mirna, olvidé recordar todo aquello del Süruh.

Apenas quedaban diez estatuas cuando sentí que la trampilla se abría, destripando algas. Tenías que haber visto al ser que se asomó por ella, amigo Prick. Tenías que haber visto al Süruh.

Era la criatura más horrenda que se ha puesto delante de mis ojos. Un ser amorfo, de escamas podridas y afilados dientes de morena. De ojos acuosos como medusas venenosas.

El Süruh me agarró del brazo y tiró de mí, para susurrarme al oído estas palabras con una voz muy líquida:

- Me has liberado, y ahora estás perdido. Me comeré tu carne, tus entrañas y tus huesos.

Yo le supliqué, pero allí, bajo el agua, solamente salían burbujas de mi boca. El Süruh pareció entender esas burbujas, y volvió a susurrarme:

- Marcha, pues, con tu amada. Llévate las estatuas y prospera. Pero el Süruh no regala nada. Una vez al año, tu esposa deberá venir aquí, a pasar una noche conmigo.

Yo se lo prometí a aquel monstruo. Era la única manera de salvar la vida. La única manera de poder volver a ver a mi querida Mirna, y de que ella se dignase a verme a mí.

Naturalmente, no tenía intenciones de cumplir esa promesa. Abandoné el islote tan pronto como pude, con las bodegas del velero cargadas de oro y joyas.

Después de eso todo empezó como tenía que empezar. Vendí el tesoro. Me hice más rico y poderoso que ningún otro hombre que haya surcado estos mares. Sí, amigo Prick. Yo fui un hombre importante en otros tiempos. Mirna se fijó en mí. Nunca supe si la estaba comprando o conquistando, pero a los pocos meses nos casamos.

De un modo u otro, éramos felices, y aprendimos a querernos como marido y mujer. Era todo perfecto, y entonces sí que no ambicionaba nada más.

Pero una noche, justo la noche de nuestro primer aniversario, Mirna desapareció.

Weng y yo la buscamos por toda la casa. Ni rastro de ella. Cuando llegamos al embarcadero, nos dimos cuenta de que faltaba una barca.

Ordené a todas mis flotas que la buscasen, y lo hicieron sin éxito. Yo temía que se hubiese hartado de mí, temía que la hubiesen secuestrado para pedir rescate, temía mil cosas... pero de entre esas mil, la que más miedo me daba, era la más irracional de todas.

Mirna regresó a la semana siguiente, por sus propios medios. Ató la barca en el pantalán y se acostó en la cama junto a mí. Tenía fiebre. No recordaba dónde había estado, pero se había traído de allí un tormento que le carcomía el espíritu.

Llamé al médico más caro, y cuando terminó de examinarla, pronunció dos únicas palabras:

- Está embarazada.

Todos me dieron la enhorabuena. Yo no sabía hasta qué punto la merecía.

Mirna se recuperó de sus trastornos, pero un poso de amargura se le quedó en el fondo del alma para siempre. Su barriga crecía, y yo le concedía todos los antojos, a pesar de que eran antojos condenadamente raros... a pesar del mal presentimiento que me nacía cada vez que pegaba la oreja a la tripa de Mirna...

El niño fue sietemesino, si es que aquello era de verdad un niño. No tenía piernas, sino una especie de tentáculos de medusa. Su piel estaba cubierta de escamas viscosas, y sus brazos terminaban en pinzas de cangrejo.

Cuando me lo llevé para ahogarlo entre las rocas, Mirna trató de impedírmelo, poseída por un inexplicable instinto maternal. Se lo arranqué literalmente de los brazos, y me alejé hacia la costa, escuchando sus chillidos, cada vez más lejanos.

Lo sumergí en el agua para ahogarlo, pero parecía respirar bajo ella, observándome con sus ojos extraños, sin parpadear. Finamente le tuve que machacar la cabeza con una roca.

Aquel incidente aportó un matiz sombrío a nuestra relación, pero a pesar de ello nuestra vida fue apacible.

Pero llegó la noche de nuestro segundo aniversario, y a pesar de todas mis precauciones, la pobre Mirna volvió a desaparecer.

Regresó a los pocos días con los mismos tormentos flagelándole el alma... y embarazada por segunda vez.

Siete meses más tarde, nació una criatura similar a la primera, y yo la asesiné del mismo modo.

Cuando llegó la noche del tercer aniversario, decidí comprobar si mis temores eran ciertos. Espié a Mirna hasta que se marchó en la barca. Luego la seguí de cerca, en otra de mis embarcaciones.

Tras un día y medio de navegación, ya no cabía duda. Nos dirigíamos hacia aquel maldito arrecife.

Desembarqué en las rocas y me escondí lo mejor que pude. Aunque algo me decía que era una precaución innecesaria. Mirna no habría reparado en mí de todos modos. Parecía sonámbula. Dejó caer su vestido al suelo, quedando desnuda a la luz de la luna. Luego dio dos pasos hacia el interior del charco... y se sumergió.

Yo me quité la ropa lo más rápido que pude. Por tercera y última vez en mi vida, salté dentro del charco y atravesé la gruta submarina. Cuando llegué hasta el fondo, la trampilla del suelo estaba abierta.

¡Por todos los diablos, amigo Prick! ¿Por qué tuve que asomarme? Al otro lado de la trampilla vi al Süruh violando a Mirna con una brutalidad dolorosa. Y Mirna disfrutaba como una maldita puta.

Odié al Süruh como no he odiado a nadie. Quise matarle, pero no sabía cómo hacerlo. Si tú hubieses visto alguna vez a aquella criatura, amigo Prick, comprenderías que no ha nacido el ser humano capaz de hacerle un rasguño.

Me dije a mí mismo que si no podía matar al Süruh, tenía que buscar la manera de impedir que Mirna le hiciese esas visitas. Me quedé largo rato sentado entre las piedras del arrecife, esperando a que aquella bestia terminase de poseer a mi mujer.

Mis ojos, encendidos con lágrimas, miraban aquel charco y sólo podían pensar en una cosa: Si Mirna no tuviese alma, no podría atravesar el charco.

Seguí a Mirna en el camino de vuelta, la cuidé durante sus noches de tormento, luego la hice abortar del nuevo engendro que traía en las entrañas...

Y finalmente, que Dios me perdone... decidí que prefería tener el cuerpo de Mirna para mí solo, y librar su alma del horror de tener que copular con el horrible Süruh.

No me costó encontrar al brujo. Conseguí colarme en su habitación, y aguardé pacientemente a que llegase. Cuando me vio allí, sentado en su propia cama, parecía que había visto un muerto.

- No temas – le dije -. No he venido a vengarme. Sólo quiero que me enseñes a fabricar un zombi.

Continuará...

Madrid. 9 de septiembre de 2006.

EL ALMA DE NÄIL (tercera parte)

El viejo Näil dejó de hablar.

Estaba claro que su historia no había terminado todavía, pero sus fuerzas sí. Sus ojos se cerraron, y entonces el único brillo que quedó en su cara fue la constelación de sudor que le adornaba la frente.

Por unos segundos, el bueno de Prick pensó que el marinero se había muerto. Sólo durante unos segundos. El curandero había visto demasiados difuntos en demasiadas camas, y ningún vivo conseguía ya engañarle durante más de un parpadeo.

- Mirna... Pobre Mirna... – empezó a murmurar el marinero, consumido por los recuerdos y la fiebre.

Prick le limpió el sudor con un paño mojado, pero no le interrumpió. Intuía que la historia estaba a punto de continuar.

Y la historia continuó. Los labios de Näil volvieron a moverse:

* *

Aquel brujo no daba crédito a sus oídos. En su desconcierto veía reflejada mi locura.

- Lo hiciste – dijo con aterrada voz -. Liberaste al Süruh...

Mi silencio contestó por mí.

El brujo quedó paralizado. Sus ojos giraban inquietos, como si buscasen por todas partes un agujero en el que meterse. Había visto ratas mirar del mismo modo en las bodegas de un centenar de barcos.

Pero yo estaba metido en mi propio agujero, amigo Prick, y no estaba en disposición de consolar a nadie.

- ¿Me enseñarás a hacerlo? – le insistí.

- ¿Por qué no? – me respondió temblando -. El Süruh está libre. Ya nada importa.

- Si lo que te estoy pidiendo sale bien, el Süruh dejará de dar problemas.

El hechicero agarró mis hombros con desesperación.

- ¿¡Es que no lo entiendes, insensato!? ¡El Süruh no da problemas! ¡El Süruh es el problema! Volverá a destruir el mundo.

Yo no escuchaba al brujo, amigo Prick. Estaba demasiado metido en mis propios asuntos.

- ¿Me enseñarás?

- Te enseñaré. Ya nada importa.

Invité al brujo a mi casa. Él se llevó los ingredientes necesarios para fabricar aquel apestoso puré de hierbas.

Mirna desconfiaba del brujo y de las hierbas, pero aceptó tomarlas. No tenía ni idea de lo que estábamos haciendo con ella, pero le gustaba contentarme en mis caprichos.

Jamás olvidaré la última mirada de mi mujer. Los retortijones la revolcaban por el suelo. Sus ojos me buscaban entre el dolor. Decepcionados, desorientados... No fue la última vez que los ojos de Mirna se posaron en mí, pero fue la última vez que yo pude ver a Mirna tras ellos.

La agonía duró más de una hora. Luego Mirna murió.

Velamos el cadáver durante tres días.

El hechicero apena comía. Su expresión dejaba transpirar la sabiduría amarga de un condenado a muerte.

Sólo intercambiamos un par de frases durante aquellos tres días. Sucedió a las pocas horas de fallecer mi esposa. Yo no podía dejar de darle vueltas a un pensamiento incómodo. Y al final el pensamiento se me escapó por la boca:

- ¿Qué pasará con su alma? ¿A dónde irá?

El hechicero no se dignó a mirarme. Con los ojos perdidos en la hermosura del cadáver, respondió en voz muy baja:

- Eso nadie lo sabe.

Llegamos somnolientos a la tercera noche, y el cansancio nos pudo. No recuerdo a qué hora exacta me quedé dormido, pero la luna estaba ya bien alta cuando me despertó el roce de un vestido entre unas sábanas.

Abrí los ojos, mientras un vértigo me succionaba el estómago.

Allí estaba ella... otra vez caminando entre nosotros, con pasos que no pesaban en el suelo. La luna la recortaba en la ventana, incendiando su vestido con telarañas de luz.

¡Estaba tan hermosa, amigo Prick! El fantasma más bello que se ha deslizado por la tierra.

- Mirna... – susurré sin despertar al hechicero.

Ella giró la cabeza lentamente, en busca de mi voz. Me miró sin mirarme. Sus ojos se habían convertido en guijarros sin vida. El corazón se me encogió como un pimiento reseco.

- Mirna... – volví a susurrar... conmovido, aterrado, arrepentido...

El zombi de Mirna empezó a acercarse a mí, y sus movimientos me excitaron. La Muerte es una titiritera muy sensual. Me quedé agarrotado en el sillón. Mirna se agachó junto a mí. Sus manos muertas me acariciaron sin gracia, pero supieron tocar la flauta que encanta a las serpientes, amigo Prick. Cuando el zombi me acercó sus labios, los míos se abrieron como el cáliz de una flor. Aquella mirada opaca me tenía idiotizado. El vacío que se adivinaba al otro lado de los ojos de Mirna despertaba en mi alma ese vértigo insano... esa atracción que producen los abismos... ¡Oh, amigo Prick! ¿Nunca te has asomado a un acantilado y has sentido el deseo irrefrenable de tirarte por él? Pues eso sentí yo. Y me habría dejado besar por aquél cántaro vacío si el hechicero no se hubiese despertado justo a tiempo de impedirlo.

- ¡No hagas eso! – gritó, mientras apartaba a mi mujer de un empujón -. Jamás permitas que un zombi te bese en la boca. No lo hacen por amor, maldito estúpido. ¡Quiere robarte el alma!

Yo permanecía sentado en el sillón, inmerso en un shock que no me permitía reaccionar.

- Nunca la beses – prosiguió el brujo -. Si dejas que su boca entre en la tuya, se comerá tu alma.

Aquella fue la última advertencia del brujo, y la seguí al pie de la letra. Todas las noches hacía el amor con Mirna, pero los labios nunca subían más arriba del cuello. Que me cuelguen por mentiroso si digo que no me excitaba todo aquello. La piel era tan pálida, el pelo era tan negro... Y aquellos senos suaves que parecían amasados en la mismísima luna...

Algo de caballero me queda todavía, amigo Prick. Por eso me avergüenzo al confesarte que con aquella mujer podía hacer de todo. A todo obedecía. No se negaba a nada. Y nada discutía.

Hacer el amor con ella era navegar en un cama con la muñeca más bonita del mundo. Pero hacer el amor con una muñeca era aburrido. Uno se reflejaba en aquellos ojos vacuos y se sentía inmensamente solo.

Y no hablo únicamente de la vida a bordo de la cama. Se comportaba del mismo modo cuando hacía las tareas del hogar, o cuando le leía viejos libros junto a la chimenea. No tenía ninguna voluntad con la que desobedecerme, no tenía ninguna lengua con la que contradecirme, no tenía ningún alma con la que enamorarme...

Nunca volvimos a compartir ningún problema, ninguna discusión... Pero la vida se hace aburrida sin problemas. ¿Qué digo aburrida? Se hace inhóspita, desoladora, insoportable...

Y lo peor de todo, amigo Prick, no era la soledad. Lo peor era aquel tenaz remordimiento que me arrancaba a mordiscos la alegría de vivir. El cuerpo de Mirna era lo único que me quedaba de ella, y no podía aguantar verlo vacío; invadido y prostituido por la Nada...

Había matado a mi mujer, y poco a poco fui dándome cuenta de que los motivos que me habían conducido a ello no eran tan altruistas como yo quise creer.

A veces me refugiaba en la esperanza de que el alma de Mirna estuviese intacta en algún sitio. Tal vez un sitio mejor que esta basura de mundo al que nos agarramos con uñas y dientes sin saber por qué. Pero ya te he dicho que no soy un hombre creyente.

Tuve que perder a Mirna para darme cuenta de hasta dónde la amaba. De repente, sentí la necesidad, la obligación de regalarle un alma. Y yo solamente era dueño de una.

Y tuve que besar a Mirna para darme cuenta de que no la amaba tanto como yo creía. Sentí su lengua seca explorando la mía, y me excité al principio. Pero cuando sentí cómo me aspiraba el alma con codicia, un impulso defensivo más arraigado que cualquier noble sentimiento me hizo apartarla de mis labios de un violento manotazo.

Temblé de miedo, y de algo que está por encima del miedo, mientras la veía tirada en el suelo, relamiéndose con ansia. Pude ver en su mirada unas chispas de luz. Unas chispas de luz que comenzaba a echar de menos en mi propio interior.

No lo volví a intentar.

A partir de aquel día, algo cambió. Mirna no abandonó su condición de zombi, pero el nuevo brillo persistió en su mirada. Se convirtió en un ser un poco menos autómata. Dejó de ser un cántaro vacío para convertirse en un cántaro semi-vacío. Y aunque seguía sin poder hablar, nos conseguíamos comunicar de algún extraño modo.

Era tal la empatía, amigo Prick, eran tantos los sentimientos que compartíamos sin tener que mirarnos, que llegué a sospechar (y todavía lo sospecho) que desde aquel maldito beso le tenía alquilada una pequeña parte de mi alma a aquella desgraciada.

Era bonito. Era, en realidad, lo más parecido a un consuelo que me podía permitir.

Pero no era perfecto.

Desde que Mirna tenía aquel brillo en la mirada, a veces creía sorprenderla mirando el brillo de la mía con codicia. Era una sensación muy rara, amigo Prick. La sensación de mi alma codiciando mi alma. Mi propio espíritu intentando morderse a sí mismo para saciar su hambre.

Fabriqué una ceguera que me protegiese de los malos pensamientos. Pero un día me desperté con la sensación de que mi alma se abría camino a través de mis tripas, buscando la garganta. Justo después sentí cómo mi alma llamaba a mi alma desde la habitación de al lado; desde la habitación en la que encerraba a Mirna cada noche, antes de acostarme.

Casi pude escuchar aquel trozo de mi propia alma, gritando desde el cuerpo de Mirna: “Ven aquí, Resto-de-mí. Te necesito. Sal por la boca de Näil y cuélate por la cerradura”.

Y lo peor de todo, amigo Prick, fue que en ese instante recordé qué noche era aquélla: La maldita noche de nuestro aniversario de bodas.

Cerré la boca lo más fuerte que pude. Corrí hasta su habitación, me abalancé sobre aquel maldito zombi, y lo estrangulé con mis propias manos. No dejé de apretar hasta que aquella chispa avariciosa dejó de destellar en los ojos de Mirna.

Volvió a ser el cadáver más bonito del mundo. La enterré en el sótano de la casa, y abandoné mi hogar, dejando tapiadas todas las puertas y ventanas. Convertí mi mansión en una gigantesca cripta erigida a la memoria de mi esposa. Ya hubiesen querido todos los faraones del antiguo Egipto una pirámide como aquélla, amigo Prick.

Me deshice de todas mis propiedades arrojándolas al mar. Eran tantas mis riquezas que algunos aseguran que la marea subió varios centímetros cuando estuvo todo bajo el agua.

Quería desprenderme de todo. Dejar aquella maldición atrás y fabricarme una nueva vida. Pero como intentaba decir antes, son peligrosas las cegueras que uno se administra cuando quiere eludir asuntos importantes. Ya te dije que frecuentaba Haití, querido Prick. En el fondo siempre supe que no es tan fácil matar a un zombi. Siempre supe que era sólo cuestión de tiempo. Que algún día Mirna volvería a despertar, y encontraría la forma de volver para robarme lo que yo le robé un día.

Llevo toda la semana sospechando que había llegado ese día. Hoy me lo habéis confirmado Weng y tú.

El otro día, cuando mi alma empezó a escaparse para hacer excursiones por el Infierno, le pedí a Weng que me dijese qué día era. Maldita sea... Era el día de mi maldito aniversario. Creo que el Süruh se está cobrando con Mirna todos estos años atrasados. Noche a noche... Y mi alma está pagando la cuenta, hasta que se termine de perder del todo.

* *

Los dos hombres permanecieron en silencio. En cada uno de ellos habitaba un silencio distinto.

Al cabo de un rato, Prick miró al demacrado marinero y dijo:

- Me has llamado sabiendo que no puedo hacer nada por ti, querido Näil.

- Ya te he hablado de la ceguera mental, amigo Prick. Supongo que tenía la esperanza de que también en esta ocasión tuvieses un remedio para todo. O de que mirases todo esto, y que visto a través de tus ojos se convirtiese en otra cosa.

- Ojalá fuese ésa una de mis habilidades, amigo mío. Pero sabes que mis artes no pueden hacer nada por ti.

- Ya lo sé... – reconoció el anciano -. Pero a donde no es capaz de llegar tu medicina, siempre podrán llegar tus consejos... ¿No te queda ninguno para mí?

- Dijiste hace un rato que si tenías que elegir entre tu vida y tu alma, no necesitabas demasiado tiempo para pensarlo.

- Tienes razón, amigo Prick. Siempre tienes razón...

- Sólo se me ocurre una manera de solucionar esto, amigo. Creo que tú también la conoces, pero es tu valor el que tiene que dar el paso.

Näil asintió. Los dos hombres se miraban en silencio. No necesitaban ponerse de acuerdo con palabras. Los dos eran sabios. Los dos habían visto más cosas que el resto de ojos de la isla juntos.

- No hay otro remedio – concluyó el fatigado marinero.

- No hay otro remedio – confirmó el elocuente silencio de Prick.

Prick y Weng se ofrecieron a acompañar al viejo, pero éste insistió en que prefería hacer en solitario aquel último viaje. Cuando Prick le preguntó si le quedaban suficientes fuerzas, el marinero respondió:

- Sólo las justas para llegar allí y hacer lo que debo.

El curandero y el criado vieron la barca marcharse, con el viejo Näil tumbado a bordo, y tuvieron la sensación de estar asistiendo a un entierro vikingo.

Cuando un hombre hace lo que debe, todos los vientos le son favorables. Así llegó Näil al arrecife, con un ápice de vida aún en el cuerpo. Desembarcó arrastrándose. Se miró allí, desnudo, reflejado en el charco... Se zambulló. Ya no tenía la misma habilidad a la hora de bucear, ni el mismo aguante, pero logró llegar hasta el fondo de la cueva.

Al otro lado de la trampilla le esperaba el Süruh, con su mirar desagradable y líquido, con sus escamas putrefactas y sus voraces dientes de morena.

- Has tardado en venir – le dijo el Süruh, como si ya esperara la visita.

- Pero he venido – contestó el viejo Näil -. He venido a que te comas mi carne, mis entrañas y mis huesos. Pero prométeme que cuando lo hagas dejarás en paz a Mirna, y dejarás en paz mi alma.

- Te lo prometo.

Y mientras el Süruh devoraba el cuerpo deteriorado del anciano Näil, añadió algo más, entre bocado y bocado:

- Dentro de siete meses nacerá. Y a éste no lo podrás matar.

FIN

Madrid 12 de septiembre de 2006.

EL SUSURRO SANGRIENTO DE LA MUSA MALDITA

Rodrigo asesinó a su esposa aquella noche porque la encontró condenadamente hermosa, y tuvo la certeza de que jamás volvería a estar tan bella. Quería embalsamarla en su retina. Quería clavarle un punto final en el corazón, porque intuía que jamás llegaría un desenlace tan bonito como aquél.

Ella abrió sus labios para decir una palabra. Rodrigo la interrumpió.

- No, querida. No digas nada. Así es perfecto.

Los labios de su esposa volvieron a cerrarse, tan carnosos, tan rosados, tan entreabiertos, tan parecidos a la armónica que toca el Diablo por las noches para guiar a las almas perdidas hacia lo más terrible de sí mismas.

La palabra abortada volvió sobre sus pasos de viento, y Rodrigo pudo sentirla descendiendo de nuevo por aquel cuello insinuante, hinchando los pulmones, agitando aquellos pechos pequeñitos, que asomaban lo suficiente para invitar a bucear sujetador adentro.

- Estás preciosa – dijo él, poniendo en las palabras la contundencia de un “amén”.

Su esposa sonrió, y un resplandor rosado se transparentó en la piel de las mejillas.

Rodrigo sintió un estremecimiento. Todas sus células vibrando una tras otra, de ese gracioso modo en que el público hace una ola en un estadio.

Estaban en el porche. Entre ellos se interponía la mesa de una cena recién terminada. La brisa alborotaba el mantel, la llama de las velas, y los mechones rubios, que acariciaban con primor de duende los labios, las mejillas, la pradera lunar de aquella frente...

¡Cielo santo! ¡Estaba tan, tan bella! Qué tristeza tan serena había en sus ojos. Qué languidez caía por sus párpados. Y qué afilado brillo en sus pestañas...

- Querida – añadió él...

Se levantó de aquella silla de jardín y caminó hacia ella.

La mano izquierda de Rodrigo acarició la piel, demoró un par de dedos en los labios, apartó un mechón rubio por el simple deleite de apartarlo, se refugió en la tela del vestido, se tiró en tobogán por esos párpados, por aquella nariz, por aquel pecho...

Y mientras exploraba la cara interna de los muslos, decidió no atreverse a mancillarla con besos importunos, para así no ensuciar tanta belleza.

La mano derecha de Rodrigo tanteó por el mantel a ciegas, y empuñó lo primero que tropezó con ella. Segundos más tarde dedujo que había elegido el sacacorchos, por la espiral de sangre que asomaba cada vez que sacaba el metal frío de entre la carne viva.

Ningún grito se atrevió a profanar tanta belleza. Sólo el silbido de la espiral sangrienta, entrando para volver a salir, para volver a entrar, y volver a salir y entrar una y mil veces.

Rodrigo perforó los ojos, porque sabía que nunca más volverían a mirar como en aquel momento. Desfiguró los labios, para que no pudiesen dar besos impuros. Abrió cien escaleras de caracol en aquel cuerpo, y todas descendían al misterio... y el misterio era una telaraña que te atrapaba sin explicarte nada.

Cuando Rodrigo terminó, el sacacorchos se zambulló en la hierba... y ella era un campo de claveles rojos.

La llevó en brazos hasta el dormitorio, y la dejó en la cama. Al verla allí, con los cabellos desparramados por la almohada, con la sangre brillando como brilla la pulpa de la fruta prohibida, Rodrigo sintió un arrebato de inspiración inexplicable.

Corrió a por unas hojas de papel. Tomó prestada una de las plumas irreales de pavo real que adornaban el recibidor. Derribó de un manotazo la orografía de la mesita de noche. Depositó el papel en el tablero. Hundió la pluma en las heridas de ella, y la sacó empapada.

Escribió la primera letra... Después la primera palabra... Antes de que quisiera darse cuenta, estaba llenando aquellos folios con el poema más conmovedor que vio la luz del mundo. La sangre le susurraba las palabras. La sangre le dictaba para escribirse a sí misma.

Durante varios días, la esposa de Rodrigo fue el tintero más sensual de entre todos aquellos con los que Dios no se atrevió a soñar. Y las hojas de papel se amontonaban en una torre que, del mismo modo que la de Babel, contenía demasiadas palabras para dejar tranquilo al mundo. Todas ellas escritas con una caligrafía primorosa, en rojo sanguinario sobre blanco.

Rodrigo no paró de escribir mientras quedase una sola gota roja en el cadáver de su difunta esposa. Y la sangre se terminó cuando tenía que acabarse. Ni antes ni después. Aquella última gota estaba allí para poner el punto final. Ese punto final que Rodrigo había buscado por todos los rincones, haciendo cuevas y agujeros a golpe de sacacorchos.

No le costó deshacerse del cadáver. No manchaba, no olía, no había en él ningún detalle que remitiese a vida arrebatada. Toda la esencia estaba en aquel taco de folios. En aquella poesía interminable, que terminaba en el momento justo.

Rodrigo guardó los folios en uno de esos cajones que sólo se abren dos o tres veces en la vida. No le nació compartirlo con nadie. No se le ocurrió pensar que el mundo pudiera necesitar aquellas letras.

Pero allí están, aguardando en la oscuridad. Y algún día alguien las encontrará, desenterrará el tesoro... El poema se propagará por nuestro mundo... y todos lo leeremos... y seremos un poco más felices.

Sólo un poco.

Madrid. 17 de septiembre de 2006.

LAS TINIEBLAS QUE MASTICAN LAS TINIEBLAS

Petróleo. Magma negro. Reluciente oscuridad, tan limpia, tan sucia al mismo tiempo... El perfume penetrante de las sombras. Sangre opaca, espesa, inescrutable... en las venas subterráneas del planeta.

Petróleo...

El venenoso zumo del misterio. El mar muerto donde los peces gordos chapotean. El caldo de cultivo del progreso.

Petróleo...

El resultado de millones de años de cocina a fuego lento. Animales y vegetales. Muertos. Fermentados. Prensados y estrujados... masticados por los estratos de la Tierra, poco a poco, siglo a siglo, hasta que todo cadáver pierde identidad. Hasta que todo se disuelve en una pasta negra más antigua que cualquier palabra, que cualquier pregunta, que cualquier suspiro... Una papilla de tinieblas. Tinieblas acostumbradas a beber tinieblas.

Eso es el petróleo.

Primero dio de comer a las locomotoras. Luego a los coches. También a los barcos y helicópteros... Proporcionó alimento a todas nuestras máquinas, y finalmente llegó el día en que acabó alimentándonos a nosotros también.

Todo empezó con aquellas malditas gominolas. Las hacían con petróleo. Por eso se parecían tanto al plástico. Eran tan relucientes, tan brillantes... Parecían tan, tan limpias...

Y el hombre estaba obsesionado con la limpieza. El petróleo le había alejado del barro y de la hierba, a bordo de un ascensor acristalado con cien botones impolutos. Redondos, inmaculados y brillantes como aquellas gominolas de colores.

El hombre se acostumbró a rodearse de suelos limpios, de paredes limpias, de ventanas limpias, de objetos esterilizados y compactos, que no dejaban huella alguna en la piel que los rozaba.

El paladar se acostumbró a la suave textura de aquel plástico comestible que se vendía en las tiendas para niños, y el estómago también. Cuando esos niños crecieron, sentían arcadas ante la aspereza de las hojas de lechuga, ante el intenso sabor de cualquier carne, ante el crujir de los cereales, las galletas... y todas esas cosas que se disgregan en trocitos. Esas cosas que llenan nuestras bocas de desorden, de polvo y suciedad...

Los estómagos empezaron a demandar limpieza, pero no cualquier tipo de limpieza. Exigían la limpieza del petróleo. Aquella limpieza antediluviana que reposaba en catacumbas prehistóricas... La limpieza antiséptica del plástico...

Los alimentos pasaron de tener un porcentaje de petróleo a estar basados completamente en él. Los aparatos digestivos se acostumbraron a la nueva dieta, se adaptaron con una rapidez de mutación de insecto. Olvidaron cómo se digerían los alimentos de antes. Los cerdos, las manzanas, las verduras, el pescado, las setas, o la leche... Ningún ciudadano podía engullirlos sin vomitarlos al instante. Ninguno conseguía disociar esas sustancias naturales para exprimirles materia y energía.

Las nuevas generaciones sólo sabían digerir petróleo. Oro negro para intestinos negros. Sólo el hombre sabía fabricar la comida perfecta para el hombre. La madre Naturaleza era demasiado caprichosa, y tenía demasiados hijos para saberlos contentar a todos.

Pero el petróleo era un recurso limitado. Si todos los habitantes del planeta lo comían, se acabaría en unos pocos años.

Por eso la dieta plastificada se acabó convirtiendo en privilegio de los países ricos, y de las clases altas. El resto de la escoria del planeta se tuvo que acostumbrar al repugnante hedor a cadáver de los filetes de ternera, a la imperceptible podredumbre del repollo, a ese sanguinolento y agrio vómito que se llamaba salsa de tomate.

De esa manera, el nuevo tesoro alimenticio pudo durar más tiempo, pero “más tiempo” no significa eternamente.

Cierto día, las venas de la tierra se quedaron secas. Las grutas del tesoro se quedaron vacías. Y aunque llenaron el suelo de agujeros, y se asomaron con esperanza a ellos, al otro lado les respondió el vacío.

Los políticos de una decena de países intentaron comerse un pollo asado en público. Para concienciar a la población. Para hacerles volver a los antiguos hábitos. Dos lo vomitaron, tres se atragantaron, cinco se intoxicaron y murieron...

Era inútil. Ahora los hombres tenían estómagos de mentira, y sólo podían digerir comida de mentira.

Por primera vez en mucho tiempo, los países ricos y los pobres tenían una cosa en común: Ambos se morían de hambre.

El ingeniero que encontró la solución se llamaba... Da igual. No recuerdo su nombre. Levaba una bata blanca. Un día se sentó y, obviando los rugidos de su estómago hambriento, empezó a reflexionar sobre el petróleo:

Petróleo...

El resultado de millones de años de cocina a fuego lento. Animales y vegetales. Muertos. Fermentados. Prensados y estrujados... masticados por los estratos de la Tierra, poco a poco, siglo a siglo, hasta que todo cadáver pierde identidad.

Entonces lo tuvo claro. Sólo había que encontrar una manera de acelerar el proceso. Diseñar y construir una máquina que masticase los cadáveres a más velocidad. Fast food. Petróleo rápido. Acelerar el proceso. Hacer en unos minutos, horas, días... lo que la torpe Mamá Naturaleza tardaba milenios en lograr.

Se hicieron diez prototipos que fallaron. Luego se hicieron otros trece, que volvieron a fallar, y el número veinticuatro dio en el clavo: Una máquina gigantesca, del tamaño de un hangar gigante. Introducías en él árboles, animales, o cualquier cosa que apestase a vida. Los engranajes prensaban a gran velocidad. Los termostatos se encargaban de que la temperatura fuese siempre la adecuada. Petróleo express. Todos los días introducían plantas, árboles, perros, gatos, cactus, aves, vacas... Las máquinas hacían el trabajo a la velocidad del trueno. Aceleraban todos los procesos. Descomposición. Fermentación. Compresión. Fosilización. Extremaunción...

Las fábricas de comida artificial se extendieron por todos los países, raptando seres vivos y transformándolos en comida muerta.

Pero los animales y las plantas tampoco eran infinitos. Cuando el planeta entero se convirtió en el desierto más grande del planeta, el hambre regresó. Ahora a los pobres no les quedaba ningún sucio alimento natural que llevarse a la boca, y a los ricos no les quedaba ningún sucio alimento natural que convertir en limpio alimento artificial.

Los ricos y los pobres estaban unidos por un mismo problema: El hambre. Así que la solución también tendría que unirlos a los dos.

- Pobrecitos – dijo alguien en el último piso de un rascacielos de los países ricos -. Ya no tienen gallinas que llevarse a la boca. Les deberíamos ahorrar el sufrimiento.

Y de esa manera, los ricos empezaron a aliviar el sufrimiento de los pobres... arrojándolos a las entrañas de las enormes máquinas que fabricaban el petróleo rápido.

Era atroz, era cruel, era asesinato en toda regla, y sin respetar ninguna de las reglas.

Era espeluznante, escalofriante, tan lúgubre y oscuro como el alimento resultante.

Pero el alimento resultante... era tan limpio...

Madrid. 1 de octubre de 2006

LA MUJER DEL TITIRITERO SE ROMPIÓ

La mujer del titiritero se rompió.

La fiebre la rozó con demasiada fuerza, y le prendió fuego, igual que a una cerilla.

Y cuando la cerilla amenazaba con incendiar el mundo entero, el aliento de la muerte sopló para apagarla... y tan sólo quedó un poco de humo, subiendo en espirales hacia el cielo.

La incineradora completó el trabajo que la fiebre no pudo terminar.

La mujer del titiritero se convirtió en cenizas.

Pero el desconsolado esposo no podía soportar que los recuerdos más importantes de su vida cupiesen en el vientre de un jarrón. Necesitaba salvar algo. Necesitaba que no se redujese todo a polvo que se reencuentra con el polvo.

Aguardó a que el velatorio se quedase vacío. Abrió la tapa del ataúd. Apartó flores húmedas. Apartó crespón blanco. Besó labios lacrados para siempre, por el carmín sangriento. Extrajo las tijeras del bolsillo...

Regresó a casa con un mechón de pelo. El pelo de una muerta. El larguísimo pelo de su difunta esposa.

El titiritero no tenía demasiado claro lo que pensaba hacer con ese manojo de cabellos. Empezó a descubrirlo conforme sacaba sus herramientas y tallaba la madera.

Ningún pedazo de madera fue tallado jamás con tanto amor. Ningún contundente martillazo se ha parecido tanto a un beso. Ningún cuchillo acarició tan suavemente aquello que rompía.

Y conforme el titiritero cortaba, martilleaba, moldeaba... una capa de serrín lo cubría todo.

Cuando las manos del viudo apartaron el serrín, se estremecieron al tocar el rostro que habían esculpido. Era ella. Exactamente igual. Igual de bella. Igual de inerte. Igual de pálida. Encerrada en un trozo de madera, imitando también en eso a su mujer auténtica.

Cuando la marioneta estuvo terminada, nuestro amigo le pegó en la cabeza los cabellos de su difunta esposa. Fue la guinda del pastel. El único peldaño que faltaba para convertir algo hermoso en algo mágico, si es que en verdad existió alguna vez la diferencia entre lo mágico y lo hermoso.

El titiritero se agachó sobre su creación. Le puso un beso en los labios, una caricia debajo del vestido, una lágrima brillando en cada ojo...

Cuando se incorporó, vio en la mesa los últimos cinco cabellos de su difunta esposa. Los únicos cinco que habían sobrado. Entonces lo tuvo claro. Recogió esos cinco pelos, sabiendo que ya tenía los hilos para manejar la marioneta.

Un pelo atado al brazo derecho.

Un pelo atado al brazo izquierdo.

Un pelo a cada pie.

Un pelo en la cabeza...

El titiritero sintió un cosquilleo espeluznante cuando tiró por primera vez de aquellos hilos. Se le encogió el corazón cuando vio a la muñeca levantarse, poco a poco. Un fantasma despertando de la tumba, apartando las sábanas de piedra, desperezándose contra natura, desafiando con cada movimiento las leyes que se escriben en el libro de lodo, extremidades gobernadas por cinco hilos que habían escapado de la madeja de las parcas, en vete a saber qué trágico descuido.

Él sabía que cada títere invoca sus propios movimientos. Sólo hay que saber dejarse llevar. Fluir con el muñeco. Permitir que la marioneta descubra su carácter, hasta que el marionetista se convierte en mero intermediario. Hasta que resulta difícil saber si la fuerza que tira de los hilos lo hace hacia arriba o hacia abajo. Si es el hombre quien maneja el títere... o es el títere quien maneja al hombre.

Y la muñeca recién resucitada encontró muy pronto los sentimientos que habían de llenarla, y los movimientos que debían gobernarla.

El titiritero se limitó a obedecer, aunque había esperado algo muchísimo más dulce. No deseaba tirar con tanta violencia de los hilos, pero algo susurraba dentro de él, y le impedía hacerlo de otra forma. Por eso la marioneta se revolcaba por el suelo, se retorcía, se arrastraba, se llevaba las manos a la cara, intentando arrancarse las mejillas.

La muñeca se consumía en una fiebre imaginaria, y él tiraba con impotencia de los terribles hilos, contribuyendo a ello.

“Me quemo por dentro”, decía la marioneta, en su idioma de convulsiones silenciosas. Corrió hacia la cocina, enredándose el vestido entre las patas de las sillas. El titiritero la seguía de cerca, atado también a aquellos cinco cordones umbilicales, a aquellas cuerdas del arpa de la Muerte...

“Necesito agua”, suplicaba la marioneta en cada gesto, en cada desconcierto de aspavientos. Y el viudo la manejaba en consecuencia, impotente, y muy a su pesar... Ella se acercó a un vaso de agua. Se lo derramó por todo el cuerpo, empapándose los pelos y el vestido. Mas no era suficiente. Se arrojó al interior de algún jarrón de flores, pero tampoco allí pudo encontrar la suficiente agua para calmar su ardor. Arrastró al titiritero hasta el cuarto de baño. Intentó accionar el grifo del lavabo con sus dedos de madera, cada vez más deprisa, cada vez más consumida por la impotencia de no poder hacer girar el mecanismo...

Nuestro amigo jamás había perdido el control de un muñeco tan alarmantemente. Su esposa en miniatura no cesaba de arder entre las llamas invisibles. El titiritero la acompañó a la puerta. Atravesaron el jardín, recorrieron kilómetros de aceras, corrieron por los parques y las plazas.

La gente les dedicaba las miradas más insólitas. Los más obtusos contemplaban sólo a un loco. Los más sabios veían una muñeca que manejaba a un hombre.

Y el titiritero respetaba las órdenes que le llegaban desde arriba, o desde abajo, o desde vete a saber dónde...

De repente, el suelo bajo sus pies cambió. Ya no era acera, ni baldosa, ni azulejo. Nuestro amigo no necesitó levantar la cabeza para reconocer aquel terreno: Estaban en el puerto. El muelle se acercaba. Las aguas aguardaban con su abrazo de hielo.

La marioneta se despeñó por el borde del muelle, como una antorcha deseando apagarse. El titiritero no se resistió. Se dejó caer tras la muñeca. El mar les recibió, inmenso, inabarcable, en su regazo frío y misterioso. Y entonces todo fue flotar. Entonces los hilos dejaron de tener sentido. Entonces fue todo oscuro, y silencioso, y demasiado profundo para intentar molestarse en entenderlo.

La esposa del titiritero se ahogó.

Encontraron a su marido en la orilla de una playa, tres semanas después. Enredado en cabellos de mujer.

Las olas lamían su cuerpo. Lamían un helado que ningún sol conseguiría derretir.

Madrid. 12 de octubre de 2006

REBECA Y OCHO ARAÑAS

Rebeca era la número tres de tres trillizas.

Había una tradición en la familia: Cuando las niñas celebraban su octavo cumpleaños, sus padrinos tenían que hacerles un regalo. Mas no un regalo cualquiera, sino el indiscutible rey de los regalos. Un regalo envuelto por el papel inescrutable del Destino. Ese papel que siempre empieza en blanco... y que se escribe solo, poco a poco...

Un regalo que marcase el rumbo de sus vidas, irremediablemente, para siempre...

El padrino de la primera hermana era el hermano rico de mamá. Acudió a la celebración con un collar de oro. Y así creció la niña, en una crisálida bordada por gusanos de seda, todo esplendor, y lujo, y oro, y joyas...

La segunda trilliza tenía por padrino a un erudito. Su regalo fue un libro de mil páginas, con ocho mil secretos cada una. Y así creció la niña, iluminada, envuelta en esa luz tan cegadora que alumbra los senderos de los sabios. Con las manos posadas en las riendas de las fuerzas que gobiernan a los dioses.

Pero el padrino de Rebeca no era rico, ni sabio... ni siquiera cariñoso. Era un vaso de hiel. Era miseria. Era tan agrio, henchido de derrota... que no podía ofrecer a la pequeña ningún sendero recto: sólo aquéllos... trazados de manera sinuosa... por el negro pincel del infortunio.

Rebeca vio acercarse a su padrino, envuelto en su siniestro abrigo negro, fabricado con alas de murciélago. No había amor en él. En sus pupilas... sólo brillaban lágrimas de whisky.

No puso en las mejillas de Rebeca el beso acostumbrado. Simplemente... extendió sus dos brazos, y había en ellos una cajita envuelta en papel áspero.

- Toma niña – le dijo con voz cínica -. No puedo darte más. Esta cajita es todo lo que tengo.

Cuando el padrino abandonó la fiesta con su andar encorvado y taciturno, Rebeca abrió la caja, y dentro de ella, tan sólo vio...

... ¡ocho arañas!

Ocho bichos horribles, pululando con sus ocho patitas por aquellas tinieblas de cartón, tan claustrofóbicas.

Las mujeres gritaron... y, crueles, los otros niños se burlaron de ella. Y todos de la niña se alejaron.

Tal fue el triste regalo de Rebeca: El don que marcaría su destino. Ocho animales negros, venenosos... que no inspiraban el amor de nadie.

Pero si algo le sobraba a aquella niña, hasta el punto de no caberle dentro, aquel algo era amor... Por eso mismo, fue incapaz de matar a las arañas... y las apadrinó, y creció con ellas... y como ellas, extraña, inadaptada... arrinconada en un rincón sombrío...

No tuvo amigos. Los niños la rehuían. Nadie quiere sentarse junto a niñas que almacenan mascotas imposibles.

Los chicos no le hicieron mucho caso. A todos les dan asco las arañas. Suelen ser más molestas que románticas, y no dan buena imagen en las fiestas.

Cuando una chica crece rodeada de seres venenosos, se acostumbra muy rápido al veneno. Se vuelve adicta a él. Lo busca en todo. En la comida, el humo, la bebida. Se intoxica la mente, el organismo, el torturado corazón, el alma...

Y así acabó Rebeca. Envenenada. Y también viceversa: venenosa. Y aunque existen venenos deliciosos... la gente tiene miedo de probarlos. Y el miedo se convierte en un rechazo que se clava, implacable, en las entrañas, como la hoja de un puñal de hielo.

Las arañas, ¡las fúnebres arañas! hicieron infeliz a nuestra amiga. La guiaron por sendas escabrosas hacia la soledad, el desempleo, el desamor, la incomprensión, la angustia, la oscuridad de no encontrar caminos que no terminen en paredes negras...

Y cierto día Rebeca, ya sin fuerzas para seguir luchando por las cosas, maldijo a las arañas, ¡las maldijo! por haberle amargado la existencia... y las soltó en la calle, renegando de ellas, para siempre. Y subió a aquel edificio, lentamente... y llegó a la azotea... y una brisa, alborotó sus pelos venenosos... y le enredó la falda entre las piernas... Y se dejó caer, como una fruta... en dirección prohibida hacia el asfalto, que aguardaba ocho pisos más abajo.

Entonces sintió el miedo, el desarraigo, el vacío, peor que el de la vida, de quien se va a apagar en un instante. Y quiso despertar, huir de aquel vértigo, desandar metro a metro, piso a piso... aquel camino recto hacia la muerte, hacia los huesos rotos, y la sangre... esparcida por pasos de peatones.

Mas era tarde ya. El inconmovible asfalto la aguardaba con su definitivo martillazo...

... que no llegó a llegar.

Porque un abrazo... de algo liviano como luz de luna... frenó a medio camino la caída. Una red... como aquéllas que en el circo... le salvaban la vida al trapecista. Pero más pegajosa, más flexible... ¡No era una red! ¡Era una telaraña!

A pocos metros del dolor del suelo, la muchacha flotó en aquel regalo que le habían tejido sus mascotas.

El corazón de la mujer suicida redoblaba con tanto hambre de vida, que se quería merendar el mundo.

Rebeca abrió los ojos, deseando... intentarlo una vez más.

Tendió una mano al cielo, esperando que alguien la ayudara... a incorporarse... y a luchar de nuevo.

Sesenta y cuatro patas la ayudaron.

Madrid. 18 de octubre de 2006

EL TESORO DE ELVIRA

Abel conoció a Elvira en un sueño.

No podía ser de otro modo, porque mujeres como Elvira sólo tienen asilo político en los sueños. Si una belleza así fuese tangible, el mundo real cerraría su puño en torno a ella, intentaría atraparla, y la poesía moriría pulverizada como un copo de avena.

Los labios de Elvira estaban hechos con la piel de la manzana prohibida. Provocadores, entreabiertos, dolorosamente rojos, como untados en la sangre de un animal sagrado.

Los labios de Elvira eran la invitación a un beso, y el beso era la invitación hacia un veneno que lo curaba todo.

Los labios de Elvira eran el colchón de terciopelo en el que aterrizan los suicidas, y cuando Abel los humedeció con su saliva, sintió cómo la carne se entreabría, con movimientos lentos, sinuosos... como de pétalos de una flor carnívora.

La lengua de Abel se deslizó hacia el interior, escaló una muralla hecha de perlas, aterrizó en el seno de otra lengua, la despertó, se revolcó con ella... y de pronto el instinto más primario del soñador Abel se encontró inmerso en un laberinto de oscuridad y carne. Su lengua doblaba esquinas peligrosas. Era consciente de que cada beso le hacía perderse más y más en las tinieblas de Elvira. Era consciente de que la salida quedaba cada vez más lejos, más parecida a un recuerdo indefinido. Era consciente de que tal vez se estaba perdiendo para siempre, de que quizá se estaba condenando de por vida, convirtiéndose en prisionero, obligado inquilino vitalicio de aquella mazmorra irresistible...

Abel llegó al corazón del laberinto, y una voz dulce susurró en su oído:

Has encontrado el tesoro. Es para ti. Te aguarda en el interior del agujero”.

Y el agujero se insinuaba entre los pies de Abel. Una herida de oscuridad entre la carne rosa.

Él se agachó. Introdujo la mano en el agujero, poco a poco. El agujero le estranguló los huesos con un abrazo de anaconda, pero le permitió avanzar, hacia el fondo, a través de un sendero de humedad viscosa.

Ya casi estás”, le susurró la voz. “Lo tienes muy, muy cerca. Es casi tuyo”.

Y entonces sintió Abel el frío de un metal deslizándose en su piel, estremeciéndola... Cuando sacó la mano, un destello hirió la oscuridad. Un destello que surgía de su propio dedo anular. Era un anillo.

Enhorabuena. Ya es tuyo mi tesoro. Y tú eres mío.

Abel abrió los ojos.

Las sábanas se desparramaban por su cuerpo similares a la piel de un animal, y él las recorrió con la vista, a través de una persiana de legañas.

Cuando llegó a su mano izquierda, sintió en el pecho una inevitable opresión. El anillo seguía allí, colonizando sus falanges con un brillo terrible, avaricioso...

Abel tiró de la alianza con violencia, para arrancarla de su dedo cuanto antes. Lo consiguió, pero al hacerlo, sintió de pronto un vacío insoportable. Como si se hubiese arrancado un trozo de su ser con ese anillo.

Se lo volvió a poner, y se sintió abrazado, comprendido... Con una sensación maravillosa que nunca había sentido. La sensación de encajar en algún sitio, pertenecer a algún lugar concreto...

Elvira...

Recordó el nombre, y pronunciarlo invocó un panal de insectos en su estómago.

Aquella mañana, en el trabajo, Abel estuvo atento a las miradas de envidia de sus compañeros. Pero no las hubo. Ninguno desviaba los ojos hacia el dedo de Abel, porque ninguno parecía advertir la presencia de su anillo.

Abel sintió el temor de haberse vuelto loco, pero la locura siempre viene acompañada de una implacable lógica: “Me he enamorado de una mujer imaginaria. Es normal que nuestra alianza sea invisible”.

Pero “invisible” no significa “inexistente”. Algo, en efecto, había cambiado. Algo muy dentro de nuestro amigo Abel. Inspiraba una confianza tan serena, irradiaba una seguridad tan envidiable, lucía una sonrisa tan idiota...

Aquella noche, tras el alunizaje en la almohada, se durmió con un “Elvira” suspirado entre sueños. Y los sueños fueron una montaña rusa que lo llevaba hacia su amada.

Despertó a la mañana siguiente, y sus ojos se dirigieron instintivamente hacia el anillo. Necesitaba comprobar que seguía ahí. Imaginario o no, era la prueba de que algo pervivía más allá de la frontera de lo onírico.

Alivio. Suspiro. Sonrisa relajada. El anillo seguía brillando en su lugar.

Pero el alivio dio paso a una leve sombra de preocupación, pues notó Abel que le apretaba más el dedo. Tal vez su carne había engordado por la noche, o quizás el anillo había encogido...

No le dio demasiada importancia al asunto, hasta que, a la mañana siguiente, se despertó dolorido, sintiendo que el anillo le apretaba todavía más.

Intentó sacárselo, aunque sólo fuese un momentito. Imposible. Definitivamente, había encogido. Estaba tan incrustado en el anular de Abel, que tirar hacia arriba equivaldría a desgarrar la piel.

Aquella mañana, nuestro amigo no se pudo concentrar en el trabajo. Consultó a sus compañeros, y ninguno le apreciaba nada raro en el dedo. Pero el dolor estaba ahí, amenazando con gangrenar la carne prisionera.

Llegó la hora de dormir, y el “Elvira” que atravesó los labios del desquiciado Abel sonó como una súplica patética. No pudo soñar con nadie aquella noche. El anillo le apretaba demasiado. Casi podía sentir el frío del metal mordiendo el hueso.

Se lo intentó sacar de nuevo. Tiró con todas sus fuerzas, desencajando huesos y tendones, haciendo manar sangre. Todo inútil.

El anillo encogía de una manera imperceptible, pero imparable. El dolor creció como una mala hierba, adueñándose de los cien mil resquicios de aquella madrugada, hora tras hora... y en una de esas horas llegó lo inevitable. El brillo del cuchillo, el llanto hueco de los huesos rotos, la sangre a borbotones, dibujando un test de Roschard en el blanco mostrador de la cocina.

El dedo chapoteó en el charco rojo.

El anillo rodó hacia las tinieblas, a reencontrarlas, a disolverse en ellas...

Abel se desmayó. Su cuerpo un lienzo pálido. Derramando su esencia poco a poco, como una botella de vino, descorchada, volcada al borde de ese precipicio que separa las cosas de la Nada.

Mientras Abel perdía el consciencia, sus labios desteñidos dibujaron un nombre en el silencio:

Elvira...

Fin. Madrid, a 25 de octubre de 2006.

UN APLAUSO DE ORO

Sólo quien haya sentido la necesidad de encallar su barco en un arrecife persiguiendo un canto de sirena podrá comprender por qué Amanda hizo encallar su vida en una máquina tragaperras.

Los demás sólo podemos hacer conjeturas, mientras la observamos consumirse desde nuestra situación privilegiada en la mesa de la esquina. Mientras asistimos impotentes al lamentable espectáculo de esa mujer que aprieta una y otra vez los relucientes botones, de manera mecánica, con esa desesperación que se disfraza de esperanza loca, para olvidar que está desesperada. Con esa esperanza de estómago vacío... esa esperanza hambrienta de esperanza...

Yo creo que Amanda no persigue el dinero que dormita en las tripas de la máquina. No busca las monedas, sino la suerte que las hace descender, tintinear, brotar al mundo... Necesita esa suerte, para demostrarse a sí misma que la magia existe en algún lado, que aún queda algún milagro por el mundo, aunque sea un milagro baratito, todo a cien, de andar por casa. Necesita ese golpe de suerte, porque es el único golpe que la vida no le ha dado todavía. Necesita, por una vez en la maldita vida, ganar algo, ser la reina del baile, la niñita mimada de los dioses.

Todas las mañanas entra en el bar, arrastrando su bolso, arrastrando también esos cuarenta y pocos años tan marchitos que ya podrían pasar por medio siglo. Se acerca a la barra, saca un billete de veinte euros, y pide al camarero que lo cambie en monedas.

Luego se acerca a la máquina, a ese ser hambriento de plástico y metal. A esa caja fuerte en cuyos botones aguarda la combinación secreta que abre las puertas del paraíso o el infierno. A ese monstruo de luces que engulle pasta gansa, pero que a cambio sólo da promesas.

Quien se moleste en atender a los ojos de Amanda, los hallará hambrientos de pasado, e hipnotizados. Hipnotizados por esas luces de colores que la hacen avanzar hacia la máquina, igual que una sonámbula.

Porque esas luces lo significaron todo para ella en otra vida. En una vida que jamás llegó a tener. Son las luces de neón de esos teatros en cuyo escenario soñó una vez con cantar. Son los destellos del flash de esas cámaras de fotos que nunca la eligieron para adornar la portada de un periódico. Son Broadway, y focos en el techo, y lentejuelas adornando trajes... Son el letrero parpadeante que limosna aplausos. Y tal vez es también eso lo que la pobre Amanda busca en las monedas: Ese sonido tintineante que producen al llover en la bandeja. Un aplauso de oro. Un aplauso que siempre mendigó con sus canciones, y que nunca fue capaz de arrancar a ningún público.

Un aplauso que ya nunca obtendría.

No lo pudo obtener cuando su canto era joven y agradable, y ahora era un objetivo aún más inalcanzable para su voz cansanda, consumida por un millar de botellas de whisky. Esa voz desafinada, deshilachada por la vida... animal moribundo que había decidido desplomarse en la ladera del camino.

Porque había dejado de ser un camino que mereciese la pena recorrer. Ahora todo consistía en la soledad del bar, en las idas y venidas a la barra, para cambiar los billetes en monedas, para dilapidar la pensión de su ex-marido, y privar a su estómago de alimento, para dar de comer a ese otro estómago, artificial, mezquino... que se alimenta de metal redondo.

De vez en cuando llegaban días todavía más tristes. Porque eran el día del último billete, la última moneda... y con ella se marchaba la esperanza durante el resto del mes.

En esos momentos, Amanda no introducía la moneda con el mismo automatismo compulsivo de las otras veces. Dejaba a un lado la agonía, respiraba profundamente, cerraba los ojos, concentrándose, rezando casi, invocando a esa suerte que se escurría entre los engranajes de la máquina, y entre el pellejo de sus dedos. Siempre depositaba una confianza especial en esa moneda. Era la última, la elegida, la última esperanza...

Cuando esa última moneda se deslizaba por la ranura, parecía hacerlo con una música especial, y también los resortes de los botones parecían chasquear con otra música. Pero era una música traicionera y engañosa. La tragaperras engullía ese último tentempié del mismo modo que los otros: sin siquiera dar las gracias.

Aquel día Amanda llegó demasiado cansada a los botones de la máquina, y llegó más cansada todavía a la última moneda. Supo en su fuero interno que de aquella moneda dependería todo su futuro. Si aquel trocito de metal no conseguía indigestársele a la máquina hasta hacerle vomitar el premio, Amanda quedaría sin energías ni esperanzas, y terminaría de marchitarse para siempre.

A veces llega ese día, herido con una encrucijada, y uno lo reconoce en lo más hondo y putrefacto de sus entrañas.

Por eso cuando Amanda dejó caer la moneda en la ranura, cerró los ojos, apretándolos con fuerza, y temblaron sus dedos al presionar los botones luminosos.

Los rodillos giraron, en una procesión veloz e interminable de sandías, campanitas y cerezas, pero ella no los veía. Seguía con los ojos cerrados. Cerrados de fe. Cerrados de miedo.

Sus orejas desnudas (pues hacía ya tiempo que malvendió todos sus pendientes) se orientaban como antenas parabólicas hacia la bandeja, esperando escuchar el aplauso, el llanto del centenar de monedas, la risa de metal que hacía borbotear el alma.

Era ahora o nunca.

Ahora o nunca.

Ahora o nunca.

De repente, los rodillos se detuvieron en una combinación nunca antes vista. La máquina se convirtió en un concierto de músicas y luces.

Los oídos de Amanda seguían expectantes, ansiosos por escuchar la lluvia en la bandeja.

...

...

...

...

...

...

...

Pero en la máquina no aterrizó el diluvio deseado, sino una única moneda. Una moneda falsa, que ni siquiera fue capaz de sonar con el consuelo del metal.

Amanda abrió los ojos, untados en lágrimas.

La moneda de la bandeja relucía de una manera artificial, extraña. Tenía un color dorado que sólo se ve en las malas películas de piratas.

Desolada, Amanda extendió una mano hacia la bandeja, cogió la moneda, la examinó de cerca... El tacto era distinto. No era la fría caricia del metal.

Era de... plástico.

Enseguida advirtió Amanda que el plástico dorado era simplemente una envoltura. La retiró con cuidado, y sólo entonces, al ver el interior, se dio cuenta de lo evidente:

Una moneda de chocolate.

Ése había sido el regalo de la máquina.

Con dedos todavía temblorosos, Amanda se la llevó a la boca. El contacto del chocolate con su lengua le provocó un estremecimiento. Era dulce y amargo al mismo tiempo, y le hizo recordar a una mujer llamada Amanda, que se moría de hambre. Había estado tan atenta a los rugidos de su alma que había olvidado los rugidos de su estómago.

Se alejó de la máquina tragaperras como quien huye de un animal rabioso. Deambuló por las calles, desmayada de hambre, sin dinero ni amigos, buscando en las basuras cualquier cosa que llevarse a la boca.

Se consiguió saciar comiendo cosas que hasta los perros rechazaban, y ese mismo día decidió buscar un trabajo con que ganar dinero. Y juró que ese dinero le daría de comer a ella, y no a una máquina.

No consiguió encontrar trabajo.

La rechazaban en todas partes, por ser demasiado esto, o muy poco lo otro.

Volvió a encontrarse acurrucada en lo más miserable de sí misma, consciente de que el mundo no la necesitaba para nada.

Y resulta muy fácil reencontrar la perdición cuando uno siente que a nadie le importa que te pierdas o no. También resulta relativamente fácil encontrar una moneda en una acera. Y si después de encontrar esa moneda encuentras un casino en tu camino, es difícil negarse.

Amanda atravesó la puerta del casino, con una única moneda, y un centenar de máquinas ansiosas de tragarla. Un pasillo de máquinas salpicadas de luces y melodías insinuantes.

Amanda se detuvo en medio de ese pasillo, intentando decidir en cuál de todas ellas malgastar su moneda. Y fue entonces cuando oyó una melodía que no procedía de ninguna de las máquinas.

Era una voz de mujer. Una cantante.

Allí, al fondo de la sala, unos carteles anunciaban que el casino buscaba cantantes para los números musicales. Estaban haciendo pruebas a las aspirantes. Todas ellas tan jóvenes, tan frescas, tan ella misma en un ayer arcano...

No sé qué impulsó a Amanda a ponerse en la cola y esperar su turno para hacer la prueba. Un estremecimiento, un eco de los tiempos pasados, una de esas nostalgias tan intensas que sólo se pueden sentir por un fantasma...

La cola iba avanzando, al ritmo deprimente de los rechazos del jurado. Y Amanda se sentía cada vez más asquerosa. Escuchaba las potentes voces de sus contrincantes, sus cantos atractivos y armoniosos, trinos de ruiseñores, todavía refugiados en el nido, con ansias locas de comerse el mundo. Si el jurado las interrumpía a ellas con aquel gélido “Muchas gracias, ya le llamaremos”, ¿qué le dirían a ella? Le escupirían. La expulsarían a patadas del casino...

Cada cantante que precedía a Amanda la hacía sentir muchísimo más vieja, más cansada, impotente, incapaz de ofrecer nada... Cada rechazo del jurado dinamitaba su fe en el funcionamiento de este mundo. Y ustedes saben bien que no quedaba en ella mucha fe que poder dinamitar.

- Su turno

Las palabras resonaron secas, amotiguadas por las moquetas del casino. Amanda tardó unos segundos en darse cuenta de que iban dirigidas hacia ella.

Todos la miraban, por primera y única vez en muchos años. La miraban a ella. Justo ahora... cuando ya era demasiado tarde... cuando ya sólo le quedaba hiel y bilis que ofrecer...

Empezó a cantar, y su voz antaño dulce, hoy desgarradora, sonó con una tristeza infinita, con una desesperación conmovedora. Aquello sonaba a armónicas encontradas por un mendigo en la basura, a perros que exhalaban su canto de cisne al ser atropellados, a descarnado blues, si es que el blues puede ser de color negro en vez de azul. Las cuerdas vocales de Amanda vibraron como cuerdas de arpa a punto de romperse, arañadas por un gato callejero. En esa canción se vomitó todo lo que podía vomitarse. Un estremecimiento flotó como niebla invisible en el ambiente.

Nadie fue capaz de interrumpir a Amanda. Nadie fue capaz de sostener su mirada brillante, lacrimógena... Y la canción se terminó cuando acabó el aliento.

Amanda calló, alzó la mirada... Todos estaban clavados en el suelo, descompuestos. Ninguno aplaudió. Para aplaudir uno necesita ser sueño de sí mismo.

Pero todas las máquinas tragaperras aplaudieron por ellos. Todas hicieron llover sobre sus bandejas un llanto de monedas, como por arte de magia. Todas se desgañitaron en el aplauso de oro.

Y por primera vez en el casino, el brillo del oro eclipsó las engañosas luces de colores de las máquinas.

Fin.

Madrid. 28 de octubre de 2006.

UN BESO PARA EL VECINO DEL SÉPTIMO B

Ella soñó que moriría al día siguiente. Y no quería marcharse sin besar al vecino del séptimo B.

No se sentía capaz de hacerlo. Tenía suficiente valor para aceptar su muerte, pero tocar a la puerta del vecino y mendigarle un beso era una proeza que se sentía incapaz de acometer.

Por eso decidió dejarle un beso anónimo, oculto, invisible, agazapado en un lugar inesperado, como una mina anti-persona.

Llamó a la puerta del séptimo B. Balbuceó la más sosa de las excusas con torpeza. Siempre resulta irónico que la excusa más sosa consista en pedir sal.

Mientras el vecino del séptimo B se marchaba en busca del salero de la cocina del séptimo B, ella entró corriendo al comedor del vecino del séptimo B, se acercó a la mesa en la que solía desayunar el vecino del séptimo B, cogió la taza favorita del vecino del séptimo B, ésa misma que ella le veía utilizar todos los días, cuando le espiaba a través de la ventana... Besó apasionadamente el borde de la taza del vecino del séptimo B... para que, cuando el vecino del séptimo B se la llevase a la boca al día siguiente, bebiese sin saberlo el beso más hermoso que salió jamás de los labios de la vecina del vecino del séptimo B.

Y allí quedó la taza, orgullosa de convertirse en mensajera, en puente de comunicación entre dos labios... mientras el salero se marchaba del apartamento, un poco triste por verse convertido en una triste excusa.

Al día siguiente, ella conducía por sinuosas carreteras que la separaban de su lugar de trabajo. De repente, se sintió desvanecer. Descubrió demasiado tarde que había entregado tantos latidos de su corazón en un solo beso, que ahora ese pobre corazón no alcanzaba a latir en condiciones.

Se desmayó sobre el volante... y el vehículo, obediente, se desmayó también, sobre el barranco más cercano. Y al fondo del barranco había un glaciar.

Ella dejó de tragar agua cuando se le congelaron los pulmones. Quiero pensar que falleció feliz, porque hay que ser la mujer más feliz del mundo para legar a dicho mundo un cadáver tan hermoso...

A la mañana siguiente, el vecino del séptimo B posó los labios en el borde de su taza favorita...

... y se murió de frío.

Madrid a 16 de noviembre de 2006

EL PRÍNCIPE IMPORTUNO

El príncipe cabalgó hacia el castillo abandonado, rasgando los cabellos alborotados de la tormenta. Si hubiese desenvainado el brillo de su espada, le habrían confundido con un relámpago más.

Cuando el caballo se negó a continuar, siguió avanzando a pie, desgarrando su capa de satén entre las zarzas venenosas.

A través de la cortina de lluvia se intuían las ventanas del castillo, iluminadas ocasionalmente por el fuego del dragón.

De vez en cuando, los rugidos de la bestia atravesaban las ventanas, y al escucharlos, los truenos se daban cuenta de que aún les quedaba mucho que aprender.

Pocos hombres habían conseguido reunir el valor suficiente para enfrentarse a aquel dragón. El príncipe era el último de esos pocos. Los demás habían ido falleciendo en el intento.

Cuando el príncipe experimentaba estremecimientos demasiado sospechosos para atribuirlos al frío, se recordaba a sí mismo las razones que lo habían conducido hasta allí. Recordaba que la princesa estaba prisionera entre las garras del dragón. Recordaba que el objeto de la vida de los príncipes consiste en rescatar princesas. En enamorarse como un estúpido de ellas, y atravesar el corazón del maldito dragón, como prueba irrefutable de que Cupido había logrado atravesar el tuyo.

El príncipe llegó al castillo, cogió carrerilla para saltar el foso, sintió la adrenalina burbujeando entre sus venas, mientras volaba por el aire, y quedaba suspendido en la ventana, y recorría los pasillos interiores, resbalando a causa del musgo, escuchando los rugidos cada vez más cerca, derribando cada puerta con el temor de que la Muerte le hubiese preparado una fiesta sorpresa al otro lado.

Cuando el príncipe llegó a la última habitación del último piso de la última torre, vio el rojo resplandor de las llamas, y desenvainó el acero, preparado, resignado casi... a una confrontación inevitable.

Nadie podía haberle preparado para lo que aguardaba tras la puerta.

No eran rugidos los sonidos que emitía aquella bestia. Eran ronquidos. El dragón dormía en una esquina. Dormía como un bebé, hecho un ovillo encima de la alfombra. Una potente respiración le hinchaba y le deshinchaba el cuerpo como si fuera un globo. Y al compás de esa respiración, los géiseres de fuego amanecían de sus fosas nasales, como residuos de los más tiernos sueños.

El príncipe buscó a la princesa con la mirada. Atónito como estaba, tardó unos segundos en darse cuenta de que el dragón la estaba abrazando como si fuera un oso de peluche.

Aquel monstruo que había hecho gritar de terror a los más indolentes caballeros, y había asesinado a los cazadores más curtidos, no parecía tener ninguna intención de devorar a la princesa. Simplemente necesitaba abrazarla por las noches, para dormir mejor. Todos necesitamos algo que abrazar para espantar las pesadillas. Y cuando una fiera ha tenido que clavar sus dientes en tantos caballeros y caballos... cuando ha tenido que desgarrar tantas entrañas con sus uñas... las pesadillas hacen cola para ser espantadas, y la cola es tan larga que dura hasta el amanecer.

De repente, el príncipe sintió una pena infinita hacia el dragón.

Luego miró más atentamente a la princesa, y tuvo que reconocer a regañadientes que la muchacha no necesitaba que nadie la viniese a rescatar. La joven se acurrucaba bajo el ala del dragón, y dormía al compás de la respiración del monstruo. Tras sus párpados se intuía la misma paz que modulaba los sueños de la bestia.

Por alguna extraña razón, el príncipe sintió que estaba profanando algo sagrado, y tuvo la certeza de que el sueño de esos dos seres era más importante que el brillo sangriento de la gloria con la que pretendía barnizar su espada. Más importante incluso que el anillo de siete mil quilates que llevaba en el bolsillo, para intentar desposar a la princesa.

El príncipe se retiró sin hacer ruido. Se moría por besar a la princesa, pero se reprimió, por miedo a despertarla. Los besos son peligrosos en los cuentos, porque tienen la dichosa manía de romper cualquier hechizo.

Descendió por la escalera de la torre, arrastrando su espada por el suelo.

El puente levadizo imitó la tristeza del príncipe. Agachó lentamente su cabeza... y le invitó a salir.

En el exterior seguía lloviendo, y los truenos sonaban a estómagos vacíos.

Fin.

Madrid, a 20 de noviembre de 2006

CLACK

Ziro perdió a su madre tres días después de cumplir los once años.

No lloró cuando aquel maestro lo sacó de clase para comunicarle la noticia, ni lloró en el velatorio, paisaje de cuervos y flores en descomposición perpetua.

No mojó con sus lágrimas el maquillaje exagerado del cadáver, ni perdió la compostura en el entierro.

Cuando uno recibe un golpe fuerte, hay un largo período de anestesia que precede al dolor. Y la Muerte golpea con más fuerza que nadie.

Las lágrimas llegaron días después, cuando el padre de Ziro convocó a su hijo en el salón para hacerle un regalo.

El niño miró el objeto que asomaba entre los dedos de papá. Era brillante, pero con esa manera de brillar triste y barata; ese brillo que nació para ser custodiado por hurracas en vez de por dragones.

Ziro cogió aquella cosa con recelo. Parecía un monstruo en miniatura. Un insecto agresivo con fauces de metal, diseñadas para cercenar la magia.

- Toma, Ziro – dijo el padre -. Es un cortauñas. Sirve para cortar las uñas, como su propio nombre indica. Ha llegado el momento de que aprendas a usarlo, porque mamá no te podrá cortar las uñas a partir de ahora.

Ése fue el momento en que Ziro rompió a llorar, con aquella cosa fría entre las manos.

Su padre le abrazó, y lo apretó contra su cuerpo con fuerza. En parte para reconfortar a su hijo con un poco de calor. En parte para ocultar que también en sus ojos había lágrimas.

**

Ziro guardó el cortauñas en el cajón de su escritorio.

Postponía el momento de estrenarlo, noche tras noche, hasta que sus uñas crecieron demasiado, y fue imposible negar la realidad.

Era una noche fría, o al menos Ziro sintió más frío que nunca, sentado en el borde de su cama. El cortauñas temblaba en su mano mientras lo acercaba lentamente hacia los dedos.

Cuando la palanca de aquel aparato infernal pusiese en marcha las mandíbulas de acero, serían amputadas tantas cosas... se guillotinarían tantos duendes...

La palanca descendió, y mientras Ziro la presionaba con la indecisión de los novatos, pidió a Dios alguna explicación. Dios prestó su voz a la boca del cortauñas, y simplemente dijo:

CLACK

El trozo de uña se despeñó por el borde de la cama, y era una media luna fosilizada, una tosca guadaña, torpemente esculpida en algún rincón del Paleolítico, en épocas glaciares que nunca conocieron el calor del fuego.

Ziro sintió un dolor desagradable en el dedo, y eso le hizo recordar lo fáciles y hermosas que se desprendían aquellas medias lunas cuando mamá las recortaba con sus minúsculas tijeras. Haciendo equilibrios entre el recuerdo de ayer y el dolor de hoy, el niño no pudo evitar sentirse terriblemente solo. Y era una soledad distinta. Una soledad que no había conocido anteriormente, a lo largo de sus once años de vida.

Cuando la décima y última uña aterrizó en el suelo, el artilugio giró entre los dedos y reflejó un brillo procedente de la lámpara. Heridos por aquel destello, los ojos del muchacho experimentaron un extraño espejismo. Algo similar a dos brazos. Dos brazos viscosos que surgían de debajo de la cama, que recogían algo en las baldosas del suelo, y volvían a perderse en la oscuridad, al otro lado de las faldas de la colcha.

Ziro sufrió un sobresalto. El cortauñas abandonó su mano y tintineó en el suelo.

El niño se agachó, ansioso por encontrar y recoger aquellas diez reliquias que acababa de arrancarse de los dedos.

No estaban allí. Habían desaparecido. Se habían ido.

Las diez.

Ziro levantó las faldas de la colcha, y tanteó las tinieblas de debajo de la cama, esperando el sucio y afilado saludo de sus uñas.

Pero debajo de la cama no había uñas. Había polvo, juguetes olvidados, calcetines heridos de agujeros, insectos vivos comiendo insectos muertos... Pero ni un solo rastro de las uñas.

Se habían perdido. La oscuridad se las había tragado.

Ésa fue la segunda vez que lloró Ziro. En lo más hondo de aquella noche helada y silenciosa.

- ¡Devuélveme mis uñas! – gritaba el pobre niño -. ¡Devuélvemelas! ¡Quiero mis uñas! ¡Son mías, me las has robado! ¡Devuélveme mis uñas!

Al otro lado del pasillo, el padre de Ziro fingió que los llantos no le habían despertado, porque nadie le había enseñado a consolar a un niño con las palabras adecuadas... Porque no se atrevía a abandonar el refugio de las mantas en una noche tan fría como aquélla.

Madrid

A 10 de diciembre de 2006