miércoles, 17 de mayo de 2017

EL CALVARIO BUCAL DEL SEÑOR LINUS.






- Esto es muy raro - dice el dentista mientras comprueba el buen funcionamiento del software -. He oído hablar de casos similares al suyo, pero no tan complejos.

- ¿Qué le pasa a mi boca? - implora el señor Linus - ¿Es grave? ¿Es malo?

- ¿Malo? ¡En absoluto! Es... es... maravilloso.

- Entonces, ¿por qué me duele tanto?

El señor Linus mira al dentista con esa desesperación de quien lleva semanas maldurmiendo. El odontólogo se encoge de hombros. No sabe mucho acerca del dolor. En otros tiempos los de su oficio se ganaban el pan esgrimiendo instrumentos de tortura. Eran tiempos más bárbaros, más sucios. Actualmente un dentista no necesita acercarse a menos de diez metros de la boca de un paciente. Proliferan los dentistas online. Para ejercer su labor se exigen únicamente ciertas nociones de informática.

- Voy a intentar explicárselo de la forma más simple, señor Linus. Como bien sabe, su dentadura es atendida permanentemente por un ejército de nanobots. Se trata máquinas microscópicas, dispositivos de inteligencia artificial encargados de limpiar y reparar sus piezas dentales conforme perciben en ellas el daño más leve.

Linus asiente. Por supuesto que lo sabe. No es ningún secreto para cualquiera que haya nacido en el primer mundo. No obstante, he preferido explicarlo por si este texto llega a ojos de algún lector de siglos anteriores, ahora que hemos desarrollado la tecnología necesaria para enviar información al pasado.

- No sólo estoy al corriente de mis nanobots. También estoy al corriente de que contraté la tarifa más cara, los nanobots más modernos, los más eficientes, los más sofisticados. ¿Cómo es posible que me duela?

- En efecto, los nanobots de su boca son especialmente inteligentes, y todo parece indicar que es ésa la causa de su... contratiempo.

- ¿Contratiempo?

- Verá... Los nanobots de nueva generación, en algunos casos... ¡no siempre! pero en algunos casos... están empezando a tomar decisiones.

- ¿Decisiones?

- Decisiones propias basadas en criterios propios.

- ¿Qué insinúa?- Aún es pronto para proclamarlo a los cuatro vientos, pero me temo que sus pequeñines han desarrollado inquietudes artísticas. Están... esculpiendo cosas en sus dientes.




- ¿¡Esculpiendo!? ¿Esculpiendo qué?

   
- ¡Auténticos prodigios, se lo aseguro! Según los cálculos del software dentrífico, lo que han hecho en su pieza 38 responde a las mismas reglas proporcionales y armónicas que el Templo de Salomón. El colmillo superior izquierdo comparte similitudes asombrosas con la Gran Pirámide de Guiza, y el inferior derecho...

- ¿El inferior derecho? Ése me duele a rabiar...

- No me extraña. Lo han perforado sin clemencia. Según el cotejo de algoritmos, están construyendo en él algo muy parecido a la Sagrada Familia de Gaudí.

- No puede ser...

- A mí también me cuesta creerlo. Si no fuese un pensamiento tan poco científico, me atrevería a aventurar que esos engendros mecánicos, de repente, han sentido la necesidad de encontrar a Dios.

- ¿Y no podrían buscarlo fuera de mi boca? - protesta el señor Linus. Solloza, suspira de dolor, inspira hondo -. Bueno, ¿cuál es el tratamiento?

- ¿Tratamiento?

- ¿Qué podemos hacer para que esos bichos dejen de taladrarme la boca?

- He estado consultando su caso con colegas especializados en estas materias y la opinión es unánime: No podemos permitir que los nabobots se detengan. Lo que está sucediendo en sus dientes es ARTE. Así, con mayúsculas. Hay en ello un virtuosismo, una autenticidad que no veíamos desde tiempos bastante más lejanos, más difíciles. Su cavidad bucal, señor Linus, puede convertirse en la próxima Capilla Sixtina.

- Yo no quiero tener capillas en la boca - se queja el señor Linus -. Sólo quiero masticar sin sufrir.

- Entiendo sus reparos, pero por suerte o por desgracia, no depende de mí. El software dentífrico ya ha enviado los datos al Gobierno Central. Su boca ha sido declarada patrimonio de la humanidad. Me temo que ha dejado de ser suya. Será indemnizado convenientemente, por supuesto.

- Yo no quiero que nadie me indemnice. Yo sólo quiero... que termine el dolor.

- Y yo le entiendo, créame. No quisiera estar en su lugar. El único consuelo que le puedo ofrecer es que... su sufrimiento de ahora hará feliz a la humanidad entera. A las generaciones presentes y a las futuras. Lo que está sucediendo en su interior va a cambiar vidas. Se harán tours virtuales a su boca, peregrinaciones, caminos 2.0 de Santiago... Mis condolencias, señor Linus. Ha sido usted elegido.

Linus sale de la consulta con los hombros doblados hacia el suelo, cabizbajo, como un toro que espera la estocada.

Suenan a lo lejos fuegos artificiales anunciando - fun, fun, fun - la Navidad, haciéndole pensar en aquel cuadro en blanco y negro que cagó Picasso en otros tiempos, en tiempos más lejanos, más difíciles.

Mientras todos aplauden, mientras los fuegos crepitan, mientras los artistas más minúsculos, más artificiales... herederos de las sensibilidades más divinas, más humanas le taladran hasta morder el nervio...

... el señor Linus se pregunta si al Guernica le dolían también sus propias bombas.



Madrid. 17 - 05 - 17

jueves, 27 de octubre de 2016

DESAHOGOS DE UN FOLLADOR DE ESQUELAS.





Querida, lo voy a confesar: Te he sido infiel. Decenas, centenares de veces. Y sin embargo, créeme: nunca he tocado a otra.

Ya sé, ya sé, ya sé... No te lo crees. Aunque tampoco te he tocado a ti desde hace siglos. Se me ha olvidado aquello de mirarte como a una ostra a la que abrir con la lengua. Me aburres, supongo. Me he acostumbrado a ti.

Para que no te sientas aún peor, añadiré que no es sólo contigo. Las demás mujeres tampoco me interesan. Creo que si evité acostarme con alguna otra no fue por una cuestión de rectitud moral. Las mujeres habéis dejado de excitarme. Así de fácil. Ni siquiera sois capaces de incitarme a paja.

Al menos mientras seguís vivas.

Lo descubrí hace unos cuantos meses. ¿Te acuerdas de Celia? Mi antigua compañera de instituto, la que murió en aquel accidente, en la autopista. Llevaba años sin verla, sin llamarla, sin saber de ella. Tampoco éramos íntimos. El caso es que nada más enterarme de su muerte, entré en su facebook. Un morbo subrepticio, escatológico me impulsaba a ello. ¿Qué pasa con tu facebook cuando mueres? ¿Se encarga alguien de dinamitarlo? ¿O permanece ahí, como una cripta de ceros, unos, píxeles?

Mi amiga Celia ya no estaba entre nosotros pero su rincón virtual aún no se había enterado de ello. Continuaba donde siempre, perpetuándola como un eco, como una secreción fantasmagórica.

Entonces – ya no hay razón para mentirte – de repente, viendo aquellas fotos de Celia, me empalmé. Fotos de todo tipo: De instituto, de universidad, de tiempos más recientes, en las que sale un poco más gordita. Celia nunca me atrajo especialmente. Era agradable, pero del montón. Sin embargo ahí estaba yo, delante del monitor, con la polla durísima. Quizá influía el saber que ya nunca más podría tenerla, que en lo que tarda en estallar un parabrisas se había convertido en la mujer más imposible del planeta. Acaso había un trasfondo filosófico, incluso religioso: entregarle mi semen a una muerta, derramar la semilla de la vida dentro del sumidero de la Nada, creación y destrucción enroscándose en una espiral, un baile obsceno: mirar a la Parca directamente a los ojos mientras te la machacas, mientras te corres en su puta cara.

Sí. Me corrí. ¡Joder si me corrí! Mi dedo pulsaba la tecla a un ritmo enfermizo, implacable... y las fotos de Celia se sucedían a ese mismo ritmo: sola o acompañada, siempre con esa mirada, esa sonrisa de quien ignora que va a terminar entre los hierros de un vehículo.

Celia fue la primera, y siempre la recordaré de manera especial. Pero después de ella vinieron muchas otras. Tantas que no consigo retener sus nombres, ni sus caras.

Acudo a las esquelas del periódico igual que otros acuden a Tinder o a Badoo. Sólo en esas páginas siniestras encuentro a las musas de mis pajas. Siempre el mismo proceso: Leerlas todas, seleccionar dos o tres nombres, explorar el ciberespacio hasta localizarlas: Facebook, Twitter, blogs, Instagram, Meetic. No discrimino. Rubias, morenas, delgadas, rellenitas, adolescentes, treintañeras, cuarentonas... Todas tienen en común que son eternas.

No siempre hay suerte, querida. Algunas se marchan dejando su red social cerrada a cal y canto. En esos casos me conformo con una foto de perfil minúscula y poco más. Pero otras... Otras dejan una puerta entreabierta que me permite gozar de todos sus despojos. Fotos y vídeos, por supuesto, pero no sólo eso. Allí me tienes, como un pervertido que olisquea ropa interior, cotilleando, leyendo lo que esas chicas habían comentado dos días antes, las frases de Paulo Coelho que habían compartido la noche antes de morir, los eventos a los que pensaban asistir antes de saber que el evento más cercano era un entierro, un velatorio, una misa en su honor. Ésas son las cosas que miro mientras me toqueteo, mientras ofrendo mi esperma a gente que no existe. Todo eso, querida, es lo que a mí me excita.

Luego pasan los días y alguien demuele esos edificios abandonados en las barriadas del ciberespacio. Suele ocurrir, tarde o temprano. Pero mientras tanto... Mientras tanto esas muertas son mías. Las rastreo con desesperación. Me follo sus caparazones huecos. Necrófilo virtual. Yonki de los fantasmas. No hay placer más intenso que el de poseer algo que se desintegra irremediablemente para fundirse en la Totalidad.

Creo que queda poco más que decir, cariño. Voy a ir enviando el mail. Supongo que no lo vas a leer. No creo que haya WiFi dentro del ataúd. No puedo evitar sentirme responsable de lo que te ha pasado. Estoy casi seguro de que hay un vínculo inconfeso entre tu suicidio y mi comportamiento. Yo te traje hasta aquí, a base de ignorarte; a base de darte a entender con cada insinuación, cada mirada... que otras me estaban dando eso que había dejado de buscar en ti. Y ese matiz de culpa, para qué negarlo, me pone también un poco a cien.

Míralo por el lado bueno, amor mío: Ahora te vuelvo a ver con otros ojos. Ahora por fin podemos amarnos, desearnos. Como en los viejos tiempos.


Madrid. 12 de febrero de 2013.


miércoles, 26 de octubre de 2016

EL HILO DE LA MUERTE EN LA MANZANA.




Amanece en Madrid, y eso quiere decir que anochece en cualquier otro lugar.

En una cama de matrimonio del 2ºA del número 6 alguien tira de una manta para abrigarse, y al hacerlo le arrebata esa manta a otra persona hasta hacerla tiritar de frío.

Cuatro apartamentos más hacia la izquierda alguien ignora una llamada para rapiñar un poco más de sueño. “Si es algo importante ya dejarán un mensajito en el buzón de voz”. Y es importante, sí, pero no le van a dejar ese mensaje. Cuando alguien te llama para decirte que tu padre ha muerto no le apetece conversar con una máquina.

En el edificio de al lado hay un señor sentado en su sofá, hundido, inclinado sobre sí mismo. No se ha movido de allí en toda la noche. Es escritor, y le han diagnosticado cáncer. Un cáncer de los de antes, de los que no se curan. Le queda poco tiempo de vida. Menos de lo que dura un calendario. Lleva nosécuántos días sin dormir, intentando terminar su última obra, la más personal e intransferible: Su epitafio.

Tres pisos más arriba un chaval empieza a ver una serie en su portátil. Tiene un 60% de batería. “Es suficiente”, piensa el joven. Un 60 le basta para visionar el capítulo entero antes de que el ordenador se apague. Se lleva el portátil a la cama, pulsa el play, apoya la barbilla en la almohada, disfruta diez minutos de metraje pero no los disfruta en realidad. Su mente está pendiente de la cuenta atrás: 59% de batería, 58% ... 55% ... 40%... El capítulo no dura más de veinte minutillos. Él sabe que le queda batería de sobra, las matemáticas son inamovibles... pero no está tranquilo. No le agrada pensar en ese flujo de energía que se agota. Finalmente se levanta, enchufa el cargador del portátil a la red. Sólo entonces se siente más tranquilo… Sólo entonces consigue relajarse… Ya no siente el aparato marchitándose.

Una mujer de 34 años hace footing por la acera de esa misma calle. Corre como si huyese de algo… y corre al mismo tiempo como si avanzase intencionada, inexorablemente hacia ese mismo algo. Las agujas del reloj se desmoronan sobre ella. Es difícil saber si esta insaciable corredora intenta prevenir un infarto o provocarlo.

Dobla la esquina y...

... ahora estamos en otra calle de esa misma manzana. Una manzana en pleno centro de Madrid. Una manzana que lucha por no pudrirse antes de tiempo.

Séptimo piso del tercer portal. Suena un despertador. Un chico y una chica se despiertan. Son pareja. El piso necesita un buen repaso pero ninguno de los dos hará nada al respecto. La bañera es un criadero de hongos, la cortina de la ducha es un mosaico de líquenes, el lavaplatos un festival de moho, el parqué una orgía de insectos vivos comiendo insectos muertos. Sólo harían falta media hora y medio litro de lejía para limpiarlo todo pero ambos se resisten a ello. Si suprimes hongos, líquenes, polvo, insectos... la casa se reduciría a metales desnudos... baldosas frías... plásticos sórdidos... silencios... cosas... Ellos...

Cinco portales más allá hay un piso de lujo, un piso de ricos. Llevan varias generaciones nadando en la abundancia. Se pueden permitir los médicos más caros y las medicinas más insólitas. No saben lo que es pedir cita, no saben lo que es hacer cola, no saben lo que es una acampada en la seguridad social... no saben lo que se siente cuando la muerte te arrincona en el tablero de ajedrez. La abuela tiene 97 años, la madre está a punto de cumplir los 80, sus hijos rondan los 60, los nietos ya rebasan la treintena. En esta casa nadie muere, todos están bien atendidos, todos reptan cuesta arriba por el flujo indolente de los días...

... todos presumen de esquivar muy bien la Muerte...

... y lo único que consiguen...

... lo único que les queda...

... es acostumbrarse demasiado a ella...

... y apagarse lentamente, poco a poco...


Madrid. 23 de febrero de 2013.





martes, 25 de octubre de 2016

EL NIÑO QUE APRENDIÓ A COMER MIERDA.



Mierda. Sólo te han encargado una cosa para hoy. Sólo una puta cosa. Te lo llevan recordando desde hace una semana. Todos los días. Qué pesada tu mujer, ¿eh?

“El jueves es el cumple de Guille, acuérdate, yo me ocupo de la fiesta de este finde y tú del regalo, ¿vale?”

Que sí joder. Yo compro el puto regalo.

“Tienes una juguetería justo a la salida del trabajo...”

Que sí, joder, que te repites más que el ajo, que antes del jueves se lo compro.

Pero hoy es jueves y ¡sorpresa! el puto regalo brilla por su ausencia. El hecho de que haya una juguetería junto al curro no facilita las cosas, porque ya estás a diez paradas de distancia de tu curro. La boca de metro regurgita tu figura de capullo trajeado en esa ciudad dormitorio en la que vives, en ese tanatorio de ladrillos. Miras el reloj: Las ocho menos cuarto.

Ya no estás en el centro. La única juguetería de tu barrio no es precisamente el Toys R Us. Cierra a las ocho. No aceptan tarjetas de crédito.

Abres tu cartera de piel para confirmar lo que ya sabes: No hay nada en efectivo. Sólo unos pocos céntimos.

El cajero más cercano es – ¡putos barrios residenciales! – también el único en mil kilómetros a la redonda. Galopas cuesta arriba, recorriendo esa calle que te separa de él. Tu traje se estaría empapando de sudor si no fuera porque hace un frío de cojones. Llegas al cajero con una punzada en el estómago, tu aliento es un código morse escrito en vaho, transmitiendo dos frases: “Te estás haciendo viejo para esto. Apúntate a un gimnasio.

No te pares a recobrar el aliento, coño. ¡Tienes prisa! Es el puto cumple del puñetero Guille. Entra en el puto cajero, saca cuarenta euros y corre hacia la juguetería. ¡Ahora! Bueno, quien dice cuarenta dice veinte. Es un chiquillo de dos años, no va a apreciar la diferencia de precio.

Tu mano a punto de empujar la puerta del cajero: se detiene en seco, bruscamente, dejando su huella en el cristal empañado. Frotas ese cristal, lo desempañas, confirmas tus temores:

Hay un mendigo ahí dentro.

Está durmiendo, o finge dormir para que la noche le deje en paz por unas horas. Es asqueroso. Embutido en ese mugriento saco de dormir, como una butifarra hinchada, maloliente; como algo que lleva semanas flotando en un charco.

Retrocedes. No quieres entrar ahí. El cajero está ocupado. No sabes si te resistes a profanar ese descanso por respeto o por miedo. Tampoco tienes demasiado interés en averiguarlo. Te alejas un par de pasos. Te detienes. Consultas el reloj. Las ocho menos diez. No hay tiempo para titubear.

Es el único cajero en mil kilómetros a la redonda”, recuerdas.

Y es la única juguetería en mil kilómetros a la redonda, que cierra en diez minutos.

Haces de tripas corazón, respiras muy profundo, como queriendo recuperar los diez litros de vaho que has soltado. Empujas la puerta del cajero. Suavemente. No quieres despertar a su inquilino. Acompañas el cierre de la puerta con tus propias manos para que no golpee.

Te acercas al cajero casi de puntillas, aunque las suelas de los mocasines no captan tus intenciones: claquetean en las putas baldosas con un estruendo impertinente. Tienes la sensación de que el bulto del saco de dormir reacciona a tus pasos. Te giras. Falsa alarma. Es sólo su respiración desafinada. Sí... Ellos también respiran.

Tardas casi un minuto en sacar tu cartera del bolsillo, abrirla, encontrar la tarjeta. Un minuto de menos en tu cuenta atrás. Te tiemblan los dedos. A duras penas consigues insertar tu visa en la ranura. Tienes que corregir el código dos veces. La pantalla te ruega unos segundos de espera. Miras hacia atrás, inquieto, taquicárdico.

El hedor del indigente se esparce por todos los rincones del cubículo. Reprimes una arcada a duras penas. El cajero sigue procesando, con una lentitud indolente. Contemplas el bodegón macabro que se postra ante ti: Brick de Don Simón vacío, prensa arrugada, cien manchas a cuál más sospechosa en ese saco de dormir marrón. Y el hombre... el hombre... el hombre... acurrucado en su interior como un gusiluz sórdido, pelo sucio, uñas negras, cicatrices. Duerme agarrando algo entre las manos y lo aprieta como si se tratase del último resquicio de un pasado que insiste en desaparecer.

Se te escapa una risilla nerviosa. Es irónico, ¿no? Posiblemente ese infeliz ha acabado durmiendo en las instalaciones del mismo banco que le quitó la casa. Pero la risa se termina cuando lees lo que aparece en la pantalla: “No es posible realizar la operación.”

Te entran ganas de gritar. Te entran ganas de golpear esa pantalla hasta obligarla a cagar billetes. Respiras. Intentas controlarte. No quieres despertar a la bella durmiente.

Piensas en el pequeño Guille. Piensas en lo fea que se pone tu mujer cuando se enfada.

De pronto sientes la persiana metálica de la juguetería descendiendo como una guillotina que te corta la polla. Rebuscas en tu repertorio de excusas, con torpeza, sin esperanzas de encontrar alguna convincente. Tu mujer no es tan tonta. Tendrías que haberte casado con una imbécil. Todo sería más fácil. El niño da igual. Cumple dos años, joder. Aún no sabe lo que es un cumpleaños; aún no está legitimado para decepcionarse.

La respiración del homeless sabotea tu concentración. Y tú, ¿por qué sigues ahí, me cago en diez? Lárgate, aléjate de ese desgraciado. A veces la mala suerte es contagiosa. Te va a venir bien el aire frío. Pensarás mejor.

Te giras hacia la puerta de salida. Sólo entonces reparas en algo que habías pasado por alto. Ese objeto que agarra el mendigo como si le fuese la vida en ello. Ahora lo identificas: Una jirafa de peluche. Un cuello largo y amarillo asoma entre los dedos del sin techo. El animal sonríe con una inocencia muy cruel, muy fuera de contexto.

Un pensamiento te recorre la columna vertebral como una araña hecha de dedos fríos. No... No, no, no, no, no. Sigues avanzando hacia la salida, das la espalda a la tentación, sigues buscando excusas para justificar tu negligencia. Poco a poco, el “no” se convierte en un “quizá”. Vuelves a contemplar esa jirafa. Es muy graciosa, o puede que tu desesperación busque la gracia debajo de las piedras. Y está casi limpia. Sería sólo cuestión de frotarle un par de manchas.

Tú mismo te resistes a creer lo que estás a punto de hacer. Te agachas muy despacio. Un aliento repulsivo te estremece la conciencia, un aroma a vino rancio y vómito. No eres capaz de controlar los temblores de tu mano mientras rozas el tejido amarillo del peluche. Lo agarras por el cuello y tiras con suavidad, midiendo estratégicamente cada movimiento. Es la misma sensación de cuando intentas apartar tu brazo aplastado de debajo del cuerpo de tu mujer, sin despertarla. Los dedos sucios del mendigo se aferran al juguete, te lleva más de un minuto arrebatárselo. Te sentirías el ser más miserable del planeta si no estuvieses ocupado acojonándote. Sabes que ese tío puede despertar en cualquier momento. Un tetrabrick de vino es un narcótico poderoso, pero tu forma de jugar contra los dedos de ese hombre tienta un poco a la suerte.

¡Enhorabuena!

Ahora tienes la jirafa en tus manos. Echas a correr. Ya no te importa el ruido. Ya no te importa despertar a nadie. Te alejas del cajero a galope tendido y tus propios mocasines te muerden los talones.

No tienes tiempo de envolverla para regalo, o no tienes ganas, o no sabes envolver ni regalar. Al niño le gusta. A los críos de dos años les suelen gustar las cosas hasta que dejan de gustarles. Tu mujer no protesta, pero su mirada se apaga en la tuya. Te besa en la mejilla sin demasiadas ganas y en su sonrisa hay un residuo amargo, un eco de reproche. Quizá tenías que haberlo envuelto, aunque fuese con papel de periódico.

Esa noche la cama es un glaciar con patas y el techo se siente incómodo por la manera en que ambos lo miráis. Hay mil cosas que te impiden conciliar el sueño: Estrés, desazón, remordimientos, la certeza de que si cierras los ojos la próxima vez que los abras tendrás que enfrentarte a un nuevo día... Y en medio de esa algarabía de comeduras de tarro, irrumpe una nueva idea, demoledora y fulminante:

Te has dejado olvidada la tarjeta de crédito en la ranura del cajero.

A la mañana siguiente sales de casa un poco antes y te desvías hacia la sucursal bancaria. Estás nervioso. Te sientes como si regresaras al lugar del crimen, y la razón de ello es que regresas al lugar del crimen. Tus tripas intuyen que sucede algo raro segundos antes de ver los coches policiales y la ambulancia cercando el edificio. Un terror casi infantil te acaricia la nuca. Te apetece dar media vuelta, pero el daño está hecho. Tu nombre ya está allí, impreso en una tarjeta de crédito. Y una curiosidad morbosa te obliga a continuar. Un poli te impide el paso muy educadamente. Tú le preguntas qué ha sucedido allí. Su respuesta, aunque esperada, te deshilacha el alma: Hay un mendigo muerto en el cajero. Se ha cortado las venas.

Transcurre el día y nadie te molesta, nadie te llama, nadie te interroga. Nadie se interesa por un mendigo muerto.

Llega la noche. La marea de la rutina te deposita en casa a la hora acostumbrada. Tu mujer está haciendo la comida, tú te desprendes del traje y lo cambias por un chándal que se resignó hace tiempo a ser siempre de tu talla. Te dejas caer en el sofá como si no tuvieses fuerzas para llegar más lejos, haces zapping, miras la tele sin apenas mirarla. Tu atención intenta escapar hacia cualquier lugar, pero regresa una y otra vez a ese sin techo. Imaginas los surcos en sus venas, te preguntas si su sangre también hiede.

Tu hijo juega en el suelo. Parece feliz. Desentona en el apartamento. Agarra un juguete con sus manitas torpes y se lo lleva a la boca. Tardas casi un segundo en advertir que no se trata de un juguete cualquiera. Es la jirafa. El niño mordisquea ese cuello de peluche y vienen a tu mente los dedos de su antiguo propietario, las uñas negras, los tropezones de la barba, el hedor a sudor vómito, a vino... Piensas en jeringuillas, en semen, en bacterias...

Tu primer impulso es lanzarte sobre tu hijo, arrebatarle esa jirafa, rociarla con gasolina, quemarla y enterrarla en la cara oculta de la luna. Pero algo en tu interior, quizá el cansancio, te invita a recapacitar, y te recuestas de nuevo en el sofá, y te relajas, y observas cómo tu niño chupa ese peluche como si fuera un cabezón de langostino. “Qué cojones, hijo. Es hora de que te vayas acostumbrando a tragar mierda.


Madrid. 20 de febrero de 2013


miércoles, 15 de abril de 2015

PUTOS ZAPATOS



Zapatos nuevos. Los más baratos de la tienda. Veinte euros. Más no puedo gastarme, con la mierda que me pagan. Pisar bien el mundo es privilegio de los ricos. Los pobres nos conformamos con el despertador. Siete de la mañana. La empresa no me paga el transporte, así que me levanto una hora antes y recorro un kilómetro a pie. Así cojo el metro en B1 y no en B2. Es más barato. Putos zapatos nuevos. Me destrozan los pies. Cada paso es pisar cristales rotos. Seguro que mi jefe no tiene ese problema. Él llega en coche y calza zapatos de doscientos euros. Mi jefe tiene todo lo que yo no puedo permitirme, excepto la culpa. La culpa siempre la tengo yo. Ocho horas de mi vida tiradas a la basura cada día: en el contenedor del plástico, a juzgar por su sabor. Luego otros dos kilómetros de caminata, para ahorrarme tres estaciones de metro. Putos zapatos. Los veinte euros peor invertidos de mi puta vida. Las suelas son un potro de tortura, como llevar una piedra dentro del zapato. Y llego a mi estación, salgo del tren. Hay dos escaleras, unas mecánicas y otras normales. Algún gilipollas ha puesto las mecánicas para bajar y las normales para subir. Mis pies se cagan en él, peldaño a peldaño. Y en el fabricante de los putos zapatos. Intento convertir el dolor de cada paso en algo hermoso. Los pasos duelen, pero te hacen avanzar. Vamos, resiste. ¿Pero avanzar a dónde? A un piso sin ventanas al exterior, a un agujero donde desmoronarme durante algunas horas antes de que vuelva a sonar el despertador...

... antes de tener que calzarme estos zapatos de mierda de veinte euros para andar otros dos kilómetros y ahorrarme otras seis estaciones de metro.

Llego a casa, me puede la rabia, cierro de un portazo, me arranco los zapatos, busco un cuchillo, debería usarlo para degollar al presidente de mi empresa, o a mi jefe, o a los funcionarios del metro, pero soy un cobarde. Descargo mi agresividad en esos zapatos, los destrozo, los despiezo como si fueran cerdos. Me ensaño especialmente con las suelas, las rajo, las palpo, noto en ellas ese bulto, ese tumor, ese levantamiento que castigaba las plantas de mis pies.

Destripo... 

Un papel enrollado. Eso es lo que había debajo de la suela. Ése era el bulto que me rompía, que me castigaba a cada paso. Desenrollo el papel. Hay algo escrito en él. Parecen caracteres chinos. Google me ayuda a traducirlos: "Me llamo Lin. Tengo diez años. Trabajamos veinte horas cada día. No veo luz. Por favor, avisa a mis padres." 


miércoles, 1 de octubre de 2014

EL CORRALITO AFRICANO


 
En el rincón más sucio del corazón de África: Un establo de maderas torcidas, como hecho con dentaduras de borrachos.

Cuarenta millonarios bien vestidos. Ellos y ellas, encorvados sobre las vallas del corral.

Pero no asisten a una pelea de gallos, ni de perros de presa: Los contendientes son niños.

Dos niños africanos, famélicos, desnutridos, sus pieles negras intentando devorar los huesos del mismo modo en que el hambre intenta devorar sus vidas. Dos niños negros con los vientres hinchados... como con cuatro meses de embarazo.

Los millonarios corean, animan a su niño favorito...

... y los críos pelean sin demasiadas fuerzas. Llevan dos o tres días sin comer, cualquier movimiento brusco los marea.

¡Yo apuesto por el negrito de la izquierda!” “¡Cien euros por el de la derecha!

Manotazos inofensivos, muy patéticos. Sus miradas parecerían hambrientas si no fuesen tan débiles.

Uno de ellos pierde el equilibrio, sus piernas ya no aguantan. El otro aprovecha la ocasión para tirarse encima de él... intenta estrangularle con sus manos huesudas... intenta estampar el cráneo... una y otra vez...

... una y otra vez...

... contra la tierra seca del gallinero.

¡Trescientos al negrito de la izquierda!”  “¡Yo apuesto por el de la derecha!

De pronto alguien decide que esos peleles no tienes fuerzas suficientes para matarse con sus propias manos: Arrojan al ring un hueso, un fémur, una reliquia del niño que falleció hace cinco días en ese mismo establo.

El negrito de la izquierda empuña el fémur... lo hunde en las costillas de su contrincante, hace palanca.... no es difícil (las costillas de ambos tan marcadas, tan visibles)

Y con las pocas fuerzas que le quedan, el niño empuja el fémur hasta hundirlo en el corazón del otro.

Dos miradas hambrientas comparten un espasmo, un estertor... Dos miradas perdidas en una cuencas hundidas, cadavéricas...

Y un corazón que deja de latir... y unos buitres con ganas de rebañar los huesos...

Hombres adinerados que intercambias billetes, que trapichean con joyas de mujeres.

Al principio, cuando secuestraban a esos niños, les amenazaban con matarlos si no peleaban en el corralito. No funcionaba. La muerte les parecía un mal menor.

No tardaron en darse cuenta de que la mejor manera de convencerles para luchar era una única frase: “Si matas al otro niño, te lo podrás comer.”

lunes, 6 de septiembre de 2010

MALDITA COMA



(publicado originalmente en HANKOVER)


Diríjanse a la librería más cercana. Busquen esa novela del escritor Jorge Romero. Ya saben a cuál me refiero. La más famosa. Ésa que le consagró como uno de los autores más representativos de su bla, bla, bla, bla, bla.

¿Ya la tienen a mano? Ábranla por la página treinta y siete y lean la primera frase del segundo párrafo. ¿Lo han notado? Hay una coma, y está colocada en un lugar ambiguo. Los eruditos podrían discutir durante horas sobre ella sin encontrar razones para considerarla errónea.

Pero interrumpe la fluidez de la lectura.

Cuando uno lee la frase, sufre un bache. Similar a un tropezón en una acera. El hechizo se tambalea en una especie de coitus interruptus. Algo muy leve. Una fracción de segundo. Un trastabillar, recuperar rápidamente el equilibrio y continuar con cara de “aquí no pasó nada”.

Esa coma sobrevivió al primer borrador de la novela, y al segundo. El corrector de estilo de la editorial tampoco halló razones para descartarla. Era correcta. Pero cada vez que Romero le perdonaba la vida en el circo romano de las letras, sentía cómo sus vísceras se traicionaban a sí mismas.

La novela se publicó. Gustó. Medró. Parte de la labor de promoción consistió en Jorge Romero volando aquí y allá, leyendo pasajes de la obra en centros comerciales, en clubes de lectura, en radios, en universidades. Y en esas ocasiones, cada vez que el escritor llegaba a la página treinta y siete, cada vez que leía la primera frase del segundo párrafo se reencontraba con la coma, y la coma era una espina que le hería en un lugar muy hondo, inyectando frustraciones y amarguras.

Hace unos días Jorge Romero fue a hacerse unos análisis y le diagnosticaron cáncer. Un cáncer letal, precioso e imparable. Y nadie se lo explica. Jorge no fuma, no come porquería, apenas bebe.

Lo que sí reconoce incluso el más mediocre de los médicos es que la amargura es el mejor caldo de cultivo para esa enfermedad irreversible.

La causa de toda esa amargura tan sólo el escritor la sabe. Pero regresen a la librería del principio. ¿Ven a ese hombre que coge del estante esa novela que ustedes acaban de soltar? ¿Ven cómo la abre por la página treinta y siete? ¿Ven cómo extrae su botellín de tipex y deposita una lagrimilla blanca sobre esa impertinencia que trastorna la primera frase del segundo párrafo? Ese hombre es el escritor Jorge Romero, y después de esta librería pasará a la siguiente, y luego a la otra, y luego a la de más allá.

No parará hasta que se le acabe el tipex, o hasta que se le apaguen los minutos.



Fuerteventura. 2 de septiembre de 2010.

sábado, 24 de julio de 2010

Y AL FIN SUCEDIÓ.

(finalista en el concurso de microrrelatos de Editorial LdN)

Y al fin sucedió.

Una computadora logró escribir un libro. De principio a fin. Y en contra de lo que cabía esperar, el resultado era precioso. Redactado con una pasión que cosquilleaba las entrañas. Una novela razonablemente imperfecta, como todo lo que apetece amar.

La clase de obra que sólo puede brotar de alguien que conoce a las personas mucho mejor de lo que ellas se conocen a sí mismas.

“He aquí la demostración de que jamás ha existido el alma humana”, dictaminó un científico. Y así lo confirmaron otros dos, otros veinte, otros doscientos.

Cuando aquella sentencia llegó al conocimiento de la computadora, ésta procesó la información. Y tras un llanto de ceros y unos, se quitó la vida.


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EL CIELO DE LOS ÁRBOLES.

Era algo que los microscopios humanos nunca sospecharon.

Los árboles eran criaturas religiosas. Les aterraba morir, pero encontraban un consuelo incierto en la posibilidad de que su madera trascendiese. Reciclada en objetos. Dotada de alguna intención, algún sentido, algún derecho a seguir existiendo en nuestro mundo.

Ser convertido en libros. Ése era el mayor honor al que podía aspirar un árbol muerto. Ése era, por expresarlo de algún modo, “el cielo de los árboles”.

Luego proliferó el libro electrónico. La Literatura se divorció del papel. Los árboles se quedaron sin cielo y ya no hubo motivo; ya no hubo promesa que les animase a mantenerse en el camino recto.

Mutaron, crecieron, crepitaron...

... y terminaron como nosotros. Y con nosotros.


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viernes, 9 de julio de 2010

AMALIA DOS

Amalia nunca borra un mail. Si le preguntas por qué, ella sabe ofrecerte una veintena de respuestas. Tantas como tipos de mail existen. Aunque supongo que la razón última es siempre la primera: Todos tenemos miedo de morir, y sabemos que también a nosotros nos borrarán un día, cuando dejemos de tener sentido.

Nunca falta una buena razón para conservar un mensaje de correo electrónico. Hay mil coartadas con que aferrarse a lo efímero: Lo bonito que sería releer ciertas palabras más adelante, en uno de esos futuros en que los presentes se convierten en nostalgias. Lo útil que sería repescar ciertos datos la próxima semana, el mes que viene, para tramitar esto, para ultimar lo otro. Las fotos de ese viaje a Marruecos de Natalia, que acaso estarán más seguras en los abismos del cyber-espacio que en la precariedad de un disco duro.

La cuenta de correo de Amalia creció, creció, creció. De manera incontrolada. Fue tal la cantidad de información acumulada, fue tal la complejidad, tal el sinsentido de aquel magma de datos, que tarde o temprano tuvo que ocurrir: El caos chocó contra sí mismo y de él surgió ese capricho tonto que algunos llaman vida.

Aquella dirección de mail cobró conciencia propia. Se percibió a sí misma como algo diferente, algo envuelto en un papel de regalo que lo aislaba del todo y de la nada. Sintió, a su virtual manera, el cosquilleante dolor de la existencia.

Y así nació Amalia dos.

Una vez detonada esa chispa de auto-consciencia, la personalidad del nuevo ser se definió mediante retazos de todo aquello que alguna vez despegó o aterrizó en la bandeja de entrada de Amalia. Millones de datos, almacenados desde el principio de los tiempos, cogiendo polvo digital en tal o cual carpeta.

No sería pues descabellado aventurar que Amalia dos iba a crecer a imagen y semejanza de su dueña de carne y hueso o – aquí el matiz importa – a imagen y semejanza de la imagen que la propia Amalia tenía de sí misma.

Porque escribir es mentir. Cuando intentamos reproducirnos a nosotros mismos al otro lado del teclado, el personaje resultante tiene más de anhelo que de descripción real. Todo mentiras. Contadas a los demás. Contadas a nosotros mismos. A veces por falta de auto-conocimiento. A veces por miedo. A veces por frustración, por ansias de jugar a ser los otros. A veces por pura seducción. A veces por pereza, por desidia, por el tiempo que cuesta demorarse en explicar ciertas verdades.

Todos esos engaños componían la esencia de Amalia dos; todas esas cualidades adulteradas, casi ficticias del álter-ego involuntario de la Amalia original; toda esa colección de pieles obsoletas de serpiente.

El carácter de Amalia dos se había forjado en base a mails olvidados. Fósiles acomodados en distintos estratos temporales que remitían a distintas Amalias; la Amalia de ayer, la Amalia hacía un año, la Amalia ya lejana de los días del erasmus... Pero esas distinciones no existían para la Amalia dos. En ella el concepto tiempo nació junto al resto de lo que significa ser consciente. Cualquier información previa en su archivo era considerada atemporal, eterna. Absoluta.

El resultado se tradujo en pura esquizofrenia.

En Amalia dos tenían igual vigencia las confesiones íntimas sobre aquel chico ya olvidado que la enamoró seis años antes, el rencor fresco hacia ese jefe que la estaba amargando en un trabajo que ya ni siquiera existe, la preocupación por esa hermana enferma a la que iban a operar pero que ya la han operado y todo salió bien menudo alivio y su mejor amiga que era Marta y Carolina y ahora Carmen porque las dos odiamos a Marta pero qué tonta he sido te quiero Marta hemos perdido el contacto últimamente Carolina pero es que es ley de vida creo que deberíamos darnos un respiro y sé cómo alargar tu pene y hacerte adelgazar en dos semanas jejejeje ;-) ¿te vienes mañana a la fiesta en casa de Josemi? Ke bien stuvo la fiesta d Josemi ay que repetir ya stoy harta d ls fiestas d Josemi escrito desde mi dispositivo móvil soy una tía cojonuda a veces me doy asco :(

No es necesario explicaros por qué Amalia dos se convirtió en un ser desequilibrado, con una percepción de nuestro mundo adulterada.

Cuando Amalia – la corpórea – teclea su contraseña para mirar el mail como cualquier mañana, no la dejan acceder a su cuenta.

Contraseña incorrecta.

Vuelve a teclear. Vuelven a cerrarle la puerta en las narices. En su propia casa. Contraseña incorrecta.

“Eso es que te han hackeao la cuenta”, diagnostica un compañero de trabajo. Ése que – pobre infeliz, bendito iluso – sueña con llevársela a la cama enarbolando sus conocimientos de informática.

Otro par de intentos infructuosos, otro par de contraseñas incorrectas y tira la toalla. Se muda de dirección en Arrobalandia y aprovecha para limpiar su agenda, para podar y oxigenar su vida social. A los dos días ya ha olvidado la dirección antigua.

No tardan sin embargo en llegar lo que, aunque ella no puede imaginarlo a priori, son noticias sobre las andanzas de la nueva Amalia.

“Jo, tía, ya te vale. Mira que venirme ahora con ese mail... ¿Cómo puedes restregarme eso en la cara después de tanto tiempo?”

“Señorita, se lo he dicho por correo electrónico, pero se lo repito por teléfono. Deje de acosarme o llamaré a la Policía. Ya le comuniqué en su día la razón de su despido. Esos insultos están totalmente fuera de lugar.”

“¿Qué derecho tienes tú de decirle a Olga lo que Carlos piensa de ella? ¡Ahora no se hablan! ¡Por tu culpa! Tú antes sabías guardar secretos, tía.”

“¡Amalia! ¡Qué coincidencia! Se me hace raro verte en persona, después de todo lo que hemos estado compartiendo por la red en estos días... ¿Cómo que de qué hablo, a qué estás jugando? ¿Qué pasa ahora con todo eso de que en el instituto fantaseabas con hacerme esto, aquello y lo de más allá? ¿No decías que querías pellizcar este culito? ¡Pues aquí lo tienes!”

Amalia reúne piezas suficientes para esbozar un puzzle y llega a la conclusión más lógica: El cabrón ése que le había jequeado la cuenta, o como coño se diga.

“¡No soy yo! ¡Es otra persona! ¡Están usando mi cuenta para hacerse pasar por mí! ¡No hagáis caso de lo que os llegue a través de mi antigua dirección! ¡Ésta es la buena!” Así lo hace saber Amalia a todos los afectados. Así lo comunica a todos sus contactos.

“¡Déjate de coñas!”, le replican ellos. “Nadie podría suplantarte así de bien. Se expresa exactamente como tú. Sabe cosas que sólo puedes saber tú. ¡Si hasta sus faltas de ortografía son las tuyas!”

Sí... Amalia dos se comportaba como su antigua dueña, aunque con una escalofriante diferencia. Percibía a los interlocutores tan intangibles como ella. Nunca experimentó esa mirada de reproche con que te fulmina una persona cuando le dices una inconveniencia, ni conocía los cien sabores distintos que puede tener el veneno de una misma frase, ni el miedo que hace temblar la voz al pronunciar ciertas palabras. Eso contagiaba de ligereza todas sus relaciones. Se dirigía a los contactos de su agenda con naturalidad temeraria, sin calcular las consecuencias, buenas o malas, que pudiese tener la espontaneidad de sus iniciativas.

Y el efecto de todo esto sobre Amalia será devastador. Su mundo se desmenuzará como el pan seco porque un huracán llamado Amalia dos se dedica a arrasar con todo, sembrando encuentros, dinamitando lazos, removiendo pasados y replanteando futuros.

La realidad que emerge de entre los escombros no se puede considerar mejor. Tampoco peor. Es en todo caso distinta, caprichosa, salvaje, impredecible puede que peligrosa. Pero se trata de un peligro mágico.

Muy pronto la propia Amalia se ve obligada a reconocer que aquello no es obra de un simple hacker. Hay una conexión muy íntima entre sus vísceras y las iniciativas de Amalia dos. Amalia entiende sin saber lo que entiende. Amalia intuye. Amalia descuelga el teléfono, llama a la empresa que gestiona las cuentas de correo. Amalia oye pitidos. Amalia espera. Amalia sabe no sé qué de los servidores, que sólo tiene que exigir que eliminen su antigua dirección, todos sus datos. Les obligará a ello, les amenazará con denunciarlos si es preciso.

Descuelgan al otro lado de la línea.

La persona que la atiende es una definición de simpatía. La actitud no puede ser más receptiva. Será sencillo. Unas palabras de Amalia y el ser que sabotea su existencia dejará de existir.

Llega la hora de pronunciar esas palabras, pero a Amalia se le atragantan en la boca. De pronto desfilan por su mente todos los cambios de los últimos días, los frutos del sabotaje del que está siendo víctima: empleos perdidos, senderos descubiertos, fantasmas invocados, abrir jaulas, sembrar terremotos, arrancar rastrojos, sodomizar silencios que suplicaban por gritar desde hacía siglos.

Amalia no sabe a dónde va a llevarle todo eso, pero le llevará a algún sitio. Y eso es algo que jamás pudo decir de su anterior vida, la de antes de que jugara Amalia dos; la de las frases nunca dichas, la de los cofres sellados para siempre, a cal y canto.

Amalia cuelga el teléfono.

A partir de este momento, cada vez que alguien se le acerca – alguien desconcertado o intrigado o indignado maravillado confundido decepcionado agradecido – cada vez que ese alguien le increpa, le exige, le interroga... Amalia responde:

“Sí, lo he escrito yo. No me nacía callarme”.

A partir de este momento Amalia cierra los ojos, y le regala el timón a Amalia dos, y se agarra a la barandilla de la montaña rusa, y aguarda el cosquilleo en el estómago. Y acepta cien sorpresas, cien misterios detrás de cada curva.



Fuerteventura. 9 de julio de 2010

martes, 22 de junio de 2010

LOS ENCARGOS DEL SEÑOR TERRANOVA

Bram era guionista. Y los guionistas son gente rara que encuentra inspiración en sitios raros. En el caso de Bram, no obstante, esa rareza alcanzaba cotas enfermizas.

Desde hacía varios meses sólo existía un lugar en el que a Bram se le ocurrían ideas verdaderamente buenas.

La consulta del dentista.

Por alguna retorcida, inexplicable razón sólo lograba ordeñar a sus musas mientras le anestesiaban la boca. Mientras le taladraban los dientes. Mientras olía el chamuscar de sus propias terminaciones nerviosas.

No era la primera vez que Creación y Sufrimiento pactaban un matrimonio de conveniencia por el bien del bebé. Pero a Bram le preocupaba notar cómo la Odontología se transformaba, poco a poco, en solución de sus problemas creativos. La cosa llegó a un punto en que parecía imposible disociar ambas realidades.

Si no encontraba el final adecuado para su capítulo de teleserie, se acordaba de aquella muela que llevaba dos meses sin dolerle, pero que igual necesitaba un empaste. Si experimentaba un bloqueo escribiendo su película, se consolaba comiendo gominolas, caramelos, trozos de carne con huesos traicioneros; cualquier cosa capaz de dañar un diente a largo o corto plazo.

Al principio esa clase de conductas eran inconscientes; una relación entre el punto A y el punto B que sólo se establecía en los sótanos del cerebro de Bram. Hicieron falta meses para que el guionista asumiese su adicción. Se descubrió visitando a su dentista todas las semanas, su cuenta bancaria menguaba dentellada a dentellada. Y tenía la boca tachonada con más metal del que podía ser sano. Suficiente metal para hacer cantar ópera al control de seguridad de un aeropuerto.

Había que hacer algo al respecto.

Así, del mismo modo en que el alcohólico se aleja de la botella, Bram decidió no volver a pisar la consulta.

Intentó emular en su despacho el ambiente de aquella clínica dental. Quiso reproducir cada ingrediente con métodos caseros. El olor a desinfectante. El sillón que le ponía a uno bocabajo haciendo peregrinar a la sangre desde los pies a la cabeza. La lámpara de cuello de jirafa asomándose como un robot por detrás de cierto hombro, escudriñando, deslumbrando. La misma emisora de radio que solía sintonizar la enfermera durante las intervenciones.

No funcionaba.

Y Bram había olvidado cómo mover sus alas sin expertos trabajándole la boca.

No es que ello le impidiese ganarse la vida. Un guionista puede ganarse la vida perfectamente sin necesidad de recurrir a algo tan etéreo como la inspiración. Si no se lo creen, hagan zapping.

Pero una cosa es “ganarse la vida” y otra muy distinta es descubrir ese alimento espiritual que la convierte en algo digno de vivirse. Alimento que Bram no conseguía encontrar en esa mecánica rutina, en esos trabajos por encargo para el canal de televisión “Nosécuántos” o como asalariado de la productora de “Noséquién”.

Bram era un alma hambrienta de poesía. Poesía que surgía en su escaso tiempo libre, cuando podía permitirse el lujo de escribir sus propias cosas.

Y ésas eran las cosas que se negaban a brotar en sus entrañas desde que dejó de visitar a su dentista.

Pensó en psicólogos. Desechó la idea. Ya había invertido demasiados euros persiguiendo soluciones médicas. Pero una cosa estaba clara: El error había sido buscarle al problema una solución externa. El buen camino estaría, pues, en una reconfiguración de su paisaje interior.

Bram se examinó por dentro. Descubrió que le resultaba muy sencillo rendir cuando escribía por encargo, pero era incapaz de juntar más de dos palabras en una creación propia. ¿Por qué? Aquella pregunta parecía apuntar directamente hacia la raíz del asunto.

Cuando un guionista se dedica a trabajar por encargo pierde capacidad de iniciativa propia. Se convierte en un perro amaestrado, una herramienta al servicio de personas con más poder que él.

“Estoy tan acostumbrado a obedecer a otros que he olvidado cómo darme órdenes a mí mismo”.

En cuanto Bram cobró conciencia de ello, la idea llegó sola.

¿Y si creaba a un cliente en su cabeza? Un hombre imaginario que le pidiese cosas. Un malabarismo simbólico para que las ideas del propio Bram pareciesen encargos de alguna otra persona.

Así nació el señor Terranova.

Bram eligió el nombre inspirándose en un viejo juguete de la infancia. De esa manera pretendía recobrar un ápice de la ilusión perdida tras tantos años de profesionalidad mal enfocada.

Pero ésa fue la única concesión infantil que se permitió el guionista. A pesar de su nombre de juguete, el señor Terranova era un tipo serio. Un señor importante que encargaba cosas importantes. Bram lo imaginó con traje azul marino inmune a las arrugas, corbata adherida a la garganta como una sanguilueja, pelo disciplinado, monocorde, sin traicionar la voluntad del peine. Olería a loción de afeitar y llevaría maletín. Los tipos importantes llevaban maletines.

En los días que siguieron, Bram se imaginó decenas de reuniones con el señor Terranova. Visualizaba a su propia creación entrando en el despacho, dejando el maletín sobre la mesa y formulando sus demandas como quien asigna misiones a un agente secreto.

- Queremos una película de intriga. Alguien está matando a los ciudadanos en el orden en que aparecen en la guía telefónica. El nombre del protagonista empieza por Z. Figura el último en la guía.

Cosas así.

Eran las ideas de Bram, pero en la boca del señor Terranova parecían más convincentes, más fiables. Y el guionista obedecía, escribiendo con una determinación que nunca se habría concedido a sí mismo; moviendo los proyectos con una confianza que abría toda puerta de toda productora. A golpe de ariete.

En menos de un trimestre Bram vendió dos largometrajes, cuatro series, un formato de concurso televisivo. Todo ello concebido en sus reuniones ficticias con el señor Terranova.

Existe una pregunta a la que normalmente ningún guionista es capaz de dar respuesta. Y es probablemente la pregunta que más se formula a los integrantes de ese gremio: “¿De dónde sacas las ideas?” Bram era el único que disponía de respuesta, pero se la callaba para evitar la suite de paredes acolchadas.

Ahora bien, con cada éxito profesional, las cosas se complicaban en el mundo interior de Bram. El señor Terranova se materializaba en su despacho con una mirada cada vez más inhumana, más opaca. Y le encargaba proyectos cada vez más extraños.

- Un señor que caga langostas. Enteras. Aún vivas. Las pinzas le pellizcan los muslos. Se gana la vida limpiándolas, vendiéndolas. Pero para que broten langostas de su culo, tiene que comer mujeres, o tal vez menstruaciones. Haz algo con eso.

- ¡¿Cómo voy a escribir algo así?! – replicaba Bram -. ¡Es enfermizo! ¡Me lo arrojarán a la cara!

- Va a ser un éxito – aseguraba el señor Terranova, parpadeando con aquellos ojos negros que parecían agujeros -. Confía en mí. Hasta ahora me has hecho caso, y he acertado.

Bram confiaba. Escribía lo que el señor Terranova le dictaba. Y funcionaba. Siempre funcionaba. El público se tragaba su mierda con avidez, no importaba lo absurda o retorcida que fuese.

Los euros llovían en la cuenta corriente de Bram. Los peces más gordos del sector audiovisual se peleaban por comprar sus guiones. A simple vista había que ser muy desagradecido para no estar contento. Por eso Bram no conseguía explicar la desazón que le aguijoneaba desde dentro.

A pesar de sus éxitos, estaba igual que al principio. No escribía las cosas que quería, no trataba los temas que de verdad le motivaban. Todas las decisiones creativas corrían a cargo del señor Terranova, y éste había resultado ser el peor de los clientes. El más perverso. El más autoritario e inflexible.

En todo ello pensaba Bram durante cierto trayecto de metro. Atravesaba un pasillo interminable para cambiar de andén y de repente, por algún motivo, todas sus preocupaciones se le antojaron más pesadas que nunca. Irresolubles. Sintió, con una preocupante intensidad, la tentación de tirar la toalla, de abandonarlo todo. Brotaron en su mente como alternativas fáciles el puenting sin cuerda, la sobredosis de somníferos, la cuchilla indagando entre sus venas.

Tardó algunos segundos en descubrir que todo su derrotismo estaba siendo potenciado por un factor externo.

Una melodía.

Salía del agujero de una flauta. El flautista en cuestión era uno de esos chavales de veintipocos años que tocan en la calle para ganarse unos dineros extras. Pero la música que arrancaba del vientre de la flauta no era precisamente el último éxito de los cuarenta principales, ni la canción bailable de las verbenas de los pueblos.

Las notas sonaban enfermas, inconexas. Parecían pesar en el aire. Bram se fijó en los demás transeúntes. Todos mostraban síntomas de depresión transitoria cuando pasaban junto al músico. Caminaban sin demasiadas fuerzas, como si llevasen los abrigos empapados en lágrimas.

“Esta música deberían prohibirla. Debería ser exterminada de la faz de la tierra. Y olvidada.”

El señor Terranova, al parecer, no opinaba igual. Aquella noche se presentó en el despacho de Bram, posó su maletín sobre la mesa y:

- Hay un flautista que suele tocar en la línea 2 del metro – dijo -. Queremos que escuches cómo suena. Hay una peli ahí. Esa melodía podría ser el tema principal de la banda sonora.

- ¡¡No!!

- La música sería la protagonista de la historia. Esa flauta hipnotizaría a los niños, y los niños se cargarían a sus padres, para intentar no haber nacido.

- ¡¡No!! ¡¡Eso es atroz!! ¡¡Me niego!!

- ¡No puedes negarte! – los ojos del señor Terranova eran cada vez más negros en su imaginación. Impenetrables. Fríos -. ¡Sabes que sin mis ideas no eres nadie!

- ¡Eso es mentira! – no lo era - ¡Puedo escribir sin tu ayuda! ¡Me irá mejor! ¡Le irá mejor al mundo entero!

Pero a pesar de todo, Bram obedecía. Ya no tenía ni las fuerzas ni el hábito necesarios para pensar por cuenta propia.

Cada golpecito en el teclado de Bram convertía el mundo en un lugar peor.

Le peli del flautista reventó las taquillas. El veinteañero del metro conoció la fama. Llenó estadios enteros con sus conciertos. El público perdía la alegría de vivir cuando escuchaba los ritmos que imponía aquella flauta, pero todos eran adictos a ella. El índice de suicidios aumentó en todo el país. De manera alarmante. Y gran parte de la culpa era de Bram y su incapacidad para llevarle la contraria a un cliente que ni siquiera existía.

Y la maldita peli de la flauta no era un caso aislado. Pronto se dio cuenta Bram de que todos sus éxitos recientes habían contribuido a dañar la Sociedad de una manera u otra.

Series que promovían valores destinados a emborronar el mapa moral de los adolescentes y los niños; películas que catapultaban a la fama a cierta actriz, convirtiéndola en líder de opinión, estableciendo un ideal femenino que dinamitaba todo lo que se había logrado en los últimos dos siglos; concursos que promovían el odio entre maridos y mujeres, entre perros y amos; narraciones tan simples, tan directas, que atrofiaban los intelectos edulcorándolos con la perversa droga de lo fácil.

Invocar al señor Terranova no había sido buena idea, y un retazo del inconsciente de Bram decidió refugiarse en las alternativas del pasado.

“Esa muela del fondo... Creo que comienza a molestarme... Cuando menos lo espere podría empezar a doler... Tal vez debería ir al dentista...”

Apagó el ordenador. Salió de casa. El señor Terranova podía esperar. El señor Terranova podía irse al carajo. Su muela era más importante. Su bendita y atrofiada muela.

Si hubiese llamado para pedir cita se habría ahorrado el viaje. La clínica dental había desaparecido. Sólo quedaban en la fachada una puerta cerrada, algunos tablones de madera torcidos intentando taponarla, unos cristales que cultivaban tierra, unos carteles desgastados por el sol.

- No... – suspiró Bram - ¡No! ¡Necesito arreglar mi muela!

Se negó a volver a casa. Sabía que allí le estaría esperando el señor Terranova. En el despacho. Con su maletín plantado en la mesa. Burlándose de la derrota de Bram con su sonrisa cruel, con sus ojos negros como tubos de aspiradoras. Proponiéndole alguna idea abyecta que él no tendría más remedio que escribir.

Probó con otro dentista, pero faltaba algo. Las ideas no querían ser tenidas. Faltaba algo... Sabía reparar las muelas, pero no sabía despertar las musas. Bram necesitaba su clínica dental. La de antes. La de siempre.

Resetear su vida. Regresar al punto en que el señor Terranova no le visitaba ni existía ni le era necesario.

Recurrió a internet. Quizá su clínica dental se había trasladado a otro local. En ese caso, la red le informaría. Averiguaría la nueva ubicación, les reencontraría. Resetear... reseterar...

Resetear...

Tecleó el nombre de la clínica.

Click de ratón. Buscar.

Encontró una noticia. No tenía buena pinta.

Click.

No se habían trasladado. Habían cerrado. Una multa millonaria los había arruinado. No cumplían los requisitos legales. ¿Por qué? Bram siguió investigando.

Click.

Algo relacionado con los empastes. Los hacían utilizando un metal no homologado. Un metal de propiedades desconocidas. Bram sintió un estremecimiento. Se llevó la mano a la boca. Instintivamente. ¿Qué clase de metal?

Click.

Un yacimiento de Tanzania. Porque el metal era barato. Porque la excavación era barata. Porque el agujero ya estaba casi hecho. Un cráter. Redondo. Perfecto. Huella de algo que alguna vez chocó contra la Tierra.

Click.

Bram amplió las fotos de la web. Mostraban el cráter (click), el yacimiento (click), los africanos picando en la cantera, profanando aquel metal tan negro que desafiaba a la mismísima existencia.

Y el guionista detectó algo escalofriantemente familiar en aquella negrura. Exactamente la misma negrura que coronaba todos sus empastes. La negrura que (click) si uno ampliaba ciertas fotos (click), podía encontrar también en los empastes de aquel flautista del metro o (click) en las bocas de los actores y actrices que protagonizaban la mitad de sus guiones. Todos ellos tenían en común una clínica dental, y una negrura...

... la negrura de los ojos del señor Terranova.


Fuerteventura.
22 de junio de 2010