martes, 22 de junio de 2010

LOS ENCARGOS DEL SEÑOR TERRANOVA

Bram era guionista. Y los guionistas son gente rara que encuentra inspiración en sitios raros. En el caso de Bram, no obstante, esa rareza alcanzaba cotas enfermizas.

Desde hacía varios meses sólo existía un lugar en el que a Bram se le ocurrían ideas verdaderamente buenas.

La consulta del dentista.

Por alguna retorcida, inexplicable razón sólo lograba ordeñar a sus musas mientras le anestesiaban la boca. Mientras le taladraban los dientes. Mientras olía el chamuscar de sus propias terminaciones nerviosas.

No era la primera vez que Creación y Sufrimiento pactaban un matrimonio de conveniencia por el bien del bebé. Pero a Bram le preocupaba notar cómo la Odontología se transformaba, poco a poco, en solución de sus problemas creativos. La cosa llegó a un punto en que parecía imposible disociar ambas realidades.

Si no encontraba el final adecuado para su capítulo de teleserie, se acordaba de aquella muela que llevaba dos meses sin dolerle, pero que igual necesitaba un empaste. Si experimentaba un bloqueo escribiendo su película, se consolaba comiendo gominolas, caramelos, trozos de carne con huesos traicioneros; cualquier cosa capaz de dañar un diente a largo o corto plazo.

Al principio esa clase de conductas eran inconscientes; una relación entre el punto A y el punto B que sólo se establecía en los sótanos del cerebro de Bram. Hicieron falta meses para que el guionista asumiese su adicción. Se descubrió visitando a su dentista todas las semanas, su cuenta bancaria menguaba dentellada a dentellada. Y tenía la boca tachonada con más metal del que podía ser sano. Suficiente metal para hacer cantar ópera al control de seguridad de un aeropuerto.

Había que hacer algo al respecto.

Así, del mismo modo en que el alcohólico se aleja de la botella, Bram decidió no volver a pisar la consulta.

Intentó emular en su despacho el ambiente de aquella clínica dental. Quiso reproducir cada ingrediente con métodos caseros. El olor a desinfectante. El sillón que le ponía a uno bocabajo haciendo peregrinar a la sangre desde los pies a la cabeza. La lámpara de cuello de jirafa asomándose como un robot por detrás de cierto hombro, escudriñando, deslumbrando. La misma emisora de radio que solía sintonizar la enfermera durante las intervenciones.

No funcionaba.

Y Bram había olvidado cómo mover sus alas sin expertos trabajándole la boca.

No es que ello le impidiese ganarse la vida. Un guionista puede ganarse la vida perfectamente sin necesidad de recurrir a algo tan etéreo como la inspiración. Si no se lo creen, hagan zapping.

Pero una cosa es “ganarse la vida” y otra muy distinta es descubrir ese alimento espiritual que la convierte en algo digno de vivirse. Alimento que Bram no conseguía encontrar en esa mecánica rutina, en esos trabajos por encargo para el canal de televisión “Nosécuántos” o como asalariado de la productora de “Noséquién”.

Bram era un alma hambrienta de poesía. Poesía que surgía en su escaso tiempo libre, cuando podía permitirse el lujo de escribir sus propias cosas.

Y ésas eran las cosas que se negaban a brotar en sus entrañas desde que dejó de visitar a su dentista.

Pensó en psicólogos. Desechó la idea. Ya había invertido demasiados euros persiguiendo soluciones médicas. Pero una cosa estaba clara: El error había sido buscarle al problema una solución externa. El buen camino estaría, pues, en una reconfiguración de su paisaje interior.

Bram se examinó por dentro. Descubrió que le resultaba muy sencillo rendir cuando escribía por encargo, pero era incapaz de juntar más de dos palabras en una creación propia. ¿Por qué? Aquella pregunta parecía apuntar directamente hacia la raíz del asunto.

Cuando un guionista se dedica a trabajar por encargo pierde capacidad de iniciativa propia. Se convierte en un perro amaestrado, una herramienta al servicio de personas con más poder que él.

“Estoy tan acostumbrado a obedecer a otros que he olvidado cómo darme órdenes a mí mismo”.

En cuanto Bram cobró conciencia de ello, la idea llegó sola.

¿Y si creaba a un cliente en su cabeza? Un hombre imaginario que le pidiese cosas. Un malabarismo simbólico para que las ideas del propio Bram pareciesen encargos de alguna otra persona.

Así nació el señor Terranova.

Bram eligió el nombre inspirándose en un viejo juguete de la infancia. De esa manera pretendía recobrar un ápice de la ilusión perdida tras tantos años de profesionalidad mal enfocada.

Pero ésa fue la única concesión infantil que se permitió el guionista. A pesar de su nombre de juguete, el señor Terranova era un tipo serio. Un señor importante que encargaba cosas importantes. Bram lo imaginó con traje azul marino inmune a las arrugas, corbata adherida a la garganta como una sanguilueja, pelo disciplinado, monocorde, sin traicionar la voluntad del peine. Olería a loción de afeitar y llevaría maletín. Los tipos importantes llevaban maletines.

En los días que siguieron, Bram se imaginó decenas de reuniones con el señor Terranova. Visualizaba a su propia creación entrando en el despacho, dejando el maletín sobre la mesa y formulando sus demandas como quien asigna misiones a un agente secreto.

- Queremos una película de intriga. Alguien está matando a los ciudadanos en el orden en que aparecen en la guía telefónica. El nombre del protagonista empieza por Z. Figura el último en la guía.

Cosas así.

Eran las ideas de Bram, pero en la boca del señor Terranova parecían más convincentes, más fiables. Y el guionista obedecía, escribiendo con una determinación que nunca se habría concedido a sí mismo; moviendo los proyectos con una confianza que abría toda puerta de toda productora. A golpe de ariete.

En menos de un trimestre Bram vendió dos largometrajes, cuatro series, un formato de concurso televisivo. Todo ello concebido en sus reuniones ficticias con el señor Terranova.

Existe una pregunta a la que normalmente ningún guionista es capaz de dar respuesta. Y es probablemente la pregunta que más se formula a los integrantes de ese gremio: “¿De dónde sacas las ideas?” Bram era el único que disponía de respuesta, pero se la callaba para evitar la suite de paredes acolchadas.

Ahora bien, con cada éxito profesional, las cosas se complicaban en el mundo interior de Bram. El señor Terranova se materializaba en su despacho con una mirada cada vez más inhumana, más opaca. Y le encargaba proyectos cada vez más extraños.

- Un señor que caga langostas. Enteras. Aún vivas. Las pinzas le pellizcan los muslos. Se gana la vida limpiándolas, vendiéndolas. Pero para que broten langostas de su culo, tiene que comer mujeres, o tal vez menstruaciones. Haz algo con eso.

- ¡¿Cómo voy a escribir algo así?! – replicaba Bram -. ¡Es enfermizo! ¡Me lo arrojarán a la cara!

- Va a ser un éxito – aseguraba el señor Terranova, parpadeando con aquellos ojos negros que parecían agujeros -. Confía en mí. Hasta ahora me has hecho caso, y he acertado.

Bram confiaba. Escribía lo que el señor Terranova le dictaba. Y funcionaba. Siempre funcionaba. El público se tragaba su mierda con avidez, no importaba lo absurda o retorcida que fuese.

Los euros llovían en la cuenta corriente de Bram. Los peces más gordos del sector audiovisual se peleaban por comprar sus guiones. A simple vista había que ser muy desagradecido para no estar contento. Por eso Bram no conseguía explicar la desazón que le aguijoneaba desde dentro.

A pesar de sus éxitos, estaba igual que al principio. No escribía las cosas que quería, no trataba los temas que de verdad le motivaban. Todas las decisiones creativas corrían a cargo del señor Terranova, y éste había resultado ser el peor de los clientes. El más perverso. El más autoritario e inflexible.

En todo ello pensaba Bram durante cierto trayecto de metro. Atravesaba un pasillo interminable para cambiar de andén y de repente, por algún motivo, todas sus preocupaciones se le antojaron más pesadas que nunca. Irresolubles. Sintió, con una preocupante intensidad, la tentación de tirar la toalla, de abandonarlo todo. Brotaron en su mente como alternativas fáciles el puenting sin cuerda, la sobredosis de somníferos, la cuchilla indagando entre sus venas.

Tardó algunos segundos en descubrir que todo su derrotismo estaba siendo potenciado por un factor externo.

Una melodía.

Salía del agujero de una flauta. El flautista en cuestión era uno de esos chavales de veintipocos años que tocan en la calle para ganarse unos dineros extras. Pero la música que arrancaba del vientre de la flauta no era precisamente el último éxito de los cuarenta principales, ni la canción bailable de las verbenas de los pueblos.

Las notas sonaban enfermas, inconexas. Parecían pesar en el aire. Bram se fijó en los demás transeúntes. Todos mostraban síntomas de depresión transitoria cuando pasaban junto al músico. Caminaban sin demasiadas fuerzas, como si llevasen los abrigos empapados en lágrimas.

“Esta música deberían prohibirla. Debería ser exterminada de la faz de la tierra. Y olvidada.”

El señor Terranova, al parecer, no opinaba igual. Aquella noche se presentó en el despacho de Bram, posó su maletín sobre la mesa y:

- Hay un flautista que suele tocar en la línea 2 del metro – dijo -. Queremos que escuches cómo suena. Hay una peli ahí. Esa melodía podría ser el tema principal de la banda sonora.

- ¡¡No!!

- La música sería la protagonista de la historia. Esa flauta hipnotizaría a los niños, y los niños se cargarían a sus padres, para intentar no haber nacido.

- ¡¡No!! ¡¡Eso es atroz!! ¡¡Me niego!!

- ¡No puedes negarte! – los ojos del señor Terranova eran cada vez más negros en su imaginación. Impenetrables. Fríos -. ¡Sabes que sin mis ideas no eres nadie!

- ¡Eso es mentira! – no lo era - ¡Puedo escribir sin tu ayuda! ¡Me irá mejor! ¡Le irá mejor al mundo entero!

Pero a pesar de todo, Bram obedecía. Ya no tenía ni las fuerzas ni el hábito necesarios para pensar por cuenta propia.

Cada golpecito en el teclado de Bram convertía el mundo en un lugar peor.

Le peli del flautista reventó las taquillas. El veinteañero del metro conoció la fama. Llenó estadios enteros con sus conciertos. El público perdía la alegría de vivir cuando escuchaba los ritmos que imponía aquella flauta, pero todos eran adictos a ella. El índice de suicidios aumentó en todo el país. De manera alarmante. Y gran parte de la culpa era de Bram y su incapacidad para llevarle la contraria a un cliente que ni siquiera existía.

Y la maldita peli de la flauta no era un caso aislado. Pronto se dio cuenta Bram de que todos sus éxitos recientes habían contribuido a dañar la Sociedad de una manera u otra.

Series que promovían valores destinados a emborronar el mapa moral de los adolescentes y los niños; películas que catapultaban a la fama a cierta actriz, convirtiéndola en líder de opinión, estableciendo un ideal femenino que dinamitaba todo lo que se había logrado en los últimos dos siglos; concursos que promovían el odio entre maridos y mujeres, entre perros y amos; narraciones tan simples, tan directas, que atrofiaban los intelectos edulcorándolos con la perversa droga de lo fácil.

Invocar al señor Terranova no había sido buena idea, y un retazo del inconsciente de Bram decidió refugiarse en las alternativas del pasado.

“Esa muela del fondo... Creo que comienza a molestarme... Cuando menos lo espere podría empezar a doler... Tal vez debería ir al dentista...”

Apagó el ordenador. Salió de casa. El señor Terranova podía esperar. El señor Terranova podía irse al carajo. Su muela era más importante. Su bendita y atrofiada muela.

Si hubiese llamado para pedir cita se habría ahorrado el viaje. La clínica dental había desaparecido. Sólo quedaban en la fachada una puerta cerrada, algunos tablones de madera torcidos intentando taponarla, unos cristales que cultivaban tierra, unos carteles desgastados por el sol.

- No... – suspiró Bram - ¡No! ¡Necesito arreglar mi muela!

Se negó a volver a casa. Sabía que allí le estaría esperando el señor Terranova. En el despacho. Con su maletín plantado en la mesa. Burlándose de la derrota de Bram con su sonrisa cruel, con sus ojos negros como tubos de aspiradoras. Proponiéndole alguna idea abyecta que él no tendría más remedio que escribir.

Probó con otro dentista, pero faltaba algo. Las ideas no querían ser tenidas. Faltaba algo... Sabía reparar las muelas, pero no sabía despertar las musas. Bram necesitaba su clínica dental. La de antes. La de siempre.

Resetear su vida. Regresar al punto en que el señor Terranova no le visitaba ni existía ni le era necesario.

Recurrió a internet. Quizá su clínica dental se había trasladado a otro local. En ese caso, la red le informaría. Averiguaría la nueva ubicación, les reencontraría. Resetear... reseterar...

Resetear...

Tecleó el nombre de la clínica.

Click de ratón. Buscar.

Encontró una noticia. No tenía buena pinta.

Click.

No se habían trasladado. Habían cerrado. Una multa millonaria los había arruinado. No cumplían los requisitos legales. ¿Por qué? Bram siguió investigando.

Click.

Algo relacionado con los empastes. Los hacían utilizando un metal no homologado. Un metal de propiedades desconocidas. Bram sintió un estremecimiento. Se llevó la mano a la boca. Instintivamente. ¿Qué clase de metal?

Click.

Un yacimiento de Tanzania. Porque el metal era barato. Porque la excavación era barata. Porque el agujero ya estaba casi hecho. Un cráter. Redondo. Perfecto. Huella de algo que alguna vez chocó contra la Tierra.

Click.

Bram amplió las fotos de la web. Mostraban el cráter (click), el yacimiento (click), los africanos picando en la cantera, profanando aquel metal tan negro que desafiaba a la mismísima existencia.

Y el guionista detectó algo escalofriantemente familiar en aquella negrura. Exactamente la misma negrura que coronaba todos sus empastes. La negrura que (click) si uno ampliaba ciertas fotos (click), podía encontrar también en los empastes de aquel flautista del metro o (click) en las bocas de los actores y actrices que protagonizaban la mitad de sus guiones. Todos ellos tenían en común una clínica dental, y una negrura...

... la negrura de los ojos del señor Terranova.


Fuerteventura.
22 de junio de 2010

No hay comentarios: