martes, 25 de octubre de 2016

EL NIÑO QUE APRENDIÓ A COMER MIERDA.



Mierda. Sólo te han encargado una cosa para hoy. Sólo una puta cosa. Te lo llevan recordando desde hace una semana. Todos los días. Qué pesada tu mujer, ¿eh?

“El jueves es el cumple de Guille, acuérdate, yo me ocupo de la fiesta de este finde y tú del regalo, ¿vale?”

Que sí joder. Yo compro el puto regalo.

“Tienes una juguetería justo a la salida del trabajo...”

Que sí, joder, que te repites más que el ajo, que antes del jueves se lo compro.

Pero hoy es jueves y ¡sorpresa! el puto regalo brilla por su ausencia. El hecho de que haya una juguetería junto al curro no facilita las cosas, porque ya estás a diez paradas de distancia de tu curro. La boca de metro regurgita tu figura de capullo trajeado en esa ciudad dormitorio en la que vives, en ese tanatorio de ladrillos. Miras el reloj: Las ocho menos cuarto.

Ya no estás en el centro. La única juguetería de tu barrio no es precisamente el Toys R Us. Cierra a las ocho. No aceptan tarjetas de crédito.

Abres tu cartera de piel para confirmar lo que ya sabes: No hay nada en efectivo. Sólo unos pocos céntimos.

El cajero más cercano es – ¡putos barrios residenciales! – también el único en mil kilómetros a la redonda. Galopas cuesta arriba, recorriendo esa calle que te separa de él. Tu traje se estaría empapando de sudor si no fuera porque hace un frío de cojones. Llegas al cajero con una punzada en el estómago, tu aliento es un código morse escrito en vaho, transmitiendo dos frases: “Te estás haciendo viejo para esto. Apúntate a un gimnasio.

No te pares a recobrar el aliento, coño. ¡Tienes prisa! Es el puto cumple del puñetero Guille. Entra en el puto cajero, saca cuarenta euros y corre hacia la juguetería. ¡Ahora! Bueno, quien dice cuarenta dice veinte. Es un chiquillo de dos años, no va a apreciar la diferencia de precio.

Tu mano a punto de empujar la puerta del cajero: se detiene en seco, bruscamente, dejando su huella en el cristal empañado. Frotas ese cristal, lo desempañas, confirmas tus temores:

Hay un mendigo ahí dentro.

Está durmiendo, o finge dormir para que la noche le deje en paz por unas horas. Es asqueroso. Embutido en ese mugriento saco de dormir, como una butifarra hinchada, maloliente; como algo que lleva semanas flotando en un charco.

Retrocedes. No quieres entrar ahí. El cajero está ocupado. No sabes si te resistes a profanar ese descanso por respeto o por miedo. Tampoco tienes demasiado interés en averiguarlo. Te alejas un par de pasos. Te detienes. Consultas el reloj. Las ocho menos diez. No hay tiempo para titubear.

Es el único cajero en mil kilómetros a la redonda”, recuerdas.

Y es la única juguetería en mil kilómetros a la redonda, que cierra en diez minutos.

Haces de tripas corazón, respiras muy profundo, como queriendo recuperar los diez litros de vaho que has soltado. Empujas la puerta del cajero. Suavemente. No quieres despertar a su inquilino. Acompañas el cierre de la puerta con tus propias manos para que no golpee.

Te acercas al cajero casi de puntillas, aunque las suelas de los mocasines no captan tus intenciones: claquetean en las putas baldosas con un estruendo impertinente. Tienes la sensación de que el bulto del saco de dormir reacciona a tus pasos. Te giras. Falsa alarma. Es sólo su respiración desafinada. Sí... Ellos también respiran.

Tardas casi un minuto en sacar tu cartera del bolsillo, abrirla, encontrar la tarjeta. Un minuto de menos en tu cuenta atrás. Te tiemblan los dedos. A duras penas consigues insertar tu visa en la ranura. Tienes que corregir el código dos veces. La pantalla te ruega unos segundos de espera. Miras hacia atrás, inquieto, taquicárdico.

El hedor del indigente se esparce por todos los rincones del cubículo. Reprimes una arcada a duras penas. El cajero sigue procesando, con una lentitud indolente. Contemplas el bodegón macabro que se postra ante ti: Brick de Don Simón vacío, prensa arrugada, cien manchas a cuál más sospechosa en ese saco de dormir marrón. Y el hombre... el hombre... el hombre... acurrucado en su interior como un gusiluz sórdido, pelo sucio, uñas negras, cicatrices. Duerme agarrando algo entre las manos y lo aprieta como si se tratase del último resquicio de un pasado que insiste en desaparecer.

Se te escapa una risilla nerviosa. Es irónico, ¿no? Posiblemente ese infeliz ha acabado durmiendo en las instalaciones del mismo banco que le quitó la casa. Pero la risa se termina cuando lees lo que aparece en la pantalla: “No es posible realizar la operación.”

Te entran ganas de gritar. Te entran ganas de golpear esa pantalla hasta obligarla a cagar billetes. Respiras. Intentas controlarte. No quieres despertar a la bella durmiente.

Piensas en el pequeño Guille. Piensas en lo fea que se pone tu mujer cuando se enfada.

De pronto sientes la persiana metálica de la juguetería descendiendo como una guillotina que te corta la polla. Rebuscas en tu repertorio de excusas, con torpeza, sin esperanzas de encontrar alguna convincente. Tu mujer no es tan tonta. Tendrías que haberte casado con una imbécil. Todo sería más fácil. El niño da igual. Cumple dos años, joder. Aún no sabe lo que es un cumpleaños; aún no está legitimado para decepcionarse.

La respiración del homeless sabotea tu concentración. Y tú, ¿por qué sigues ahí, me cago en diez? Lárgate, aléjate de ese desgraciado. A veces la mala suerte es contagiosa. Te va a venir bien el aire frío. Pensarás mejor.

Te giras hacia la puerta de salida. Sólo entonces reparas en algo que habías pasado por alto. Ese objeto que agarra el mendigo como si le fuese la vida en ello. Ahora lo identificas: Una jirafa de peluche. Un cuello largo y amarillo asoma entre los dedos del sin techo. El animal sonríe con una inocencia muy cruel, muy fuera de contexto.

Un pensamiento te recorre la columna vertebral como una araña hecha de dedos fríos. No... No, no, no, no, no. Sigues avanzando hacia la salida, das la espalda a la tentación, sigues buscando excusas para justificar tu negligencia. Poco a poco, el “no” se convierte en un “quizá”. Vuelves a contemplar esa jirafa. Es muy graciosa, o puede que tu desesperación busque la gracia debajo de las piedras. Y está casi limpia. Sería sólo cuestión de frotarle un par de manchas.

Tú mismo te resistes a creer lo que estás a punto de hacer. Te agachas muy despacio. Un aliento repulsivo te estremece la conciencia, un aroma a vino rancio y vómito. No eres capaz de controlar los temblores de tu mano mientras rozas el tejido amarillo del peluche. Lo agarras por el cuello y tiras con suavidad, midiendo estratégicamente cada movimiento. Es la misma sensación de cuando intentas apartar tu brazo aplastado de debajo del cuerpo de tu mujer, sin despertarla. Los dedos sucios del mendigo se aferran al juguete, te lleva más de un minuto arrebatárselo. Te sentirías el ser más miserable del planeta si no estuvieses ocupado acojonándote. Sabes que ese tío puede despertar en cualquier momento. Un tetrabrick de vino es un narcótico poderoso, pero tu forma de jugar contra los dedos de ese hombre tienta un poco a la suerte.

¡Enhorabuena!

Ahora tienes la jirafa en tus manos. Echas a correr. Ya no te importa el ruido. Ya no te importa despertar a nadie. Te alejas del cajero a galope tendido y tus propios mocasines te muerden los talones.

No tienes tiempo de envolverla para regalo, o no tienes ganas, o no sabes envolver ni regalar. Al niño le gusta. A los críos de dos años les suelen gustar las cosas hasta que dejan de gustarles. Tu mujer no protesta, pero su mirada se apaga en la tuya. Te besa en la mejilla sin demasiadas ganas y en su sonrisa hay un residuo amargo, un eco de reproche. Quizá tenías que haberlo envuelto, aunque fuese con papel de periódico.

Esa noche la cama es un glaciar con patas y el techo se siente incómodo por la manera en que ambos lo miráis. Hay mil cosas que te impiden conciliar el sueño: Estrés, desazón, remordimientos, la certeza de que si cierras los ojos la próxima vez que los abras tendrás que enfrentarte a un nuevo día... Y en medio de esa algarabía de comeduras de tarro, irrumpe una nueva idea, demoledora y fulminante:

Te has dejado olvidada la tarjeta de crédito en la ranura del cajero.

A la mañana siguiente sales de casa un poco antes y te desvías hacia la sucursal bancaria. Estás nervioso. Te sientes como si regresaras al lugar del crimen, y la razón de ello es que regresas al lugar del crimen. Tus tripas intuyen que sucede algo raro segundos antes de ver los coches policiales y la ambulancia cercando el edificio. Un terror casi infantil te acaricia la nuca. Te apetece dar media vuelta, pero el daño está hecho. Tu nombre ya está allí, impreso en una tarjeta de crédito. Y una curiosidad morbosa te obliga a continuar. Un poli te impide el paso muy educadamente. Tú le preguntas qué ha sucedido allí. Su respuesta, aunque esperada, te deshilacha el alma: Hay un mendigo muerto en el cajero. Se ha cortado las venas.

Transcurre el día y nadie te molesta, nadie te llama, nadie te interroga. Nadie se interesa por un mendigo muerto.

Llega la noche. La marea de la rutina te deposita en casa a la hora acostumbrada. Tu mujer está haciendo la comida, tú te desprendes del traje y lo cambias por un chándal que se resignó hace tiempo a ser siempre de tu talla. Te dejas caer en el sofá como si no tuvieses fuerzas para llegar más lejos, haces zapping, miras la tele sin apenas mirarla. Tu atención intenta escapar hacia cualquier lugar, pero regresa una y otra vez a ese sin techo. Imaginas los surcos en sus venas, te preguntas si su sangre también hiede.

Tu hijo juega en el suelo. Parece feliz. Desentona en el apartamento. Agarra un juguete con sus manitas torpes y se lo lleva a la boca. Tardas casi un segundo en advertir que no se trata de un juguete cualquiera. Es la jirafa. El niño mordisquea ese cuello de peluche y vienen a tu mente los dedos de su antiguo propietario, las uñas negras, los tropezones de la barba, el hedor a sudor vómito, a vino... Piensas en jeringuillas, en semen, en bacterias...

Tu primer impulso es lanzarte sobre tu hijo, arrebatarle esa jirafa, rociarla con gasolina, quemarla y enterrarla en la cara oculta de la luna. Pero algo en tu interior, quizá el cansancio, te invita a recapacitar, y te recuestas de nuevo en el sofá, y te relajas, y observas cómo tu niño chupa ese peluche como si fuera un cabezón de langostino. “Qué cojones, hijo. Es hora de que te vayas acostumbrando a tragar mierda.


Madrid. 20 de febrero de 2013


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