domingo, 22 de abril de 2007

LOS HUECOS QUE SEPARAN LAS PALABRAS

A veces las palabras no son nada. En todo caso cáscaras vacías.

A veces las cosas que de verdad importan no viajan cabalgando en las palabras.

Esa clase de cosas no son dichas. Se esconden entre los huecos que separan las palabras, y allí se agazapan, y acechan a la espera de algún loco capaz de percibirlas.

He conocido a algunos locos de ese tipo. Ahora mismo, por ejemplo, me viene a la memoria el pasajero del Asiento 7E (pasillo), cuya historia pude oír personalmente desde mi situación privilegiada en el asiento 7D (ventanilla).

Pero esa historia no sucedió en el asiento 7E, ni en el 7D, sino en la propia terminal del aeropuerto.

* *

El pasajero del asiento 7E estaba haciendo lo único que se puede hacer en la terminal de un aeropuerto: Esperar...

Allí, sentado en un asiento que estaba pensando si presentarse o no a las oposiciones para potro de tortura, nuestro amigo leía una novela demasiado barata, al ritmo que marcaban los sorbos de un café demasiado caro.

Los altavoces de la megafonía interrumpían su concentración para anunciar horarios de vuelos que nunca eran el suyo.

Era una voz femenina la que salía por los altavoces. Una voz neutra, fría, inexpresiva... Una voz que encajaba mejor en la cuadriculada eficiencia de una máquina que en la cálida imperfección de un ser humano. Y el pasajero del asiento 7E se había planteado alguna vez la posibilidad de que, en efecto, fuese una máquina la autora de esas voces.

Pero aquel día sucedió algo...

* *

La mujer invisible de la megafonía dijo lo mismo de siempre:

Por su propio interés, rogamos mantengan controladas sus pertenencias en todo momento.”

Sí... La frase era la misma, pero tal vez eran distintos los oídos con los que escuchaba el pasajero del asiento 7E.

De repente, nuestro amigo percibió un matiz humano en esa frase. No era la información en sí, ni el ritmo. No era la entonación, ni era la forma en que combinaban las palabras.

Era algo que estaba más allá de todo eso. Lo que el pasajero del asiento 7E percibió era tal vez uno de esos tesoros que yacen escondidos en los huecos que separan las palabras. Un leve matiz, alguna vibración impronunciable. Un suspiro microscópico, un aliento contenido que indicaba que aquella mujer que hablaba desde el techo... era humana.

Y no sólo era humana. Era, ante todo, una persona necesitada de ayuda. En ese recodo olvidado del centro de la frase, justo después de la palabra “rogamos”, el alma del pasajero 7E pudo percibir la insoportable tristeza de otro alma.

No hubo palabras, ni nada que perdurase más de lo que se tarda en iniciar un parpadeo. Pero ese instante le dijo a nuestro amigo más cosas que el resto de la frase. Era un instante que se lo dijo todo...

Y el pasajero del asiento 7E comprendió.

Y el pasajero del asiento 7E decidió que no podía marcharse de allí sin antes averiguar quién era esa mujer.

* *

Empezó a seguir las pistas que le daban, de mostrador en mostrador de información, como quien sigue un camino de miguitas de pan.

Finalmente se las ingenió para penetrar en los intestinos del edificio. Después de resolver a duras penas el intrincado laberinto de pasillos, llegó a la habitación desde la cuál se controlaba la megafonía de todo el aeropuerto.

Buscó al tipo que tuviese la cara más amable. Expuso su situación atropelladamente, como si alguien le apuntase con un cronómetro en la sien. Dijo que necesitaba conocer a la mujer que hablaba a través del altavoz. Y dijo que era urgente.

Le tomaron por loco. Hubo risas, tal vez alguna burla, y finalmente, con el escaso tacto que pudieron reunir entre todos, aquellos empleados le explicaron que la mujer por la que preguntaba no existía.

- Es una máquina. La voz es generada automáticamente por los ordenadores.

- ¡Ustedes no lo entienden! – gritaba el pasajero del asiento 7E -. ¡Se trata de una mujer! ¡Una mujer de carne y hueso! ¡Y necesita ayuda! ¡Lleva dentro una tristeza que suplica encajar con otra tristeza urgentemente!

- Lo siento, señor – le respondieron -. No hay ninguna mujer. Antes sí recurríamos a locutores de verdad, pero hoy día las máquinas imitan la voz humana de un modo tan perfecto...

El pasajero del asiento 7E protestó hasta quedarse sin garganta. No paró hasta que los empleados le enseñaron los procedimientos informáticos que habían usado para crear aquella voz artificial.

Todos le miraban como se mira a un loco. Él no se daba cuenta. Estaba demasiado ocupado perdiendo la fe.

* *

Desandó el laberinto con desgana. Sabía que fuera de él le esperaba la Nada.

Cuando la voz de aquella mujer imposible, inexistente... anunció su número de vuelo, sus palabras le sonaron más a números que a vuelos.

Se arrastró hasta la puerta pertinente, y su andar era tan automático como la voz que le acababa de romper el corazón.

El pasajero del asiento 7E rogaba a un Dios en el que no creía para que estrellase el avión... se preguntaba si era posible suicidarse con un tenedor de plástico...

... y entonces...

La voz del altavoz volvió a sonar.

Pero esta vez no hablaba de equipajes, ni de números, ni de zonas de embarque...

La mujer invisible de la megafonía hizo retumbar en las paredes del aeropuerto las siguientes palabras:

Gracias por preocuparte por mí. Ahora sé que no estoy sola. Cada vez que entres en un aeropuerto, allí estaré esperándote... y te hablaré... desde los huecos que separan las palabras.

* *

El pasajero del asiento 7E cruzó la puerta de embarque, impaciente por aterrizar en el aeropuerto de Destino.

Ningún otro viajero de la terminal comprendió el significado de las palabras de la mujer fantasma.

Cuando la dirección del aeropuerto pidió al técnico revisar los ordenadores en busca del error, el pobre hombre se vio obligado a confesar que no tenía ni idea, y escurrió el bulto con una frase recurrente:

- A veces las máquinas hacen cosas raras...

1 comentario:

Pepa Mizin dijo...

A mí me recuerda algo que estuve pensando, sobre cómo a veces se nos escapan por el cuerpo ramalazos de algo que no se sabe qué es, pero que te muestra como algo nuevo y extraño, como un recién nacido. La verdad es que es una rayada que no puedo explicar, pero tengo la intuición de que es lo mismo que le ocurrió al loco de las voces.

En realidad, dice tanto todo esto.